Cuando Stephanie Frappart pitó el final del partido, cerca de las 8 de la noche (hora de Francia), hubo una explosión dentro del campo de juego del Parque de los Príncipes. Aquella jueza, que meses más tarde se convertiría en la primera mujer en arbitrar un encuentro de la Ligue 1, decretó el final de una verdadera batalla de 90 minutos entre David y Goliat.
La selección femenina de Japón venía de ser subcampeona del mundo en Canadá y llegaba a Francia como una de las candidatas. Del otro lado, Argentina había alcanzado su lugar en el repechaje, volvía a un Mundial después de 12 años y nunca había logrado sumar un punto.
Las dos pantallas colocadas en la cancha donde hace de local el PSG indicaban que el resultado final había sido 0 a 0. Por primera vez, la selección femenina albiceleste lograba romper el cero en la columna de puntos en una tabla de posiciones. La euforia se sintió dentro de la cancha, en el banco de suplentes, en las tribunas y en todo el país. Un equipo que luchó contra viento y marea por estar ahí había encontrado su recompensa y su punto de despegue.
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