Unión es un equipo que vive en el borde. Como esos boxeadores románticos que entran al ring convencidos de que la mejor defensa es seguir tirando golpes, aunque sepan que cada mano lanzada deja la mandíbula expuesta.
Y ahí va, tambaleando entre la belleza y el peligro, entre el aplauso y el reproche, entre el fútbol que enamora y el que desespera. Porque este Unión de Leonardo Madelón tiene una particularidad extraña: su virtud más grande es también el origen de todos sus problemas. La llave que abre puertas… es la misma que deja ventanas abiertas para que entren a robarle.
Por las bandas, el equipo seduce. Lautaro Vargas y Mateo Del Blanco son laterales con alma de extremos, aventureros con botines de atacante. Se proyectan como si el pasto rival fuera territorio propio. Y delante de ellos aparecen Palacios y Cuello —socios del vértigo, cómplices de la amplitud— para acompañar y ayudar a fabricar centros venenosos, de esos que caen al área con moño y dedicatoria.
Entonces Unión lastima. Golpea. Empuja. Hace creer. Y el fútbol argentino, que siempre admiró a los equipos valientes, lo mira con simpatía. Porque hay algo noble en este Unión que no especula, que no se esconde, que no juega a sobrevivir.
Pero el problema aparece después. Siempre después.
Porque mientras los laterales avanzan como trombas, detrás de ellos queda un terreno baldío. Un descampado táctico. Una ciudad sin policía. Y en el retroceso, Unión sufre una transformación brutal: pasa de ser un equipo que ataca con alegría a uno que defiende con angustia.
Las coberturas llegan tarde. Los relevos son imperfectos. El retroceso parece una estampida desordenada. Y así, el mismo equipo que puede acorralar a cualquiera también puede quedar desnudo ante el primer contragolpe.
Por eso muchas veces termina los partidos con la sensación de haber pegado tanto como lo mucho recibió. Nudillos irritados y el rostro inflamado y hasta desfigurado. Un intercambio salvaje de golpes donde nadie sale ileso. Unión ataca como un grande. Pero en el tramo final del Apertura defendió como un equipo ingenuo.
Y ahí aparece la gran contradicción de Madelón: cuanto mejor funciona ofensivamente el equipo, más vulnerable parece quedar. Como si cada avance tuviera una factura escondida. Como si cada centro preciso viniera acompañado de una alarma defensiva.
Mañana, en Mendoza (dónde libró batallas épicas), ante Independiente Rivadavia, empezará otra historia de esas que Unión suele escribir al filo del abismo. Porque los octavos de final no perdonan desequilibrios emocionales ni tácticos. Y el Tate llegará con esa dualidad marcada en la piel: un equipo capaz de hacer daño por todos lados… y también de lastimarse a sí mismo. Quizás ahí esté su encanto. O quizás ahí viva su condena.
Porque Unión, hoy, es un cuadro vistoso colgado sobre una pared agrietada. Un equipo que enamora cuando ataca y preocupa cuando retrocede. Un fuego que ilumina… pero que también puede consumirlo todo. Desde este sábado en Monedoza, en el Unión de Madelón… la virtud deberá dejar de ser rehén del defecto.
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Por Gustavo Turco Mazzi
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