El 1° de marzo de 2006, en plena preparación para el Mundial de Alemania, Lionel Messi convirtió su primer gol en la Selección Argentina. A los 7 minutos del primer tiempo de un partido amistoso ante Croacia, en Suiza, el mejor jugador del mundo inició el camino que lo llevaría a transformarse en el máximo goleador de la historia con la camiseta albiceleste. Era un equipo lleno de estrellas el dirigido por José Pekerman. Aquella noche, con 18 años, Messi fue titular y, además del gol, le dio una asistencia a Carlos Tevez en el primer tanto de la Selección, que perdió 3 a 2 frente a los croatas. Cuando la Pulga comenzó a correr para celebrar su propio tanto, el primer compañero que apareció en el trayecto fue Juan Román Riquelme, con quien protagonizó el festejo del que se cumplen 17 años. Enseguida llegaron Esteban Cambiasso, Leonardo Ponzio y el capitán de ese equipo, Hernán Crespo, para saludar a la Pulga, intuyendo –quizá- que estaban presenciando un momento histórico: el primer gol de Messi (que llevaba la camiseta número 19) en la Selección Argentina. Es que sus compañeros sabían que el crack, por entonces de Barcelona, tenía condiciones como para subirse al podio de los mejores jugadores argentinos de todos los tiempos. Con el paso de los años, todas las presunciones se quedaron cortas. El gol nació de la intercepción de un pase defectuoso de la defensa croata. Messi puso el pie derecho para interrumpir la trayectoria del balón y quedó en posición de puntero derecho retrasado, de frente al arco y con la pelota adelante. A un par de metros del área dibujó una jugada que repitió después decenas de veces para marcar goles con su sello: traslado de la pelota en velocidad, corriendo paralelo a la línea de fondo y lejos de cualquier cruce de los defensores. En cuanto vio el hueco, disparó el zurdazo, no muy fuerte, pero preciso. La pelota se metió junto al palo derecho de Stipe Pletikosa, que nada pudo hacer. “Es importante haber convertido mi primer gol con la selección mayor y estoy muy conforme con mi rendimiento, pero todo eso queda opacado por la derrota”, dijo Messi aquella helada noche en Basilea, donde la Selección jugó uno de los partidos previos al Mundial de Alemania, en el que Leo no tuvo la participación que se preveía.
A punto tal que aún en la actualidad es frecuente que a Pekerman se le siga preguntando por qué no lo incluyó en algún momento del partido de cuartos de final ante Alemania, que significó la eliminación de Argentina en la definición por penales. La foto de Messi, desconsolado en el banco de suplentes, retrató a las claras su impotencia. En ese amistoso, Croacia se había puesto en ventaja a los 3 minutos por intermedio de Iván Klasnic. Al minuto se produjo el empate de Tevez y poco después el debut goleador de Messi. Sin embargo, a los 7 del segundo tiempo Darijo Srna marcó el empate y ya en el tiempo adicional Dario Simic le dio el triunfo a los balcánicos. En Croacia, se produjo el debut de Luka Modric, dos años mayor que el crack argentino (nació el 9 de septiembre de 1985), quien luego también iba a ser una estrella del fútbol mundial y un asiduo rival de la Pulga en los clásicos entre el Barcelona y el Real Madrid. En los últimos dos Mundiales quedaron a mano: en 2018 los croatas vencieron 3-0 a la Argentina en la fase de grupos, y en 2022, el equipo de Lionel Scaloni superó a los balcánicos por el mismo resultado en semifinales. Desde su debut con la Selección mayor en 2005, Leo ha defendido la camiseta albiceleste en 172 partidos (tiene el récord de presencias) y es el máximo goleador de la historia, con 98 conquistas. En 2023 cumplirá 18 años jugando para la Argentina. En ese tiempo de participación ininterrumpida ha ganado el Mundial Sub 20 en 2005, los Juegos Olímpicos de 2008, la Copa América de Brasil 2021, la Finalíssima 2022 y el Mundial 2022, en Qatar.
No había ingresado bien Lionel Verde. De hecho, perdió algunas pelotas, no estuvo en sintonía con la pelota en los pies. Sin embargo, cuándo se jugaban 35 minutos llegó el golazo del juvenil, como si fuera un homenaje al 10, al mejor jugador de todos los tiempos, quien hasta ese momento se había equivocado más de lo que había acertado. Pero el enganche mostró todo su talento, encaró hacia adelante superó a dos rivales y metió un zurdazo rasante y esquinado que se metió al lado del caño izquierdo para decretar el merecido 1 a 0. Un golazo de Verde para romper la paridad cuando daba la sensación que a Unión se le hacía cada vez más complicado abrir el marcador. Con la ventaja a favor, Unión retrasó sus líneas y fue el Lobo el que salió a buscar el empate y casi lo consigue por un error de Franco Pardo quien en su afán por despejar casi mete la pelota en contra de su arco ya que el balón rebotó en el travesaño y salió. Los últimos minutos fueron de angustia, ya que Unión no lo definía y el Lobo avanzaba de hecho Verde de frente al arco eligió habilitar a un compañero en vez de rematar y Unión se perdió el segundo. El final del partido fue un verdadero desahogo para el equipo y los hinchas el Tate al fin pudieron festejar una victoria para olvidar un arranque de año muy complicado y volver a confiar en lo que viene. Unión se dio cuenta que tenía que buscar otras alternativas de juego, como ir por adentro, ganó el partido.

Era la final del mundo para Cristian González. Se acercaba la medianoche del domingo y el «Kily» González, entrenador de Unión, hablaba sin ocultar su fastidio e incomodidad por una nueva derrota como visitante. Su equipo no consigue arrancar y, más allá de que en varias ocasiones de la charla mencionó la injusticia del resultado ante Huracán (lo cual es cierto), también catalogó de «muy buena» la actuación del equipo, un concepto que no se comparte de manera generalizada. De todos modos, hay algo que el Kily señaló y que no se puede objetar: Unión mereció otro resultado y no la injusta derrota ante el equipo de Darío Kudelka. Sin embargo, perdió. El equipo no arranca, ya van seis fechas, se ha consumido el 40 % del torneo, está a seis puntos de Huracán —el último clasificado—, convirtió apenas dos goles en esos seis partidos y solo sumó dos empates (como local ante Boca e Instituto). La cosecha sigue siendo magra y, en un torneo corto de apenas 16 fechas, donde ocho de los 15 equipos avanzarán a los play-offs para definir al campeón, la obligación pesa más sobre aquellos que aspiran a algo más que simplemente mantener la categoría. Este es el caso de Unión, que armó un plantel con un doble objetivo: afrontar la Copa Sudamericana y dar un salto de calidad en este 2025. Sin embargo, el magro comienzo y la fragilidad futbolística se han convertido en una constante, lo que llevó al Kily a expresar otra frase contundente en la noche de Parque Patricios: «Hay gente que ya no cree en nosotros». Aun así, hay algo que el técnico no puede discutir: hasta ahora, ha contado con un fuerte respaldo de la hinchada. El hincha de Unión le reconoce a Cristian González lo que hizo y sintió una identificación con el equipo del año pasado, sobre todo por la entrega e intensidad, lo que aumentó su popularidad. No hay reproches generalizados. El Kily, como hombre de fútbol, sabe que es difícil sostener ese apoyo cuando los resultados no acompañan. Y también debe saber que hay un límite. Él mismo lo experimentó de la manera en que se fue de Rosario Central.
«Yo seré el primero en darme cuenta cuando el equipo no me responda», dijo. Su gran objetivo debe ser, precisamente, evitar que eso suceda. Debe lograr que su equipo funcione, que encuentre una identidad de juego y que, al menos, empiece a cosechar buenos resultados. Unión jugará la Copa Sudamericana y en breve también iniciará su participación en la Copa Argentina, un torneo que históricamente le ha sido esquivo. Sin dudas, la conformación del plantel estuvo pensada en función del volumen de competencia, más allá de la calidad de los refuerzos. Estar en una copa internacional no es lo mismo que no estarlo, y el objetivo de crecimiento y evolución futbolística siempre debe estar presente. No obstante, si Unión no logra clasificarse entre los ocho primeros de su zona, será un golpe duro, que solo podría ser atenuado si el equipo logra destacarse en la Sudamericana o en la Copa Argentina. Hasta ahora, este Unión no tiene las cualidades del equipo del torneo pasado. El Kily dijo tras el partido con Huracán que «los chicos se vaciaron», utilizando un término que había sido recurrente en el torneo anterior. Sin embargo, ese «dejar todo en la cancha» ya no transmite las mismas sensaciones. Da la impresión de que el equipo debe dar más en todos los aspectos: técnico, táctico y físico. Unión ha pagado muy caro sus errores puntuales, que lo han condicionado en varios encuentros. Se desperdician situaciones de gol que podrían cambiar el curso de los partidos, y se cometen fallas increíbles, como la jugada del penal y gol de Huracán. La innecesaria acción de Pardo, que le costó la expulsión contra Instituto cuando quedaba más de un tiempo por jugarse, fue otro episodio que perjudicó al equipo. Errores como estos han privado a Unión de sumar más puntos y lo mantienen en el fondo de la tabla de su zona. Después de Aldosivi y Vélez, Unión es el equipo que menos puntos ha sumado en un torneo con 30 participantes. Se jugaron seis fechas y restan diez. A diferencia del torneo pasado, en este mercado de pases Unión fue muy activo: realizó nueve incorporaciones y desembolsó alrededor de 4,5 millones de dólares. Sin embargo, el fútbol no sigue una lógica exacta entre dinero invertido y logros; no hay una relación directa. Pero la llegada de tantos jugadores generó una expectativa que, hasta el momento, ha sido defraudada. Se esperaba mucho más de un equipo que no ha dado señales sólidas. Y esto va más allá de los resultados, porque el juego tampoco convence. Aún no está claro cuál es la identidad de este equipo. Y eso, en un torneo corto y exigente, puede ser un problema difícil de solucionar.
Si lo trasladamos al ámbito tenístico, Kily González estaba con match point en contra y logró revertir la imagen. Esto es partido a partido. Al igual que el año pasado, a mediados de esta fecha, cuando, si no le ganaba a Independiente Rivadavia, renunciaba a su cargo (4-1). Fue reprobado en la previa y, cuando se dirigía hacia el túnel, también. Sin embargo, superó el examen y logró resistir, al menos, una fecha más en el cargo, a pesar de que hasta el presidente parecía haberle soltado la mano. En un momento de gran cuestionamiento al DT xeneize Fernando Gago, tras la eliminación de Boca a manos de Alianza Lima de Perú, el nombre del entrenador de Unión, Cristian Alberto «Kily» González, suena fuerte en el club de La Ribera. Hoy, uno de los más estrechos colaboradores del presidente Juan Román Riquelme estuvo en el Predio de Unión para presenciar el partido de Reserva. La mayor parte del tiempo se lo vio en contacto y charla permanente con el técnico de la Reserva de Boca, Mariano Herrón, pero también utilizó su teléfono celular: ¿Habrá coordinado alguna reunión o mantenido contacto con el Kily González? Más allá de que nuestros colegas y amigos Tato Aguilera y el «Turco» Alaluf aclaran que es habitual que este dirigente acompañe a la Reserva en sus viajes al interior, su presencia no pasó desapercibida, más aún considerando la importancia del nombre del Kily en el Mundo Boca. La realidad indica que González es una opción importante para el club. Según información que llega desde Buenos Aires, su nombre aparece detrás de la posibilidad de Guillermo Barros Schelotto. Sin embargo, la salida de Gago aún no se ha concretado, por lo que no se puede avanzar en la búsqueda de un nuevo cuerpo técnico para Boca. Muchas veces, en conferencia de prensa, el Kily ha dicho: «Mis chicos se vaciaron». Su equipo puede jugar bien, mal o regular, pero hoy quedó demostrado el respaldo de los jugadores. En el cierre del partido, Cristian González cambió insultos por murmullos y hasta recibió un tibio aplauso de parte de la platea baja. Unión mereció ganar y lo hizo ante un Gimnasia que fue mucho menos de lo que indica la tabla. Habrá que ver ahora hasta cuándo se mantiene esta sinergia, si la continuidad del Kily se definirá partido a partido o si esta buena victoria ante el Lobo termina de convencer a la dirigencia para mantenerlo un tiempo más. Por ahora, no piensa en su salida ni ha renunciado a su idea. Plantó un equipo ofensivo, hizo cambios para liquidar el partido. Fue una noche atípica, en la que la gente volvió a expresarse y el equipo entendió que tenía que dar un plus. Lo dio. Y Unión recuperó parte de la sonrisa en su hora más difícil.

Tras el pitazo de Pablo Echevarría -de un flojo desempeño-, se tornó electrizante y lleno de emociones contenidas que, finalmente, estallaron en un merecido desahogo para el equipo local. Fue un partido que, más allá de los tres puntos obtenidos, representó la liberación de una carga que venía pesando sobre los hombros de jugadores, cuerpo técnico y seguidores del equipo. Después de varias jornadas en las que el triunfo se les escapaba de las manos, el día llegó y con él, una victoria invaluable que representó mucho más que solo un marcador. El 1-0 frente a un GELP que no logró llevarse un solo punto de este crucial encuentro fue un testimonio de la determinación y el esfuerzo del equipo, que hizo méritos suficientes para sumar su primer triunfo en este campeonato que se había mostrado tan esquivo hasta ese momento. Él partido fue un claro reflejo de todo lo que había sido el recorrido del equipo en lo que iba de la temporada: esfuerzo constante, sacrificio, y una acumulación de frustración ante la falta de resultados. Sin embargo, en esta ocasión, el equipo local supo canalizar esa energía en el campo y realizó una presentación que, si bien no fue perfecta, sí fue efectivamente superior al rival en todos los aspectos importantes. A lo largo de los noventa minutos, el equipo fue el que dominó la posesión del balón y generó las situaciones más claras de gol. Cada pase y cada movimiento en el campo parecía tener un propósito claro: buscar el arco rival con ímpetu, sin renunciar a la paciencia. El equipo no se apresuró ni se desesperó por encontrar el gol, sino que fue paciente, buscando la jugada correcta, la que les permitiera finalmente romper el cero en el marcador. En una noche en la que no paró de llover ni un solo minuto, con el peso de la presión acumulada por los resultados negativos anteriores, los jugadores se mostraron firmes y decididos, sin que la ansiedad se apoderara de ellos. El desgaste físico y mental fue evidente, pero el equipo entendió que la victoria era crucial. Hubiera sido una total injusticia que el equipo de Gimnasia y Esgrima La Plata se hubiera llevado algún punto de este partido. Si bien el rival luchó y trató de imponer su juego, nunca logró encontrar los caminos para vulnerar la defensa local ni para generar una amenaza real hacia el arco contrario. De hecho, a lo largo del encuentro, fue evidente que el equipo visitante no logró incomodar de manera significativa al arquero rival, y sus intentos fueron más bien tímidos y desordenados. El conjunto local, por su parte, parecía tener el control absoluto del juego, sin permitir que el azar o la suerte pudieran inclinar la balanza en favor de un Gelp que no mostró el nivel necesario para llevarse algo del 15 de Abril. Finalmente, el gol llegó, no como una casualidad, sino como el resultado lógico del trabajo bien hecho. Fue el desenlace perfecto para un partido en el que el equipo local nunca dejó de creer en sí mismo, incluso cuando las situaciones más claras de gol se habían esfumado ante la falta de puntería. El tanto que le dio la victoria al equipo fue una muestra de cómo, cuando se hace bien el trabajo previo, el destino parece sonreír. La alegría estalló en el estadio, pero no solo por el triunfo, sino por todo lo que representaba: la acumulación de sacrificios, la espera de ese momento que por fin llegó, y la certeza de que, después de tantas jornadas de esfuerzo, finalmente se conseguía lo que tanto se necesitaba. Este triunfo, aunque aparentemente sencillo con un marcador de 1-0, fue mucho más que tres puntos en la tabla. Fue un acto de justicia para un equipo que había trabajado arduamente, que había merecido la victoria en muchas otras ocasiones, pero que en esta oportunidad no permitió que el destino les jugara una mala pasada. Fue una victoria que dejó claro que el esfuerzo y la determinación pueden, al final, transformar la frustración en desahogo. Y si bien el campeonato sigue siendo un desafío largo y arduo, este triunfo marcará un antes y un después en la temporada, no solo por los puntos obtenidos, sino por la confianza renovada que otorga y el resurgir de un equipo que no se rinde ante la adversidad.
PRIMER TIEMPO
La situación deportiva de Unión es crítica. Nadie imaginaba un arranque de esta magnitud, sobre todo considerando las expectativas generadas. Hoy, las urgencias han crecido y el margen para nuevas caídas es mínimo. Se juega la octava fecha de un torneo de apenas 16 partidos. Casi todos los equipos alcanzarán la mitad del campeonato, salvo Unión y Racing, que deben un encuentro. Sin embargo, ya ha transcurrido una cantidad suficiente de fechas como para marcar una tendencia. Unión ha quedado lejos del octavo puesto y necesita empezar a ganar —y con frecuencia— para recuperar el terreno perdido en estos seis partidos, en los que solo sumó dos empates y ninguna victoria. Cristian González ha tenido tiempo desde la injusta derrota ante Huracán —que no supo evitar por el error de Corvalán en el gol del Globo y la cantidad de situaciones malogradas— para trabajar y darle forma a lo que todavía no consiguió: que aparezca el equipo. Aquí surgen incógnitas sobre la idea futbolística que tenía en mente al momento de buscar refuerzos en un mercado de pases que, por fin, fue “normal” para Unión: sin inhibiciones y con la posibilidad de incorporar nada menos que nueve caras nuevas, además de extender los contratos de jugadores clave en el funcionamiento del equipo. Sin embargo, eso es precisamente lo que Unión no ha logrado hasta ahora: funcionamiento. A excepción del partido contra Argentinos Juniors —donde inició con un 4-4-2—, el esquema se mantuvo igual al del año pasado, pero con intérpretes que no se adaptaron y con jugadores que venían del torneo anterior pero que bajaron su nivel. Ese combo lo obligó a realizar cambios sobre la marcha en casi todos los partidos, empezando con una formación y terminando con otra. Generalmente, el equipo pasó del 5-3-2 a otro esquema con más volantes e incluso delanteros, en un intento de revertir lo que inicialmente no había funcionado. ¿Está mal hacer modificaciones durante el partido? No, si se considera la necesidad de disponer de variantes según lo exijan las circunstancias. Sin embargo, el hecho de que Unión aún no haya podido ganar y deba cambiar constantemente sobre la marcha revela que el sistema no está dando resultados.
Es cierto que Unión tiene por delante la Copa Sudamericana, pero Unión se juega gran parte del semestre, y ¿por qué no del año? el miércoles en San Nicolás frente a Colegiales, por la Copa Argentina. Este último encuentro adquiere especial relevancia por el antecedente del año pasado, cuando Unión fue eliminado por Gimnasia y Esgrima de Mendoza en Junín. En aquella ocasión, el Kily González se enojó mucho y llegó a considerar dar un paso al costado, algo que fue frenado a tiempo por la subcomisión de fútbol. En principio, la idea es mantener el esquema. Sin embargo, el equipo no tiene la misma profundidad por los laterales que el año pasado —basta con recordar el buen nivel que en su momento mostraron Vargas y Bruno Pittón—, ni la capacidad ofensiva para aguantar la pelota y complicar a las defensas rivales, como lo hacían Orsini y Balboa, quienes ya no forman parte del plantel. Habrá que dar tiempo para dejar de extrañarlos, pero lo cierto es que Unión ha perdido fuerza en ataque y, para colmo, sufre una alarmante falta de contundencia. Prueba de ello son las numerosas ocasiones desperdiciadas en partidos que, en el desarrollo, le fueron esquivos, como ante Argentinos Juniors. Este es el momento del entrenador. Debe encontrarle la vuelta y darle funcionamiento a un equipo que, hasta ahora, no ha dado respuestas positivas. Llegaron jugadores que no lograron ganarse un lugar en seis partidos, lo que obligó a buscar soluciones dentro del propio plantel. Tal es el caso de Profini, a quien el Kily utilizó como volante central, pese a que desde su llegada a Unión había jugado como marcador central. Fue un acierto, nadie lo discute. Pero también evidencia que la salida de Mosqueira dejó un vacío que no pudo ser cubierto con las incorporaciones. A esto se suma que González no ha encontrado el lugar adecuado o no ha recibido la respuesta esperada de jugadores como Mauricio Martínez, Fragapane, Julián Palacios, Angulo o Colazo, quienes llegaron con pretensiones y generaron expectativas que, hasta el momento, no han sido satisfechas.
Uno cuando analizaba a Gimnasia, observaba que llegaba a Santa Fe con la mejor sintonía. Sumaba 7/9 y hacía cinco partidos que no le convertían un gol. Cuando el Lobo buscó al reemplazante de Marcelo Méndez, los candidatos fueron Lucas Pusineri y Diego Flores, justamente los técnicos que estuvieron enfrentados en el partido del domingo en Tucumán. La elección del Traductor para el cargo generó dudas en muchos hinchas albiazules preocupados por la falta de equilibrio del equipo del charrúa que podía prolongarse en esta nueva etapa. Claramente, tenían razón quienes alabaron el pragmatismo de Flores. Al menos, en estos primeros tres partidos, el DT logró una estructura defensiva confiable para un equipo que achica espacios hacia atrás -donde antes sufría- para crecer desde el orden. Seguramente, para acercarse más a su idea original, buscará darle más fútbol al equipo. Por ahora, los resultados -siete puntos sobre nueve con dos partidos fuera del Bosque- le dan la derecha al cordobés. ¿Flores dejó de ser bielsista para ser, por ejemplo, alfarista? Para nada. El ideal de Flores, según vimos en sus dos etapas en Godoy Cruz y -en menor medida- en San Martín de Tucumán, es un fútbol vertical, agresivo, que tenga por objetivo principal el arco rival. Sin embargo, el equipo con Méndez había exhibido una vulnerabilidad defensiva muy importante, que lo llevó a ganar apenas dos partidos de los últimos diecisiete del ciclo. Por eso, Flores hizo hincapié en la necesidad de mejorar en defensa para luego apuntar a soluciones en ofensiva. Hoy, Gimnasia juega como necesita y no según un dogma. Esa búsqueda de juego ofensivo con extremos -ya sin Abaldo ni Benjamín Domínguez- supuso el fin del ciclo. Flores no cometió el mismo error: apunta a una estructura sobre la cual pueda ir sumando con las semanas de trabajo elementos que conviertan al Lobo en un conjunto más ofensivo y vertical. Esa lectura acertada del entrenador le permitió también una búsqueda de respuestas dentro del plantel con una mayor presencia de algunos futbolistas jóvenes que ya había asomado en la etapa anterior.
Sin embargo, fue la nada misma el conjunto de Diego Flores. Ni siquiera poco. Directamente nada. Se quedó sin De Blasis en forma prematura (chocó con Ludueña en una pelota que dividió inútilmente Pardo) y se tuvo que ir de la cancha con una lesión en la rodilla. Y apenas quedó el Pata Castro para sus apariciones esporádicas y sin profundidad. Cero remate al arco y cero córner a favor, situación totalmente a la inversa por el lado de Unión. Antes de su salida, Pablo De Blasis salía a presionar bien alto la salida del conjunto del Kily González. El fútbol, como cualquier deporte, se caracteriza por momentos de fluidez y ritmo, pero también por instantes de tensión, confrontación y fricción. El primer tiempo de muchos encuentros está marcado por una dinámica donde los equipos buscan adaptarse al ritmo del juego y establecer su dominio. En ocasiones, como en el partido que se describe, el primer tiempo se convierte en un ejercicio de desgaste físico y psicológico, donde la mitad de la cancha se convierte en el escenario de una lucha constante por el control del balón y el espacio. Este tipo de partidos, entrecortados y friccionados, son un claro reflejo de cómo el factor táctico y la presión de los jugadores pueden condicionar el desarrollo del encuentro. Desde el inicio del partido, se percibe una intensa disputa en el medio campo. Ambos equipos se ven obligados a presionar al máximo para evitar que el rival se haga con la posesión del balón. Los choques se multiplican, y cada pase parece estar cargado de riesgos, como si cada toque tuviera que ser más calculado y medido que nunca. La fricción no es solo física, sino también emocional, pues los jugadores luchan por no ceder terreno y por imponer sus estrategias, sabiendo que cualquier error puede significar la pérdida de una oportunidad clave. Uno de los aspectos que más destaca en un primer tiempo entrecortado es la dificultad para que el juego se fluya de manera natural. Las faltas son recurrentes, no solo por las infracciones cometidas, sino también porque el ritmo se interrumpe constantemente por la necesidad de ajustar las líneas defensivas, de reorganizarse tras una pérdida o de detener la presión del rival. La mitad de la cancha, por lo tanto, se convierte en un campo de batalla donde el control de la pelota no es suficiente. Los jugadores deben anticiparse a los movimientos del contrario, leer las jugadas antes de que se ejecuten, y evitar caer en provocaciones que puedan terminar en tarjetas o sanciones innecesarias. A nivel táctico, este tipo de juegos suelen ser reflejo de una estrategia más conservadora. Los entrenadores, conscientes de la peligrosidad del rival, optan por reforzar el centro del campo, sabiendo que cualquier espacio dejado libre puede ser aprovechado por los jugadores rivales. El equipo que logra imponer su estilo de juego, ya sea a través de un juego directo, un control meticuloso del balón o una presión constante, será el que se lleve la ventaja. Sin embargo, el primer tiempo friccionado no siempre ofrece respuestas claras; a menudo, la primera mitad se convierte en una prueba de resistencia y paciencia. Las interrupciones en el flujo del juego también pueden tener un impacto psicológico en los jugadores. La constante tensión puede llevar a una desconcentración momentánea o a un desgaste físico significativo, que influirá en el rendimiento en la segunda mitad. Algunos futbolistas pueden perder el control emocional, mientras que otros podrían sentirse frustrados ante la incapacidad de generar jugadas claras. Este estado de confusión y ansiedad es característico de un primer tiempo que se ve obstaculizado por las constantes faltas y los choques.
A medida que avanzaba el primer tiempo, y en el que fue algo mejor Unión, no bastaba con disputar la posesión del balón, sino que era necesario buscar espacios inteligentes y aprovechar los momentos de relajación del adversario. Sin embargo, el árbitro siempre un papel crucial en la gestión del partido, ya que es su responsabilidad controlar que las faltas no se conviertan en un factor de frustración que desequilibre el desarrollo del juego. Un partido que se vuelve muy friccionado puede resultar en una expulsión o en una acumulación de tarjetas amarillas, lo cual afecta profundamente la dinámica del equipo en la segunda mitad. Lo mejor de Unión siempre se vio por el costado derecha. Lautaro Vargas (6) regresó a la titularidad en el encuentro de la Copa de la Liga después de siete fechas, tuvo una actuación destacada, aunque marcada por altibajos. Su regreso se había anticipado con expectativas positivas, luego de haber ingresado en los últimos minutos del partido ante Huracán en Parque Patricios, donde su presencia fue clave para que Unión tuviera un cierre más competitivo. Esa breve pero eficiente aparición había dejado entrever las cualidades que Vargas podía aportar, y en esta nueva oportunidad desde el arranque, supo reafirmar su importancia. Durante la primera mitad del partido, Unión se volcó en su mayoría sobre el costado derecho, buscando siempre a Vargas como una vía de escape. La sociedad con Ezequiel Ham fue efectiva, logrando generar situaciones interesantes de peligro. Vargas mostró su capacidad para asociarse con su compañero y junto con la movilidad de Lucas Gamba, fueron los puntos más altos de la primera parte. La constante proyección por la banda derecha, su habilidad para ganarle las espaldas a los defensores rivales, Manuel Pannaro y Silva, y su capacidad para poner centros peligrosos desde la banda fueron elementos clave del primer tiempo. La constante amenaza que representaba, buscando la cabeza de algún jugador tatengue dentro del área, hizo que su banda fuera un constante dolor de cabeza para el rival. A pesar de que los goles no llegaron en esa etapa, el trabajo de Vargas fue fundamental para abrir los espacios y desestabilizar al equipo contrario. Sin embargo, en la segunda mitad, la historia cambió. Diego Flores, el técnico rival, ajustó la marca sobre Vargas, quien ya no logró tener la misma incidencia en el juego. La presión sobre él aumentó, y el espacio que había tenido en los primeros 45 minutos se redujo considerablemente. Este ajuste táctico del rival le restó protagonismo, y aunque Vargas siguió siendo importante en algunos pasajes del partido, ya no logró generar la misma conexión con sus compañeros ni la misma efectividad en sus incursiones por la banda. El esfuerzo y la lucha siguieron presentes, pero el cambio en la dinámica del partido no le permitió seguir desbordando con la misma facilidad. A pesar de que su rendimiento en el segundo tiempo fue más discreto, la actuación de Lautaro Vargas en los primeros 45 minutos dejó claro por qué es una pieza importante en el esquema de Unión. Su capacidad para asociarse, su movilidad constante y su habilidad para proyectarse en ataque son cualidades que lo convierten en un jugador valioso. Sin duda, este partido fue un paso más en su proceso de consolidación dentro del plantel titular, pero también dejó en evidencia que el equipo siempre atacó por la misma vía.

Otro de los que tuvo un buen primer tiempo fue Lucas Gamba (6). Generó la primera situación del partido. Iban seis minutos del primer tiempo cuando capturó un rebote luego de un tiro de esquina y remató de primera, pero el balón se terminó estrellando en el caño izquierdo del arco defendido por Nelson Insfrán. Mucha movilidad constantemente. Atrajo marcas, se volcó siempre por derecha. Y antes del 1-0, probó con un remate que se fue desviado y dos cabezazos de Marcelo Estigarribia el primero de ellos controlado por el arquero del Lobo y el restante se fue desviado. El Kily modificó el sistema, volvió a la línea de cuatro para acumular más gente en ataque y empujar al elenco visitante que no proponía nada en ataque.Entre el calor sofocante, la humedad persistente y los constantes cambios que alteraban el ritmo del partido, el encuentro seguía sin alcanzar una verdadera fluidez. Desde el primer minuto, se notaba que el cansancio de los jugadores se haría sentir rápidamente, no solo por las condiciones climáticas, sino también por la presión constante que generaban los movimientos tácticos de ambos equipos. Si bien Unión se encontraba bien posicionado en el campo, su dominio sobre el trámite del partido no era tan evidente como podría esperarse. A pesar de controlar la posesión del balón, su juego carecía de la chispa necesaria para crear situaciones de peligro claras, lo cual les impedía concretar la ventaja que parecía tener. Unión, sin duda, había logrado inclinar la cancha a su favor, especialmente por las bandas, donde sus jugadores se mostraban activos y dispuestos a generar el desequilibrio. Las llegadas a los costados eran constantes, y las conexiones por el extremo parecían ser una de las pocas vías por las cuales podrían generar peligro. Sin embargo, un análisis más profundo del juego evidenciaba una gran falencia en su planteamiento: no existía un juego fluido por el medio. La conexión en el centro del campo era nula, y los intentos de penetrar por esa zona se veían rápidamente neutralizados por la sólida defensa rival. Unión se veía obligado a recurrir a los centros largos y a las incursiones por las bandas, pero esto solo funcionaba parcialmente. La falta de un juego interno efectivo ha sido un problema que ha acompañado al equipo durante varios años, y es que, más allá de su buena disposición tácticamente por las bandas, la ausencia de jugadores que se atrevan a romper hacia el centro era evidente. En otras temporadas, Unión solía contar con futbolistas capaces de desbordar por el centro, de crear jugadas que desestabilizaran a la defensa rival y de sorprender con cambios de ritmo que permitieran abrir nuevos espacios. Sin embargo, con el paso del tiempo, esos jugadores han desaparecido, y el equipo ha perdido esa capacidad de sorpresa. Hoy en día, no hay quienes asuman la responsabilidad de atacar por el medio, lo que limita gravemente las opciones ofensivas del equipo. Esta falta de creatividad en el centro del campo es, quizás, la razón principal por la cual el dominio de Unión no se traducía en llegadas claras al arco contrario. La situación se tornaba aún más complicada porque, al no contar con un juego dinámico y fluido en la zona central, los esfuerzos por atacar por las bandas se volvían predecibles. Los laterales y extremos rivales, al notar la carencia de juego interior, se cerraban rápidamente sobre los extremos, haciendo que los ataques por las bandas se disiparan sin peligro real. Además, cuando la pelota llegaba a los delanteros, estos se veían aislados, sin opciones claras para asociarse y sin apoyo suficiente desde el medio campo. El equipo se veía incapaz de generar jugadas colectivas que pudieran romper la estructura defensiva adversaria, y esto creaba una sensación de frustración tanto en los jugadores como en los seguidores que esperaban una respuesta más agresiva y cohesiva.
Es cierto que en el fútbol, el dominio de la posesión no siempre se traduce en victorias, y en este caso, Unión parecía estar sufriendo las consecuencias de depender demasiado de su capacidad para mover la pelota de un lado a otro sin una idea clara de cómo romper las líneas defensivas contrarias. En lugar de buscar opciones en el centro del campo, donde podían asociarse mejor y generar más peligros, el equipo se limitaba a jugar por las bandas, repitiendo constantemente el mismo patrón de juego sin encontrar resultados efectivos. Esto no solo hizo que el partido se volviera predecible, sino también que los jugadores se sintieran desconectados entre sí, ya que no había esa opción clara de romper las líneas enemigas a través de pases filtrados o desbordes por el medio. No se trata solo de recuperar la posesión del balón, sino de saber qué hacer con él cuando se tiene. La creación de juego en el centro es fundamental para cualquier equipo que aspire a ser competitivo, y en este caso, la falta de jugadores con la capacidad de desequilibrar por esa zona está limitando las opciones ofensivas del equipo. Para volver a ser un equipo peligroso, Unión necesita encontrar esa pieza clave que sea capaz de generar juego en el medio, de conectar a los jugadores de ataque con el centro del campo, y de aportar esa imprevisibilidad que hace que las defensas rivales se vean obligadas a adaptarse y a reconfigurar sus esquemas. De no realizarse un cambio en este sentido, en los próximos partidos, el equipo seguirá dependiendo de una fórmula que, aunque eficaz en ciertos momentos, carece de la profundidad necesaria para sostener un dominio constante sobre el juego. El fútbol, después de todo, no se juega solo en los extremos; es en el centro del campo donde se definen los verdaderos partidos. Sin una mejora significativa en este aspecto, la falta de fluidez y de creatividad seguirá siendo un obstáculo difícil de superar para Unión. Los minutos avanzaban y el concepto no variaba. Unión movía la pelota de izquierda a derecha, tratando de triangular y de generar sociedades por derecha, llegar hasta el fondo de la línea y ejecutar un centro pasado, o a la cabeza, pero no tenía gente. Le faltaba profundidad. A todo esto, Pablo Echavarría estaba muy estricto. Cada movimiento era una falta. No permitía tener ritmo el partido. Fue muy pobre lo de Gimnasia: muy chato. No atacó en todo el partido. Le costaba tener la pelota al conjunto de Diego Flores. Sintió la ausencia de Pablo De Blasis, ese jugador con mayor jerarquía que tiene el Lobo de mitad de cancha hacia adelante. LO que sí hacía bien la visita era cortar líneas de pase cuando uno de los defensores o volantes tatengues buscaban filtrar a espaldas de Pata Castro. Pero cuando recuperaba, no tenía velocidad. Estaba a dos o tres ritmos menos, y eso llamaba poderosamente la atención. Poco de Bautista Merlini, sin desequilibrio Manuel Pannaro y sin poder crear juego Lucas Castro, Gimnasia no se encontraba en la cancha como equipo, ya que el mediocampo no frenaba a nadie y marcaba mal.
Unión había optado por un estilo que se basaba en el juego directo, lanzando pelotazos largos hacia el área rival. Sin embargo, esta estrategia reveló una falta clara de ideas de mitad de cancha. Poco de Ezequiel Ham (4). No jugó un buen partido, le faltó profundizar, jugó mucho hacia los costados y le faltó movilidad para el desmarque y para encontrar espacios. Rafael Profini (5) no jugo en el nivel de otros partidos más allá de que Gimnasia no inquieto Alterno buenas con algunos errores de posicionamiento y Franco Fragapane por el costado izquierdo (4) le está costando la adaptación al fútbol argentino. No puede imponerse en velocidad ni tampoco mano a mano por el carril izquierdo. Por otro lado, Gimnasia había realizado algunos ajustes tácticos, especialmente en la zona media, donde reforzaba la posición de Pata Castro. Faltaban 12 minutos para que finalice la primera etapa, y el partido se presentaba como un encuentro totalmente ordinario, sin grandes emociones ni giros inesperados en el marcador. La falta de creatividad de Unión en su juego ofensivo se debía en gran medida a la ausencia de un mediocampista que pueda generar jugadas de ataque con velocidad y precisión. En su lugar, el equipo santafesino se limitó a lanzar la pelota hacia adelante, esperando que sus delanteros puedan aprovechar cualquier error defensivo del rival. Hay algo que, muchas veces, genera confusión y debate: el papel de un delantero como Marcelo Estigarribia en un equipo (5). En teoría, un atacante de su calibre debería estar dentro del área, aprovechando los centros que sus compañeros le entreguen desde las bandas. Sin embargo, en este partido, se evidenció un vacío táctico en la forma en que se desarrollaron las jugadas ofensivas. Si Estigarribia está dentro del área, ¿a quién le va a tirar los centros si no tiene compañía en el mismo sector? Este es un punto que no siempre resulta fácil de entender, pero que se hace evidente cuando no hay la suficiente presencia en el área rival para aprovechar esos balones. En la segunda mitad logró encontrar las oportunidades ideales para brillar. Sin embargo, mejoró notablemente en el segundo tiempo, cuando se mostró más incisivo en los duelos aéreos. Ganó dos duelos por arriba, un aspecto fundamental en su rol como delantero de área. En uno de estos intentos, su remate fue detenido por el arquero rival, mientras que en el otro, el balón se fue desviado, aunque ambas jugadas evidenciaron su capacidad para generar peligro. Estos esfuerzos, aunque no concretaron en goles, demostraron que Estigarribia sigue siendo una amenaza constante en el juego aéreo, lo que es vital para cualquier equipo que dependa de los centros. Además de sus intentos por marcar, Chelo hizo un gran desgaste físico, presionando a la defensa rival y luchando por recuperar el balón en zonas altas del campo. Su capacidad para aguantar la pelota y mantenerla en su poder también fue destacada, ya que permitió que su equipo tuviera más tiempo para reorganizarse y crear nuevas opciones de ataque. No obstante, su falta de efectividad frente al arco, la que podría considerarse «pólvora mojada», es algo que sigue lastrando su rendimiento. El delantero sigue sin encontrar la puntería precisa que lo convierta en un goleador letal. Es un delantero que hace un gran trabajo en términos de sacrificio y esfuerzo, pero necesita mayor apoyo en el área para ser realmente efectivo. La falta de compañía en la zona de definición hace que su tarea se vuelva más difícil, y aunque ganó duelos aéreos y generó algunas oportunidades, su capacidad de concretar sigue siendo una asignatura pendiente. Sin duda, su potencial es grande, pero para que logre rendir de manera óptima, su equipo debe encontrar maneras de ofrecerle más opciones dentro del área rival.

Gimnasia dejaba que Unión salga con pelota dominada en salida. El Lobo se replegaba intensamente cuando no tenía el balón. Entonces, aparece en escena aquella frase que inmortalizó Tim (su nombre real era Elba De Padua Lima), el técnico brasileño que armó el equipo de los Matadores de San Lorenzo en 1968, que permitía que sus jugadores vayan el sábado al cine o que Rendo se retire de la concentración porque le resultaba más cómodo dormir en su casa. Eso sí, aquella libertad tenía un precio: al otro día, en el partido, había que responder en la cancha. Y así armó uno de los equipos más recordados de la historia de San Lorenzo. La frase que inmortalizó Tim, fue la de la manta corta: si te tapás los pies, te destapás la cabeza; y si te tapás la cabeza, te vas a destapar los pies». Algo de eso le está pasando a Unión. Y en el sistema defensivo, hay ocho jugadores que tienen características y obligaciones para trabajar cuando no se tiene la pelota (el arquero, los cinco de atrás y dos de los mediocampistas). Eso significa que hay muchos que participan de ese rol defensivo y pocos a los que les caben las mayores obligaciones de generar fútbol y convertir goles. El diagnóstico aparece como claro, pero las soluciones posibles no terminan de cerrarle al entrenador. El Kily no parece dispuesto, por ejemplo, a provocar un cambio de esquema que permita incluir jugadores de buen pie en el medio para que se juegue a otra cosa. O al menos con otras posibilidades potenciales cuando se tiene la pelota. Ya los rivales lo conocen. Saben que Unión es un equipo que tiene juego por afuera y le tapan la subida de los laterales. Por izquierda, generó muy poco. Mateo del Blanco (6) redondeó un buen partido; no se escondió; en el segundo tiempo fue mucho al ataque y en la marca estuvo atento para cerrar su lateral. Defensivamente no pasó sobresaltos. Y eso fue lo mejor que hizo Unión durante la primera etapa. Lo mencionado por Lautaro Vargas y Mateo del Blanco, los tres zagueros tatengues anularon todo tipo de movimientos de Rodrigo Castillo. Juan Pablo Ludeña (6) volvió a ser titular como ante Huracán, y estuvo a la altura de las circunstancias. Seguridad y eficacia como stopper por la izquierda. A lo largo de los 90 minutos se mostró expeditivo en la marca, cumpliendo su rol de manera eficaz y solida, lo que fue fundamental para mantener el equilibrio y la seguridad en el bloque defensivo. Uno de los aspectos más notables de su desempeño fueron los buenos cruces que realizó, un aspecto crucial en la función de los zagueros centrales. Gran lectura del juego, anticipándose a las jugadas y desactivando situaciones de peligro antes de que pudieran convertirse en amenazas reales. Estuvo bien posicionado, compacto, y organizado frente a los nulos embates de Gimnasia. Particularmente, en el segundo tiempo, fue sobresaliente. Cerró de manera ejemplar una jugada en la que Rodrigo Castillo parecía quedar mano a mano con Thiago Cardozo. A Franco Pardo (5) le está costando encontrar el rendimiento que había tenido el año pasado, cuando era uno de los mejores centrales del fútbol argentino. Ya no tiene ese pase filtrado que lo caracterizaba para romper líneas y encontrar espacios en partidos muy friccionados y con pocos espacios. A los 43 minutos del segundo tiempo, tras un tiro de esquina ejecutado por el costado izquierdo, el exjugador de All Boys quiso rechazar y la pelota pegó en el travesaño en su propia meta. córner para Gimnasia, intentó rechazar un jugador de Unión y la pelota pegó en el travesaño. En la jugada siguiente Mamut remató por arriba. Clara para el Lobo. Otro de los que cumplió una sólida tarea fue Valentín Fascendini (5). Al igual que Ludeña estuvo a la altura de las circunstancias. Le tocó reemplazar a Claudio Corvalán, y, en todo momento, buscó ser salida por el carril izquierdo. Fue amonestado rápidamente por una dura infracción a Pablo De Blasis, y quedó condicionado por lo que restaba de la primera etapa. En el segundo tiempo, el Kily lo sacó y decidió el cambio de esquema. Así todo, era un dolor de ojos observar este partido. No pasaba absolutamente nada. No había un pase a un compañero, los jugadores de Gimnasia vivían en el piso. Mientras tanto, a Unión no se le caía una idea cuando tenía el balón en sus pies. Era todo pelotazos frontales para que se arreglen los dos delanteros. Era preocupante, ya que cada vez involuciona en el juego. Y es que tuvo 12 días de descanso. La nada misma para un equipo que finalizó el primer tiempo en cero y con la indiferencia absoluta de un equipo en el cual intentó, pero que no pudo.

SEGUNDO TIEMPO
El Kily salió a la cancha con los mismos protagonistas, por ende, el mismo sistema táctico. A veces daba la sensación que Unión equivocaba los caminos a la hora de avanzar. Siempre le faltaban cinco para el peso. La idea de Unión en este segundo tiempo era recuperar la pelota en la zona media y poner a correr a Lucas Gamba en el duelo mano a mano ante Morales. Gimnasia no modificaba su postura adentro del terreno de juego, parecía que se conformaba con el punto. A esta altura del partido, se jugaba como quería el Lobo. A Unión le cuesta darle velocidad a sus ataques. Era todo previsible, pases laterales, todos hacia atrás. Tenía que empezar a progresar hacia adelante. Gimnasia se posicionaba en un bloque medio, ocupando bien los espacios. No tenían con quien descargar los defensores tatengues. Los minutos pasaban y Unión era un manojo de nervios. Gimnasia le regaló la iniciativa, la pelota y el terreno a un Unión que quería pero que no podía. Históricamente siempre le costó esta clase de rivales, que lo único que hacen es abroquelarse bien y esperar su momento. La gente se empezaba a impacientar cuando los jugadores tocaban hacia atrás. Se tenían que empezar a mostrar los volantes rojiblancos. A los 11 minutos, como suele suceder en cada partido, el Kily rompió la línea de cinco defensores (cuando tuvo la pelota quedó con tres en el fondo). Se dio cuenta que le sobraba un defensor y le faltaba gente en ataque. Afuera Valentín Fascendini, amonestado, de un correcto partido y adentro Agustín Colazo (4). El exjugador de Aldosivi incidió poco en ataque y, por momentos, se lo notó lento en los desplazamientos, aún no logra completar un buen partido y está lejos del gol. Un par de minutos más tarde, al Kily no le gustó lo que estaba viendo, y, por eso, buscó darle más fútbol de mitad de cancha hacia adelante. Entró Lionel Verde (8) y Julián Palacios a volantear por el costado izquierdo. Verde se ubicó como una especie de enlace interno por izquierda. El 10 tatengue no había entrado bien. De hecho, la primera pelota que tocó fue una pérdida, y en la segunda le cometió falta a un hombre de GELP, quien comenzaba a notar algunos huecos defensivos a espaldas de los centrales tatengues. La gente empezó a cantar «ponga huevos, y Tate ponga huevos». Unión en este segundo tiempo perdió todo tipo de sorpresas. Fue inteligente la postura del Traductor Flores, ya que ajustó marcas y Vargas ya no tuvo la misma proyección. Lo tuvo para ganar el conjunto de La Plata cuando Castillo recibió un pase desde atrás y, en el borde del área de Unión, dio media vuelta y remató al arco de Thiago Cardozo (5), pero la pelota se fue por el costado del palo izquierdo del arquero uruguayo.
Este periodista hace años que viene cubriendo la actualidad del Club Atlético Unión. Y muy pocas veces, por no decir nunca, el 15 de Abril explotó con la entrada de un jugador. A los 23′, llegó el turno del debut de Diego Armando Díaz (7) por Lucas Gamba. En la misma ventana de modificaciones, se retiró Lautaro Vargas por Francisco Gerometta (6) para oxigenar el costado derecho. En un mercado de pases que tuvo incorporaciones como la del campeón del mundo Gonzalo Montiel a River, el vasco Ander Herrera a Boca Juniors y hasta el ex Real Madrid Keylor Navas a Newell’s. El mercado de pases argentino tuvo de todo y se caracterizó en la última ventana por los nombres rutilantes que lo protagonizaron. Sin embargo, Unión fichó a un tapado que puede darle rédito a futuro con goles: Diego Armando Díaz, un delantero de 23 años que convirtió 47 goles en una liga departamental santafesina y realizó la pretemporada en el Tatengue. ¿Quién es Dad Díaz? Su apodo es un mote que tomó por las iniciales de sus nombres de pila -con referencia al dios terrenal Maradona- y apellido. Es oriundo de la localidad chaqueña Los Frentones y cautivó a toda la provincia de Santa Fe por sus conquistas de alta factura vistiendo la camiseta de Club Atlético Susanense, campeón del Clausura 2024 en la Liga de San Martín (Santa Fe). Aunque los primeros pasos los dio en Vía y Obras y 9 de Julio, equipos de su tierra natal, empezó a llamar la atención cuando se mudó a Santa Fe e infló redes en Unión de Arrufó, donde fue pescado por un club de mayor envergadura como Sportivo Las Parejas, que ahora dio el anuncio del acuerdo del préstamo con cargo y opción de compra con el Tatengue. La particularidad es que Las Parejas lo cedió en 2023 a Club Central Argentino Olímpico, mientras que en 2024 hizo lo propio con Susanense, donde halló su lugar en el mundo. Fueron 47 goles en apenas 43 partidos a lo largo del año, si se toman en cuenta los 10 que anotó en Copa Federación, 7 en Copa Santa Fe, 12 en el Torneo Apertura y 18 en el Torneo Clausura en el que su equipo se consagró campeón. En el Rojo lo consideran un héroe por haber sido la gran figura del campeonato que cortó una sequía de 26 años sin vueltas. “Me gusta arrancar casi de mitad de cancha. Jugábamos con doble 9, así que yo volvía un poco más y mi compañero se quedaba más arriba. Es un sueño lo que estoy viviendo”, fueron las tímidas palabras con las que se autodefinió en el programa ADN Gol de Santa Fe el chaqueño que dio el salto a Primera de forma meteórica y fue viral en las redes sociales por uno de sus entrenamientos personales. Su esposa fue la que lo grabó llevando a cabo diferentes rutinas entre las que se destacó un zigzag sobre una cancha de tierra en la que fijó botellas vacías de fernet como si fueran conos. La cancha se vino abajo cuando la voz del altoparlante anunció el ingreso del DAD. En la primera que tocó, se perfiló con su derecha, sacó un remate que reventó el travesaño. En la segunda pelota, desparramó a un defensor y el centro atrás. Y en la tercera, un giro hacia adentro y no le devolvieron la pared.
Comenzaba a ser de ida y vuelta el partido. Unión quedaba expuesto defensivamente. Antes, había ingresado Julián Palacios (5), con mucha actitud para correr y empujar por la banda derecha. Generó un par de infracciones cuando recibía la pelota de frente al arco, aunque sigue faltándole claridad en el manejo del balón. El Tate tenía acorralado a un Gimnasia que no encontraba la forma de salir de su área. El gol estaba al caer. Hasta que cayó nomás. Lionel Verde hizo la personal y le dio de zurda, cruzado, desde afuera del área. Palo y gol para abrir el marcador. Merecido 1-0. A los 42, Gimnasia fue a buscar el empate y casi lo consigue. Pardo intentó despejar, pero la pelota dio en el palo, salvándose así Cardozo. El final fue de dientes apretados. Gimnasia se acordó de atacar, y de contra, Verde y Díaz combinaron y casi aseguran el resultado. Unión aguantó y ganó con sobrada justicia su primer partido del año. Recupera algo de paz y ahora está obligado a ganar el miércoles ante Colegiales por la Copa Argentina.
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