Por Darío Fiori
En ajedrez, estar «en jaque» es una situación crítica y decisiva. El rey, la pieza más importante del juego, se encuentra bajo amenaza directa de ser capturado, y el jugador debe actuar de inmediato para evitar la derrota. Esta situación no solo representa una amenaza inmediata en el tablero, sino que también se puede interpretar como una metáfora poderosa de la vida misma, donde las decisiones cruciales y los momentos de crisis nos obligan a tomar medidas rápidas y determinantes. El jaque, en este contexto, puede verse como un reflejo de esos momentos en los que nos enfrentamos a desafíos aparentemente insuperables y nos vemos obligados a tomar decisiones que definan nuestro futuro. El concepto de «estar en jaque» en ajedrez implica que la posición de un jugador es desesperante, pero no necesariamente terminal. Hay opciones, aunque limitadas, para escapar de la amenaza. Se puede mover el rey a una casilla segura, bloquear el ataque con una pieza propia o capturar a la pieza atacante. Sin embargo, el tiempo es esencial. La diferencia entre una jugada acertada y un error fatal puede ser mínima, y es en este tipo de momentos donde la claridad de pensamiento y la capacidad de tomar decisiones rápidas juegan un papel fundamental. En la vida cotidiana, todos nos enfrentamos a momentos de jaque, ya sea en el ámbito personal, profesional o emocional, donde las decisiones que tomamos pueden alterar el curso de nuestra existencia. Al igual que en ajedrez, la clave está en evaluar rápidamente las opciones y actuar con determinación. La noción de jaque también resalta la importancia de la anticipación y la estrategia. En el ajedrez, un jugador experimentado no solo responde a los movimientos de su oponente, sino que también se prepara para futuros ataques, construyendo una posición sólida que le permita defenderse y, en última instancia, ganar. Esta capacidad de prever las jugadas del adversario es esencial para superar el jaque, y es igualmente relevante en la vida. Las decisiones que tomamos no siempre tienen consecuencias inmediatas, pero su impacto puede sentirse en el futuro, y la preparación para afrontar esos momentos de crisis se construye con cada acción tomada en el presente. La vida, como el ajedrez, requiere tanto de la capacidad de reaccionar ante lo inesperado como de una planificación a largo plazo que nos permita anticipar posibles dificultades.
Además, el concepto de «jaque» refleja la presión inherente a enfrentar situaciones de riesgo. La sensación de estar bajo amenaza, de no tener todas las opciones a disposición, genera estrés y puede nublar el juicio. En el tablero de ajedrez, el jugador debe mantenerse calmado y racional, pues cualquier reacción impulsiva podría ser fatal. En la vida, las personas a menudo enfrentan situaciones que los ponen en una posición de vulnerabilidad: problemas financieros, decisiones laborales difíciles o crisis personales. La clave para salir de estas circunstancias no está en evitar la presión, sino en gestionarla de manera efectiva. El jaque enseña que, en momentos de tensión, mantener la serenidad y hacer una evaluación clara de las opciones disponibles es fundamental para no caer en la trampa del error impulsivo. Sin embargo, la metáfora del jaque también nos recuerda que, en ciertos momentos de la vida, es posible que no haya una salida fácil o inmediata. A veces, por más que intentemos movernos, bloquear el ataque o capturar la amenaza, las circunstancias nos llevan inevitablemente al «jaque mate». Aceptar que no siempre se puede ganar es parte del proceso. El ajedrez no solo se trata de derrotar al oponente, sino de aprender a manejar la adversidad y las derrotas de manera digna. En la vida, al igual que en el ajedrez, es importante aprender a aprender de los fracasos, a levantarse después de la derrota y a continuar avanzando, con la conciencia de que cada paso nos acerca más a la experiencia y la madurez. En conclusión, el concepto de «estar en jaque» no solo es fundamental en el ajedrez, sino que también ofrece una poderosa reflexión sobre cómo enfrentamos las crisis en nuestra vida diaria. Nos recuerda la importancia de tomar decisiones con claridad, de anticipar los desafíos y de gestionar la presión de manera efectiva. Al mismo tiempo, nos enseña que la derrota no siempre es el final, sino una oportunidad para aprender, crecer y seguir luchando. Como en el ajedrez, la vida está llena de momentos decisivos, y nuestra capacidad para navegar por ellos define nuestra trayectoria. Estar en jaque no es solo un desafío, sino una oportunidad para demostrar nuestra fortaleza y resiliencia.

¿A qué vamos con esto? Que el Kily González está en jaque en Unión tras la derrota ante Independiente Rivadavia (2-0). Su tiempo al frente del equipo se ha visto marcado por la constante incertidumbre y la presión de no lograr la estabilidad esperada en el rendimiento del equipo. El entrenador llegó con la esperanza de devolverle al club la competitividad que tanto había perdido en los últimos años, pero, a medida que pasan los partidos, la sensación general es que su proyecto no avanza, y la confianza que los hinchas depositaron en él empieza a desmoronarse. La irregularidad ha sido una constante en su gestión, con partidos que alternan entre buenos rendimientos y desastres futbolísticos. Sin una idea clara y sin poder transmitir una identidad definida a sus jugadores, el Kily González se encuentra en una encrucijada, en la que cada paso en falso puede llevarlo a perder su puesto en un club que no tolera más fracasos. Desde que asumió como director técnico de Unión, González ha intentado imponer un estilo de juego basado en la presión alta y el desequilibrio por las bandas, pero la realidad es que el equipo ha sido incapaz de mostrar una evolución tangible. La idea de juego parece limitada y, a pesar de contar con un plantel que, aunque no es el más estrella, tiene suficiente potencial, el Kily no ha logrado que ese potencial se traduzca en resultados consistentes. Los futbolistas, en muchos momentos, parecen perdidos en el campo, sin saber exactamente qué hacer ni cómo hacerle frente a la diversidad de rivales que enfrentan semana tras semana. Es cierto que el equipo ha mostrado chispazos de buen fútbol, pero esos momentos de brillantez han sido fugaces, dejando una sensación de que la fórmula utilizada no tiene la solidez necesaria para sostenerse en el tiempo. Este escenario de irregularidad ha puesto al Kily González en una situación delicada, donde la paciencia de los hinchas y los directivos se agota rápidamente. Además, la gestión de los recursos humanos dentro del plantel ha sido cuestionada en diversas ocasiones. Las decisiones tácticas y los cambios realizados durante los partidos han generado desconcierto en la hinchada, que ve cómo el equipo se desmorona cuando se enfrenta a equipos con una estrategia más definida o con un mejor funcionamiento colectivo. La falta de recambios efectivos ha sido otro factor que ha jugado en contra del Kily. A pesar de contar con algunos jugadores interesantes, la dependencia de ciertas figuras ha sido demasiado marcada. Cuando esos jugadores no rinden al nivel esperado, el equipo se ve afectado de manera directa. Los chicos que debían ocupar esos lugares en el plantel, como Lionel Verde, han sido puestos en situaciones de alta presión, lo que genera más incertidumbre y poca confianza en el proceso. En términos de gestión del plantel, el Kily González ha tenido dificultades para encontrar el equilibrio entre la experiencia y la juventud, entre la estabilidad y la frescura que necesita su equipo para competir a buen nivel. A nivel dirigencial, la paciencia con González comienza a ser cada vez más corta. Hay quienes no están de acuerdo con la continuidad del entrenador, y otros sostienen el proyecto deportivo, pero claro, todo proyecto deportivo debe ser sostenido a base de resultados y buen juego, sino queda todo en la nada. Unión no es un club que pueda permitirse largos ciclos de transición sin resultados claros. La historia reciente del club está llena de frustraciones y promesas incumplidas, lo que hace que la exigencia de los hinchas y los dirigentes sea cada vez más alta. Los últimos meses han mostrado una marcada inconsistencia en el rendimiento, lo que lleva a la inevitable pregunta: ¿Hasta cuándo se mantendrá al Kily González como entrenador si los resultados no llegan? La presión aumenta con cada fecha que pasa, y el margen de error parece cada vez más estrecho. El entrenador sabe que, en el fútbol, como en pocos ámbitos, el tiempo es un factor crucial, y los resultados deben llegar rápidamente si se desea mantener el puesto. Es imposible que una institución como Unión siga conformándose con solo estar en la mitad de la tabla, sin pelear por algo relevante. La expectativa es mucho mayor, y el Kily debe encontrar la forma de superar este momento de crisis si no quiere verse arrastrado por la ola de críticas que cada vez se intensifica más. En este contexto, la irregularidad en el rendimiento del equipo no es solo un inconveniente, es una condena. Los hinchas están cansados de ver cómo su equipo se debate entre la lucha por la permanencia y la mediocridad, sin dar señales claras de que puede aspirar a algo más grande. La esperanza de ver a Unión pelear por un lugar en competiciones internacionales o, al menos, posicionarse como un equipo respetado dentro del fútbol argentino, se desvanece cada vez que el equipo muestra su falta de consistencia. El Kily González ha tenido oportunidades para corregir el rumbo, pero la sensación de que el barco se hunde lentamente se hace cada vez más evidente. La falta de respuestas tácticas, la dependencia de recursos limitados y la incapacidad de darle un sello propio a este equipo han puesto a González en una situación límite. Si bien el tiempo para rectificar sigue existiendo, la presión sobre él aumenta a medida que pasan los partidos sin que se vea una mejora sustancial en el juego o en los resultados. El Kily González está en jaque, y la única forma de salir de esta situación será con un cambio rotundo en la forma de jugar, con un golpe de timón que devuelva la confianza tanto a los jugadores como a los hinchas. De lo contrario, lo que parecía ser un proyecto con potencial podría convertirse en otro ciclo de fracasos para un Unión que necesita con urgencia encontrar la estabilidad y la competitividad que tanto le ha sido esquiva en los últimos años. Hay una convicción compartida que estamos en una pendiente sin que se pueda vislumbrar dónde termina su camino descendente. Esta visión de la realidad que excede absolutamente los pésimos resultados futbolísticos y sucesión de frustraciones son los que llevan a la intemperancia y desazón que se manifiestan en el estadio, en las columnas de opinión, en los diálogos entre pares, en los portales partidarios.
Los hinchas están atrapados en un sentimiento de pesimismo generalizado que los hace girar a todos en un espiral sin fin, perdidos en la búsqueda de la salida. Sabemos, o al menos yo mantengo la esperanza que los que asumen roles de conducción lo saben, que el clima institucional es el resultante del acople de los intereses, necesidades, requerimientos y expectativas de los miembros de una organización. Es el resultado del grado de encuentro y/o desencuentro entre la gente y la institución que ocurre en Unión hoy está a la vista para la mayoría. Supo decir Mario Bunge, el filósofo argentino recientemente fallecido, que “Una contradicción puede resolverse, una confusión puede ser aclarada, pero lo absurdo es intratable”. Y son estos escenarios en los cuales nos estamos moviendo, los que venimos transitando sin resolución de continuidad. Las 3 etapas son fácilmente comprobables: la renuncia de un DT y su recontratación inmediata, los conflictos de poder permanentes, los yerros en contrataciones anunciadas y nunca concretadas cuyos ejemplos son muchos en estos años, y finalmente los contratos, las ventas y los préstamos como políticas indefendibles. Contradicciones, confusiones y absurdos. Los tres estadios en plenitud ante la intemperancia hay una responsabilidad mayor en la conducción que es la de traer la calma. Vivimos en democracia y queremos también que la misma se ejerza finalmente en las instituciones que elegimos para desarrollarnos, eso no debe estar en duda y este mandato debe concluir en el tiempo que le está fijado. De lo que se trata es de las cosas a las cuales deben abocarse y las cuales una paciente, pero cansada “marea roja” le está reclamando: generar una institución posible promoviendo las condiciones que posibilitan un clima institucional favorable y que son: la responsabilidad, las pautas, el reconocimiento, la claridad institucional, accesibilidad al liderazgo, el planeamiento y la ejecución. Hay un clima compartido que estamos mal y hay intemperancia, frente a ello hay autismo en la conducción en reconocerlo y diagnosticar. Es una combinación que no suma, sino que resta y mucho. Cuando se disfrutan los éxitos escuchamos que es resultado y producto del trabajo de dirigentes, voluntarios, hinchas, cuerpo técnico y jugadores. Cuando el fracaso es prolongado también es responsabilidad compartida. Sin eufemismo, en el campo de juego también están los dirigentes junto a los jugadores tras cada pelota. Cuando el jugador se siente en soledad, flaquea. Cierro nuevamente con Mario Bunge (que bien nos hace en la Argentina pedirle ayuda para las organizaciones a la filosofía y al pensamiento). Cuando se le preguntó en su última entrevista si la Argentina, como el gran país que fue, es irrecuperable, él supo responder tajante: “No, hay que dejarse de lamentos y empezar desde abajo”. En Unión también.
Unión no está para pensar en comer caviar cuando no logra las cuatro comidas diarias. El Tate no puede pensar en multiplicar cuando no sabe hacer simples sumas y restas. Cuando parece que no hay nada más abajo, el plantel parece desafiar las leyes de la física y se hunde en un agujero negro indescifrable. No clasificar entre los mejores ocho de la Copa de la Liga será el último clavo al cajón. Unión no sólo deberá hacer malabares para afrontar el turbulento presente. Torneos como estos obligan a una reconsideración de los objetivos para el equipo para la próxima edición del campeonato doméstico. Deberá sumar para evitar la reaparición de algunos fantasmas. La gran pregunta es cómo se hace. Por dónde se comienza. No hay ningún cimiento fuerte. Parece que el suelo fue avanzado por un terremoto. Unión no tiene ni un botiquín de primeros auxilios para atender la urgencia. No hay respuestas en los titulares, ni en los suplentes. Quizás, entonces, apelar a la espiritualidad termine siendo el camino. Ante la nulidad de razones válidas para pensar en una recuperación, debemos creer que lo mejor es aferrarnos al milagro. A que exista un peor equipo que Aldosivi, Vélez o San Martín de San Juan. Se ve difícil. Se tendrá que considerar multiplicidad de religiones y a una infinidad de imágenes de parientes. ¿Por qué no analizar llevar crucifijos como pidió Diego Maradona en el Bosque en su momento? Sólo expresiones con cierto sarcasmo ante el escepticismo que predomina en el aire de Unión donde falta el oxígeno. A una semana del sorteo de sus rivales por la Copa Sudamericana, Unión pidió ir a la esquina del ring a reponerse en el primer round. Se siente agotado en todos los aspectos. Si hubiera una toalla blanca, quizás se tira porque el Tate parece no poder sacar una mano más. Recibe golpe tras golpe y “madura el nocaut”. Es imperioso que exista una reacción. Así como le pasó a Boca con Fernando Gago, Unión ahora tiene que rendir exámenes finales todas las semanas. Ganar como local ante Banfield significaría nuevamente una bocanada de aire. Podría ser el punto de inflexión para salir del asfixio, del fondo del mar en el que se encuentra. No se puede dar el lujo de subestimar rivales. Ya no se trata de que es un rival accesible o no, como hasta hace tanto se creía. Unión, en Mendoza, en la tierra del sol y del buen vino, comprobó que puede perder con todos. En medio de un clima de crisis, este plantel deprimido, el cual se autoflagela todo el tiempo, tendrá que levantar la cabeza y salir a ganar el lunes. De la manera que sea. El triunfo es prioritario para asomar del pozo y escaparle a la oscuridad.

Hoy, Cristian González se asemeja a ese ministro de Economía que, a diario, incrementa el valor del dólar y, luego, se ve obligado a sentarse en una conferencia de prensa para intentar controlar los mercados, diciendo: «No, no, no, pero esperen, hay confianza. Esperen, hablé con el FMI, mañana me enviarán 40.000 millones de dólares, como hizo Mauricio Macri en su momento. Les aseguro que mañana el dólar va a bajar». Al día siguiente, uno se despierta a las 10 de la mañana esperando que, por favor, los mercados lo respalden y el dólar no se dispare. Y, obviamente, es un individuo que goza de credibilidad. Recuerdo que, recientemente, vi la serie sobre el 2001, cuando Fernando de la Rúa llama a Domingo Cavallo, quien gozaba de toda la credibilidad posible. Sin embargo, cuando la gente comenzó a retirar sus ahorros del banco, no hubo Cavallo que pudiera detener la corrida cambiaria. Finalmente, fue necesario destituir a Cavallo. Esa serie presenta a Cavallo como un hombre alterado, insultando a todos, golpeando la mesa y tratando mal a los presentes. Se muestra completamente desencajado: en una conferencia de prensa, llegó a hablar de «sometimiento». ¿En serio, Cristian? ¿Cómo puede un equipo someter a otro si Unión sólo realizó un disparo al arco en 90 minutos?
Las palabras de Madelón aun retumban
“Sólo pido una cosa, y costó mucho llegar aquí, no dejemos que la llama se apague. Si cualquiera ve eso, exija como socio, hincha, directivo, empleado o jugador seguir llevando a Unión a lo más alto, y ponerse un nuevo objetivo. Saber que se puede ser campeón del fútbol argentino.” Estas fueron las últimas palabras en la carta de despedida del ídolo máximo que tiene la institución rojiblanca, Leonardo Carol Madelón.
Si se establece un paralelismo entre los acontecimientos de aquel período y la situación actual, el 1 de marzo de 2025 se presenta de manera sorprendentemente similar. Por supuesto, con la salvedad de que Unión no enfrenta una amenaza tan inminente de descenso como la que afronta en este momento. En la temporada 2016/2017, se vislumbraba un período desafiante para el equipo. El inicio de la pretemporada se caracterizó por la presencia de un plantel notablemente reducido, mientras que los esperados refuerzos nunca llegaron. Algunas de las primeras opciones que había contemplado Madelón para fortalecer el equipo se concretaron a favor de otros clubes, lo cual complicó sobremanera la búsqueda de alternativas en diversas posiciones. La combinación de la escasez de jugadores disponibles y los elevados costos de los traspasos generó un escenario en el que se tomó la decisión, en colaboración con la directiva, de apostar por la consolidación de los talentos surgidos de las divisiones inferiores. De manera complementaria, se procuró realizar algunas incorporaciones con el objetivo de completar la plantilla en todas sus líneas.
Ocho años después, Unión se encuentra en la misma sintonía. Gustavo Munúa solía repetir la expresión «Este es el camino» después de cada encuentro, a pesar de los resultados desfavorables que se repetían. Hubo escasa autocrítica en sus conferencias de prensa, ya que enfatizaba la idea del «camino» y la palabra «proyecto» una y otra vez. La idea de consolidar jugadores provenientes de las divisiones inferiores con la experiencia de otros, con el propósito de establecer un estilo de juego y vender jugadores para mantener el plan económico, era la base de su estrategia. Roberto Battión, que por entonces estaba a cargo de la Secretaría Técnica de Unión, expresó la importancia de apoyar a los jóvenes, los experimentados y al entrenador.

No obstante, la armonía en el club comenzó a resquebrajarse. A pesar del entusiasmo por el título mundial de la Selección Argentina en Qatar, en Unión no había clima festivo. Era una tormenta. Crecían cada vez más los problemas entre el cuerpo técnico y la secretaría técnica comandada por Roberto Battión, Esteban Amut y Alejandro Limia. Mientras el Mundial distraía la atención, el equipo tuvo un bajo rendimiento y cerró el año 2022 con una derrota contundente ante Central Córdoba. El 8 de enero de 2023, el presidente de Unión, Luis Spahn, en un programa por Sol Play 91.5 «Asado Monumental», confirmó las diferencias entre Munúa y Battión, a tal punto que dijo: «Tuve una reunión con Battión y Munúa, a fin de que tengan una buena comunicación sobre los refuerzos que hay que incorporar”. A medida que avanzaba el verano, las diferencias entre el DT y el exjugador de Unión se hicieron insostenibles, agravadas por malos resultados, desacuerdos en incorporaciones y problemas económicos para girar dólares al exterior. Esto condujo a una ruptura total entre el entrenador, la secretaría técnica y el presidente, Luis Spahn. El dicho dice: «Siempre que llovió, paró». Pero en Unión, lejos estuvo de dictarse eso. Llegó marzo, y el primer día del mes, Roberto Battión pegó el portazo y se apartó de la estructura futbolística. La bronca fue porque el actual presidente apoyaba al actual entrenador. No obstante, el crédito era escaso. Paralelamente, había que jugar un partido contra Estudiantes. La gente, muy enojada por la situación, colgó una bandera en la puerta del club, pidiendo la renuncia de Spahn.
El presidente le otorgó a Munúa el control total sobre las decisiones futbolísticas. No obstante, este poder fue efímero, ya que después de ganar un partido y empatar otro, el uruguayo fue destituido tras una derrota ante River en el Monumental por 1-0. Durante su mandato de 18 meses, Munúa dirigió 71 partidos, con un balance de 22 victorias, 19 empates y 30 derrotas, con una efectividad del 40%. Logró algunas cosas, como por ejemplo promover juveniles, ganar un clásico, clasificar a una Copa Sudamericana y llegar hasta los octavos, la mejor marca de Unión en competencias internacionales. No obstante, después de la eliminación ante Banfield en aquella fría noche de San Nicolás, disputó 43 partidos, ganó 9, empató 12 y perdió 20. Ante la pregunta matemática de por qué hoy Unión pelea el descenso, la respuesta se encuentra en los números del renglón anterior.
En 2009, Luis Spahn asumió la presidencia de Unión. Arribó al club acompañado de Jorge Molina, trayendo consigo un respiro vital para revivir una institución que se desmoronaba. Se encontraba cerrada e inactiva, con protestas en la entrada por deudas con el personal. Con decisión y un claro enfoque, implementó un sólido plan que permitió la recuperación y el resurgimiento gradual de la institución, llevándola de su precario estado a una renovada marcha hacia adelante. Es difícil sobrestimar el impacto de la llegada de Spahn en el destino de esta institución centenaria. En tres años logró el ascenso a Primera. Llegó la campaña de los 26 partidos sin ganar, y a partir de 2015 se consolidó en la Primera División, incluso participando en las ediciones de la Copa Sudamericana en 2019, 2020 y 2022, marcando por primera vez en más de 110 años de historia del club que participaba en esta competición internacional.
Desde el punto de vista político e institucional, ¿quién se iba a cuestionar a un presidente que ganaba con un margen amplio, sin oposición y con pocos que cuestionaban su liderazgo en el club? Sin embargo, comenzaron a surgir críticas en relación con la falta de transparencia sobre la cantidad de dinero que Spahn había invertido en el club y cuánto había recuperado. También surgieron debates sobre deudas generadas por ventas de jugadores, como en los casos de los hermanos Pittón a San Lorenzo y Damián Martínez a Rosario Central. Los «veranitos» que tuvo Unión al entrar en las primeras competiciones internacionales se debieron en gran parte a Leonardo Madelón. Mantuvo un equipo competitivo a pesar de tener un plantel limitado en tamaño. No obstante, a veces se encontraba con el desafío de que su equipo se desarmaba y no llegaban jugadores de alta calidad.
A partir de la temporada 2020, en Unión comenzó a cobrar importancia la frase «Hay que dar un salto de calidad», especialmente cuando el club vecino, Colón, ganó el campeonato en 2021. La pandemia de COVID-19 (2020-2021) marcó el final del período de Madelón en Unión. Juan Manuel Azconzabal asumió el cargo y el enfoque se centró en jugar con jóvenes talentos. Surgió el reconocido «proyecto» impulsado por la secretaría técnica (Battión-Amut). Azconzabal dejó el cargo debido a los malos resultados, luego llegó Munúa, pero tanto él como la secretaría técnica se retiraron después. Esto dejó a Unión bajo la dirección de Sebastián Méndez, en medio de una situación caótica. En el mejor momento de Unión, el Gallego decidió irse a Vélez con el 50 por ciento de los puntos obtenidos.
Más que mejorar la calidad del equipo, la venta de jugadores clave como Gastón González, Juan Ignacio Nardoni y Juan Carlos Portillo (estos dos últimos a muy pocos días de arrancar un nuevo torneo), a falta de jugadores con experiencia y los errores de Munúa llevaron a Unión a la lucha por evitar el descenso. La situación se volvió aún más complicada, ya que el problema no se limitaba solo al ámbito futbolístico. En Unión, los problemas institucionales y políticos se agravaron debido a los malos resultados y los desafíos económicos. La falta de aprobación de la memoria y el balance en una asamblea que se interrumpió en octubre de 2022 (sin fecha de realización), el equipo en el último lugar, obras incompletas, fuertes disputas políticas y actos de violencia en los partidos locales, contribuyeron a esta situación. En vista de esta situación crítica, el presidente convocó a líderes de las agrupaciones opositoras. Se reunieron el 18 de mayo, y este encuentro fue considerado como «positivo». A partir de entonces, se comprometieron a colaborar para reducir el conflicto político y abordar la crisis que enfrenta Unión. La prioridad inmediata es evitar el descenso. Mientras tanto, la palabra «unión» se convierte en el pilar para avanzar. Esto no significa que todas las diferencias y cuestionamientos desaparezcan por completo, sino que se busca poner fin al conflicto político y centrar todos los esfuerzos en sacar a Unión de esta difícil situación.
Unión sigue retrocediendo desde lo futbolístico.
El manejo despotencial, egocéntrico y falaz de los sentimientos por parte de Luis Spahn, Cristian González y la Comisión Directiva de Unión sumerge al club en un abismo de desesperanza. Todas las decisiones parecen estar influenciadas por la comodidad del egoísmo y las promesas incumplidas. Esta gestión, marcada por la austeridad en la derrota y la falta de acción, está llevando a uno de los clubes más importantes del interior inevitablemente hacia un destino oscuro. Ese destino oscuro que vivió en carne propia y que estuvo a 45 minutos de irse al descenso por séptima vez en su historia. Es evidente que el camino que tomó el club bajo esta dirección es insostenible. La falta de resultados, la ausencia de victorias y la incapacidad para marcar goles han convertido a Unión en un espectáculo desagradable y lamentable para sus hinchas. La indignación y la desesperación invaden ante la impotencia de ver a los delanteros rojiblancos. Todos los que sienten amor por el rojo y blanco se fueron a dormir preocupados: ¿Cómo se puede sacar adelante esta situación? ¿Qué jugadores le pueden cambiar la cara a este equipo después de diciembre? ¿Qué puede ocurrir en caso de que tres o cuatro referentes dejen el club en el próximo mercado de pases? ¿Los pibes se aguantarán la presión de jugar en un equipo tan inmenso en este contexto? Son muchísimas las dudas que se generaron en el Mundo Tatengue tras una nueva derrota –la quinta en ocho partidos- ante Independiente Rivadavia. Está claro que la dirigencia no se puede equivocar nuevamente. Urgentemente se deben tomar decisiones acertadas y para eso se necesita a una persona capacitada a la hora del armado de un plantel. Independiente debe tener un mánager. ¿Es necesario que sea alguien con pasado en el club? Yo no lo veo como un requisito indispensable. Acá estamos hablando de alguien que esté capacitado, que tenga el conocimiento que se requiere para no fallar, una vez más, en un mercado de pases. Esperemos que los dirigentes tomen cartas en el asunto y puedan conformar una Secretaría Técnica. Por el bien del hincha, por el bien de ellos y, fundamentalmente, por el bien del Tate. Un club que pasa todo esto es muy difícil que pueda progresar.
En la previa de este encuentro, Riestra empató 1-1. Llegó a estar en ventaja y parcialmente se ubicaba entre los mejores cinco de su zona. Hasta Riestra compite y Unión no. Qué karma que es la Copa de la Liga para Unión. Es un formato que el equipo nunca logró aprovechar. Desde que su eterno rival se consagró campeón la noche de San Juan el 4 de junio de 2021, goleando a Racing, Unión nunca se preparó para dar el salto de calidad que tanto anhela su hinchada. En 2021, cuando necesitaba ganarle a Colón para avanzar a los cuartos de final y enfrentarlo a las 72 horas, se conformó con un empate 1-1 en el Barrio Centenario. En 2022, comenzó bien y se mantuvo líder durante algunas fechas, pero luego perdió cinco partidos seguidos y quedó eliminado de todo. En 2023, luchó contra el descenso hasta la última fecha de la Liga, sabiendo que necesitaba ganarle a Tigre sí o sí para mantenerse en Primera División. En los últimos tiempos, los dirigentes de Unión de Santa Fe han demostrado una alarmante falta de gestión y visión, comenzando por su evidente negligencia al no convocar una asamblea para aprobar la memoria y balance del club en tiempo y forma. Este es solo uno de los ejemplos de una serie de equivocaciones que, aunque pueden parecer menores, tienen consecuencias graves que se pagan a lo largo del tiempo. La inacción y los errores en la toma de decisiones afectan a todos los niveles del club y demuestran una falta de planificación a largo plazo, además de una desconexión con las necesidades reales de los socios y hinchas. Un club que no es capaz de cumplir con lo más básico en términos de transparencia y funcionamiento interno, difícilmente podrá aspirar a ser competitivo en el ámbito deportivo.
El entrenador, con más de 70 partidos en su haber, también cometió decisiones desacertadas. No basta con encontrar un esquema que funcione por un par de partidos; el equipo debe evolucionar, adaptarse y cambiar cuando las circunstancias lo requieren. Desde esta humilde columna de opinión, se había señalado, sin temor a equivocarse, que la línea de cinco defensores, que durante algún tiempo fue una opción válida, ya no funcionaba. Jugarle de la misma manera a un Boca o Independiente Rivadavia mostraban la falta de ideas. Uno de los aspectos más dolorosos y frustrantes para los hinchas de Unión es la venta de jugadores clave por grandes sumas de dinero, como los 18 millones de dólares obtenidos por el pase de un futbolista importante, y la falta de inversión en el plantel para reforzar áreas críticas. Este dinero nunca se destinó a la contratación de jugadores que puedan pelear por algo verdaderamente importante, como una clasificación a la Copa Libertadores o un campeonato local. La última vez que Unión terminó entre los primeros cinco en el fútbol argentino fue hace 45 años, lo que deja en evidencia que generaciones enteras han crecido sin ver al club pelear por un título o incluso por puestos relevantes en la tabla. El club, en lugar de dar pasos hacia adelante, sigue estancado, limitándose a clasificar a una Copa Sudamericana, un torneo que ha perdido importancia en comparación con años anteriores, sobre todo considerando que hasta el puesto 13 de la liga tiene acceso. La situación actual de Unión refleja un claro desajuste entre lo que la institución puede ofrecer y lo que su gente demanda. El pueblo unionista está cansado de la mediocridad y la falta de ambición. Está harto de conformarse con una «sopa» que se sirve de manera repetitiva y sin sabor. Quiere cambios, un menú distinto que le devuelva la ilusión de pelear por algo grande. Sin embargo, el gran responsable de esta falta de perspectiva es el presidente del club, Luis Jorge Spahn, cuya gestión no ha estado a la altura de las circunstancias. La contratación de jugadores que no están a la altura de las exigencias del club ha sido una constante, y esto ha afectado gravemente al rendimiento del equipo. Cada vez que Unión pierde jugadores, ya sea por lesiones, ventas o simplemente por falta de calidad, pierde también las pocas oportunidades de competir en un torneo importante. La falta de inversión y visión de futuro es una de las razones por las cuales el club se encuentra estancado, y esto lo perciben todos los hinchas, especialmente después de una campaña que estuvo al borde del descenso y que terminó con otro final triste.

La situación de Unión es producto de una serie de malas decisiones tanto a nivel dirigencial como deportivo. La falta de un plan claro, la negligencia en la toma de decisiones y la falta de inversión están llevando al club por un camino que cada vez lo aleja más de sus aspiraciones. Sin una reestructuración en la gestión y una reflexión profunda sobre lo que se quiere para el futuro, la posibilidad de que el club recupere su lugar en la elite del fútbol argentino se ve cada vez más distante. Los hinchas merecen algo mejor, y es hora de que aquellos que tienen la responsabilidad de guiar al club tomen conciencia de la situación y actúen en consecuencia, para evitar que esta racha de fracasos continúe. Es realmente frustrante que, una vez más, tengamos que hablar del descenso y los promedios. ¿Hasta cuándo va a ser este el tema recurrente para los hinchas de Unión? La verdad, es insostenible. El sueño de ver a un Unión protagonista, competitivo, luchando por cosas importantes, parece cada vez más lejano. En lugar de pensar en títulos, en clasificaciones a copas internacionales o en protagonismo en los torneos locales, lo único que se discute es si el equipo logrará mantener la categoría o si llegará a fin de temporada sin complicaciones. Es una película en loop, una y otra vez repitiendo el mismo guion de mediocridad y sufrimiento. No hay nadie que no desee ver al club pelear por algo más que la permanencia. Los hinchas de Unión se merecen más que esto. Es una espera interminable, viendo cómo otras instituciones con menos historia y tradición crecen, se refuerzan, y aspiran a títulos, mientras que nosotros seguimos arrastrando la misma dinámica de fragilidad y conformismo. La falta de ambición y la ausencia de una planificación seria desde lo dirigencial y lo deportivo están haciendo que este ciclo nunca termine. Ya no basta con ver a Unión apenas mantenerse en la categoría; necesitamos, por lo menos, empezar a ver la luz al final del túnel, algo que nos permita ilusionarnos con un futuro diferente.
Es desgastante tener que hablar siempre de los mismos problemas, de las mismas soluciones a medias que nunca llegan a concretarse. El hincha unionista está cansado de estar al borde del abismo, de vivir en una constante amenaza de descenso, y lo peor de todo es que parece que esta situación se ha naturalizado, como si fuera parte del ser de Unión. Pero no debería ser así. El club tiene una historia, una identidad, y una base de hinchas que merecen un proyecto serio, que mire más allá de la mera supervivencia. Necesitamos una estructura sólida, un equipo competitivo, y dirigentes con visión que dejen de lado la gestión a corto plazo y piensen en el futuro. Es hora de que el club deje de ser el protagonista de esta película repetitiva y empiece a escribir un nuevo guion, uno que nos devuelva la esperanza de ver a Unión en lo más alto, luchando por lo que realmente merece. El ADN futbolístico de este Unión aún es un misterio. La identidad del equipo no termina de consolidarse, lo que genera una notable irregularidad que parece ser la única constante en su andar en el que siempre es el mismo. Ya pasados más de ocho partidos (aún debe el partido ante Racing), ya la ansiedad comienza a apoderarse de los hinchas, pues es evidente que, si no hay una mejora sustancial en el juego, será inevitable que el equipo termine cayendo, dejando atrás cualquier ilusión de ser protagonista. Desde la llegada de González, su enfoque fue claro y repetido: desequilibrar a los rivales por las bandas. Esta fue la carta más jugada por el entrenador, prácticamente el único recurso utilizado para generar peligro y marcar la diferencia. Sin embargo, cuando las bandas no funcionan, el equipo se ve impotente. La fluidez del juego se pierde, y se cae en un esquema predecible, donde la falta de alternativas provoca que los rivales empiecen a leer las jugadas con facilidad. Si la idea sigue siendo la misma, las bandas deben empezar a dar resultados. De lo contrario, la dependencia de este único recurso podría resultar fatal a largo plazo. Cómo director técnico debe encontrar formas alternativas de generar peligro, incluso si sigue jugando con el mismo esquema, o de lo contrario, las derrotas y la falta de creatividad seguirán marcando su destino. Este escenario, en muchos aspectos, se asemeja a una frase de Einstein que dice: “estar loco es hacer lo mismo una y otra vez, y esperar resultados diferentes”. Peor aún es hacerlo.
No hay un solo motivo en el cual el técnico muestre que tenga que seguir al frente de la institución. El plantel que solicitó el propio entrenador no responde de la manera que se esperaba, y cada partido se convierte en una señal de alarma cada vez más fuerte. Los resultados no son los adecuados, el rendimiento del equipo es mediocre, y lo que comenzó como una esperanza de mejorar, con la llegada de un DT reconocido, se está convirtiendo en una pesadilla para todos los hinchas. Unión, un club con una historia rica y una hinchada que siempre estuvo a la altura, está al borde de una catástrofe deportiva. La permanencia en la Primera División está en serio peligro, y lo peor de todo es que los dirigentes parecen ser cómplices de esta situación al permitir que el entrenador siga al frente de este proceso fallido. Es innegable que la situación actual del club es desesperante. La posibilidad de que Unión termine descendiendo es cada vez más tangible, y esa posibilidad no puede ignorarse. Esta crisis no es algo que se pueda resolver con excusas o con la esperanza de que las cosas mejoren mágicamente. El inicio de temporada ha sido alarmante, y si no se toma una decisión drástica, en un año o incluso menos, la situación podría volverse irreversible. Este arranque de campeonato nos está llevando, paso a paso, a una lucha desesperada por la permanencia, algo que ningún hincha de Unión debería aceptar tan fácilmente. Sin embargo, es probable que muchos de los que lean estas palabras, después de la «calentura» del momento, lleguen a pensar que soy un pesimista, un mala leche o, incluso, que deseo que el equipo pierda solo para demostrar que tenía razón. Este es uno de los problemas más graves de la relación entre los hinchas y su club: el enamoramiento excesivo de los empleados de turno, ya sea el entrenador, los jugadores o cualquier otra figura que ocupe un puesto en el club. Se crea una conexión emocional tan fuerte con estas personas que se olvida lo más importante: el escudo de Unión es mucho más grande que cualquier individuo que pase por el club.

Es necesario recordar que, más allá de los nombres de los entrenadores o de los jugadores, el club tiene una identidad y un legado que trascienden a las personas que, en algún momento, lo representan. El hincha de Unión no debe olvidar que, aunque el Kily González sea el entrenador en este momento, lo realmente importante es el futuro del club, su historia y la continuidad de su prestigio en la máxima categoría del fútbol argentino. No se trata de apoyar a un entrenador solo porque sea «el nuestro» o porque esté vinculado emocionalmente con el club; se trata de exigir lo mejor para el equipo, de buscar resultados que garanticen la permanencia en la Primera División y, por ende, el futuro del club. No podemos seguir ignorando la realidad que tenemos frente a nosotros. La situación es grave, y no parece haber signos de mejoría si el proceso continúa bajo la misma dirección. Las críticas no son más que una expresión del amor genuino por la institución, por su gente y por su historia. El hincha de Unión debe ser exigente, no ciego, y debe entender que los empleados del club son transitorios, pero el club y su escudo son eternos. No es momento para dejarse llevar por el sentimentalismo ni por una admiración ciega hacia aquellos que hoy son parte de la institución. Es momento de tomar decisiones difíciles, pero necesarias, para evitar que la historia se repita y que Unión siga sufriendo las consecuencias de decisiones equivocadas.
Este partido era bisagra, para que alguna vez por todas, Unión se anime a despegar. Era un desafío para saber dónde está parado el equipo, ya que un mal resultado, sepultará las chances de clasificar entre los mejores ocho de su zona. En consecuencia, el único resultado que le servía para mantener la esperanza era un triunfo. Y para conseguirlo, tenía que repetir las cosas buenas, sin embargo, fue un espesísimo. Si bien en los últimos dos partidos, Unión marcó cuatro goles, el equipo muestra deficiencias en la generación de juego y le falta profundidad en ataque. De hecho, ante Gimnasia, Lionel Verde marcó un golazo, cuando faltaban 10 minutos para el final del partido y en lo que fue una jugada individual. Y ante Colegiales, el Tate marcó tres goles, pero contó con las enormes ventajas que ofreció un equipo de una categoría inferior y que además recién ascendió a la Primera Nacional. En consecuencia, el último partido no debería ser una referencia por lo mencionado anteriormente. Unión está obligado a protagonizar un buen partido, para despejar dudas y seguir ganando en confianza.
EL PARTIDO
A Unión le cuesta madurar. Cuando da la sensación de que está para dar un paso adelante, se estanca, y reflotan las dudas que lo siguen como una nube en la mayoría de los partidos. La idea de juego de Unión parece estar centrada en una estrategia basada en la constante rotación de jugadores, con el objetivo de modificar el curso de los partidos mediante la inclusión de nuevos elementos en cada segmento del encuentro. Sin embargo, la metodología que propone este planteamiento es incierta y, en muchos casos, contradictoria. La opción de realizar entre tres y cinco cambios en los primeros 30 o 45 minutos de cada partido, y luego esperar que el segundo tiempo corrija los errores cometidos en la primera mitad, plantea serias dudas sobre la coherencia y la planificación de la estrategia. El enfoque parece depender más de una reacción ante lo imprevisto que de un plan de acción previamente estructurado. Esta táctica de hacer modificaciones drásticas sin una razón clara parece más una jugada desesperada que una solución bien pensada a los problemas que el equipo enfrenta durante el juego.
Una de las grandes incógnitas que surgen al analizar esta metodología es qué se está buscando realmente con esos cambios frecuentes. ¿Se trata de intentar encontrar una combinación perfecta de jugadores que logren una sinergia en el campo de juego? ¿O es simplemente una apuesta en la que se elige cambiar constantemente de nombres, esperando que, en algún momento, por pura casualidad, el equipo logre el rendimiento esperado? A lo largo de los partidos, se observa que lo único que cambia es la alineación, pero no la estructura ni la forma de juego. Los jugadores que ingresan parecen no estar totalmente integrados en una idea colectiva y, por lo tanto, no logran aportar nada nuevo que se traduzca en un estilo distintivo o una mejora tangible en el rendimiento del equipo.
Lo que resulta aún más preocupante es la falta de trabajo visible en el campo. A pesar de los constantes cambios en los nombres, no se percibe una evolución en la manera en que Unión se presenta en cada partido. No hay una identidad clara ni una propuesta de juego definida que el equipo siga partido a partido. Esto pone de manifiesto una ausencia de planificación a largo plazo y un vacío en cuanto a las pautas tácticas que guían al equipo durante la temporada. Si bien el fútbol es un deporte impredecible y siempre hay espacio para la flexibilidad y las variaciones, los equipos que logran éxito a largo plazo son aquellos que tienen un estilo de juego consistente, una base sólida de tácticas que se entrenan y se perfeccionan con el tiempo. En el caso de Unión, el mensaje que se transmite es que se trata de un conjunto sin un patrón de juego claro, que no sabe qué buscar en la cancha más allá de intentar cambiar todo con la esperanza de que algo surja espontáneamente.

El fútbol no se trata simplemente de cambiar nombres y esperar un milagro. Es necesario que el equipo trabaje de manera constante y consistente en la construcción de una identidad de juego, que esté basada en una planificación rigurosa y en una filosofía clara. Los jugadores deben comprender cuál es su rol dentro de un sistema colectivo, y los entrenadores deben ser capaces de inculcar en ellos una forma de jugar que no dependa solo de la suerte o de las decisiones aleatorias durante el partido. Cambiar nombres y hacer sustituciones constantes puede ser útil para ajustar el rendimiento de un equipo durante un partido específico, pero si no hay una estructura sólida que sustente estos cambios, el equipo estará destinado a ser inconsistente y carente de identidad.
Fue todo de Independiente Rivadavia en el primer tiempo. Comenzó asumiendo la iniciativa, a través de la posesión de la pelota. Tuvo toque corto, desmarques y ruptura de espacios. Trató de tener combinaciones, tanto por derecha, como por izquierda. En el flanco izquierdo, intentó aprovechar el desequilibrio de Sebastián Villa, quien está en un gran nivel, similar al que supo conquistar los corazones boquenses. Los primeros minutos, la Lepra mendocina fue un asedio. El colombiano fue muy inteligente. No se quedó en una sola posición. Rotaba por todo el frente de ataque. Iba por izquierda y por derecha, para tratar de desestabilizar a sus marcadores de punta.
Sin embargo, el que terminó generando la primera aproximación clara del partido fue Unión. Una buena combinación por izquierda, el centro al corazón del área y Marcelo Estigarriba (4) ganó de cabeza en el área rival y Centurión con una notable atajada evitó el gol de Unión. Luchó mucho por arriba, pero perdió mucho más de lo que ganó. Eso fue todo lo que hizo Unión en ataque en apenas 95 minutos de juego. Fue la nada misma. Este equipo da la sensación que desmejora partido a partido. No funciona en absoluta y no se ven síntomas de recuperación, más allá de las dos victorias consecutivas que hilvanó ante Gimnasia y Colegiales, pero entiéndame a donde voy: en el juego. Es un grupo de jugadores que viene fallando permanentemente. Que dejan en la gente esa triste sensación de no defender como se debe esta camiseta. Unión es inofensivo. Lento. Previsible. No incomoda a sus rivales Se entrega fácilmente ante la adversidad. No hay intensidad ni agresividad. Se ven cabezas gachas y piernas pesadas. Es alarmante la falta de rebeldía. De orgullo. De compensar esa carencia de juego con un poco de ganas y empuje. No hay respuestas individuales en este plantel. Son muy pocos los que salen bien parados de este momento y son muchos los que siguen dejando esa sensación de no estar para jugar en este club. Es alarmante lo que vemos. Pases fáciles mal dados, sin decisión con la pelota, sin asumir ese compromiso en una maniobra individual. No hay algo distintivo. Una acción diferente. La jugada que aplaudir. El hombre al que dársela para que resuelva. Pocos arriesgan. Nadie encara. El único recurso ofensivo termina siendo tirar un centro desde cualquier lado y ver qué pasa. Es evidente la falta de confianza. De afuera parece que ningún jugador millonario confía en sus propias condiciones para inventar algo que rompa el molde.

No hay ADN en este Unión y eso es muy grave. Hay apellidos que hace rato no rinden y ya es difícil de imaginar que eso pueda suceder en algún momento. Nos duele porque muchos de ellos supieron rendir y darnos alegrías. Igualmente, lo más angustiante es ver a aquellos en los que sí confiamos y todavía creemos en la misma sintonía de los otros. Hay jugadores apagados. Que miran y juegan al trotecito. Que no hacen ni sombra para marcar. Que transitan la cancha sin dinámica ni movilidad. Que piden la pelota al pie y en zonas donde hay espacios. Dar nombres propios en un momento de tanta bronca no parece ser necesario. Todos sabemos y tenemos muy claro quiénes son los que van agotando su crédito semana a semana. Es urgente el cambio de chip individual. De lo contrario, el año se irá poniendo oscuro. Dentro de la apatía que fue Unión a lo largo de toda su estadía en Mendoza, Lionel Verde (5) fue el que más intentó. Si bien estuvo lejos de tener un buen partido, como sucedió hace una semana ante Gimnasia, y el duelo por Copa Argentina ante Colegiales, fue el que más intentó de media distancia, pero sin tanta claridad en los remates.
Unión da muestras de ser un equipo gastado. Sin frescura. El Unión modelo 2025 tiene los mismos vicios que le reprochamos al de 2024. Lo que presenciamos ahora es una continuidad de lo anterior. Y el acumulado es lo que más exaspera. Volviendo al juego en sí, Unión estaba decidido a jugar de contraataque, mediante las gambetas y las transiciones rápidas de Lionel Verde. Independiente Rivadavia, a bordo del 4-3-1-2, tuvo una dinámica distinta. Se caracterizó por la movilidad de los volantes, quienes no solo colaboraron en la recuperación de la pelota, sino que también se encargaron de la distribución rápida del juego, con Retamar y Cardillo por los costados, Franco Amarfil para la contención, Leonardo Sequeira para distribuir y generar juego, los desequilibrios de Sebastián Villa por izquierda y arriba la finalización de Fabrizio Sartori. Además, uno de los puntos fuertes de Independiente Rivadavia fue la capacidad para realizar ataques directos, especialmente a través de centros, que puso en aprietos a una defensa de Unión, que hoy tuvo una noche de terror, en especialmente Francisco Gerometta (3). El colombiano, quien sueña con volver a vestir la camiseta cafetera lo volvió loco cada vez que lo encaró por su sector. No ofreció garantías defensivas. Ni tampoco tuvo opción para pasar al ataque con continuidad. Sufrió demasiado cuando lo encararon mano a mano. ¡Qué lejos que esta Franco Pardo (3) de aquel que todos los medios nacionales y santafesinos indicaban que era uno de los mejores centrales del fútbol argentino! Parece una versión desteñida que supo brindar alguna vez en All Boys, donde llegó resistido. Se equivocó en el segundo gol yendo al piso y dejándole servida la pelota a Kevin Retamar que habilitó a Leonardo Sequeira. No brinda seguridad y se muestra endeble cuando lo encaran. Por último, Claudio Corvalán (3) volvió a la titularidad luego de la lesión y volvió a demostrar lentitud a la hora de las coberturas. No es confiable y los rivales lo superan con claridad. Fue otro de los que terminó sufriendo la movilidad de Villa en la primera etapa, debido a que el colombiano también optaba por tirarse a la derecha. El único que no desentonó fue Nicolas Paz (5), quizás el defensor más regular que tuvo Unión. Pero claro, jugó apenas 45 minutos, y fue el único que tuvo que pagar los platos rotos de un DT que nuevamente se vuelve a equivocar en la idea principal de como plantear un partido. No cometió errores puntuales. Es más, tuvo algunos rechazos incesantes como primer marcador central. En ningún momento dio la sensación que podía desentonar.
Unión tuvo serios problemas para encontrar su equilibrio en el medio campo, lo que le costó poder asentarse en el partido. El equipo parecía ir a remolque, corriendo detrás del balón, sin poder consolidar un juego fluido. La basculación horizontal que intentó hacer no fue efectiva, ya que la presión del rival y la falta de coordinación entre los mediocampistas dejaron al equipo desorganizado y sin capacidad para disputar el control del centro del campo. En este contexto, algunos jugadores, como Mauro Pittón y Mauricio Martínez, tuvieron actuaciones que contribuyeron a agravar la situación del equipo.
Mauro Pittón (3) fue uno de los jugadores más flojos del encuentro. Su rendimiento fue muy por debajo de lo esperado, ya que no logró incidir en el desarrollo del juego en el medio campo. Parecía correr sin sentido, sin lograr conectar las jugadas ni distribuir el balón de manera eficaz. Cuando tenía la pelota, se mostraba atropellado y poco preciso, lo que no solo mermó la ofensiva de Unión, sino que también generó incertidumbre en la transición defensa-ataque. El equipo sufrió enormemente debido a su incapacidad para hacer una diferencia en la mitad de la cancha, lo que se tradujo en una falta de control y creatividad en las jugadas. Por otro lado, Mauricio Martínez (3) quien se desempeñó como volante central, también tuvo un rendimiento pobre, lo que contribuyó aún más a los problemas de Unión. Su lentitud y falta de movilidad fueron evidentes durante todo el encuentro, y al estar ubicado como único volante central, la presión del equipo rival fue constante. El primer tiempo de Caramelo fue especialmente flojo; perdió prácticamente todas las pelotas que intentó recuperar o distribuir, y su pobre lectura del juego dejó mal parado al equipo. Además, en el retroceso, su ritmo de marcha fue demasiado lento, lo que permitió a los volantes rivales superar su posición con facilidad. Martínez no pudo adaptarse a la dinámica del partido y, como consecuencia, terminó siendo reemplazado, desdibujado y sin haber dejado una huella significativa en el desarrollo del juego.

Independiente Rivadavia tenía una marcha más en la mitad de la cancha. Cortaba y recuperaba bien alto. Unión seguía sin encontrarle la vuelta a la posición de Sebastián Villa, quién a los 14′ respondió el elenco mendocino, en esta ocasión con una jugada individual que tuvo como protagonista al ex Boca quien sacó un remate desde afuera del área para que Cardozo con una estupenda atajada desviara el balón que posteriormente se estrelló en el travesaño. Independiente Rivadavia tenía el balón, aunque carecía de profundidad y el Tate corría detrás de la pelota. Al equipo dirigido por el Kily González le costaba una enormidad hacer circular el balón y por momentos se la sacaba de encima con pelotazos frontales. No aparecía Lionel Verde y nadie se hacía cargo de la conducción. No había un solo jugador que ponga un freno para descansar la pelota y frenar el ritmo que imponía el elenco de Alfredo Berti. Unión llegaba tarde a todas las jugadas. Mientras Independiente Rivadavia tenía muchas más opciones de ataque, triangulado con las subidas de Mauro Peinipil, Iván Villalba y Sebastián Villa por derecha, por adentro tenía cambios de ritmo con Leonardo Sequeira, quien a priori, terminaría siendo determinante en el resultado. Los únicos pasajes interesantes ocurrieron cuando el rival quedaba mal parado. Era un verdadero desastre Unión.
Llega una época del año como esta en la cual transcurrió el 50% de la Copa de la Liga y uno tiene la sensación de ver siempre lo mismo en los partidos de Unión. Es un copy paste. En todos los partidos, parece repetirse la misma historia: un equipo que, a pesar de mostrar esfuerzo y ganas, carece de una estructura clara y de idas concretas para poder desarrollar un juego colectivo que la gente se sienta identificada. Esa falta de volumen de juego es un problema constante que se arrastra partido tras partido, y la frustración se hace más grande cuando no se observan mejoras o una evolución en cuanto a la propuesta futbolística. Juega a lo que surge, un rejunte de esfuerzo físico y de deseo, pero sin un plan de juego definido que los jugadores puedan ejecutar de manera fluida. La falta de organización en el medio campo es uno de los puntos más evidentes: no hay alguien que ordene las acciones, que imponga el ritmo o que tenga la capacidad de manejar la pelota con criterio y pausa. Los intentos de generar juego son apresurados, y aunque en ocasiones se ve la voluntad de salir rápidamente al ataque, la falta de precisión en los pases y la ausencia de una conexión clara entre los jugadores hacen que esas jugadas no lleguen a buen puerto.
Muy poco de Lucas Gamba (3). Perdió siempre con los defensores rivales, no pudo desbordar por las bandas y estuvo lejos de generar peligro en los metros finales. El partido comenzaba a ser de ida y vuelta. Independiente no cesaba el ataque. Era cuestión que acierte en los últimos 20 metros, hasta que llegó la jugada que cambiaría el transcurso del partido. Iban 34 minutos de la primera etapa cuando Mateo del Blanco (4) le arrastró el pie de apoyo a Sebastián Villa. En principio, Andrés Gariano dijo que no, pero con el correr de los minutos, lo llamaron desde Ezeiza a que revise la jugada y efectivamente: había penal para la Lepra mendocina. Estallaba el Bautista Gargantini con la decisión del colegiado. Y a los 38′ el que se encargó de ejecutar el penal fue Luis Sequeira quien con un derechazo potente ubicó la pelota bien arriba para hacer inútil la estirada de Thiago Cardozo (5) que adivinó el costado, pero fue un disparo inatajable. El 1-0 ponía justicia en el marcador, ya que Independiente Rivadavia era superior.
Unión parecía atrapado en un ciclo repetitivo en esta temporada, donde las soluciones llegaban tarde y la inconsistencia era la única constante. En cada partido, la única alternativa de ataque que lograba implementar era abrir la cancha por el costado izquierdo, buscando a Estigarribia, pero nunca conseguía la precisión necesaria para hacer daño. El equipo se limitaba a corregir sobre la marcha, reaccionando más que actuando. Así, se convirtió en un conjunto contestatario, que luchaba contra la corriente en lugar de imponer su juego desde el comienzo. El aspecto táctico, sobre todo en la mitad de la cancha, resultaba un punto flojo que necesitaba corrección urgente. En partidos contra equipos bien armados, como ocurrió contra Estudiantes y más recientemente contra Argentinos Juniors, la diferencia era más que evidente. En el mediocampo, Unión se veía superado, perdiendo la pelota una y otra vez, dejando siempre un espacio vasto que el rival aprovechaba para generar peligro. La superioridad numérica del adversario era evidente en cada jugada, mientras que los de Cristian González se veían impotentes para detener el avance rival. En una jugada, Gamba intentó comandar un ataque, pero fue rápidamente superado por cuatro jugadores rivales, lo que reflejaba a las claras la fragilidad defensiva del equipo.
Por momentos, Unión rozaba lo amateur. Independiente Rivadavia no dejó de presionar bien alto en todo el primer tiempo, frente a un Unión que todavía no es un equipo que conforme. Ni siquiera puede sostener ese ritmo o intensidad que exigía y muchas veces doblegaba a los rivales. Dejó una imagen positiva ante Gimnasia, pero partiendo de una vara que estaba bastante baja. Y más allá de sacarse de encima ese peso de no sufrir otro golpe fuerte en Copa Argentina como ya le pasó en los años anteriores, Unión necesita sumar de a tres en el torneo porque, en caso contrario, no le van a alcanzar los tiempos y los puntos para mezclarse en los puestos de clasificación. Todo esto en un torneo en el que la “mitad más uno” de los equipos ganan el derecho de jugar los play off por el título de campeón. Es más, de lo mismo, tu futuro no puede depender de un partido con un equipo de otra categoría, se está esperando mucho y se van a lamentar.
SEGUNDO TIEMPO
Es realmente increíble la terquedad de este técnico. La impotencia que genera su postura es difícil de describir. ¿Por qué esperar siempre a estar perdiendo para cambiar el sistema táctico? Es una constante en su manejo: no parece haber un plan de reacción antes de que las cosas se compliquen. En este último partido, como ya es habitual, fue necesario que el equipo estuviera en desventaja para que decidiera realizar modificaciones. La entrada de Jerónimo Domina (4) por Nicolás Paz y Ezequiel Ham (5) por Mauro Pittón fueron los cambios que, de alguna forma, intentaron mejorar el panorama. Aparentemente, el técnico decidió hacer un cambio radical de esquema, pasando a un 4-3-3 con extremos bien abiertos y un centrodelantero, buscando darle más amplitud al ataque. Sin embargo, la sensación de que los cambios llegan tarde persiste. Es como si todo fuera siempre una reacción tardía a las circunstancias, nunca una decisión proactiva antes de que las cosas se vayan de las manos. Este tipo de decisiones dejan mucho que desear, ya que es difícil entender por qué no aplicar estos cambios cuando el equipo aún tiene control sobre el partido, en lugar de esperar que la situación se complique aún más. La terquedad del técnico, que parece aferrarse a sus ideas iniciales hasta que el daño ya está hecho, está generando frustración en los hinchas y en el propio equipo. La impotencia es aún mayor cuando, tras los cambios, el equipo parece tener algo de reacción, pero es claro que se necesita mucho más que eso para hacerle frente a equipos bien armados y con ideas claras de juego.
Sin embargo, esta vez no le funcionó. Porque a los 10 minutos, Luis Sequiera volvió a convertir, en lo que fue un penal a la carrera aprovechando una desinteligencia defensiva. Primero trabó y perdió Francisco Gerometta, y luego Franco Pardo fue al piso para despejar la pelota y se la dejó servida a Kevin Retamar quien terminó cediendo para Sequeira que sin oposición ubicó el balón al lado del caño derecho. El Kily se movía para todos lados, hablaba con su cuerpo técnico, y, no le gustaba claramente lo que exhibía su equipo dentro de la cancha. A los 18′, realizó dos cambios en Unión, y fueron puesto por puesto. Entró Fragapane (4) que todavía no ha demostrado absolutamente nada, más allá del gol a Boca por Mauricio Martínez y Lautaro Vargas (4), que también fue otro de los laterales que la pasó mal cuando lo encaró Villa. En ataque, apenas un remate que se fue desviado.
Con que facilidad encontraba los espacios Independiente Rivadavia. Se floreaban todos. Estaba para el cachetazo Unión, que en ningún momento mostró signos de recuperación. Cuando se jugaban 27′ fue expulsado el volante central Mauricio Cardillo por aplicarle una patada en el hombro a Franco Fragapane. El árbitro Andrés Gariano no dudó y le mostró la tarjeta roja. Y en ese momento, el DT de Unión mandó a la cancha a Agustín Colazo (-) para la salida de Lucas Gamba. Un cabezazo desviado y un buen toque para dejar a Domina de frente al arco, fueron sus acciones más positivas. Pudo descontar Unión a los 40′ en lo que fue la mejor jugada de ataque. Combinaron Jerónimo Domina, Marcelo Estigarribia y Agustín Colazo, para que el primero de ellos en la puerta del área rematara por encima del travesaño. Volvió a probar Domina y la pelota se fue al córner, todos intentos individuales, sin ningún tipo de resultado. Unión nunca tuvo argumentos como intentar al menos llegar al empate. Un nuevo traspié del Rojiblanco, no solo en el resultado, sino también en el rendimiento. Un paso atrás luego de las dos victorias consecutivas y un momento realmente preocupante. El equipo no responde y está virtualmente sin chances de meterse en octavos de final del Torneo.
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