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SOY Deportes » Fútbol » Gran diferencia entre jerarquía y un equipo normalito

Gran diferencia entre jerarquía y un equipo normalito

26 enero, 2025
en Fútbol
Gran diferencia entre jerarquía y un equipo normalito
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Indudablemente, un tal Enrique Santos Discépolo, porteño de Balvanera, fue uno de los más grandes poetas de nuestro tango. Por su temperamento se autodefinió como un «búmeran», porque iba y venía. «Pero yo siempre regreso», solía decir también. Transitó por la soledad pero por momentos se sentía miembro de una gran familia: el pueblo argentino, por su acercamiento a los más necesitados. Los padecimientos económicos y existenciales lo abrumaron, lo desilusionó la realidad, buscó la fraternidad y preguntó una y mil veces, en voz alta y con asombro: «¿Nadie oye el dolor?»

Soledad y desesperanza, cruda realidad de una época, cargada de pesimismo y en total desencanto. En el año 1929 le dio vida al tango escrito por su propio cuerpo, su mente y su corazón, «Yira, yira», llevando al papel y al pentagrama -ya que también fue el autor de la música- uno de los más emblemáticos temas del acerbo tanguero. Está inspirado en su penosa vida, la calle que lo vio nacer, la soledad por la que transitó y la rabia por ver cerrado todos los caminos, sin un horizonte claro que vislumbrara una salida: «Cuando la suerte, que es grela/ fayando y fayando te largue parao/ cuando estés bien en la vía/ sin rumbo, desesperao/ cuando no tengas ni fe/ ni yerba de ayer/ secándose al sol/ cuando rajes los tamangos/ buscando ese mango/ que te haga morfar/ la indiferencia del mundo/ que es sordo y es mudo/ recién sentirás». Este inicio del tema desnuda en su totalidad lo indefenso que se siente el individuo cuando la suerte se le hace contra, cuando transita por la miseria total y absoluta y cuando es invadido por una desazón total al ver que el mundo sigue girando haciendo caso omiso a los sufrimientos de la gente.

Frente a este panorama sombrío, el poeta, desesperanzado, sin fe y sin motivación, dueño de una realidad que trasunta su vacío, se llena de sed de venganza y hambre de justicia lo lleva a resumir esa situación con estos lastimosos versos: «Veras que todo es mentira/ veras que nada es amor/ que al mundo nada le importa/ Yira , yira/ Aunque te quiebre la vida/ aunque te muerda un dolor/ no esperes nunca una ayuda/ ni una mano ni un favor». Fatal desilusión frente a la dura realidad. La desesperanza, pero al aguardo siempre de una ayuda que no llega y la falsedad de las mentiras y de las promesas que debilitan y corrompen los mecanismos de las fuerza para seguir. El síntoma de abatimiento, está, se palpa y a la vista, la caída de hombros es inevitable y los brazos al costado del cuerpo, manifiestan uno de los peores diagnóstico: la entrega del miserable, del débil vs el triunfo del poderoso: «Cuando estén secas las pilas de todos los timbres que vos apretás/ buscando un pecho fraterno para morir abrazao/ cuando te dejen tirar, lo mismo que a mí, después de cinchar/cuando manyes que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar/ te acordaras de este otario, que un día cansado, se puso a ladrar».

Hay un refrán muy popular que dice «Año Nuevo, vida nueva». ¿Leyó el título? ¿Sí? Haga la gauchada: vuelva a leerlo, pero ahora trate de captar el sentido profundo que encierran esas dos escuetas palabras. Si de verdad consiguió metabolizar intelectualmente el significado intrínseco de la frase, entonces, ahora sí, estará en condiciones de admitir que ese simple concepto constituye el meollo de un severo programa filosófico-existencial… Y aquí viene lo peor: un programa que usted prometió cumplir –no lo niegue, tenemos testigos–, sin que jamás haya conseguido superar la vana buena intención, la teórica aspiración de deseos. Una verdadera vergüenza. Por si hay gente despistada entre el público lector, es oportuno aclarar que la expresión “vida nueva”, sumamente frecuentada a esta altura del almanaque, brinda clásico remate a una especie de aforismo (una máxima voluntarista, más bien) que reza así: “Año nuevo, vida nueva”. Implica, como se aprecia, una egocéntrica consigna de temporada, y usted no negará que la suscribió con ánimo espirituoso, burbujeante, todos y cada uno de los años nuevos que lleva trasnochados desde que milita en la adultez.

Lo que pasa es que todo año nuevo es visto como el momento más propicio para que uno dé un golpe de timón a la endeble chalupa que lo arrastra río abajo (metáfora agorera, pásela por alto), o bien para echar por la borda tanto espantoso lastre que ha ido acumulando. Obviamente, a uno lo impulsa el propósito de reorientar su destino, en procura de más gratificaciones, sean materiales o afectivas. Las primeras remiten a la posibilidad de acabar con los achaques del bolsillo y adquirir auténtica prosperidad (la de un magnate, si no es mucho soñar). Y en cuanto a las gratificaciones afectivas, habitualmente están representadas por personas o mascotas a las cuales uno inspira cariño y por eso –vean qué extraño– irradian contagiosa felicidad. En tal menester, hay que decirlo, las mascotas son mucho más elocuentes que las personas. Vamos, échese un vistazo introspectivo y sepa reconocer que no le son suficientes los dedos de manos y pies para dar cifra a la cantidad de veces que, a esta altura del almanaque, adoptó como eslogan el consabido “Año nuevo, vida nueva”, aunque hasta tal punto invocado sin convicción alguna que, tras los chapuzones de verano, marzo lo encontró enroscado en la vida de siempre, en añeja rutina, remando su viejo y querido bote. Vea: usted ya es grande y debería saber que el calendario le ofrece sólo una virtual bisagra anual, una simbólica coyuntura. Como vulgarizada frase hecha, “Año nuevo, vida nueva” tiene, sin embargo, música interior. De campanas, si sabemos escucharla.

Futbolísticamente, Unión pasó de la esperanza a la decepción. Llegó al final de 2024 con la esperanza renovada tras la clasificación a la Copa Sudamericana, alcanzada a mediados de diciembre. Esto había dado un aire de optimismo a sus hinchas. Sin embargo, esta ilusión se desmoronó rápidamente al observar el rendimiento del equipo en el primer partido del año. La derrota ante Estudiantes (3-1) dejó en evidencia lo que muchos temían: volvió a ser ese equipo apático que tantas veces decepcionó durante todo el 2024. Volvió a mostrar su verdadera cara: la de un conjunto sin carácter ni alma para enfrentar este tipo de partidos. Atrás quedaron las expectativas generadas en torno a ese logro, porque en el primer partido serio, el CAU regresó a la mediocridad que tanto lo caracteriza. De visitante, nuevamente se demostró que Unión no le gana a nadie. Uno, como neutral, siente que el resultado está cantado antes de que empiece el partido, ya sea desde la platea o desde el sofá; la sensación de impotencia es inmediata, y el sufrimiento al ver a un equipo que no puede competir ante este tipo de rivales es insoportable. 20 minutos tardó Estudiantes en bajar de un hondazo las ilusiones de Unión. Salvo en algunos pasajes del segundo tiempo, jamás mostró ninguna reacción, y la diferencia de jerarquía entre los equipos quedó al descubierto. Mientras Estudiantes jugaba con seguridad y solidez, el Tate quedó totalmente desnudo, evidenciando la brecha que existe entre los que están preparados para pelear y los que, lamentablemente, siguen siendo un equipo «normalito», sin herramientas para dar pelea.

La clasificación a la Copa Sudamericana fue sin duda un logro que brindó algo de alegría en el seno Tatengue, pero no se puede caer en la complacencia. Si bien se logró el objetivo, la realidad es que el rendimiento general del equipo fue muy irregular y cargado de problemas durante todo el año pasado, especialmente en lo defensivo y en la falta de contundencia en ataque. Los dirigentes deben comprender que no se puede seguir conformándose con soluciones a medias o con apuestas que, a estas alturas, ya no parecen ser efectivas. Este equipo necesita mejoras sustanciales, y es imprescindible que los directivos se tomen en serio esta responsabilidad. Los últimos partidos dejaron una serie de partidos en los que los goles en contra fueron casi una constante, lo que refleja una clara falencia en la zona defensiva. Este es un aspecto que no puede seguir ignorando, ya que perder a jugadores clave, como Franco Pardo, podría resultar fatal para las aspiraciones del club. Es cierto que con la clasificación se aseguró un lugar en un torneo internacional, pero si no se refuerzan los aspectos más débiles del plantel, será muy difícil tener una competencia real en la Sudamericana.

En lo ofensivo, Unión perdió 13 de los 27 goles que marcó. Arrancó un nuevo año y sigue existiendo una gran deficiencia en la generación de jugadas y la definición. A lo largo de todo el 2024, se observó que el equipo generaba pocas situaciones claras de gol y, las que se lograban generar, no se aprovechaban de manera eficiente. Los delanteros que llegaron no parecen tener la jerarquía necesaria para marcar la diferencia, y los refuerzos en esa zona del campo no habían cumplido con las expectativas. Si bien algunos jugadores han mostrado actitud y sacrificio, la realidad es que no tienen el nivel para competir a gran escala. Este es un problema arrastrado durante un largo tiempo, que no puede seguir postergándose, ya que el club se encuentra en una etapa crucial. La falta de un goleador que aporte no solo goles, sino también presencia en el área, es una carencia evidente que debe ser cubierta de inmediato. Si se observa el panorama, se nota que el Kily González parece tener poca confianza en los refuerzos contratados para el ataque, ya que prefiere a un chico del club como Jerónimo Domina. Esto habla de una clara falta de confianza en las incorporaciones y es una señal de que las decisiones tomadas por los dirigentes no han sido las correctas. No se trata solo de contratar por contratar, sino de traer jugadores que realmente sumen al equipo, que aporten su experiencia y que, en momentos difíciles, puedan marcar la diferencia.

Por otro lado, el club tiene una oportunidad de oro con la venta de jugadores como Joaquín Mosqueira y Adrián Balboa. Los recursos generados por estas ventas deben ser invertidos en lo que realmente hace falta: un delantero de jerarquía. No se puede seguir cayendo en la trampa de reducir el presupuesto, confiando en refuerzos mediocres que no cumplen con las expectativas. Es hora de tomar decisiones firmes y poner la inversión donde más se necesita. Un delantero de calidad es esencial para darle un cambio de rumbo al equipo. No se puede seguir apostando a que los mismos jugadores de siempre sigan cumpliendo roles para los cuales no están capacitados. El futuro del club depende de estas decisiones, y los dirigentes tienen en sus manos la posibilidad de transformar el rumbo de este proyecto, que podría estar condenado al fracaso si no se actúa con urgencia. Ya no es suficiente con clasificar a torneos internacionales, ahora se necesitan resultados, y eso solo se logra con un plantel competitivo, bien equilibrado en todas sus líneas.

Finalmente, no se puede permitir seguir soñando con una mejora en el rendimiento sin tomar las medidas necesarias. Es hora de que los dirigentes dejen de escudarse en excusas y tomen la responsabilidad de armar un equipo competitivo que no solo busque la clasificación a torneos, sino que tenga aspiraciones reales de pelear por títulos. El esfuerzo económico debe estar destinado a cubrir las áreas más débiles y no seguir apostando a soluciones mediocres. De lo contrario, el futuro del club no será nada prometedor y se seguirán dando tumbos sin lograr un verdadero progreso.

Fue un déjà vu de lo que fueron los últimos partidos de 2024. Desanduvo con su falta de compromiso en el juego, en la pelota dividida y en las riendas del partido. Y la imagen que dejó fue la que muestra habitualmente: desidia, endeblez, liviandad. Es comprensible que algunos hinchas o dirigentes sientan que traer de vuelta a exjugadores de Unión es una opción válida, pero, en la opinión de este periodista, esa lógica está equivocada. El hecho de haber jugado en el club en el pasado no debería ser suficiente para justificar un regreso. La idea de contratar a antiguos futbolistas basándose únicamente en lo que hicieron anteriormente en la institución es una falacia que no responde a las necesidades actuales. Este enfoque hace que la negociación se vea como algo fácil y sin complejidad, ya que, lógicamente, el exjugador desea volver y, además, cuenta con la aprobación de la gente por lo que hizo en su momento. En lugar de apostar por jugadores con una proyección clara o por aquellos que puedan realmente mejorar el nivel de la plantilla, se está recurriendo a nombres del pasado que, por más buenos que hayan sido en su momento, hoy ya no tienen la capacidad para ser determinantes. La mentalidad conservadora y sin innovación, en lugar de ayudar a Unión a dar un salto de calidad, lo está llevando a estancarse en un ciclo de mediocridad. Es difícil hablar de un salto de calidad cuando el presidente, Luis Spahn, ha mostrado una actitud completamente distante de lo que el club necesita para crecer de manera sostenida. En noviembre del año pasado, Spahn lanzó una frase que quedó en la memoria de muchos hinchas: «¿Romper el chanchito?… traigan el chanchito, lo rompo… yo vendo martillos». Si bien era una expresión que buscaba generar expectativa, la realidad es que lo dicho no se traduce en hechos concretos. Hablar de romper el chanchito suena bien en el discurso, pero cuando se observa la realidad, queda claro que el esfuerzo nunca fue genuino. Unión contrató ocho o nueve jugadores, sí, pero todos llegaron a préstamo. Nunca hubo una verdadera inversión en la estructura del plantel. Es cierto que el club hizo algunos movimientos para incorporar jugadores, pero en ningún momento se gastó lo necesario para incorporar jugadores de jerarquía, aquellos que puedan marcar la diferencia y aportar calidad al equipo. Y esto no es un detalle menor, porque el salto de calidad no se logra con préstamos de futbolistas que, en su mayoría, no tienen un largo plazo con la institución. Al final, las promesas no se cumplen, y lo que queda es un equipo que sigue sin poder dar ese salto necesario para competir en los niveles más altos.

Un plantel medio pelo

La sensación que dejan es que da todo lo mismo, que se gana, se empata y se pierde (no, no se aprende, se pierde) y la cosa sigue como si nada. Un equipo que no ha mostrado rebeldía nunca. El resto se ha esfumado en actuaciones discretas, irrelevantes, los más experimentados sin hacer valer la experiencia, los más jóvenes sin hacer esa irrelevancia matizada con el atrevimiento. El resto, la medianía general, un plantel de 5 puntos. En lo que va del mercado de pases, Unión perdió hasta ahora a Gonzalo Morales, quien pasó a préstamo a Barracas Central tras volver a Boca, donde no tenía lugar, mientras que Adrián Balboa fue vendido a Racing, y Nicolás Orsini también regresó al Xeneize, y es complicada la chance de su retorno. Perdió 13 de los 27 goles que hizo el Tate. Es mucho.

En contrapartida, llegó solamente el ecuatoriano José Enrique Angulo, quien no tuvo tanto suceso en 2024, y lo más importante de su carrera ocurrió en 2016, cuando con el sorprendente Independiente del Valle de Ecuador fue verdugo de River y Boca, respectivamente. Volviendo a lo de Orsini, Unión avanzó hasta ahora sin éxito en cuanto a lo que le ofreció a Boca para repatriarlo, y cuando parecía que había un principio de acuerdo, en el medio apareció el Tenerife de España, con el objetivo de sumarlo para el campeonato de la Segunda División. Si bien no se pierden las esperanzas, a medida que pasa el tiempo cada vez es más difícil la chance de recuperarlo. Mientras que el delantero apuntado por Cristian González, como lo reconoció desde Montevideo, era Marcelo Estigarribia, pero hay muchas diferencias entre lo que está dispuesto a invertir para sumarlo y lo que reclama por un lado Atlético Tucumán para su salida, y por el otro el jugador por su contrato. Si bien se sabe que se están evaluando otras alternativas, lo concreto es que, a esta altura del mercado de pases, Unión quedó muy flaco en cuanto a cantidad y calidad en la ofensiva, en relación al 2024.

Hasta que no se cierren todos los mercados de pases no habrá tranquilidad en cuanto a la continuidad de Franco Pardo. Esto no solo se reduce al fútbol argentino, sino también a interesados que puedan aparecer de Estados Unidos y Brasil, como se viene mencionando. Lo concreto es que hay equipos que se mostraron interesados, más allá de que tiene una cláusula de salida de 1.500.000 dólares. De esa cifra, por tener el 50% de la ficha, a Unión le corresponderían 750.000 dólares, cifra que sabe a muy poco en función de la importancia que tiene Franco Pardo para el DT. Así encara Unión los últimos días del mercado de pases, con una tensa calma y sin novedades importantes en el horizonte, con la preocupación que genera el hecho de no poder sumar a uno o dos centrodelanteros de jerarquía, y la incertidumbre sobre la situación del cordobés Pardo.

Estudiantes, la sensación del momento

Del otro lado estaba Estudiantes, que terminó el 2024 siendo campeón del fútbol argentino. La calidad y el orgullo fueron componentes básicos en un deportista. La jerarquía no tiene que ver con el virtuosismo ni con el dominio de la pelota. Más que una cuestión técnica, se trataba del atributo que permitía a un futbolista enfrentar las dificultades de forma un poco más natural, imponer sus cualidades ante la adversidad, superar las pruebas y utilizar sus condiciones a favor de la eficacia en el juego. La jerarquía era la que establecía las escalas, los niveles. Como actividad lúdica, creativa, dinámica y variable que es, el fútbol necesitaba de estabilidad emocional. Cada vez que recibía la pelota, un jugador pensaba y sentía; había una carga emocional inevitable detrás de cada determinación. La cabeza mandaba, direccionaba, hacía acertar y también anticipaba el fallo. Era ahí, en la cabeza de los jugadores de la selección, donde quedaba sellada la suerte de la Argentina en el partido del martes y en esas eliminatorias, porque no existía asunto táctico ni estratégico que no guardara relación con una cabeza que funcionara bien.

El empresario estadounidense Foster Gillett no era un novato en los negocios deportivos. Tampoco era indiferente a los desplantes económicos. Le prometió a Estudiantes de La Plata una inversión en cinco años de 150 millones de dólares. Nadie desconfió. Llegó a la capital bonaerense debido a la relación que logró concretar con el exjugador Juan Sebastián Verón, hoy el hombre fuerte del club y una de las caras visibles de la campaña de privatización en el fútbol doméstico que promovía el presidente Javier Milei.

El poderoso hombre de negocios buscaba un lugar donde pudiera sacar ventaja. Gillett era hijo de un audaz empresario de medios de Estados Unidos y vinculado al deporte y el entretenimiento en su país. Su padre, George, fue parte de la compañía que manejó algunos clubes de hockey sobre hielo en Canadá y en su propio país. El salto del océano Atlántico para desembarcar en Europa lo dio cuando optó por adquirir acciones del Liverpool. Gillett fracasó y fue expulsado de la Premier League. No logró desembolsar los 700 millones que había prometido. Pero allí conoció a Javier Mascherano, hoy técnico del Inter Miami. Es más, Gillett fue parte del acuerdo para el arribo del DT argentino al equipo de Leo Messi. El estadounidense también intentó meterse en el fútbol francés a través del Olympique Lyon, aunque un informe del ministerio de Hacienda de Francia reveló el poco claro origen del dinero. Por eso no logró desembarcar en Lyon. Rompió el mercado de pases al poner 15 millones de dólares para llevarse a Cristian Medina de Boca y rescatar a Lucas Alario de Europa y Facundo Farías de Estados Unidos.

Un primer tiempo desastroso de Unión

«Los goles nos golpearon muy fuerte. No puedo explicar el primer tiempo que hicimos. Es bueno que nos haya pasado ahora, tenemos la obligación de mejorar nuestra imagen”, fueron las declaraciones de Cristian González en conferencia de prensa, y, sin duda, esas palabras reflejaron lo sucedido en el campo. El buen inicio de Unión, que duró apenas un par de minutos, prometía mucho, pero rápidamente se desmoronó. Saltó a 1 y 57 con una intensidad que podría haber hecho pensar que se trataba de una final y no de un encuentro de la primera fecha del Torneo Apertura. Desde el primer minuto, tanto Estudiantes como Unión presionaban constantemente, buscando adelantarse en el marcador con cada jugada. Sin embargo, ni el Kily ni su Cuerpo Técnico imaginaron lo que se venía minutos más tarde

Sin embargo, esa actitud inicial de agresividad pronto desapareció, dejando al equipo sin ideas claras para contrarrestar lo que se les venía encima.Unión salió al terreno de juego con su tradicional esquema 5-3-2, un planteamiento que, a lo largo de la pretemporada, se presentó como la base del sistema de juego del equipo. Quedó claro que este esquema no va a cambiar, ya que el entrenador, en declaraciones previas, había asegurado que su equipo se siente cómodo con la línea de tres en el fondo. En teoría, la mitad de la cancha estaba bien complementada por la inclusión de tres volantes de buen pie, jugadores capaces de distribuir el balón y generar juego desde el medio campo. La idea detrás de este esquema era clara: con una línea de cinco bien organizada en defensa y una circulación fluida del balón en el medio, el equipo podría controlar el ritmo del partido y, con el tiempo, imponer superioridad numérica en diversas zonas del campo. Sin embargo, en la práctica, nada de esto ocurrió. Unión no logró hacer pie y el planteo quedó completamente desarticulado por Estudiantes.

Los laterales de Unión no lograron proporcionar ni amplitud ni profundidad al juego, lo que permitió a Estudiantes marcar una diferencia notable en los costados. Una de las principales armas ofensivas del equipo dirigido por Eduardo Domínguez fue la proyección constante de Eric Meza, con pasado en Colón, quien, con su velocidad y determinación, se lanzaba repetidamente al ataque, generando problemas para la defensa de Unión. En particular, Mateo del Blanco (2), quien se desempeña como lateral derecho, no pudo contrarrestar esta amenaza. A pesar de sus cualidades, continúa siendo ubicado en una posición que no le resulta favorable. El Kily González insiste en utilizarlo como lateral volante, una función que le exige recorrer distancias de 50 o 60 metros sin contar con la adecuada sensación de marca, lo que lo expone constantemente. A tan solo una semana para el cierre del mercado de pases, Unión no contempla la contratación de un lateral izquierdo específica. Esto comienza a convertirse en un problema grave, ya que no tiene recambio en esa posición, a pesar que se encuentra Valentín Fascendini.

Mientras tanto, Estudiantes continuaba mostrando una superioridad indiscutible en el campo. El arranque del equipo de Domínguez fue arrollador. Francisco Gerometta (2) no logró adaptarse a la posición de Gastón Benedetti, quien se mostró imparable por la banda izquierda, llegando continuamente hasta el fondo y generando peligro de manera constante. En solo 4 minutos, Benedetti había registrado un doblete de asistencias. Era claro que los ataques por los costados se habían convertido en una de las principales armas letales para la defensa de Unión. La precisión y visión de juego de jugadores como Thiago Palacios, José Sosa y Santiago Ascacíbar dotaban al equipo de Estudiantes de una fluidez impresionante, siempre buscando el espacio, conectando entre sí y generando peligro continuamente. El segundo gol de Estudiantes, resultado de un pase filtrado de Sosa, fue un verdadero lujo. Este pase desmoronó por completo la defensa de Unión, evidenciando la calidad y peligrosidad de los ataques de Estudiantes, que no cesaban y aprovechaban cada error de la defensa rival.

Si hay algo que Unión tiene es la presión alta; cuando el fútbol no aparece, recurre al carácter y a la intensidad. Sin embargo, hoy, ese recurso fundamental faltó a la cita. La presión ejercida fue desorganizada y mal escalonada. Durante todo el primer tiempo, Estudiantes, con uno o dos toques rápidos, encontró espacios entre las líneas con facilidad. Y así fue como antes de los 10 minutos, el Pincha ya estaba 1-0. La jugada comenzó con Alario, quien, tras pelear una pelota en el piso, la cedió a Tobio Burgos, que se encontraba en el borde izquierdo del área. Desde allí, Burgos lanzó un centro preciso que Tiago Palacios conectó con su zurda para abrir el marcador. Por otro lado, Nicolás Paz (2) está lejos de ser ese defensor confiable que se ganó la titularidad indiscutible en 2023. El rendimiento del santiagueño fue muy por debajo de lo esperado, ya que sufrió enormemente con las incursiones de Lucas Alario, quien le impuso toda su experiencia. Paz, que no encontró la forma de contrarrestar los movimientos del delantero, terminó teniendo una noche para el olvido. En cambio, el único defensor que estuvo a la altura de las circunstancias fue Franco Pardo (4). A pesar de las dificultades, el exAllBoys intentó romper líneas con precisión y realizó una buena pared, pero desafortunadamente, la jugada no terminó en nada.

Costaba aceptarlo, pero en apenas 14 minutos de juego, Estudiantes demostraba una superioridad aplastante que dejaba a Unión sin respuestas. ¿En criollo? Era un baile. Fue un monólogo del equipo de La Plata, que se lució tocando de primera, con una circulación de balón precisa y vertiginosa que superaba todas las expectativas. La posesión de la pelota no solo sirvió como una forma de dominar el juego, sino que se convirtió en una herramienta para desgastar a los volantes de Unión, moverlos, desordenarlos y encontrar espacios donde parecía no haberlos. La gran movilidad de los tres del medio de Estudiantes, combinada con su capacidad para cambiar rápidamente de frente y alternar entre juego corto y largo, descolocó a una defensa de Unión que no lograba hallar la forma de detenerla. En todo momento, el dueño de casa parecía tener la pelota bajo control, como si la posesión fuera suya por derecho propio. Mientras tanto, el Tate se veía obligado a correr detrás del balón, sin poder encontrar una estructura sólida en su medio campo que le permitiera contener el juego rival. La fragilidad en la mitad de la cancha se hacía cada vez más evidente, y Estudiantes aprovechaba este desorden con maestría, capitalizando su superioridad para llevar el partido por el camino que más le convenía.

Unión por su parte, seguía arrastrando los mismos problemas que lo aquejaron durante la temporada pasada. Careció de fútbol, de esa chispa que enciende la creatividad y la generación de juego. Muy poco, o casi nada de Ezequiel Ham (3), quien se lo notó demasiado lento, y no pudo darle esa dosis de fútbol, que había entregado en los amistosos ante U Católica y Atlético Tucumán. De los tres volantes que planteó el Kily, el único que trató de darle un buen destino fue Mauricio Martínez (4). Hubo pasajes del partido que se retrasaba hasta la zona de los centrales para formar una línea de cuatro y ser apoyo para contener los avances de Alario, sin embargo, le faltó contención y recuperación a la mitad de la cancha. Mauro Pittón (3) se le reconoce la entrega, aunque las cosas no están saliendo como uno deseaba, pero como todos sus compañeros, no tuvo lucidez con la pelota. Al igual que en el último partido de la temporada, lateralizó mucho el juego. Tiende a dar pases a los costados y no es vertical. El equipo de Kily González pareció atrapado en un laberinto sin salida, en donde la pelota no corría con claridad. No había ideas, no había conexión entre líneas y las jugadas no avanzaban con claridad. En todo momento, los volantes se vieron superados constantemente por la presión y la dinámica de Estudiantes, que movía el balón con una rapidez y precisión que parecían inalcanzables.

Lo más preocupante para Unión, sin duda, era el desorden defensivo. Se notaba principalmente por las bandas. Cada vez que Estudiantes atacaba, era como si el Tate estuviera en un tembladeral, sin respuestas ante los embates. Los centros y desbordes de Estudiantes llegaban con demasiada facilidad, y la sensación de que, cada vez que el Pincha cruzaba a mitad de cancha, era medio gol. Los espacios que dejaba Unión por las bandas eran una invitación a que Estudiantes haga lo que quisiera. Y en muchos casos, esos ataques parecían inevitables. Es como si el equipo de La Plata solo necesitaba cruzar la línea de mediocampo para estar frente al arco rival, generando peligro en cada jugada. La brecha era tan evidente que uno se preguntaba cuándo fue la última vez que a Unión le metieron tres goles en 23 minutos (más de 50 años). Era difícil de creer lo mal que jugaba este equipo. Los errores eran constante, a tal punto que pasaban el balón a un metro de distancia y cometían errores no forzados. Nunca hubo coordinación entre las líneas. Estuvo desorganizado en todas las facetas del juego. Si no fuera porque es la primera fecha del torneo, este partido podría ser perfectamente un «partido saca DT», con todo lo que eso implica en términos de crisis de confianza y futuro incierto. Para colmo, una pelota que quedó botando en el área tras una mala salida defensiva de Unión terminó en el pie de Santiago Ascacíbar, quien, con la calma de un jugador de su clase, empujó el balón al fondo de la red, dejando a los santafesinos sin respuesta. 3-0 en apenas 21 minutos de juego.

Era un verdadero picnic lo que hacía Estudiantes. El equipo de Domínguez dominaba el juego por los costados y por el medio con una facilidad pasmosa. No había un solo sector del campo donde Unión lograra meterle freno. Los pases eran precisos, las proyecciones de los laterales imponentes, y la movilidad de los volantes parecía una coreografía perfectamente ejecutada. Estudiantes tenía el control total. Lo mejor que le podía pasar a Unión era que terminase el primer tiempo. Era como un boxeador que estaba pidiendo la campana para que termine el round, porque realmente estaba groggy. Sin estructura, no había respuestas y los errores se acentuaban segundo tras segundo. Unión era un verdadero fantasma en este partido. No generó absolutamente nada en ataque durante los primeros cuarenta y cinco minutos. Jerónimo Dómina (2) estuvo completamente aislado del juego y fue absorbido entre los dos centrales del Pincha, mientras que Franco Fragapane (3) estuvo inconexo en un equipo que no hizo pie en la primera mitad. Fue reemplazado en el entretiempo. Llamó poderosamente la atención que el DT lo haya colocado como acompañante, ya que su última etapa en Unión y en Estados Unidos se desempeñaba por el costado izquierdo.

La diferencia futbolística y física con Estudiantes era simplemente abismal. Y quedó demostrado a los 26 minutos del primer tiempo cuando Thiago Palacios controló una pelota de manera espectacular, descargó para Alario, y la jugada terminó con un disparo de Benedetti desde afuera del área que se fue por muy poco.

En el segundo tiempo lo equilibró pero no alcanzó

No hacía falta ser un genio del fútbol para darte cuenta de que en Unión se venían cambios. La noche, que terminó siendo una pesadilla, tuvo pocas luces, pero una de las más destacadas fue el debut de Julián Palacios (5). Aunque arrancó con el pie izquierdo, ya que fue amonestado en su primer toque, el exSanLorenzo mostró agallas. Agarró la pelota, se animó a gambetear y no se escondió. Hizo algunas combinaciones interesantes con Mateo del Blanco por el costado izquierdo, aunque, por momentos, pecó de individualista, lo que cortaba las jugadas. Unión, aunque intentó equilibrar un poco el partido, no lograba encontrar su ritmo. Todo lo que intentaban se veía forzado, como si el equipo no tuviera idea de qué hacer con la pelota. Para la media hora de juego, aún no había generado una sola situación clara de gol. La falta de definición era alarmante, casi una anemia ofensiva que era imposible no notar. Mientras tanto, Estudiantes seguía buscando el cuarto, y estuvo cerca de conseguirlo con un remate de Palacios que fue despejado con una atajada tremenda de Thiago Cardozo (4), el arquero de Unión. A pesar de que le metieron tres goles, el arquero no tuvo culpa en ninguno, y en el segundo tiempo, se lució con algunas intervenciones que evitaron que la goleada fuera aún peor.

A los 23′ del segundo tiempo, el Kily metió mano en el banco y mandó a la cancha a Lucas Gamba (-) y Bruno Pittón (-). El mendocino tuvo algunos momentos de lucidez, aguantó bien la pelota, pero no generó peligro en el área de Mansilla. Por su parte, el hermano mayor de los Pittón sumó sus primeros minutos del 2025 después de la fractura maxilar que le había provocado su ¿ex compañero? Nicolás Orsini en el partido contra Newell’s. Y después, estuvo José Angulo (-), quien antes de llegar a Santa Fe había dicho que vino a Unión porque el fútbol argentino es muy competitivo y que iba a tener que adaptarse a eso. Pero, si jugó como lo hizo en este partido, la adaptación va a ser larga. Estuvo siempre en inferioridad numérica, perdió varias pelotas y la mayoría de los balones le rebotaron. Si sigue así, le va a costar ganarse un lugar en este equipo.Cuando quedaban diez minutos para el final, llegó el gol del honor: Lionel Verde (5) metió un remate desde el borde del área con la derecha y descontó para Unión. A pesar de que el gol maquilló un poco la diferencia, el partido ya estaba decidido desde mucho antes. Estudiantes, cuando pudo contragolpear, lo hizo con todo y dejó claro que no iba a aflojar. El gol de Verde sirvió más para hacer el marcador un poquito menos vergonzoso, porque Unión estuvo lejos de competir como corresponde.

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