“Es mi héroe, me va a ver, va a saludar, se va a detener a mirarnos aunque sea un segundo», pensaba ese niño vestido de “10” en el aeropuerto de Sauce Viejo.
Llega. Lo tiene a metros. El corazón le late en la garganta. No pide nada y lo da todo. Solo espera un pequeño gesto para atesorarlo toda la vida. Una mirada. Un mínimo reconocimiento a ese pibe del interior siempre lejano. En definitiva, que su apoyo incondicional vale algo.
Pero nada. Pasó de largo. Mirada perdida en el horizonte, ni siquiera te vio. O peor, te vio, los vio (eran miles) y siguió igual. Pasará. Seguro que pasará.
Es una frustración común cuando un chico espera un gesto de cercanía —como un saludo o un simple reconocimiento— y la persona admirada pasa de largo. Ese momento rompe la conexión personal imaginada y te recuerda la distancia real que existe. Nada que el corto tiempo o un par de goles no curen fácilmente.
Entiendo la desilusión de los pibes. El amor de un fanático es puro y desinteresado, y el rechazo, aunque sea inconsciente por parte del ídolo, se siente como un «disparo al corazón».
Te esperaban, no como un rey en su trono de mármol frío, porque claramente no lo sos. Sino como un faro que los ilumina en este juego cada vez más mezquino.
Bajaste sin mirar, pasaste sin verlos. No hubo ni un gesto, ni un guiño, ni la curva leve de un saludo. Ni una sola mueca. Solo el aire que dejaste tras de ti, denso y mudo. La distancia no fue de metros, sino de mundos. Esta vez tu galaxia lejana marcó diferencias con los pies de cientos de chicos atados a ese suelo profundo. Estabas cansado. Seguramente…
Todos seguirán siendo fanáticos tuyo porque la lealtad de las criaturas no se quiebra en un segundo, pero esa misma adoración llevará el tinte gris de este chasco rotundo.
Los mayores, que también te admiramos, aprendimos con los años que el ídolo es solo un hombre que camina deprisa, y que a veces, el corazón de un pibe de Santa Fe es solo una hoja en tu brisa.
Nada opaca en lo más mínimo tu brillante carrera con pergaminos que tanto supiste conseguir y que tan felices nos hicieron a todos. Pero no te olvides nunca que la vida puede ser mucho más simple, con apenas levantar una mano. Si lo hacías, esos «todos» hubiesen vuelto a sus casas luego de 4, 5 y hasta 6 horas de espera, creyendo que ese guiño fue para cada uno de ellos. Cosas de chicos, Leo. ¡Te queremos y te seguiremos esperando!
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Por Gustavo «Turco» Mazzi, para SOYDeportes
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