Darío Fiori
Podría decir muchas cosas, pero lo único que importa Unión salga adelante de esta situación. Y para que eso suceda, algo tiene que cambiar, porque es un equipo que ya se acostumbró a perder, incluso cuando no lo merece. Es parecido a lo vivido con Gustavo Munúa. Se deben tomar decisiones ya. El problema de que Unión esté penúltimo, y seriamente comprometido con el promedio (está a 10 puntos de Tigre), es de Cristian González. Él fue quien armó este plantel que le quedó grande. Hoy se deberían tomar decisiones, si no ésta dirigencia empezará a ser responsable de la inacción. 67 partidos, 20 triunfos, 25 empates y 23 derrotas. Apenas el 41% de los puntos. Alcanzó el tercer peor inicio de campeonato de la historia del Club Atlético Unión, contando los primeros cinco partidos: Inicial 2012 (5 derrotas), Apertura 2000 (1 empate y 4 derrotas). La primera victoria fue en la Fecha 7 y el Apertura 2025 (2 empates y 4 derrotas). Y todavía me sigo preguntando, ¿a qué juega Unión? ¿Quién tendrá la grandeza de pedirle perdón a esta gente? Nadie tuvo los cojones bien puestos para hablarle con sinceridad a ese socio que se está desangrando en las tribunas de López y Planes: ese hombre grande, esa señora, ese pibe, esa chica. Esos uno más uno que hacen miles de gargantas que cada día gritan más, sabiendo que cada vez falta menos. Lo del entretiempo de ayer, sin palabras. El fútbol, como juego, negocio y profesión, es algo cada vez más complejo en Argentina. Y las responsabilidades, en las victorias con padres o en las derrotas huérfanas, siempre son colectivas. No se trata de pedir una caza de brujas por el simple hecho de hacerlo. Es que, se sabe, el culpable de lo que se viene no será nunca uno solo. Lo que uno pide desde esta columna, ante el conmovedor e inédito gesto que está teniendo el pueblo tatengue con esta campaña de descenso (falta mucho, pero no se puede seguir dándose el lujo de seguir perdiendo partidos), es que alguien le pida perdón a la gente. Que alguien asuma que se falló, sin hacer lo que siempre se hace en este país en medio de cada crisis: “abrirse de gambas”, mirar para otro lado, y buscar siempre las culpas en lo que hizo el otro. Siguen varios dirigentes, otros ya no están, pasaron infinidad de entrenadores desde la salida de Leonardo Carol Madelón, y ninguno estuvo a la altura de las circunstancias. O, mejor dicho, ninguno superó el 50%, a excepción de Sebastián Méndez en 11 partidos, cuando abandonó el barco tras la gran victoria ante Independiente (3-0). ¿Por qué a nadie se le abrió el corazón y se arrodilló para pedirle perdón a la gente? Y no me vengan con esto de que “todavía no es el momento”, porque el socio paga la cuota ahora y se queda sin garganta cada siete días. Muchos dirán que la pelota no entra, y puede ser cierto. O que “no tiene suerte”, y también es válido, pero la suerte es para los mediocres. El claro ejemplo de que se puede hacer un gran equipo, sin tantas figuras, a excepción de dos o tres, es Argentinos Juniors. Un equipo que, como Unión, y otros tantos, tuvo que renovar el plantel con varios refuerzos e incluso un técnico nuevo. Y aún así, el elenco de Boyacá tiene un funcionamiento de juego para destacar, lo que hace pensar que los jugadores y el técnico llevan años juntos, pero no es así. Se destaca porque el entrenador de Unión habla de un proceso de renovación porque se fueron y llegaron jugadores, sin realizar la autocrítica de que en la pretemporada no elaboró un funcionamiento adecuado para un buen arranque, y siempre trata de esquivar los errores que él comete. En todo este tiempo que llevamos observando la campaña de González en Unión (si llega a junio serán dos años), vimos muchas veces que ha responsabilizado a los árbitros, a que se fueron jugadores, a la adaptación, a la Comisión Directiva por no traer refuerzos; las críticas del hincha o las redes sociales ya no son suficientes para explicar un inicio desastroso. El tiempo de las excusas se terminó. Porque si quedás fuera de unos cuartos de final en los que clasifican 8 de 15, es un rotundo fracaso que argumentará el despido de Cristian González. Él prometió competir. Ahora tocará cumplir, porque las palabras, como siempre, se las lleva el viento.
Se le vive faltando el respeto. Un baño de sinceridad, a modo de disculpas sin venta de humo, sería una caricia para el alma lastimada en cuotas del hincha tatengue en estas horas dolorosas que se vienen de acá al partido ante Gimnasia de La Plata, que será el sábado 1 de marzo, donde, seguramente, el 15 de Abril será una olla a presión. El hincha está dando todo y no recibe nada. O casi nada. Pero hoy, señores dirigentes —unos adentro, otros afuera—, entrenadores y jugadores de Unión, quisiera que me lean. Al menos hoy. Están a tiempo. No serán ni más ni menos hombres. Las cosas serias de la vida pasan por otro lado. A nadie se le va a caer ninguna coronita. No sólo tienen la obligación de pedirle perdón por el equipo que armaron. En realidad, tienen la hermosa posibilidad de devolverle algo a los hinchas tatengues que se están desangrando con este equipo. El presente es insostenible Si sigue así, se va a quedar afuera de todo. ¿Cuál será el ultimátum? ¿Gimnasia? ¿O el duelo ante Colegiales en San Nicolás por Copa Argentina? De los 10 partidos que quedan, Unión, sin exagerar, va a tener que ganar, no menos de siete. Ya no se puede seguir tolerando esta versión de un equipo que, a lo largo de estos seis partidos y las múltiples ocasiones que hemos mencionado en cada columna de opinión (mezclado con un poco de análisis), no da pie con balón. Los números y el rendimiento hablan por sí solos. Hay jugadores con niveles paupérrimos, pero lo del entrenador ya no resiste análisis. El presente del Club Atlético Unión es lastimoso y triste. Todos responsables de este momento. La gente está cansada. Cansada de ver a un equipo que no transmite nada, que ni siquiera empata, como le pasó ayer ante Huracán. Lo más preocupante de todo es que, a pesar de que Unión pudo empatar, también estuvo cerca de perder el partido. Unión no reacciona, no muestra actitud ni creatividad. Los jugadores no asumen responsabilidades dentro del campo, y lo peor es que no hay un solo futbolista que se haga cargo de los partidos. Nadie aparece como el referente que pueda marcar la diferencia y darle a la hinchada un motivo para ilusionarse. En los últimos encuentros, Unión ha sido predecible: avanza sin ideas y sufre cuando lo atacan. No sabe manejar los tiempos del partido y, lo más preocupante, es que los rivales logran marcarle goles con una facilidad alarmante. Incluso aquellos equipos que no están diseñados para atacar aprovechan los errores de Unión para lastimarlo. Insisto, una vez más, con el mensaje, no mereció perder, pero lo pierde por errores propios (lo de Corvalán es imperdonable), y los goles que erró Marcelo Estigarriba los últimos 5 minutos. Cambió tácticamente en el segundo tiempo. «Mejora» por obligación y necesidad, no por convicción. Lo cierto es que, este equipo no le gana a nadie. Mientras tanto, los jugadores parecen haber llegado a su techo. Ya no hay margen para el crecimiento, y lo que en su momento fue promesa se ha transformado en un rendimiento decepcionante. La falta de compromiso y de protagonismo en momentos clave se traduce en un equipo apático que no da la talla en los partidos más exigentes. Rumores de un vestuario dividido empiezan a circular, y aunque estos detalles a menudo son difíciles de confirmar, la realidad en el campo parece darles algo de razón. El clima dentro del plantel parece estar lejos de ser el ideal para lograr un cambio de rumbo, y las excusas comienzan a abundar en las declaraciones públicas de los jugadores. En lugar de asumir responsabilidades y mejorar su nivel, se opta por justificar los malos rendimientos, lo que solo aumenta la frustración de los hinchas.

Unión hace todos los méritos para pelear el descenso como lo hizo, entre Munúa-Méndez y el Kily González. El técnico ve fantasmas donde no los hay. De local, la cancha explota. El último partido de local no ganó, y hubo gente que los ¡aplaudió! ¿Qué análisis hace el DT? El papel de víctima no va en Unión. No hay argumentos para pensar o decir lo que piensa el conductor rojiblanco. En este momento donde todo es ruido, confusión y cuestionamientos desde los cuatro costados de la cancha, el resultado sigue pasando por debajo de las preocupaciones que hoy gobiernan la cotidianeidad del pueblo tatengue. La profundidad de los obstáculos que se cruzan por el camino de Unión quedó otra vez en evidencia. Este equipo perdió la confianza en sí mismo y esa carencia contaminó sus pocas virtudes. El tránsito de Unión en la Liga nunca pudo despejar los oscuros nubarrones de incertidumbre que siempre sobrevolaron sobre su camino. Nunca pudo pisar firme, levantar la cabeza y aspirar a mirar el horizonte con chances de tener un futuro posible. Nunca alcanzó a descontaminar su aire y sumar provisiones para extender su sendero, desde expectativas reales. En cada intento de avance, en cada paso, su contexto, sus traumas y su mochila repleta de necesidades, lo superaron y lo condenaron a un muy pobre certamen en el que sigue profundizando sus males y perforando su propio fondo. Al hincha le duele ver a Unión en este estado de angustia y de falta de reacción. Y tiene muy en claro que, si no se detiene a tiempo esta peligrosa curva descendente, las posibles consecuencias pueden llegar a ser mucho más hirientes todavía.
En estos doce días sin actividad oficial, el Tate necesita hacer un parate y resetearse. Es clave que encuentre un punto de inflexión, una chispa que le devuelva la energía y la confianza en lo que es y en lo que puede dar. Ya no hay margen para más vueltas, y el fastidio del hincha es un reflejo claro de la situación. No puede seguir hundiéndose solo, sumando más problemas y cavando su propio pozo. Justificar lo injustificable, vender una realidad maquillada que no tiene nada que ver con la verdad o querer hacerse el imparcial después de haber sido parte del problema, son actitudes que, lamentablemente, están cada vez más instaladas en el discurso público. Hoy en día, muchos prefieren endulzarle el oído a la gente antes que enfrentar la crudeza de los hechos. En vez de hacerse cargo y dar la cara, miran para otro lado, como si la realidad se pudiera esquivar. El problema es que la gente, muchas veces más preocupada por las apariencias que por lo que pasa en serio, se deja llevar por estos relatos efímeros que, en el fondo, no resuelven nada. Es fácil mantenerse neutral cuando no tenés nada que perder, pero cuando ya fuiste parte del juego, sostener esa postura se vuelve una contradicción que atraviesa toda la sociedad.
Este fenómeno también refleja una desconexión con la realidad de quienes, por motivos de conveniencia o falta de valentía, optan por evadir las consecuencias de sus decisiones. Es evidente que no todos los actores políticos, sociales o mediáticos se comportan de esta forma, pero la lamentable realidad es que los que sí lo hacen siempre parecen quedar al frente, mientras que el resto de los ciudadanos, los que están al margen de esos juegos de poder, se quedan con la sensación de que todo es parte de un ciclo que siempre se repite, sin importar el contexto ni las promesas de cambio. Aquí, el problema no radica solo en las malas prácticas de algunos, sino en cómo gran parte de la sociedad parece conformarse con ellas, muchas veces por ignorancia o desinterés. En el caso específico de los medios de comunicación y el periodismo, lo que ocurre con frecuencia es que, cuando alguien ya está en el suelo, se vuelve más fácil hacerle una crítica o señalar sus fallas. Sin embargo, cuando se tenía la oportunidad de advertir sobre la situación o de tomar una postura crítica antes, la mayoría prefiere esperar a que el caos estalle. Esto, por supuesto, no es una postura ética ni responsable. La crítica o el análisis a posteriori no tienen el mismo peso ni la misma validez que la prevención de un daño, o la denuncia temprana. Es cierto que las críticas al Kily, como se menciona, recién empiezan a aparecer cuando la situación ya está irremediablemente marcada, lo que lleva a la reflexión sobre las responsabilidades compartidas en todo este proceso. Yo, personalmente, pude ver lo que venía mucho antes, pero ¿de qué sirve cuando las críticas solo llegan cuando todo está consumado?
En definitiva, la dinámica que describe esta situación es la de un ciclo vicioso: el mismo grupo de personas siempre en el centro, mientras que la sociedad sigue comprando relatos convenientes que no enfrentan la verdadera complejidad de los problemas. La ausencia de una crítica constructiva o de una acción preventiva en el ámbito político y mediático nos lleva a la misma conclusión: mientras unos se benefician de la confusión, otros quedan atrapados, observando desde afuera cómo se repite una y otra vez la misma historia. Es esencial, entonces, cuestionar los mecanismos que permiten que esto suceda y reconocer la necesidad de un cambio profundo en las estructuras de poder que nos afectan a todos. El fracaso en las decisiones tomadas en torno a los directores técnicos, jugadores, asesores refleja una realidad dolorosa que no es nueva, pero que se ha intensificado en los últimos años. La constante elección equivocada de personas que deberían ser claves en la estructura del club ha dejado al equipo en una situación cada vez más crítica. Lo que parece ser una falla sistemática de las dirigencias, lejos de corregirse, se profundiza con cada gestión. Los mismos errores, las mismas decisiones erradas, y una falta de autocrítica evidente que impide mejorar. Este ciclo de equivocaciones es cada vez más difícil de justificar para los hinchas y para quienes aún creen en una recuperación que parece cada vez más distante.
Lo más grave de todo es que este desajuste no parece ser un accidente aislado, sino más bien una constante, una sucesión de decisiones que evidencian una clara incapacidad de aprendizaje de los errores del pasado. Cada ciclo dirigencial parece empeorar al anterior. Esto ocurre no solo en cuanto a las elecciones técnicas o de plantel, sino también en las decisiones institucionales que no dan cuenta de la realidad del club. La soberbia y el poder se entrelazan con la falta de autocrítica, y el club se ve gobernado por «amigos» que, cegados por su influencia, actúan como si fueran dueños del club, cuando en realidad son simples custodios temporales de una institución que les queda grande. Esta concentración de poder, que parece no tener límites, ha llevado a una degradación institucional que parece haber alcanzado un punto crítico, casi irreparable. El resultado de esta gestión errática es la deriva de un club histórico hacia un lugar impensado, donde el dolor y la frustración de los hinchas se hacen cada vez más evidentes. No solo se trata de un mal momento futbolístico, sino de una crisis de identidad, de una falta de conexión con los valores. Los responsables de esta debacle, al parecer, no comprenden que el club no es una propiedad privada, sino una institución que pertenece a todos aquellos que la sienten en el corazón. La falta de respeto por esa identidad y el maltrato hacia los que han invertido toda su pasión y esperanza en el equipo es una traición que no se puede ocultar bajo excusas vacías ni promesas de cambios que nunca llegan.

Este triste momento por el que atraviesa Unión no es solo un golpe para el presente, sino que pone en riesgo el futuro de una de las instituciones más importantes del fútbol grande del interior. Y lo peor de todo es que no parece haber una voluntad real de cambiar la situación, de sentarse a reflexionar sobre los errores cometidos, de encontrar un rumbo claro que permita salir de este abismo en el que el club está sumido. Es urgente una renovación profunda, no solo en el plantel, sino en las estructuras dirigenciales, para que Unión pueda recuperar su grandeza, esa que se perdió en el camino, pero que los verdaderos hinchas esperan ver nuevamente en el horizonte. Es verdaderamente alarmante la actitud de aquellas personas que deciden rodearse exclusivamente de individuos que les otorgan apoyo incondicional, sin cuestionamientos ni reflexiones profundas. Esta clase de gente busca solamente el aplauso fácil de quienes actúan como simples seguidores, sin capacidad de pensar por sí mismos, de ofrecer perspectivas distintas, de desafiar ideas o de debatir de manera constructiva. Es una dinámica peligrosa, porque al rechazar el pensamiento diverso y al mantener una burbuja de personas que siempre coinciden en lo mismo, se limita la capacidad de crecimiento intelectual y personal. La mente humana necesita la confrontación de ideas para expandirse y entender las realidades complejas que nos rodean.
El Kily sigue culpando a la gente de este mal momento
El sectarismo, esa lógica simplista y peligrosa que divide al mundo en dos bandos opuestos, los de «ellos» y los de «nosotros», es una de las manifestaciones más destructivas de este fenómeno. Esta forma de pensar nos lleva a la exclusión, al rechazo del otro solo porque tiene creencias, opiniones o ideologías diferentes. La endogamia de pensamiento, que se genera cuando una comunidad o grupo se aísla y evita todo tipo de influencia externa, es el caldo de cultivo perfecto para la cerrazón mental. Al no permitir la entrada de nuevos puntos de vista, se crea un círculo vicioso en el que se refuerzan prejuicios y estereotipos, y se alimenta la ignorancia. El cultivo de una mentalidad cerrada no solo se traduce en el rechazo de la diversidad de pensamiento, sino que también tiene consecuencias más profundas. Las personas que se hallan atrapadas en este tipo de dinámicas, aquellas que creen que su visión del mundo es la única válida, se ven atrapadas en una espiral de megalomanía, egocentrismo y narcisismo. Estas características, en lugar de fomentar la sabiduría o el entendimiento, llevan inevitablemente a la estupidez. Al no reconocer la posibilidad de estar equivocados o de aprender de los demás, estas personas terminan ignorando las complejidades del mundo y se sumergen en una necedad autoindulgente. La arrogancia de creer que se poseen todas las respuestas bloquea el acceso al conocimiento verdadero, manteniendo a quien la practica en un estado de ignorancia perpetua.
Es fundamental, entonces, cultivar la capacidad de escuchar, de considerar diferentes perspectivas, y de abrir la mente a nuevas ideas. Solo de esa manera podemos evitar que el sectarismo y la cerrazón mental nos lleven por un camino hacia la ignorancia y la autodestrucción intelectual. El peligro de vivir en un entorno donde se rechaza todo lo que desafía nuestra visión del mundo es profundo y se extiende más allá del individuo. Esta falta de diversidad en el pensamiento crea sociedades menos resilientes, menos capaces de adaptarse a los desafíos del presente y del futuro. En un mundo interconectado, donde los problemas que enfrentamos requieren soluciones colaborativas y multifacéticas, la exclusión de diferentes voces y puntos de vista es una debilidad considerable. Cuando una sociedad se ve atrapada en la autocomplacencia de su propia homogeneidad, pierde la oportunidad de evolucionar y de ser verdaderamente innovadora.
La búsqueda de aprobación constante, la preferencia por la validación fácil, es un reflejo de una inseguridad subyacente que alimenta la mentalidad del seguidor, más que la del líder. Las personas que solo se rodean de quienes les refuerzan sus creencias, sin cuestionarlas o desafiarlas, viven en una especie de burbuja protectora, pero vacía. No hay espacio para la reflexión, para el crecimiento. Vivir en ese tipo de entorno puede ofrecer una falsa sensación de seguridad, pero, a la larga, limita las capacidades del individuo y de la sociedad en su conjunto. El sectarismo no solo afecta a los individuos que lo practican, sino que también degrada el diálogo social. En lugar de promover una convivencia rica en diversidad y aprendizaje mutuo, se perpetúa la polarización. La discusión se vuelve agresiva, los puntos de vista se vuelven irreconciliables y, lo más dañino, se pierde la capacidad de empatizar con aquellos que no comparten nuestras ideas. Este aislamiento intelectual, aunque momentáneamente satisfactorio para el ego, es en realidad un camino hacia el estancamiento. Al no desafiar nuestras propias ideas, al no permitirnos el lujo de cuestionar lo que creemos, nos privamos de la posibilidad de evolucionar como seres humanos.

Es crucial, entonces, que se fomente la apertura mental, la disposición para aprender de las diferencias y el coraje de encontrarse con quienes no piensan igual. Solo cuando somos capaces de dialogar con respeto y sin temor a las diferencias, es cuando realmente podemos avanzar como sociedad. La diversidad de pensamiento, lejos de ser una amenaza, es una oportunidad para enriquecer nuestras vidas, para profundizar nuestra comprensión del mundo y para encontrar soluciones más inclusivas y efectivas a los problemas que nos afectan a todos. Al final, el egocentrismo y el narcisismo no solo destruyen la capacidad de escuchar, sino que nos alejan de la posibilidad de alcanzar una sabiduría colectiva, que es mucho más poderosa que la sumatoria de pensamientos aislados. La verdadera inteligencia radica en la capacidad de integrar diferentes perspectivas, de aprender de los demás y de crecer en conjunto. Solo cuando aprendemos a abrazar la diversidad, en todos sus aspectos, podremos dejar atrás la ignorancia y el aislamiento, y avanzar hacia un futuro más justo, inclusivo y profundamente sabio. En el pasado, siempre se encontraba una excusa para justificar la falta de victorias, y las críticas eran constantemente dirigidas hacia los dirigentes del club, a quienes se les señalaba como los principales responsables de los fracasos deportivos. Sin embargo, cuando ese argumento ya no resultaba suficiente, la mirada se trasladó a los jugadores, a quienes se les atribuía la culpa de no estar a la altura de las expectativas. Recientemente, el técnico del equipo se refirió a una nueva causa: la responsabilidad recaía sobre los hinchas, quienes, según él, lo habrían dejado de apoyar, a pesar de que juega en un estadio repleto, donde la energía de la multitud debería ser un impulso. Ahora, con el paso del tiempo, ha emergido una nueva excusa que ha dejado a muchos sorprendidos: las redes sociales son, según su opinión, las culpables de los malos resultados. Este tipo de declaraciones no son novedad para el entrenador, quien ya ha protagonizado varias intervenciones desafortunadas a lo largo de su carrera, lo que lleva a la reflexión de si realmente comprende el entorno en el que se encuentra o si, simplemente, se hace el desentendido. Su actitud ante las críticas parece ser una constante evasión de responsabilidades, lo que genera dudas sobre si está dispuesto a reconocer los verdaderos problemas o si prefiere culpar a factores externos para no tener que enfrentar la realidad de su gestión.
Este patrón de excusas y evasiones parece reflejar una falta de autocrítica y una desconexión con la realidad del entorno futbolístico en el que opera. En lugar de asumir la responsabilidad por sus decisiones tácticas, por la falta de resultados en la cancha y por el manejo del plantel, el entrenador prefiere recurrir a explicaciones que se alejan del ámbito deportivo. Es evidente que el peso de la presión y las expectativas ha afectado su capacidad para lidiar con la situación, pero, en lugar de buscar soluciones dentro del equipo y dentro del club, se centra en factores externos que no dependen directamente de su trabajo. Las redes sociales, por ejemplo, si bien son un factor importante en la relación entre hinchas y jugadores, no pueden ser el chivo expiatorio de todos los problemas. La influencia de los fans a través de las plataformas digitales puede ser significativa, pero no es algo nuevo ni exclusivo de este tiempo. El desafío está en cómo un director técnico maneja esa presión, cómo mantiene la moral del grupo alta, y cómo se adapta a las críticas. Los grandes entrenadores del mundo han sabido lidiar con la exposición mediática, con la presión de los seguidores y con los altibajos de la temporada sin usar esas circunstancias como excusa. Lo que parece ocurrir en este caso es que el entrenador no ha logrado encontrar la fórmula para canalizar esa presión de manera productiva. En lugar de fortalecer al equipo, de generar una cohesión que les permita sobreponerse a las adversidades, se ha centrado en un discurso de victimización. Esto puede generar un ambiente de desconfianza tanto dentro como fuera del vestuario, ya que tantos jugadores como hinchas pueden percibir que, en lugar de buscar soluciones, se está eludiendo el problema. Las redes sociales, al igual que los hinchas, forman parte del contexto, pero el verdadero desafío radica en cómo se gestionan esos elementos desde el liderazgo del club.
En última instancia, la pregunta que queda en el aire es si el técnico está dispuesto a asumir la responsabilidad de su propio rol en los fracasos y las dificultades que enfrenta, o si continuará echando mano de excusas externas que no hacen sino alejarlo más de una solución efectiva. La clave estará en si decide entender el sistema en el que está inmerso, reconocer sus errores y, desde allí, buscar los ajustes necesarios para revertir la situación. Porque si sigue evadiendo su parte de responsabilidad, el ciclo de justificaciones podría perpetuarse sin llegar nunca a un cambio real en el rumbo del equipo. Es preocupante observar que, en lugar de cumplirse con el rol de cuestionar y evaluar de manera crítica las decisiones del director técnico, tanto los periodistas como la dirigencia parecen adoptar una postura sumisa e incluso obsecuente. Esta actitud resulta alarmante, pues no solo refleja una falta de responsabilidad en el ejercicio de sus funciones, sino también una falta de compromiso con la transparencia y la rendición de cuentas. Los periodistas, que deberían ser los encargados de interpelar a quienes lideran al club, parecen no cumplir con su deber al limitarse a repetir excusas, en lugar de indagar sobre las razones reales detrás de los fracasos. Este tipo de conductas perpetúa una dinámica en la que no existe un cuestionamiento genuino a los responsables, lo cual solo agrava la situación. Más allá de los medios, la dirigencia del club también está fallando al permitir que un entrenador que carece de resultados tangibles recurra a ataques hacia los socios y los hinchas que se atreven a expresar sus críticas. La respuesta agresiva del director técnico frente a las opiniones disidentes no solo es inapropiada, sino que refleja una grave desconexión con los principios fundamentales del club y con las expectativas de su hinchada. Los socios y seguidores de Unión no están allí para aplaudir incondicionalmente, sino para exigir transparencia, compromiso y resultados, tal como corresponde en un club con la historia y el prestigio de Unión. La crítica que se recibe en las redes sociales no es producto de un ataque personal, sino más bien una manifestación legítima de la frustración de quienes verdaderamente se preocupan por el futuro del club. No se trata de una cuestión de envidia o de animosidad, sino de una constatación de la falta de capacidad del actual cuerpo técnico para cumplir con las expectativas y los estándares que exige un club de la magnitud de Unión. A pesar de las reiteradas oportunidades para asumir responsabilidades y corregir el rumbo, el entrenador ha optado por continuar con un discurso de confrontación, lo cual únicamente empeora su situación.
La responsabilidad de un líder, en este caso un entrenador, no solo es técnica, sino también moral. Al seguir defendiendo su postura y redoblar la apuesta contra quienes critican de manera fundamentada su gestión, el director técnico no solo se está arrastrando a sí mismo a un abismo, sino que también está llevando con él a la dirigencia, que, al no intervenir, se convierte en cómplice de esta falta de autocrítica y de respeto por los socios y los hinchas. Es igualmente desconcertante que, mientras los hinchas se expresan abiertamente sobre las deficiencias del equipo y el trabajo del director técnico, muchos miembros de la comisión directiva elijan mantenerse en silencio o no se atrevan a asumir una postura clara ante los hechos. Esta pasividad frente a la crisis refleja una falta de liderazgo y de visión de futuro que afecta profundamente al club. Un club como Unión no puede permitirse la indiferencia de quienes deberían ser sus guardianes y defensores, sino que necesita una dirigencia comprometida con el bienestar del equipo y con la respuesta a las inquietudes de sus socios. En última instancia, la crítica constructiva no debe ser vista como un ataque, sino como una oportunidad de mejora. Es fundamental que tanto el director técnico como la dirigencia reconozcan que el verdadero interés está en el bienestar y el futuro de Unión, y no en intereses personales ni en mantener una fachada de éxito a cualquier costo. Si el club no aprende a escuchar y a actuar en consecuencia, lo que está en juego es su reputación y su capacidad para seguir siendo competitivo a nivel nacional e internacional. Desde el director técnico hasta el último integrante del equipo, cada uno tiene una parte importante de responsabilidad en lo que está sucediendo. No puede haber espacio para excusas ni justificaciones. Los rendimientos individuales bajos y las deficiencias colectivas son síntomas de un problema mucho más profundo que afecta a todo el conjunto. Los números de la campaña llevan ya varios meses sin poder cerrarse de manera positiva, y eso no es algo que pueda pasarse por alto. La situación no solo se limita a las actuaciones de los jugadores, sino que involucra también la toma de decisiones, la estrategia y el ambiente que se genera dentro del grupo. Es por eso que resulta imperativo discutir estos problemas ahora, mientras aún hay tiempo para corregir el rumbo. Si se deja pasar más tiempo, las consecuencias pueden ser mucho más graves y el daño podría ser irreversible, por lo que la intervención oportuna y el análisis de lo que está ocurriendo en todos los frentes se vuelve urgente.
Por supuesto, la incorporación de refuerzos fue un paso que se dio con la intención de mejorar el rendimiento, pero no puede ser vista como una solución definitiva ni como una justificación ante la falta de resultados. Es cierto que los jugadores nuevos pueden aportar frescura y calidad al equipo, pero el problema no radica únicamente en la falta de talento o de piezas en el campo. Si Luis Spahn y la dirigencia no son capaces de actuar con rapidez y tomar decisiones claras, como la destitución del director técnico si la situación no mejora en las próximas fechas, entonces ellos mismos estarán compartiendo la responsabilidad por el mal desempeño del equipo en este torneo. No pueden excusarse solo con el hecho de haber sumado refuerzos si, al mismo tiempo, no toman las riendas de una situación que claramente está fuera de control. El futuro del equipo depende de una reacción decidida y una dirección firme. No basta con agregar jugadores si la conducción técnica y administrativa no está alineada con los objetivos y las necesidades reales del equipo. La acción inmediata y la autocrítica deben ser una prioridad para evitar que la situación empeore aún más.
PRIMER TIEMPO
Una primera etapa donde vuelve a sorprender la nula generación de juego que tiene Unión de mitad de cancha hacia adelante. La falta de identidad de este equipo es más que evidente. Unión juega mal desde hace tiempo y no muestra ningún indicio de poder encontrar su rumbo. La mitad de la cancha quedó como una zona de paso, sin presencia ni equilibrio. El puesto de mediocampista central, fundamental para cualquier equipo, fue un problema constante, ya que nunca se logró consolidar unos cinco titulares. En defensa, la solidez que alguna vez caracterizó al equipo se desvaneció. Los errores y las desatenciones se han convertido en una constante, lo que ha generado vulnerabilidad y ha costado puntos importantes. La situación de Unión es cada vez más angustiante y el desgaste es notorio en todos los aspectos del club. En primer lugar, el técnico, un hombre orgulloso y caprichoso, parece aferrarse a un ciclo que ya dio muestras claras el año anterior de que no podía continuar. Su terquedad, al no reconocer la necesidad de un cambio, está pasando factura en el rendimiento del equipo. Las decisiones tácticas se ven constantemente cuestionadas, y la falta de autocrítica hace que las soluciones no lleguen. A su lado, la dirigencia del club se muestra incapaz de gestionar una situación tan compleja. La lentitud en sus respuestas y su obstinación por no escuchar a los hinchas y no tomar las decisiones correctas, han agravado aún más el presente del equipo. El afán de mantener un ciclo que ya dio signos de agotamiento es una de las razones principales por las que el club se encuentra estancado, sin rumbo y lejos de ser competitivo.
Mientras tanto, los jugadores parecen haber llegado a su techo. Ya no hay margen para el crecimiento, y lo que en su momento fue promesa se ha transformado en un rendimiento decepcionante. La falta de compromiso y de protagonismo en momentos clave se traduce en un equipo apático que no da la talla en los partidos más exigentes. Rumores de un vestuario dividido empiezan a circular, y aunque estos detalles a menudo son difíciles de confirmar, la realidad en el campo parece darles algo de razón. El clima dentro del plantel parece estar lejos de ser el ideal para lograr un cambio de rumbo, y las excusas comienzan a abundar en las declaraciones públicas de los jugadores. En lugar de asumir responsabilidades y mejorar su nivel, se opta por justificar los malos rendimientos, lo que solo aumenta la frustración de los hinchas.
Lo único que se le puede destacar es la solidez defensiva, y que, nuevamente, no le convirtieron goles. Uno de los puntos altos en defensa fue Juan Pablo Ludeña (6). Dentro del descalabro que fue Unión en su visita a Parque Patricios, fue el defensor más regular que tuvo el Tate. Siempre estuvo bien ubicado, atento para controlar a Tissera, ya que lo anuló eficazmente ya que no contó con situaciones de real peligro. Gran precisión en los balones largos. Otro de los que rindió fue Valentín Fascendini (6) Le tocó la dura misión de reemplazar a Franco Pardo, y la verdad es que estuvo a la altura de las circunstancias. No desentonó, estuvo muy atento en las coberturas y en las marcas. La reventó cuando lo tuvo que hacer. El DT cambió de esquema y le reemplazó en el complemento, con el elenco en desventaja. Se impuso siempre en el mano a mano y en los duelos individuales, tanto por arriba, como por abajo.
En cuanto a lo que es el juego en sí, Huracán siempre se mostró superior en cuanto a la tenencia de la pelota. Salvo por algunos pasajes del partido en donde el elenco de Parque Patricios trataba de hacer uso de la posesión del balón a través de triangulaciones a espaldas de Francisco Gerometta (6) no tuvo errores significativos. Defensivamente, se la bancó bien ante Carlos Ibañez y Gabriel Alanís por el costado izquierdo. Ofensivamente, se proyectó, sobre todo en el segundo tiempo después del gol de Matko Miljevic (otro de los jugadores que fue ofrecido a Unión en este mercado de pases) y traccionó por derecha, generando algunos tiros de esquina. Al elenco de Frank Darío Kudelka le faltó claridad en los últimos 20 metros del campo. Una vez que acertara el último pase, la historia iba a ser diferente. Matko Miljevic, el ex hombre de Newells Old Boys de Rosario fue el mejor jugador que tuvo el encuentro a lo largo de los 45 minutos iniciales. Mauro Pittón (3) fue otros de los que sufrió el despliegue y el desequilibrio de Gabriel Alanís, y la movilidad del croata a sus espaldas. Huracán es un equipo que se destaca por tener una muy buena distribución de balón a partir del buen pie de los mediocampistas centrales, tanto de Leonel Pérez como de Leonardo Gil. Es otro de los jugadores que está muy lejos del nivel mostrado el año anterior. Salió en la segunda mitad. Cuando generaba triangulaciones, el Globo era un equipo a prestar atención. Por momentos, abusó de la tenencia y del pase hacia atrás. El empate estaba bien, pero había sido un poquito mejor el Globo. En los primeros minutos, Huracán fue el que asumió el control y la iniciativa del partido, tratando de manejar y copar la mitad de la cancha. Unión eligió un juego directo, segunda pelota y saltear líneas para buscar la referencia de sus delanteros. Defensivamente, cuando no tenía el balón, trataba de presionar bien alto con Lucas Gamba (-), que tuvo empeño, voluntad, pero lo suyo es el gol, y cada chance que tuvo definió de manera defectuosa. Unión equivocó los caminos. En estos dos últimos partidos eligió el recurso de ser directo, de los pelotazos largos y siempre fue impregnado por los dos centrales de Huracán, en este caso Fabio Pereyra y Marco Pellegrino. Unión había sido ordenado, se movía en bloque, como muchas veces no lo ha hecho en estos últimos partidos, ya que siempre quedaba mal parado.

Si bien nos cansamos de mencionar hasta el hartazgo que Mateo del Blanco (6) juega en una posición en la cual no es, ya que, como dijo alguna vez Johan Cruyff, «el que inventó la posición de carrilero lo tienen que meter preso», ya que es imposible que alguien pueda recorrer 80 metros ida y vuelta y cubrir el ancho de la cancha. Dicho esto, fue uno de los que más intentó por el costado izquierdo. Fue punzante y lastimó cada vez que se lo propuso con algunos centros al corazón del área, que no terminaron en nada. Obtuvo un gran quite cuando iba a rematar Walter Mazantti en la puerta del área. Unión atravesaba una crisis en la mitad de la cancha, un problema evidente que parecía pasar desapercibido para su director técnico. El equipo, constantemente, quedaba en inferioridad numérica, impidiendo tener el control del juego. Huracán, por su parte, capitalizaba esta debilidad de su adversario, presionando alto y recuperando el balón con facilidad. La estrategia de los de Parque Patricios se basaba en una presión constante que hacía que Unión pierda el balón con rapidez y que la transición del juego se volviera un caos. El balón se les escapa de las manos, quedando muy largo, la circulación era pasmosa y peligrosa. Por otro lado, en medio de este desorden, se destaca el buen rendimiento de Leo Pérez, quien, con una visión muy precisa del juego, se convertía en un referente para Huracán. La capacidad para realizar el primer pase con calidad y criterio ha sido uno de los pocos recursos que ha mantenido al Globo con algo de orden. Pérez tiene una comprensión excepcional de cuándo acelerar el juego y cuándo ralentizarlo, lo que convertía en un elemento fundamental en su puesto
En todo momento, Huracán tenía buenas intenciones, pero estaba impreciso. Eran todos pases laterales y para atrás. Buena primera etapa de posesión y buenos primeros achiques de la defensa y mediocampo. El dueño de casa hacía el gasto; Unión aguantaba como podía, lo metía contra un arco, pero sin tantas llegadas, sino a través de los tiros de esquina. No reaccionaba el conjunto de Kily González. Era una sucesión de errores no forzados, sumado al ímpetu de Huracán de llevárselo puesto. El Tate tenía a los once detrás de mitad de cancha. Estaba bien parado, pero al recuperar, no tenía con quien atacar rápidamente. Media hora de juego tuvieron que pasar para que haya una aproximación clara de gol. Y fue para Unión. A los 31′, Estigarribia cabeceó en el área de Huracán, un defensor del Globo despejó defectuosamente y Ludueña capturó el rebote. De primera, el defensor del Tatengue le pegó al arco de Galíndez, pero la pelota se fue lejos por arriba. A través del 5-3-2, la ideal del Kily es dejar a Gamba mano a mano contra Pereyra (que no tiene ninguna cobertura). Y a los 36′, En una jugada de ataque, Estigarribia asistió a Gamba en el borde del área de Huracán. El delantero remató al arco de zurda, pero la pelota se fue apenas a un costado del palo derecho de Galíndez.
En conferencia de prensa, el Kily dijo «El análisis es que no mereció perder, en el primer tiempo Huracán no nos pateó al arco, tuvimos dos claras, en el segundo más de lo mismo, solamente un error que fue penal, el equipo se entregó al máximo, se vació para el empate, no se puede entender que no podemos hacer goles, hay que insistir, seguir por este camino, van a aparecer los goles, es increíble que nos suceda esto, lo superó en todo sentido y en todos lados a Huracán, hay que mirar para adelante», dijo.
La única verdad es la realidad. Unión volvió a jugar mal como en el 90% de los partidos de este torneo. Unión tiene un serio problema de elaboración. Básicamente no tiene juego. Es un equipo que no conecta, no genera ni tampoco fluye. La mitad de cancha no funciona con ningún intérprete. No hay un sólo futbolista que logre destacarse o hacer algo distinto con el balón en sus pies. O lo que es más grave, no hay un solo volante capaz imprimirle al equipo una dinámica o velocidad que resulte decisiva para resolver el trámite de un partido. Solo hay volantes posicionales. Mas estáticos que movedizos. De poco recorrido físico y sin precisión con la pelota. Ya han jugado todos. Ninguno logró convencer. No mucho más. El resto parece tener una marcha menos y ser los responsables de darle al equipo un funcionamiento lento, previsible y errático.
Es cierto que este torneo es impresentable por donde se lo mire. Además de los 30 equipos en Primera y el discreto nivel de muchos de ellos, la AFA organizó y planificó un fixture imposible (Unión terminó de jugar el viernes a las 00:15 y saltó a la cancha el domingo 21:30) físico y futbolístico de cada uno de los equipos, pero mucho más en aquellos que pretenden adoptar una postura protagónica y ofensiva tratando de jugar bien. Hay jugadores lesionados y fundidos en todos los planteles. Se juega a temperaturas agobiantes y cada tres días. Prácticamente no hay períodos de recuperación ni de entrenamientos donde ensayar y trabajar lo necesario para mejorar. Se juega todos los días. Hay partidos a cada rato. Y lo que normalmente en un comienzo de temporada debería ser un calendario bien pensado, termina siendo un mamarracho organizativo. Queda una vez más que cada vez que se enfrente a un rival que tenga mayor jerarquía y que le domine la tenencia de la pelota, terminará anulando las intenciones. La receta es la misma de siempre. Correr, meter y pelear. La intensidad de Unión no aparece y la imagen se vuelve débil en cada pelota dividida o en alguna maniobra individual de desequilibrio. Y ahí es donde se nota más la falta de juego y de funcionamiento colectivo. Pará contrarrestar esos esquemas cerrados hay que mover rápido y con precisión la pelota. Eso no sucede. Pocas veces un jugador de Unión recibe un pase de un compañero en condiciones favorables de espacio y marca. Casi nunca hay combinaciones entre 3 o 4 jugadores para iniciar una acción colectiva que termine siendo peligrosa en el arco contrario. No se suman pases para adelante ni tampoco aparece ese filtrado que rompa algún cerrojo táctico. Todo eso es por la falta de precisión en velocidad. A Unión le cuesta con la pelota. No funciona el juego corto ni tampoco resulta el largo. Ayer en Parque Patricios hubo varias ocasiones en las que el lateral que trepa por el lado opuesto al que se inicia la jugada queda libre. Sin embargo, nunca es efectivo el cambio de frente o el pase largo que lo involucre en la acción de ataque. No abundan los gambeteadores ni los rematadores de media distancia. Y tampoco es bueno el rebote o juego de espalda de los delanteros quienes suelen perder más de lo que ganan con sus marcas.
SEGUNDO TIEMPO
Hay jugadores que tienen un nivel paupérrimo, pese al bajo nivel futbolístico, pero lo de Claudio Corvalán (2) no se podía creer. Dentro del mundo del fútbol, pero sobre todo en las crónicas de los partidos, es habitual encontrar la frase «en el amanecer del partido». Resulta difícil establecer dónde se traza la línea para determinar si se trata del amanecer o de un partido ya lanzado al ruedo, pero dondequiera que se quiera trazar esa línea, Unión seguramente tendrá unos cuantos ejemplos que aportar sobre lo que no hay que hacer en esos primeros momentos del partido. ¿Por qué esta mención? Pues, otra vez que a Unión le hacen goles antes de los 10 minutos. Unión se gana solo, se pega tiros en los pies. El capitán quiso pasársela a Cardozo, pero el envío quedó corto. Erik Ramírez robó la pelota en el área de Unión y el arquero tatengue le cometió penal. Gol de Huracán. Miljevic convirtió de penal con un remate a la izquierda de Cardozo, que se tiró hacia el otro lado.

El técnico se mordía las uñas, hablaba con su cuerpo técnico, y no le podía encontrar la vuelta. Sabía que tenía un asunto complicado. Momento de variantes a los 17 minutos. Adentro Lautaro Vargas (5), quien sumó sus primeros minutos en este campeonato debido a problemas extrafutbolísticos. Rompió la línea de cinco tras el ingreso de Franco Fragapane (4) por Valentín Fascendini. Apenas el gol a Boca desde su llegada, le está costando mucho insertarse en este equipo y el fútbol argentino-. De esta manera, Unión pasaba a jugar con un 4-3-3 con la idea de tener amplitud y profundidad, desequilibrio por las bandas. Thiago Cardozo (6) es uno de los menos responsables de la derrota de Unión ante Huracán. Si bien es cierto que termina cometiendo el penal tras el insólito error que cometió Corvalán al entregar el pase corto, la verdad que no tuvo responsabilidad en absoluta. En el gol, eligió arrojarse al palo derecho. Durante la primera etapa controló algunos tiros que no llevaron peligro. Un minuto después de las variantes del Tate, le detuvo una volea a Alanís.
Unión daba la sensación que es un equipo sin trabajo. En una jornada donde el clásico rosarino se definió por detalles a través de las pelotas detenidas, Unión tuvo entre cuatro o cinco tiros de esquina y nunca ganó un hombre tatengue. Siempre se impuso en el juego aéreo el Globo. Unión amenazaba y avanzaba a tiros de esquina, pero no generaba peligro. Le cuesta ser fino en el área rival. Agustín Colazo (-) por Lucas Gamba fue la tercera modificación que realizó el Kily. Poco más de un cuarto de hora en cancha, donde le costó gravitar. A los 32′, lo tuvo para liquidar Huracán mediante un tiro de esquina; el cabezazo de Eric Ramírez y la pelota pegó en el palo y se fue afuera. Unión era un desconcierto absoluto. Era una máquina de errar pases a un metro. No había coordinación. Se sacaban la pelota de encima. Unión, tácticamente, era un espanto. Daba la sensación que a los jugadores no le llega el mensaje del entrenador. «Esto es fútbol y estamos atravesando un mal momento, necesitamos ganar un partido, la mayoría de la gente ya no confía, si uno es consciente, el único que jugó fue Unión, lo de Huracán fueron aproximaciones, me da la tranquilidad para seguir creyendo en mis jugadores. Necesitamos una victoria, tuvimos que plantar una defensa que nunca jugó juntos, buscamos varias situaciones y variantes, jugaron muchos chicos del club, un error lo pagamos, estar fuertes, juntos, hay mucha que ya no confía en este equipo. No éramos los mejores y ahora los peores. Unión demostró en los últimos partidos ser mejor, intentamos corregir el resultado», fue lo que declaró el DT en conferencia de prensa.
Los últimos 15 minutos de Unión fueron de lo mejor en el partido. A diferencia de los que fue el partido ante Instituto, a Rafael Profini (4) le costó hacer pie en la mitad de la cancha. Por momentos, sufrió la movilidad de los volantes de buen pie de Huracán. Fue amonestado. Alternó buenas con malas, pero habrá que seguir apostando por un interesante canterano. Así todo, tuvo la situación más clara de todo el partido. Una gran atajada de Hernán Galíndez, la pelota pegó en el palo y se fue. Al ratito, agotó las variantes el Kily con las entradas de Jerónimo Dómina y Julián Palacios (-) por las salidas de Profini y Mauro Pittón. Posicionalmente, había quedado con Ezequiel Ham (3) de «5», quien cayó en la impotencia generalizada de todo el equipo, estuvo lejos de ser la manija futbolística del equipo, Julián Palacios como interno por izquierda y Fragapane por derecha. Arriba, Jerónimo Dómina (-), que dicho sea de paso entró bien. Ejecutó algunos centros llegando al vacío y fabricó algunas faltas, Colazo y Marcelo Estigarribia (6). Este cronista había declarado que al exdelantero de Atlético Tucumán lo iba a evaluar recién cuando tenga oportunidades de gol. Luchó entre los centrales, entró y salió para atraer marcas. Por momentos, apareció como si fuera un wing izquierdo. Erró una volea dentro del arco y un cabezazo en el último minuto en el primer palo. Estas situaciones malogradas que no hicieron más que acentuar esa anemia de gol que lo está identificando y complicando. Unión no arranca. Y al técnico le cuesta encontrar claridad para provocar el necesario cambio.
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