La conducción de la AFA bajo el liderazgo de Claudio Tapia no solo exhibe concentración de poder, sino una lógica defensiva cuando ese poder es interpelado. La reciente investigación impulsada por la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA) abrió un frente que ya no es político-deportivo, sino judicial. Y allí aparece un dato inquietante: la amenaza de un paro del fútbol argentino.
Formalmente, el discurso habla de una reacción frente a supuestas presiones del “poder político”. Pero en términos institucionales, quien investiga no es un rival electoral ni una facción partidaria, sino el Poder Judicial de la Nación Argentina, un poder independiente del Estado, por lo que el relato de persecución ya no alcanza. El conflicto no es con un gobierno, es con un órgano de control. Ahí la escena cambia de tono.
Un paro del fútbol frente a una investigación judicial puede leerse como un intento de trasladar la disputa al terreno de la presión pública. Es convertir un proceso institucional en un conflicto de poder. Y eso profundiza la percepción de que el sistema se cierra sobre sí mismo cuando se siente amenazado.
Está calro que el liderazgo fuerte puede dar gobernabilidad. Pero cuando ese liderazgo responde a la investigación con cohesión defensiva y amaga con paralizar la actividad, el mensaje ya no es de fortaleza, sino de blindaje. Y el blindaje, en democracia, siempre genera sospecha.
En AFA, el problema no es solo la concentración del mando. Es la reacción corporativa ante el control externo. Muchos dirigentes ya no caminan, orbitan. No discuten, asienten. No deliberan, esperan la señal. Su postura no es institucional: es reverencial. Los dirigentes no analizan decisiones, analizan consecuencias. No se preguntan si están de acuerdo, sino, qué costo tendría no estarlo. Ese es el empoderamiento del mando. El poder no solo está concentrado, está tristemente naturalizado «por temor a…»
La defensa cerrada, casi automática, ante cualquier investigación o cuestionamiento, suena más a corporación que a conducción. Se habla de “ataques políticos”, de conspiraciones, de intereses oscuros. Pero en democracia los controles no son operaciones: son reglas.
Cuando la protección se vuelve reflejo y el aplauso reemplaza al debate, la dirigencia deja de representar a sus clubes para representar su propia supervivencia. Y ahí el problema ya no es de resultados deportivos. Es de decencia y dignidad.
Hoy Tapia enfrenta algo más complejo que una disputa de poder: enfrenta el principio de control institucional. Blindarse corporativamente no fortalece, expone. Victimizarse no aclara, oscurece. El fútbol no puede convertirse en escudo, porque cuando los que conducen buscan parapetarse detrás de la pasión, el mensaje es peligroso. Así, como son ellos si no te encolumnás detrás de sus siempre oscuros y desconfiados objetivos.
El fútbol de AFA «para», mientras sus desafiantes conductores «aceleran»
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Por Gustavo Mazzi, para SOYDeportes
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