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SOY Deportes » Fútbol » Argentina campeón del mundo: el grito que se hizo esperar durante 36 años

Argentina campeón del mundo: el grito que se hizo esperar durante 36 años

19 diciembre, 2022
en Fútbol, Noticias Deportivas
Argentina campeón del mundo: el grito que se hizo esperar durante 36 años
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Por Darío Gabriel Fiori en especial para SOY Deportes

De repente, todo tenía sentido. Las frustraciones de un tiempo no tan lejano, los golpes casi certeros que se repetían una y otra vez. Llegó el mediodía que todos estaban esperando, la explicación a tantos años de desconsuelo, la trajo el viento zonda un 18 de diciembre que quedará para siempre en la historia. Cayó, como un manto redentor sobre la noche qatarí, la razón de tantos sinsabores de un pasado que no se olvidará, pero que sin duda ahora dolerá menos

Estas lágrimas no tienen el mismo sabor agrio que las que se mezclaron en las mejillas de Argentina hace ocho años en Brasil 2014. Tampoco llevan dentro ese dolor profundo, gigantesco, como las que derramó Lionel Andrés Messi en Estados Unidos y la noche en la que nadie pudo dormir cuando lo deportivo quedó por primera vez de lado cuando salió del vestuario a las 01:24 de Argentina, fue a TyC Sports y anunció que dejaría de jugar en la Selección. Tampoco llevan dentro ese dolor profundo, gigantesco, como el que sintieron en Perú 2004 cuando estuvieron a 20 segundos de coronarse campeones de América.

Quién sabe por qué la felicidad más plena y la tristeza más profunda se manifiestan de la misma manera. Tal vez haya una explicación, o tal vez sólo sea que los rostros argentinos nacieron destinados a bañarse en lágrimas de vez en cuando. Sea como fuere, esta vez hubo un río de lágrimas distinto al de Roma en el 90′, Brasil y Chile, que vino a dar razón de ser a todas esas y tantas más.

Son el alivio de ese hombre que pensó que se iría de este mundo con una cuenta pendiente, de esa mujer que más de una vez se asomó al dolor de sus hijos y se preguntó para sus adentros «¿por qué no me salieron brasileños?», y de ese niño o niña que tantas veces pensó «¿por qué otros sí y nosotros no?».

Esa es la sensación que queda después de estas lágrimas que tantas veces el pueblo argentino soñó llorar. Alivio por soltar una carga cada vez más difícil de sobrellevar. O al menos esa es una de las sensaciones, seguramente hay muchas más contenidas en tanta emoción y alegría.

Finalmente, los miles de kilómetros recorridos por una ilusión postergada, los millones de veces que uno juró «nunca más» y, sobre todo, otras tantas que ese juramento no se cumplió, cobraron sentido. Sufrir para luego gozar, perder para luego ganar, frases sin mucho fundamento lógico que hoy incluso parecen creíbles y resuenan como el eco de los bocinazos que estallaron en la ciudad durante todo el domingo. Quizá era verdad, tenía que ser verdad.

La redención llegó al fin, en un lejano y solitario Qatar. Fue con fútbol y todas las campanas y silbatos sobre el terreno de juego. Ironía del destino que no fuera precedida por otro éxodo de los que son marca argentina. Debió de ser el precio a pagar por un pueblo al que le encanta movilizarse en masa.

Esta vez los obstáculos -que los hubo, nadie lo puede negar- no fueron imposibles de superar. Será porque lo que no mata fortalece -como dice una frase de autor desconocido- o porque el trabajo tarde o temprano da sus frutos, como dice cualquier padre o madre a sus hijos en una conversación cotidiana. O pueden ser ambas cosas. A fin de cuentas, tantos golpes no pueden haber sido en vano y, pensándolo fríamente, es justo que se haya recompensado el esfuerzo de un grupo que de principio a fin demostró estar convencido de lo que buscaba, liderado por un hombre que es la seriedad hecha carne (y barba).

Ahora sí, todo está en orden. De repente, cada momento del pasado cayó en su sitio para encajar como una pequeña pieza de un rompecabezas que por fin está completo. En él están los que dolieron como puñaladas y también los que se disfrutaron, porque a decir verdad hubo muchos de esos en 120 años de vida; basta recordar la victoria ante Alemania en el 86, la Copa América del 93, el éxito de las eliminatorias en la era Bielsa o la fiesta interminable de los 36 partidos invictos con Lionel Scaloni. Quedan tantos afuera porque sería imposible enumerarlos uno por uno. Es hora de celebrar… Y empezar a armar otro rompecabezas para revalidar el título en Estados Unidos 2026.

En épocas mundialistas, cada nochebuena del 24 de diciembre, seguro que más de un deseo ha sido: “que este año Argentina gane la tercera”. A veces el corazón es más fuerte que la razón. A veces la adrenalina vence al dolor. A veces el amor es más fuerte, como el amor de Lionel Messi por la Selección. Porque después de esforzarse tanto, después de darse cabezazos contra la pared, después de comer tantas porquerías, después de las finales perdidas, después de renunciar, después del Maracanazo, después de Wembley, el mejor del mundo se rompió el alma y se sacó la mufa: le devolvió la gloria al fútbol argentino después de 36 años y clavó la estrella en lo más alto del árbol de Navidad.

El corazón argentino, ese que lo marcó desde chico cuando decidió jugar para la selección y no para España, a veces puede hacer cosas difíciles de entender. Como ese esfuerzo por no dar una pelota por perdida, por girar en la mitad de la cancha y poner a correr a Mac Allister para el 2-0, por tomar ese fierro caliente y marcar el gol más importante de su historia. Participó en nueve goles en siete partidos. Todos ellos goles importantes, de los que dejan huello. No hay más dudas. No hay más nada. Goles en octavos, cuartos, semifinal y final. Messi ya no sufre, ahora se divierte y juega como cuando tenía 23 años, pero ahora a los 35 años dio su mejor espectáculo. ¿Será el último baile? No lo sabremos. Si es así, gracias, Leo. Gracias por todas las emociones vividas.

Porque no hay que olvidar que Argentina, después de la derrota contra Arabia Saudita tuvo que hacer un examen en cada partido. Estaban llenos de miedos y dudas. Les faltaba el aire porque México amenazaba con quitarles la ilusión. Aprendieron a convivir con la tensión cuando Ángel Di María abrió el campo por la izquierda y Messi clavó un zurdazo junto al poste izquierdo de Ochoa. Ofreció aplomo cuando dejó sin argumentos a Polonia y Australia. Mostró todo su carácter cuando Wout Weghorst empató en el minuto 10 de adicción. Contra Croacia, fueron un equipo, un título tan difícil de conseguir en el fútbol mundial. No dejaron dudas, sobre todo en la segunda parte, fueron convincentes y resolvieron el anagrama con facilidad.

Este equipo no conoció límites. No conoció la palabra «imposible». Por eso puede enfrentarse a cualquier rival, por eso no hay tablero de ajedrez que pueda cuando la emoción manda. Porque en este juego, que muchos se empeñan en domesticar, no hay forma de ir contra el hambre salvaje de gloria de Messi, contra la forma desesperada en que Julián Álvarez quiere escribir su nombre en la historia, contra el orden de Enzo Fernández, la entrega de Rodrigo De Paul, la rigurosidad de Nicolás Otamendi y Cristian Romero y la pasión de Nicolás Tagliafico. A partir de esta forma de expresarse, de convencerse, la selección argentina dejó alma y sudor en la cancha: paciencia, sacrificio e inteligencia. Pilares para que este grupo de jugadores llegara al último escalón de este Mundial, porque aprendieron a sufrir, supieron leer dónde estaban sus errores, entendieron sus limitaciones y virtudes, y y siempre se sintió seguro sobre sí.

Cada uno entiende su papel. No es tarea fácil cuando hay tanto ego dando vueltas en el mismo campo. Están orgullosos, respetan la idea, no se salen del guion, validan las palabras del entrenador y muestran adoración por su dios, el que está aquí, entre los mortales. ¿Y cómo no van a hacerlo? «No vamos a defraudar a los argentinos», dijo Messi tras aquel partido increíblemente contradictorio e incomprensible contra Arabia Saudita hace tres semanas. No sólo no nos defraudó, sino que tuvo la fuerza de levantarnos y llevarnos allí, a la cima de las emociones. Con él, por él y gracias a él, Argentina creció y alcanzó una altura futbolística, ante los croatas, que nos ilusiona. «Quiero ganar la tercera… Quiero ser campeón Mundial», dice la canción. Sí, muchachos. Es verdad. Nos hemos vuelto a ilusionar. Ya hemos llorado las finales perdidas, era hora de que el fútbol bajara el martillo y le hiciera justicia a este hombre de carne y hueso, que juega a la pelota como los dioses.

El partido

Para empezar, Scaloni había probado a Lisandro Martínez con una línea de cinco, el equipo que había jugado en cuartos de final contra Holanda. Fue una formación que probó en dos días consecutivas. Sin embargo, luego hizo entrar a Ángel Di María para armar un 4-4-2. Y a partir de ese momento, todo volvió a la fase original, porque estaba claro que el seleccionador quería ver como respondía el ex jugador de Rosario Central. Y así, tras una charla que tuvo con el rosarino, Fideo tuvo su revancha. Jugó una final del mundo, algo que se había perdido por lesión en 2014.

En la disposición táctica, la idea era arrancar por derecha, para tener contenido a Theo Hernández, donde también se volcaba el mismo Mbappé en ese andarivel. Scaloni siempre armó la estrategia en base al rival y hoy le tocó el más fuerte, aunque lo hizo ser el más chico. Con el correr de los minutos, Di María apareció por izquierda. Pie a pie contra Koundé, que no es un lateral clásico y puede sentir un duelo de ese tipo por su tendencia a cerrarse demasiado. Ángel también fue refuerzo en el retroceso, y armó un triángulo con Mac Allister y Tagliafico.

La albiceleste inició el partido con la pretensión de ser el dueño del partido. Masterclass táctico. Exhibición estética. Clínica conceptual. Lección de personalidad. En una final del mundo y ante el campeón defensor. El primer tiempo de Argentina se define con una palabra: Perfecto.

Llevó el paso del juego y haciendo un partido físico con presiones altas a la par de intensas. Desde lo táctico, Scaloni le llegó a reclamar a Rodrigo de Paul y a Nahuel Molina que sean intensos en las marcas individuales sobre Theo Hernández y Kylian Mbappé. No quería el seleccionador argentino que ambos rivales reciban ventajas para girarse.

De tanto insistir por la banda izquierda, Szymon Marciniak señaló la pena máxima tras una escapada de Di María, Koundé lo tocó de atrás apenas le ganó unos metros en velocidad. Messi tomó la responsabilidad, y con una templanza inigualable, el rosarino encontró el fondo de las mallas al engañar a Hugo Lloris. 1-0 con justicia.

Era más Argentina que Francia, porque era más profundo, porque era asfixiante en la presión alta con Messi y Julián Álvarez, porque generaba más aproximaciones, aunque la más clara, antes del gol había sido un remate de larga distancia de Alexis Mac Allister. El resultado parcial era merecido. Lo más importante es que Argentina golpeó en el momento más importante del partido, en la franja de los 20-25 minutos

Los primeros cuarenta y cinco minutos fue un verdadero espectáculo deportivo. Por momentos fue un baile. Lo pasó por encima Argentina. Jugando con una personalidad, con un concepto, con una organización en cada uno de sus ataques, fútbol champagne lo que desplegó Argentina ante el campeón defensor. Lo minimizó hasta destruirlo.

A los 40 minutos, impresionante contraataque de Argentina, el pase de Messi a Mac Allister fue catedrático. Y Di María empujó a la red una gema. 2-0. Después del gol, Angelito no pudo contener las lágrimas. El jugador de la Juventus, que no pudo jugar de inicio los octavos, cuartos y semifinales por molestias físicas, dinamitó el partido con una soberbia actuación.

Deschamps no esperó hasta el descanso para realizar cambios tácticos. Lo sacó a Giroud, Mbappé quedó de 9, puso a dos extremos para intentar ganar metros en ataque con Randal Kolo Muani y Marcus Thuram. Argentina cerró con dos líneas de tres jugadores por delante de la defensa para conservar la intensidad de la presión. Julián Álvarez y Di María no escatimaron esfuerzos a la hora de ir a presionar la salida de la pelota.

Francia llegó a la final con casi todo a su favor. Potencia, velocidad y precisión. Eso es lo que se pudo ver en sus noches de desborde. La potencia ofensiva era lo más abrumador. A Didier Deschamps le sobraba tanto material que tuvo que reubicar a Antoine Griezmann como enganche. No desentona, en absoluto. Luego, Dembelé, Giroud y Kylian Mbappé completaron el rombo.

Mbappé respetó el sistema táctico. Se tiró por el sector izquierdo A pesar de su poder goleador, no tuvo la tentación de meterse en el área. Le dejó ese trabajo a Giroud ocupar el centro del ataque, hasta que tuvo que abandonar el terreno de juego. Había que tener en cuenta que el campeón se reservó una carta explosiva: pudo contar con Karin Benzema, que desde la semana pasada se entrenaba con normalidad en el Real Madrid y fue autorizado por el club español a regresar a Qatar.

En el centro del campo, Tchoumani (el volante del Real Madrid) en el anillo central, acompañado por Griezmann y Dembélé en la derecha. Castigando al contraataque y con un juego rápido, con espacio para correr, el equipo europeo mostró su «potencia de fuego».

Comenzaron el partido con un sistema clásico, ya que dispusieron un 4-2-3-1, donde el lateral Theo Hernández era casi un extremo por la izquierda. Mientras que Koundé, en la otra banda, no necesita pasar permanentemente, porque es Dembelé quien ocupa ese sector del campo.

La virtud de este equipo es que no domina los partidos de forma abrumadora. No buscó una posesión exagerada de la pelota, ni busca poseerlo durante largos periodos de tiempo. Al contrario, es un equipo que cedió el terreno, que dejó que Argentina maneje el balón y que, cuando puede recuperarlo, intentó atacar a toda velocidad, pero sin éxito.

En el complemento, hasta el minuto 35 de la segunda parte, no había llegado la reacción en Francia. Fue una máquina recolectora de perder disputas. No ganaba ninguna pelota dividida ni tampoco las segundas jugadas. La intensidad que propuso Argentina fue demoledora. El factor psicológico fue del minuto cero. Había perdido muchas pelotas en salida. Lo peor es que hasta ese entonces, ni siquiera había intentado una aproximación. Emiliano Martínez era un espectador de lujo para semejante partido.

El partido de Di María es para un tutorial sobre cómo debe proyectarse en ataque un extremo por izquierda. Sacó a bailar a Koundé recortando, frenando y amagando para finalizar con un pase raso hacia Messi que no consiguió definir bien ante la reacción de Rabiot. Por momentos, el 2-0 quedó demasiado corto, porque seguía generado nuevos contragolpes de la albiceleste que, con pases precisos y verticales, conseguía que Julián Álvarez filtre para un Mac Allister que perdió la carrera con Upamecano, permitiendo que el arquero salga a despejar.

En su último partido con la Selección Argentina, se retiró muy aplaudido Di María. Ingresó Marcos Acuña para sostener la línea de cuatro defensores, con Tagliafico de lateral izquierdo y el Huevo de volante por ese sector. En ataque buscó presentar un gran potencial para pisar el área a partir de gambetas y cambios de ritmo.

Como en el partido ante Países Bajos, lo tenía prácticamente ganado y tuvo que volver a pasar por las angustias. Lo tenía controlado el partido. En el mejor momento, llegó el error de Nicolás Otamendi, el gol de penal de Mbappe a la derecha y la pérdida de Messi en una disputa con Coman por derecha que aprovechó el combinado francés para construir una transición vertical. El futbolista del PSG se apoyó con Thuram, que se la devolvió para que saque un potente disparo que venció la resistencia al Dibu Martínez.

El fútbol es un deporte bello y cruel, pero Francia se la jugó y le salió bien. Es la campeona del mundo. Imposible de subestimar. Deschamps dividió al equipo, fue golpe por golpe y sacó provecho. Argentina perdió mucho con la marcha de Di María. Era cuestión de ver la reacción anímica y psicológica de Argentina, esa que contra Países Bajos apareció y fue productiva. Fue un mazazo tremendo. Lo tuvo para perder en el tercer minuto de adicción en el momento que Coman sacó a bailar a Molina, que cometió una falta en la línea de fondo. Marciniak concedió la ley de la ventaja y asistió para el disparo de Camavinga, dejando la pelota muerta Dibu al tapar. Romero tocó con la rodilla para que se adueñe del balón el arquero del Aston Villa.

Lo tuvo para ganar en el sexto minuto, en la puerta del área, Messi recibió sin oposición y se orientó el disparo con la zurda. Argentina se fue al tiempo extra porque no supo aguantar los últimos quince minutos y porque le pasó factura el esfuerzo físico de los notables 45 iniciales, y los nervios de ver como su rival redujo las diferencias en el marcador. Generó algunas chances de gol, no las pudo concretar y con nada, se lo empataron.

Scaloni refrescó la banda que atacó Mbappé antes de reanudarse el juego. Apostó por las proyecciones de Montiel, el despliegue, entrando en el lugar que dejó Nahuel Molina. Era el segundo tiempo extra que disputaba Argentina en Qatar. La última vez que disputó un tiempo extra en una final fue en Brasil 2014 cuando Mario Gotze, a siete minutos de la potencia tanda de penales apartó a la albiceleste de su tercera estrella.

Francia hizo el desgaste. Argentina no asimiló el golpe. Cometió errores no forzados en la salida prolija desde abajo. Con el ingreso de Lautaro Martínez, y el de Paredes, mostró chispas de reacción. 1) Upamecano le tapó el gol al ex Racing. 2) cruzó la pelota ante a llegada de Upamecano y la salida de Lloris, pero se marchó fuera. Y pareció córner, pero Marciniak no lo dio y 3) Messi desató la locura en el Estadio Lusail. Messi acercaba a la Argentina a su tercera estrella mundialista. Con la defensa francesa algo desajustada, Messi encontró el espacio a Lautaro Martínez, cuyo zapatazo lo dejó a Lloris muerto en el área. El astro no perdonó y empujó la pelota al fondo de la red.

Explotaba el banco de Argentina. Di María y De Paul se largaron a llorar. Presagiando que estaban a punto de tocar el cielo con las manos. Agüero y la delegación argentina saltando a más no poder.

Una vez más, a Francia le tocó dar un paso hacia delante en su defensa por el campeonato del mundo. En el minuto 116′, Marciniak cobró la pena máxima. El disparo de Mbappé pegó en el codo a Montiel. Hattrick de unos de los mejores jugadores del mundo.

A un minuto del final, Francia tuvo a un par de segundos de arrebatarle el sueño mundialista. Mbappe y en envío largo para Kolo Muanui que se fue cerrando, quedó mano a mano con el Dibu Martínez.

El fútbol es hermoso y cruel. Y hoy es justo. Argentina campeón del mundo. Messi campeón del mundo. La historia en su lugar. La rutina de lo extraordinario. El mejor de todos los tiempos, Lionel Andrés Messi. Ayer, hoy y siempre.

Saluden al vigente Campeón del Mundo. Saluden al vigente campeón de América. Saluden al vigente campeón de la Finalissima CONMEBOL-UEFA. Saluden a la Selección Argentina. ¡Salud al pueblo argentino! Vamos, carajo…

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