Por Darío Fiori
Es siempre la misma historia con este equipo, que parece sumido en una apatía constante, sin mostrar la actitud necesaria para competir a un nivel alto, careciendo completamente de rebeldía y de ese impulso que suele hacer la diferencia en los momentos difíciles; durante todo el partido no lograron ni siquiera realizar un solo disparo al arco, lo cual refleja la falta de agresividad en su juego, y lo peor de todo es que este equipo parece pasar de un extremo a otro sin encontrar nunca un punto de equilibrio que les permita mostrar un rendimiento constante y competitivo.
Fue rica la conferencia de prensa del Kily González. A su parecer, lo que dijo tenía sentido, ya que fue una reflexión bastante acertada, enfocada en mantener los pies sobre la tierra. Nadie espera que este equipo vaya a salir campeón, especialmente con la visión distorsionada que a veces tiene la prensa de Santa Fe, que parece pensar que es el Real Madrid. El equipo es limitado y, aunque los resultados lo han acompañado, es necesario tener claro que una cosa son los resultados y otra muy distinta es lo que realmente se ve en el aspecto futbolístico. No existe ningún equipo, como Unión, que no sea protagonista en los partidos, porque si nunca tienen la pelota, es imposible, primero, jugar bien y luego, ser agresivo. Esto se vio claramente en el partido contra Independiente, que fue uno de los peores Independientes de los últimos tiempos, y aun así, por momentos, les pasó por encima en varios tramos del encuentro. Esto sucedió a pesar de que el equipo de Avellaneda venía de varias semanas complicadas, con el escándalo del yategate, la suspensión de dos jugadores como Diego Tarzia y Mateo Pellegrino, y la visita de la barrabrava el sábado en el entrenamiento matutino. Ya sea de local o visitante, a cualquier equipo le manejan la pelota con facilidad, y eso no puede seguir así. Es necesario tener otras alternativas de juego, no se puede depender siempre de lo mismo. Los laterales, por ejemplo, fueron inexistentes durante toda la noche; no aportaron desborde ni profundidad en ningún momento. Ya contra Gimnasia habían jugado mal, pero ese mal juego se maquilló con un golazo de Mosqueira, y contra Newell’s, si bien no sobraba nada, al menos fueron eficaces en los momentos clave.
Ante Sarmiento, este mismo periodista había titulado: «¿Cuál es el verdadero Unión?» y hoy, nuevamente, me hago la misma pregunta, porque este equipo sigue demostrando una irregularidad alarmante, pasando de un extremo a otro sin ningún tipo de estabilidad. Generalmente, cuando juega de visitante, no representa a nadie, y estoy seguro de que ningún hincha se siente identificado con lo que muestra el equipo en esos partidos. Pero lo peor de todo no es esto, sino la falta de autocrítica, el no admitir la realidad de que, en ciertos momentos, el equipo no está a la altura de las expectativas que uno podría tener. En esta constante obligación que tienen los hinchas de siempre elevar la vara, es precisamente a los jugadores más experimentados, aquellos que son referentes y que realmente conocen lo que significa representar al Club Atlético Unión, a quienes más deben exigirles. Ellos son los que saben lo que el club pretende y lo que se espera de ellos, pero, lamentablemente, lo que hemos visto en los últimos años dista mucho de esa exigencia. Hoy fue una de esas noches que se retrocedió, y no hablo de retroceder de un torneo a otro, sino de un retroceso de años, muchos años, en los que parecía que el club había dejado atrás esa tendencia a hacer el ridículo o a nadar en un mar de papelones, algo que parecía haber quedado en el pasado. Sin embargo, la derrota con Independiente (3-0) expuso una realidad que nos remite a esas épocas donde el fracaso era moneda corriente, no solo en situaciones puntuales o eliminaciones dolorosas, sino en cada partido.
El verdadero papelón se vive cada vez que el Tatengue cruza el Puente Carretero, y no se ve absolutamente ninguna idea del entrenador. Han pasado ya varios meses y, todavía, no hay diez personas de los miles de simpatizantes tatengues que se pongan de acuerdo en qué es lo que el equipo quiere hacer dentro del campo. Es más, ni los jugadores saben qué se espera de ellos, y lo peor de todo es que no se sienten identificados con lo que busca el DT, ni en los partidos ni en los entrenamientos. Esto, sumado a una preocupante falta de actitud a la hora de disputar cada pelota, genera más y más dudas sobre el rumbo de este equipo. Las dos cosas sorprenden en el fútbol argentino: que Unión esté donde está y con las armas que tiene el entrenador para dar pelea. Pasó la fecha 21, quedan seis para el final, se vienen otra batalla en cuestión de días, como es Atlético Tucumán, que viene dulce tras imponerse ante Sarmiento de Junín.
De visitante, Unión rompe corazones, pero no enamora. Los rompe. No tiene un funcionamiento que guste ni es efectivo. No juega bien. No luce, ni es pragmático. Los hinchas no se identifican con el equipo porque lo que los protagonistas transmiten desde adentro no contagia. O sí: contagian inseguridades. El rojiblanco, que hoy se vistió de gris, volvió a tener una producción que dejó deudas por todos lados, como le ocurrió en los últimos encuentros, pero con la diferencia de que esta vez no ganó ni empató. Unión, contra Independiente, sufrió el partido, como le viene sucediendo en sus últimas presentaciones fuera de Santa Fe: no tiene vuelo colectivo, no aparecen movimientos fluidos, se improvisa en el campo y todo es forzado. No se visualiza un patrón de juego claro. Al menos, eso es lo que parece. El juego de este equipo es una lágrima, y Cristian González debe secarla lo antes posible. En distintos medios se habló de la falta de regularidad de Unión, pero ahora la tiene: juega flojo de manera constante. Ya ni siquiera hay altibajos. Es bajo casi siempre. Y lo que es más preocupante aún, en vez de mejorar, el Tate involuciona. El hincha no recibe señales de un equipo que lo ilusione, que lo haga pensar en pelear seriamente el campeonato hasta el final. Y cuando parece que si está a punto de darle el salto de calidad, recibe una mano de KO. Está en el pelotón de arriba, sigue allí, aunque las dudas lo invaden todo.

A lo largo de este exigente 2024, Unión disputó 35 partidos, obteniendo 14 victorias, 11 empates y 10 derrotas, aunque sin lugar a dudas, el primer tiempo del año fue el peor que ofreció el equipo, pues los primeros 45 minutos fueron espantosos. Más allá del resultado, y considerando únicamente el rendimiento en el juego, esa jornada representó uno de los peores partidos de la era de Kily González en el club, ya que el equipo mostró una alarmante falta de volumen de juego, careció de contención en la mitad de la cancha y no registró ni un solo disparo al arco. La ausencia de ideas y la incapacidad para generar peligro fueron evidentes, y si no fuera por las intervenciones de Thiago Cardozo (7), que mantuvo a su equipo en partido con algunas atajadas clave, el resultado podría haber sido aún más desastroso. La imagen de Unión en ese encuentro fue la de un equipo sin reacción, sin recursos para cambiar el rumbo, incapaz de encontrar respuestas ante un Independiente que, sin ser brillante, aprovechó todas las debilidades del conjunto santafesino, mostrando a un equipo que parecía conformado por jugadores que se acababan de conocer y que, a medida que avanzaba el encuentro, intentaban adaptarse sobre la marcha. Unión fue un completo desconcierto: sin alma, sin intensidad, tibio, carente de carácter para doblegar a un rival que llegaba con 12 partidos invicto, pero que había empatado contra Sarmiento de Junín, uno de los peores equipos de la Liga Profesional. Perdió en las divididas, perdió los duelos individuales y no estuvo a la altura en lo físico. La paciencia de la gente comienza a agotarse, y muchos ya la han perdido, pues consideran que el plantel tiene potencial para que el equipo juegue mejor, o al menos, para que muestre un juego más claro. No se le exige brillo, pero sí se espera que se acerque a aquella versión del equipo que, con juego directo, generaba oportunidades de gol y podía hacer daño.

Si continúa jugando de esta manera, especialmente fuera de casa, donde el próximo encuentro será nada menos que ante Boca, dirigido por Fernando Gago, Unión pondrá en serio peligro su clasificación a la Copa Sudamericana. Aunque se podría argumentar que el equipo santafesino mostró algo más de rebeldía en el segundo tiempo, mejorando un poco con el ingreso de Simón Rivero, pero duró lo que dura un amor de verano. El equipo no logró asfixiar a Independiente y estuvo al borde de recibir más goles en contragolpes. Esa leve mejora no fue suficiente para cambiar el curso del partido. Hay jugadores que parecen transmitir incomodidad, ataduras y desconfianza. En Avellaneda, Unión ofreció una especie de película de terror, jugando a los tumbos, sin un rumbo claro y generando más miedo no por lo que hizo el rival, sino por lo que reflejaron sus propios jugadores. Hacía mucho tiempo que no se veía un equipo tan falto de recursos en tantos aspectos. Vacío de fútbol, cada uno de los movimientos de la Academia fue torpe y sin fluidez; nunca encontró soltura, y no hubo conexiones entre el mediocampo y la delantera. Los laterales-volantes, por su parte, carecieron de precisión en ataque y dejaron grandes espacios a sus espaldas. En resumen, el partido estuvo marcado por un océano de entregas erráticas y un equipo sin identidad.
La previa parecía prometedora para Unión. Si hay algo que define a Cristian Alberto González, figura clave en este ciclo del fútbol argentino, es la originalidad de sus frases. Apreciado por Diego Armando Maradona, con quien compartió historias inolvidables, y recientemente elogiado por Lionel Andrés Messi, quien recordó un consejo que el actual entrenador de Unión le dio en sus primeros años como profesional, uno de los máximos exponentes de la escuela Bielsa se cuestionaba frente a los micrófonos: «¿Dónde está escrito que Unión no puede pelear un campeonato?». En mi opinión, cuando el “Kily” pronunció esa frase, los pocos que realmente lo respaldaban lo hacían con total convicción, pero sabían que la realidad era otra, con los pies bien plantados en la tierra. Nada más que eso. Lo fundamental, más allá de cómo termine la temporada, es la dignidad con la que Unión ha transitado este torneo, sorprendiendo a propios y extraños. Como bien canta un “canalla” rosarino, al igual que el “Kily” González: «Lo importante no es llegar, lo importante es el camino». Y en eso, Unión ha dado una lección, desarrollando una campaña que merece reconocimiento.
No hace falta ahondar en el porqué de la calificación de resiliente y milagroso a este equipo. Es difícil encontrar otro de los 28 que componen la Primera División que haya superado las adversidades que este grupo ha enfrentado. Desde aquella casi dramática situación de descenso, en la que el equipo sufrió la baja de jugadores fundamentales como Kevin Zenón, Federico Vera y Mauro Luna Diale, tres piezas clave en sus respectivos puestos, la situación se complicó aún más en el último mercado de pases, cuando no solo el lateral derecho se fue a Independiente, sino también el mediocampista Franco Fragapane, quien partió hacia Chechenia. Lo peor de todo fue que no llegaron refuerzos. Ni siquiera un recambio mínimo. En otras palabras, no vino ni el jugador principal que el técnico había solicitado, ni un refuerzo secundario. La situación se agravó con una sanción de la FIFA, que dejó al club sin poder incorporar nuevos jugadores durante medio año, debido a una deuda de 600.000 dólares que nunca fue completamente explicada. Volviendo a la actualidad, ¿Cómo ha logrado el Kily que este equipo crezca? La respuesta es sencilla y clara: a través de trabajo, compromiso profesional y un mensaje directo. En el día a día, el entrenador se muestra como un jugador más dentro del equipo, lo que genera cercanía, comodidad y, sobre todo, una mayor responsabilidad en los futbolistas. Esta fórmula parece gustarles, ya que compromete a los jugadores con la figura del técnico. Quizás muchos desde afuera afirmen que en la campaña de Unión no hay una gran figura individual, sino que la figura es el conjunto, el equipo en su totalidad. Esto puede ser cierto, aunque si se observa más de cerca, hay puntos destacados como la solidez defensiva de Pardo, quien se ha convertido en un verdadero muro, y la explosión de Rivero, dos de los aspectos más notables cuando se analiza con detalle.
Una de las frases que más se escucha en estos días, mientras Unión ocupa el tercer lugar en la tabla, es: «¡Mirá si hubiéramos ganado alguno de los dos partidos que perdimos en casa!», refiriéndose a las derrotas ante los santiagueños y Huracán, que muchos consideran injustas. Sin embargo, el razonamiento no es errado: en lo que va del año, Unión es el tercer mejor equipo jugando en casa, solo por detrás de Vélez y Riestra, con casi un 70% de los puntos obtenidos en el 15 de Abril. A lo largo de esta temporada, Unión ha carecido de muchas cosas, pero lo que jamás le ha faltado es corazón, alma y un compromiso inquebrantable por parte de los jugadores y el cuerpo técnico. Lo mejor de este equipo radica en la energía que transmite, y el “Kily” González ha logrado engrandecer al club de una manera única. Hoy, con Unión en el tercer lugar, a solo siete fechas del final, esa es la mejor imagen que los hinchas pueden recordar en años.
Del otro lado, era todo oscuro, como si todavía siguiera la noche de brujas. En Independiente fueron horas complicadas las previas al partido contra el Tate. Por un lado, después de empatar con el limitado Sarmiento de Junín en el Eva Perón, el entrenador Julio Vaccari expresó: «Fue el peor partido desde que estoy en el club. No hay más análisis. No hay evolución ni involución. Fuimos un desastre. Siempre existe la chance de cambiar el sistema. Ahora me subo al micro y ya analizo a Unión». A las pocas horas de ese papelón en Junín, el Rojo volvió a sumar problemas antes de Unión. Apenas terminó la práctica post Junín, en Villa Domínico, tres camionetas y otros tantos autos que esperaban al borde del acceso sudeste arrancaron para el portón lateral del predio deportivo que tiene allí Independiente. Como si hubieran recibido la señal divina de alguien de adentro, la cúpula de la barra brava del Rojo comandada por Mario Nadalich y Juan Ignacio Lencziki, y otras 25 barras más que estaban agazapados, fueron ingresando al predio. La media mañana lluviosa no daba para pensar que iban a hacer un asado o festejar un cumpleaños de algún miembro del paravalancha. Sino que iban a hacer lo que finalmente sucedió: apretar al plantel de una forma que según quien lo cuente fue muy violenta o en mejores términos. Y bajo una frase que retumbó por toda Avellaneda: “Dejen la joda y empiecen a ganar porque si no la próxima vez no hablamos, actuamos”.
La situación, súper tensa, tomó de sorpresa a los jugadores y los únicos que trataron de ponerle paños fríos a la situación hablando e intentando bajar el tono de confrontación fueron los más grandes, entre ellos los más respetados por los hinchas como el arquero Rodrigo Rey y Federico Mancuello. Pero la amenaza se extendía sobre todos y apuntaba claramente a las últimas apariciones públicas de varios futbolistas a los que en su día libre se los vio paseando en un yate con varias influencers lo que generó un escándalo de proporciones y el castigo de salir del primer equipo para Diego Tarzia y Marco Pellegrino.
Un primer tiempo que tuvo fútbol y entrega en rojo
Hasta que, claro, una vez que Pablo Echavarría dio el pitazo inicial, los problemas comenzaron a disiparse. A bordo de un esquema 4-3-3 que, en ciertos momentos, se transformaba en un 4-4-2 con bloque medio y línea de tres en fase defensiva, y cuando Independiente disponía de la pelota, la propuesta de Julio Vaccari era clara: adquirir patrones futbolísticos que optimizaran el rendimiento colectivo. Su objetivo no fue la retención de la pelota por sí misma, sino la búsqueda de la eficacia; es decir, ser efectivo en cada acción y en cada jugada. Vaccari proviene de una escuela de pensamiento que prioriza un estilo de juego ofensivo, con transiciones rápidas y verticales, y ataques construidos a partir de pases entre líneas. A pesar de no haber seguido con regularidad el fútbol argentino durante la competencia, el entrenador de Independiente reconoció públicamente que es un ferviente seguidor de la Premier League, a la cual observa con gran interés, y que estudia a equipos de esa liga y de clubes argentinos como Newell’s y Vélez. De hecho, Vaccari se cuenta entre los pocos entrenadores de la máxima categoría del fútbol argentino que no posee un pasado como futbolista profesional, lo cual constituye un desafío que ha sabido sortear mediante trabajo y humildad.
El dominio de Independiente fue significativo. Desde el comienzo, el equipo buscó asumir la iniciativa, con remates desde larga distancia y algunos desbordes, sobre todo por el costado izquierdo, donde se destacó el tándem formado por Adrián Sporle y Santiago Montiel, quien fue la figura del partido. En cuanto al lateral izquierdo del Rojo, si bien estuvo algo impreciso en algunas salidas, fue de una de esas imprecisiones que surgió uno de los pocos ataques prometedores de Unión en el primer tiempo. Un remate desde afuera que fue bien interceptado por Cardozo, el arquero del Tatengue. Sin embargo, Sporle mejoró notablemente en la segunda mitad, y, en combinación con otros volantes, logró desplegar un juego fluido en la mitad de la cancha, teniendo una importante influencia en los mejores momentos del Rojo. Se podía percibir que Independiente tenía una marcha más en su juego, mostrando gran intensidad tanto en la presión como en la marca, lo que le permitió mantener un ritmo elevado durante todo el primer tiempo. En la zona media, Iván Marcone manejó el juego a voluntad, casi en un doble cinco en la etapa inicial, controlando las acciones en la recuperación y tocando con criterio. En el segundo tiempo, su influencia creció en la faceta de contención, brindando una actuación eficiente y de gran importancia para el equilibrio del equipo.

La solidez defensiva de Unión duró apenas un par de minutos. Intentó implementar una estrategia defensiva basada en el fuera de juego, con la intención de complicar a los delanteros de Independiente. Sin embargo, a tan solo 8 minutos del inicio del partido, el conjunto de Avellaneda ya había caído en posición adelantada en varias ocasiones, lo que evidenciaba las dificultades inherentes a este planteo táctico del equipo local, que, con una línea defensiva bien compacta y coordinada, procuraba frustrar las llegadas de los atacantes rivales mediante el uso del offside como herramienta principal para evitar que los jugadores de Independiente se filtraran entre sus líneas. Independiente, por su parte, mostraba una excelente predisposición en el manejo de la pelota, tratando de crear patrones de juego que le permitieran encontrar los espacios y desordenar la estructura defensiva del Tate. Aunque hasta ese momento no hubo un riesgo claro frente a los arcos, daba la sensación de que el equipo de Avellaneda se mostraba más punzante y peligroso en ataque, manteniendo a los zagueros rojiblancos en constante alerta. En contraste, Unión evidenciaba una gran lentitud en el traslado del balón, lo que le impedía acelerar el juego y generar peligro de manera efectiva. A menudo, tomaba pausas innecesarias al avanzar, lo que ralentizaba las transiciones y, como consecuencia, le dificultaba ser profundo hacia adelante. Esta ausencia de dinámica, de velocidad en el traslado del balón, permitió a Independiente adueñarse del control del partido, sin sentir una amenaza constante por parte del conjunto santafesino. Unión no lograba conectar jugadas rápidas ni sorprender a una defensa de Independiente que, bien organizada, no pasó sobresaltos durante toda la noche.
Por momentos, Independiente se mostraba algo pasivo a la hora de administrar la pelota. El equipo no corría el juego con la intensidad que podría, lo que permitió a Unión reagruparse defensivamente con una línea de cinco en el fondo. Dependiendo de la ubicación de la pelota, esa línea de cinco se transformaba en una línea de cuatro, algo que terminó sucediendo con más frecuencia en el segundo tiempo, con el objetivo de cerrar los espacios y evitar que Independiente pudiera encontrar fácil acceso a las zonas de peligro. De mitad de cancha hacia atrás, lo más positivo para Unión fue su orden defensivo, ya que logró mantener una estructura compacta que, por momentos, resultaba difícil de quebrar. Sin embargo, lo que le faltaba al equipo del Kily González era volumen de juego, algo que le impidió generar fútbol durante toda la noche. Enzo Roldán (3.50), quien era el encargado de dar fluidez al juego y ser el conductor del equipo, no logró gravitar de manera significativa. Aunque estuvo en el centro de la creación, nunca pudo cumplir con esa función de manera efectiva, ya que durante gran parte del primer tiempo fue Independiente quien dominó la posesión del balón, aunque sin demasiada claridad en la generación de jugadas.
Una vez más, hay que decirlo: los volantes de Unión no daban pie con bola. No podían encontrar la pelota en todo el partido, lo que se traduce en un control nulo en el medio. Encima, todas las segundas pelotas, los rebotes, e incluso los duelos aéreos, eran para Independiente. Ellos, con su presión más intensa, se quedaban con la pelota y manejaban todo a su antojo. A Joaquín Mosqueira (3) le faltó actitud y movilidad para inquietar al rival, que jugó a gusto en el primer tiempo, dominando sin mayor resistencia. Si bien le puso ganas, le faltó claridad y cometió varios errores en la toma de decisiones, lo que le impidió manejar el juego como debía. En la zona clave, la mitad de la cancha, no se impuso en los duelos y perdió todos los rebotes y segundas pelotas, lo que dejó a su equipo a merced del rival. En resumen, su falta de peso en el mediocampo y su flojo rendimiento fueron determinantes para el bajón del equipo. Lo mejor que hizo fue una recuperación después de un error de Claudio Corvalán (3), que, al igual que el resto del bloque defensivo, su rendimiento fue muy pobre. No logró mostrar la solidez que lo caracteriza y, en varias acciones de ataque del adversario, quedó descolocado, lo que contribuyó a la fragilidad defensiva del equipo. En ningún momento impuso su habitual firmeza, lo que dejó al conjunto vulnerable ante las llegadas rivales.
Vuelvo a repetir lo que había dicho en esa victoria agónica contra Gimnasia: la mejor forma de defenderte es con la pelota. Y una vez más, este equipo, ya sea de local o de visitante, nunca toma el protagonismo con el balón. Correr detrás de la pelota es un desgaste físico y mental tremendo. Hacerlo dificulta cualquier intento de mantener un resultado a favor. El ejemplo más claro de esto fue lo que pasó con Riestra en la cancha de Boca. Desde hace varios partidos, los jugadores de Unión vienen cometiendo errores tontos, errores que se podrían evitar con un poco más de concentración. No presionan al rival, lo que les permite jugar tranquilos, y encima se arriesgan a tirar centros a la nada, sin peligro alguno. Con ese juego tan pasivo, es casi imposible sostener un resultado. La jugada del penal es el claro ejemplo de esa falta de atención: no solo fue mala la ejecución, sino que también hubo una gran falta de inteligencia en momentos clave. ¿Qué quiero decir con esto? Que Unión es uno de los equipos con menos posesión de pelota en el campeonato, y no podés vivir siempre de destellos individuales, como los de Roldán, Mauro Pittón, etc. Independiente, por su parte, hizo un buen juego colectivo, acumulando pases, hasta que llegó el gol. Ávalos apareció solo en el área tras un centro de Montiel, y con un cabezazo impecable, marcó el 1-0.
En todo momento, Independiente estuvo mucho más cerca del 2-0 que Unión de empatar. Los laterales de Unión fueron prácticamente inexistentes. Lautaro Vargas (3), un lateral derecho con varias irregularidades, no estuvo a la altura. Durante el primer tiempo, Independiente se mostró claramente más cerca de anotar el 2-0 que Unión de empatar, lo que reflejó un dominio mucho más fluido en el desarrollo del partido. El equipo de Avellaneda, a pesar de haber adoptado una circulación de balón algo más pausada, fue mucho más punzante, especialmente por las bandas. A nivel defensivo, Unión no logró frenar las subidas de Juan Sporle ni los desbordes de Montiel, que constantemente generaban peligro por la banda derecha. La combinación de estos dos jugadores expuso las debilidades de la defensa de Unión, que no pudo neutralizar los desbordes ni la capacidad de Montiel para moverse entre líneas, creando superioridad numérica y situaciones peligrosas dentro del área. En ningún momento se proyectaron por el costado derecho.
Por su parte, Federico Vera jugó un rol clave en el ataque de Independiente, aportando amplitud y profundidad por la derecha. En ciertos momentos del partido, actuó casi como volante por ese sector, sumándose activamente a la circulación del balón y otorgándole mayor versatilidad al esquema táctico del Rojo. En el otro lado, Mateo del Blanco (3) es un jugador con buenas condiciones para el ataque, se destaca por su interesante pegada y su agilidad, pero sufrió mucho cuando tuvo que retroceder y cubrir su espalda en situaciones de pelotas cruzadas. Lo más destacable de su actuación fue su ambición ofensiva, como la asistencia perfecta que le dio a Nicolás Orsini en la victoria ante Newell’s. Sin embargo, frente a Independiente nunca logró encontrar la forma de contrarrestar el tándem formado por Vera y Hilgado, quienes resultaron claves para que el Rojo pudiera explotar esa zona del campo. Las combinaciones rápidas entre Vera y la proyección ofensiva de Hilgado desestabilizaron a del Blanco, quien nunca tuvo respuestas para frenar a ambos jugadores. La falta de reacción y adaptación de la defensa de Unión ante estos movimientos dinámicos fue una de las principales razones por las cuales la defensa tatengue se vio superada con frecuencia. Cabe destacar que jugó apenas 45 minutos.
Unión estuvo completamente desbalanceado, desarticulado. Estuvo partido en tres: ¿Cómo es eso? No logró conectar sus líneas, le quedaba demasiado lejos el arco de Rodrigo Rey, carecía de contención en el mediocampo y, defensivamente, no encontraba solidez alguna. El equipo estaba dividido, lo que le impedía mantener una estructura compacta y ordenada, favoreciendo claramente el dominio de Independiente. Aunque en algunos momentos, Unión empezó a encontrar ciertos espacios, su capacidad para aprovecharlos fue mínima. En ataque, Independiente se mostró superior, combinando con precisión, juntando pases y generando superioridad numérica con movimientos fluidos. Unión, en contraste, apenas lograba hilvanar jugadas y, cuando lo intentaba, recurría constantemente a saltear líneas, un recurso errático que solo generaba imprecisiones. Los pocos intentos de ataque del conjunto santafesino eran apresurados, sin claridad y plagados de errores no forzados que le entregaban la pelota nuevamente a Independiente. Todo lo que ocurría en el campo favorecía al equipo de Vaccari, que parecía tener el control absoluto del partido. Ese primer tiempo fue probablemente uno de los mejores de la era de Vaccari en Independiente, ya que el equipo mostró una gran solidez en todas sus líneas, dominando tanto la posesión como las situaciones de peligro. Por el contrario, Unión vivió una nueva presentación muy floja fuera de Santa Fe, sin respuestas ni tácticas efectivas para frenar el juego dinámico y ordenado del visitante. Sin un plan claro ni una ejecución coherente, el equipo local quedó completamente a merced de Independiente, que fue muy superior en todos los aspectos del juego.
¿Y en Unión? Nadie se mostró como opción de pase. Los jugadores, en lugar de ofrecer alternativas, se escondían detrás de la pelota, complicando aún más la circulación del balón. Fue alarmante la ausencia de claridad en el manejo de la pelota. El equipo de Kily González dio ventajas en las marcas, ya que recurría constantemente a saltear líneas. En el sector central, Unión perdía todas las divididas, lo que le impedía mantener el control y le daba a Independiente la posibilidad de dominar el partido con total comodidad. Independiente presionaba como si se estuviera jugando el campeonato, sin dar respiro a los jugadores de Unión, que, en contraste, parecían haber salido al Libertadores de América a «ver qué pasa», sin la intensidad ni la disposición necesaria para competir a la altura del rival. Cuando un equipo no juega al 110% de sus posibilidades, las consecuencias son claras, y eso es lo que le ocurrió a Unión: se mostró terrenal, sin reacción ni recursos para hacer frente a un Independiente mucho más comprometido en su accionar. A falta de diez minutos para el final de los primeros 45 minutos, Federico Mancuello fue a disputar una pelota con Mauro Pittón y, de manera inmediata, se tomó el aductor de la pierna izquierda, lo que generó alarma en el banco. Si bien quedaba la expectativa de los estudios médicos, todo indicaba que podría tratarse de un desgarro, lo que lo dejaría fuera por un tiempo considerable, estimado en 21 días. Ante esta situación, Vaccari no tardó en realizar la primera modificación: ingresó Saltita González, quien se ubicó como media punta, detrás de Gabriel Ávalos, en un intento por darle un nuevo aire al ataque de su equipo.

Mauro Pittón (4) fue el único de Unión que intentó generar algo de peligro, la única aproximación al área de Rodrigo Rey, pero su disparo se fue por encima del travesaño. Durante todo el primer tiempo, se lo vio desgastado físicamente y, debido a su bajo rendimiento, fue reemplazado en el entretiempo. A pesar de sus intentos, no pudo aportar la frescura ni la precisión necesarias para marcar la diferencia en el partido. Pero lo peor llegó sobre el final de la primera mitad. Nicolás Paz (1), quien no iba a jugar este partido, fue incluido a último momento por el entrenador Cristian González para reemplazar al experimentado Miguel Torrén. Sin embargo, no es normal que un jugador entre a la cancha con esa vehemencia. En 21 partidos de este campeonato largo, Paz fue amonestado en 14, un número demasiado alto para un defensor, lo que muestra que no calibra sus acciones y siempre está al borde de la expulsión. En este caso, fue con la pierna alta contra Federico Mancuello. Luego, cometió un error no forzado: un pase atrás que fue anticipado por Gabriel Ávalos, quien se metió en el área y cuando intentó eludir a Thiago Cardozo, el ex arquero de Peñarol, lo terminó dejando mal parado. Y por si eso no fuera poco, volvió a fallar en la salida de pelota. En un intento de interceptar un pase, terminó dejando la pierna a Santiago Montiel, lo que agravó aún más la imagen de su equipo, que en ese momento ya se veía desbordado. Este tipo de errores solo aumentó la frustración, ya que el defensor estuvo lejos de su nivel habitual.
Un segundo tiempo peor que el primero
Como ya se esperaba, el Kily González movió el equipo y metió tres cambios de entrada. Unión pasó a jugar con línea de 4, con Gerometta, Pardo, Corvalán y Del Blanco en la defensa. Adrián Balboa (3) entró por Lucas Gamba (3); pero el mendocino jugó apenas 45 minutos y no se mostró en ningún momento. Estuvo siempre lejos del área contraria, jugando a 60 o 70 metros del arco rival, se tiró mucho a las bandas, pero no generó ni un solo peligro y nunca influyó en el juego. Su rendimiento fue muy flojo, sin poder desequilibrar ni marcar la diferencia. Simón Rivero (3) reemplazó a Mauro Pittón con la intención de darle más juego al mediocampo, pero tampoco pudo imponerse como lo hace en otras ocasiones. A pesar de eso, sigue siendo un titular indiscutido. A lo largo del partido, pidió la pelota todo el tiempo e intentó asociarse, pero sus compañeros no lo acompañaron y no pudo ser efectivo ni marcar la diferencia en la mitad de la cancha. Por último, Francisco Gerometta (2) reemplazó a Lautaro Vargas para darle más contención al sector derecho, ya que Independiente venía haciendo un festín por esa banda, desbordando con facilidad y generando peligro a cada rato.

En apenas un minuto, Unión hizo más que en los 45′ anteriores, ya que consiguió el primer tiro de esquina a través de un buen pase de Simón Rivero con su pie derecho, mandando el centro al corazón del área, donde Joaquín Laso, que había perdido la referencia de la pelota, no pudo aprovechar la ocasión, y el árbitro, Pablo Echavarría, decidió que no hubo nada para sancionar, dejando todo como estaba. En esa primera llegada, Unión estuvo cerca de que le cobraran un penal, lo que, de alguna manera, despertó a los jugadores en un momento crucial. En ese lapso, fue clave la aparición de Enzo Roldán, que se volcó al sector central, pero, esta vez, se tiró por el costado izquierdo, mostrando una actitud distinta en los primeros minutos del segundo tiempo. A pesar de que no hubo tanta claridad, fue notable cómo buscó llevar la pelota hacia el área de Rodrigo Rey, sin llegar a generar un peligro real, pero sí mostrando otro tipo de intenciones.
A los 8 minutos, la gente de Independiente ya empezaba a impacientarse con algunos jugadores, porque el equipo de Avellaneda se encontraba con un hombre más, pero en este segundo tiempo eso no se notaba tanto, ya que Unión, sin muchas ideas, sin claridad ni profundidad, logró emparejar el partido como si realmente estuviera en igualdad de condiciones, lo que generó cierta sensación de que las cosas se balanceaban, cuando en realidad la diferencia seguía estando en el terreno de juego. Un minuto más tarde, buena acción individual de Higaldo, desprendiéndose de la marca de Gerometta, eludió a dos o tres jugadores de Unión, y cuando quedó mano a mano, desactivó el peligro con la salida rápida de piernas de Thiago Cardozo. Todo Independiente pidió el penal, pero Echavarría hizo caso omiso.
Unión no lograba ser claro ni profundo en su juego, a pesar de que en el segundo tiempo mostró una leve mejoría en actitud y algunos movimientos, lo que le permitió acercarse un poco más al área rival. Sin embargo, esos avances fueron mínimos y no alcanzaron para cambiar el rumbo del partido. A pesar de tener un poco más de posesión de balón y alguna que otra aproximación, la falta de precisión y profundidad en las jugadas seguía siendo una constante. Esto hizo que el equipo no pudiera generar un verdadero peligro ni conectar las líneas con eficacia, y así, esa pequeña mejoría se desvaneció sin transformar la situación en una amenaza concreta para Independiente. Quedó claro que, por más que hubo un intento de reacción, el rendimiento global del equipo seguía siendo insuficiente para competir al nivel que exigía un partido como este.
Independiente, por su parte, hacía circular la pelota con paciencia, buscando desgastar a Unión y, al mismo tiempo, invitándolo a presionar alto. Este planteo, de provocar la presión del equipo santafesino, les permitía identificar los espacios que inevitablemente dejaba Unión en su defensa cuando intentaba recuperar la posesión. Esos huecos, especialmente los que surgían cuando Unión se veía obligado a ir al frente buscando el empate, eran aprovechados por el Rojo para acelerar su juego, generando situaciones peligrosas con rapidez.
A Unión no se le caía una idea cada vez que recuperaba la pelota. Los intentos ofensivos se sucedían sin claridad ni cohesión, y todo se reducía a centros cruzados que, por más que se ejecutaran con la intención de generar peligro, no terminaban de encontrar destinatarios. Adrián Balboa (3) mostró ganas y disposición para pelear algunas pelotas, pero el equipo en general estaba desorganizado e inconexo, lo que terminó afectando a los delanteros, quienes sufrieron la falta de asociaciones y apoyo. A pesar de su actitud, no logró marcar la diferencia en un contexto tan complicado.
Por otra parte, a Nicolás Orsini (3.50) se le subía medio punto por haber participado en la mejor jugada colectiva que tuvo Unión a lo largo de todo el partido. A lo largo del encuentro, se movió por todo el frente de ataque, pero terminó siendo absorbido por los centrales de Independiente. Se lo vio muy lento, con muchas dificultades para controlar el balón, y no tuvo la velocidad ni la frescura necesarias para imponerse en los metros finales. Es importante señalar que, en gran parte del partido, no le llegó una pelota limpia, y la única que le llegó con claridad la aprovechó para asistir a Mauro Pittón en un disparo que se fue por encima del travesaño.
A los 22 minutos del segundo tiempo, Julio Vaccari realizó la segunda modificación del partido: Martínez ingresó por Hilgado, quien se fue aplaudido por el público del Libertadores de América, un estadio que generalmente no suele elogiar a sus jugadores de manera tan evidente. Con este cambio, Vaccari mantuvo el esquema de 4-2-3-1, con Martínez ubicándose por el sector derecho, buscando darle frescura y algo de profundidad al ataque. La ovación a Hilgado, a pesar de la complicada situación del equipo, fue un claro reconocimiento a su esfuerzo y entrega en un partido que no tuvo muchas luces para el conjunto santafesino.
Ávalos se metió en el área y, en una jugada polémica, Francisco Gerometta (2), quien ingresó en la segunda mitad con la misión de cerrar el sector derecho, el lado izquierdo de Independiente, pero no solo no cumplió con esa función, sino que además no se ofreció como una alternativa de pase. Su actuación estuvo marcada por un error crucial: cometió el penal que terminó por sentenciar el partido, al llegar tarde para despejar y terminar pisando a Ávalos. Más allá de esta acción desafortunada, sufrió en la marca a lo largo de todo el partido y no logró progresar en ataque, quedando prácticamente ausente en las facetas defensiva y ofensiva
Todo el estadio reclamó penal con insistencia, y el VAR intervino para revisar la jugada y determinar si correspondía un tiro desde los 12 pasos. Tras revisar la acción, la tecnología llamó al árbitro Pablo Echavarría, quien, luego de consultar, decidió conceder la falta y sancionar el penal a favor de Independiente. El reclamo de la hinchada y la revisión del VAR fueron determinantes para que la jugada se resolviera a favor del conjunto de Avellaneda. El que se hizo cargo del penal fue Santiago Montiel, una de las grandes figuras que tuvo el Rojo de Avellaneda, y pateó como se tienen que patear los penales: lo fusiló a Thiago Cardozo, quien eligió el sector izquierdo, y la pelota viajó al ángulo superior derecho. 2-0
A los 34 minutos del segundo tiempo, el Kily González metió mano en el equipo para darle oxígeno a la mitad de la cancha. Realizó dos cambios: ingresó Tanda por Orsini y Fascendini (jugó pocos minutos, pero los sufrió, ya que fue desbordado en un par de ocasiones y, en una de ellas, rechazó mal un balón que terminó derivando en el tercer gol de Independiente por Corvalán. Con estas modificaciones, Unión terminó jugando con un esquema 4-4-1, con Balboa como único centrodelantero, buscando dar más presencia en el mediocampo y tratando de reforzar la contención en una fase del partido en la que el equipo necesitaba tener mayor control de la pelota y, al mismo tiempo, intentar contrarrestar los ataques de Independiente. Unión estaba completamente groggy.
Tanda (-) ingresó para reforzar la mitad de la cancha, pero en su primera intervención se confió demasiado, perdió la marca de Ávalos y, por suerte para su equipo, el delantero de Independiente no logró definir con claridad. Sin embargo, en su segunda participación, con menos de cinco minutos en cancha, Tanda intentó hacer una salida limpia, pero entregó mal el balón, lo que permitió que Ávalos, nuevamente, quedara mano a mano con Thiago Cardozo. El delantero de Independiente no dudó y metió un manotazo, generando una nueva oportunidad clara para su equipo. A pesar de todo, Thiago Cardozo fue lo mejor de Unión. Un Unión que no tiene regularidad. Va de un extremo a otro
Y en el final, hubo tiempo para otra equivocación de Unión y el tercer gol de Independiente. Rechazó mal Valentín Fascendini, hizo lo propio Franco Pardo (3), de flojo partido, e Ignacio Maestro Puch aprovechó tantos favores y de media vuelta puso el 3-0 final. Una actuación paupérrima de Unión, que jamás estuvo en partido. Lo superaron de principio a fin y el equipo no tuvo respuestas futbolísticas ni anímicas que lo llevaron a sufrir una dura goleada que lo baja de la pelea por los primeros lugares.
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