Darío Fiori
Indiferencia absoluta. Así se retiraron los jugadores tatengues luego de otra pálida presentación (0-0) ante Instituto. El hincha tatengue reprobó a través desde la indiferencia.. Quinta fecha y Unión está sumido en una crisis profunda. Un equipo que parece atado, inmóvil, atrapado en su propio juego, sin respuesta ante los desafíos que le presenta la competencia. Los futbolistas, sin excepción, están fuera de ritmo, perdidos en un esquema que no logra conectar con sus capacidades individuales ni colectivas. La imagen que proyecta Unión no es la de un conjunto sólido y cohesionado, sino la de un conjunto atomizado, donde las piezas no encajan, donde la dinámica es errática y sin rumbo. En estos casos, cuando todos los jugadores fallan, el que debe cargar con la culpa es el planteo. El planteamiento táctico, la organización del equipo, la visión estratégica que sus directores proponen, parece no dar frutos. El sistema, en lugar de ser un aliado, se ha convertido en un obstáculo. El entrenador y sus colaboradores, quienes tienen la responsabilidad de dirigir y tomar decisiones cruciales, se encuentran en un punto de quiebre. La pregunta, que resuena con fuerza en los pasillos del club, es simple pero decisiva: ¿se debe sostener este proyecto o es momento de cambiar?
Esta es la encrucijada en la que está inmerso Unión, atrapado entre la esperanza de que algo pueda cambiar con un poco más de tiempo y el miedo de que, al continuar con el mismo camino, el abismo sea cada vez más profundo. La crisis no es fruto de una sola derrota, no es únicamente la consecuencia de una caída en la tabla de posiciones. La crisis radica en el juego. En la carencia de una identidad, en la ausencia de una idea clara que conduzca a los jugadores hacia un mismo objetivo. Unión no está en crisis solo por haber perdido un partido, sino porque, día tras día, el sistema de juego y el modelo táctico han demostrado ser ineficaces. El entramado que debería unir a los jugadores y dotar al equipo de una estructura sólida, hoy parece ser la principal debilidad. En este contexto, la dirección del club, encargada de tomar las decisiones trascendentales, enfrenta una situación compleja. El tiempo apremia. La incertidumbre sobre si mantener el rumbo actual o cambiar el timón pesa sobre sus hombros. ¿Es mejor persistir, dándole una oportunidad más a un proyecto que ha mostrado signos de flaqueza, pero que podría tener la capacidad de reponerse? ¿O será más prudente hacer un cambio radical, buscando una renovación que pueda devolver al equipo la competitividad que parece haber perdido?

Cada partido es un examen. Cada dos o tres días, Unión da finales. Pero es como ese estudiante aprendiz que no aprende de los errores y reprueba todas las semanas. Mientras los jugadores siguen buscando una salida a la crisis, los dirigentes deben tomar decisiones que definan el futuro inmediato del equipo. Sostener o cambiar, esa es la cuestión. Y cada alternativa conlleva riesgos. Sostener podría implicar continuar con una incertidumbre creciente, sin garantías de que este equipo recupere su nivel. En su momento, Luis Spahn lo respaldó en una crisis similar cuando quedó afuera de la Copa Argentna en la cual no había un solo simpatizante que no querría que se vaya el Kily. Pudo pegar un volantazo a tiempo y terminó llevándolo a disputar su cuarta Copa Sudamericana en los últimos seis años. Cambiar podría significar dar un golpe de timón, pero con la incógnita de si un nuevo enfoque será la solución o si la crisis se prolongará aún más. La crisis, al final, no se reduce a una cuestión de resultados. Se trata de la identidad perdida, de un equipo que no sabe quién es ni hacia dónde va. Unión tiene que asumir, con urgencia y claridad, que está en crisis. No hay tiempo que perder en diagnósticos incompletos o excusas que solo sirven para aplazar lo inevitable. Si el club no enfrenta la situación de manera realista, corren el riesgo de caer en una espiral descendente de la que será cada vez más difícil salir. Es el momento de realizar un diagnóstico honesto, sin mirar hacia otro lado ni esconder la mugre bajo la cama. Si no se hace ahora, si se elige la opción de ignorar la gravedad del problema, lo que vendrá no será una solución, sino un agravamiento que llevará a la institución a un callejón sin salida.
Es fundamental que los dirigentes se pongan al frente de la situación y actúen como los responsables que son. En este tipo de crisis, lo peor que se puede hacer es ignorar los síntomas y seguir actuando como si todo estuviera bien. Si no se asume la magnitud del problema, si se sigue tomando decisiones desde la negación, no es difícil prever que Unión terminará siendo como aquel empresario que, para tapar sus deudas, pide cheques prestados o “pone la plata” en el lugar equivocado. De nada servirá seguir aparentando que todo marcha correctamente. El déficit, en este caso, no es solo financiero; también lo es deportivo, institucional y emocional. Y cada vez que se posterga la acción, el problema se agranda. Unión necesita un diagnóstico urgente, claro y preciso sobre su situación. Un análisis profundo de lo que está sucediendo tanto dentro como fuera del campo de juego. No basta con ver los resultados de los partidos o la posición en la tabla, sino con entender la raíz de los problemas: el sistema de juego que no funciona, la falta de cohesión entre los jugadores, la ausencia de una idea clara que permita al equipo proyectarse. Estos no son detalles menores. Son síntomas de una crisis más profunda, que no se resolverá con promesas vacías o decisiones que se tomen a último momento, solo para tapar el agujero por unos días.
Si el club no toma las riendas de esta crisis, si no se decide a poner sobre la mesa las decisiones que deben tomarse —y, lo que es más importante, a aplicarlas con urgencia y de forma coherente— lo que sucederá será un efecto dominó que no tendrá retorno. La crisis de Unión también es una crisis de identidad, de proyecto, de sentido de pertenencia. Y si se deja que esta situación siga su curso sin enfrentarla de raíz, los días de incertidumbre se multiplicarán, los errores se agudizarán y, en el peor de los casos, Unión podría llegar a convertirse en un club donde no solo se pierdan partidos, sino que se pierda el rumbo mismo. Este es el momento de tomar decisiones. Este es el momento de sentarse, analizar y actuar. Porque si se espera demasiado, si se sigue apostando a que «algo va a cambiar» sin hacer nada al respecto, la crisis solo crecerá. Y ahí, cuando ya no haya más margen para maniobrar, será demasiado tarde.
Es completamente comprensible que el simpatizante de Unión haya salido del estadio con una mezcla de enojo, frustración, angustia y dolor. Esto se debe a que, como hinchas, todos esperamos más de nuestro equipo, y hoy por hoy el Tate no puede permitirse atravesar esta situación tan delicada. Todos los que sienten un poco de amor por el club, se fueron del estadio con una enorme preocupación. La pregunta que surge es cómo puede este equipo superar este difícil momento. ¿Qué jugadores pueden cambiarle la cara a este plantel? Surge otra duda aún más grande: ¿serán capaces los jóvenes jugadores de soportar la presión de jugar en un club tan grande como este en medio de un contexto tan complicado? Son muchas las interrogantes que invaden en la mente de cada simpatizante rojiblanco tras este empate con sabor a poco (0-0) ante uno de los Instituto más limitados de los últimos tiempos, o mejor dicho, desde el retorno a la máxima categoría del fútbol argentino. Es evidente que la dirigencia no puede cometer un error más, porque el futuro del club está en juego. Unión necesita a una persona capacitada y con experiencia en la tarea de armar un plantel competitivo. Es vital que cuente con un mánager que se encargue de esta labor. La pregunta que se plantea es si es necesario que esta persona tenga un pasado ligado al club. Desde mi perspectiva, no lo veo como un requisito indispensable. Lo más importante es que quien asuma esa función esté preparado, posea el conocimiento necesario para no cometer más errores en un mercado de pases tan crucial. Es fundamental que los dirigentes asuman la responsabilidad de tomar las decisiones adecuadas y que logren conformar una Secretaría Técnica que funcione como un cuerpo de trabajo coordinado y eficiente. Esto no solo es necesario por el bien de los hinchas, sino también por el bienestar de los propios dirigentes y, sobre todo, por el futuro de Unión
Hace miles de años, Napoleón Bonaparte dijo: “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. Debemos aprender de la historia y de los errores del pasado. Tanto en la política como en el deporte, la falta de previsión, coordinación y decisiones adecuadas puede tener consecuencias desastrosas. Ambos escenarios destacan la importancia de la responsabilidad, la transparencia y la planificación para evitar crisis y asegurar un desarrollo sostenible a largo plazo. ¿Cuál es la salida?, se pregunta el hincha de Unión. Hoy se ve a un conjunto de chicos que hace lo que puede, con su limitaciones. Es el resultado inevitable de una ecuación que solo los responsables se empeñaron en no resolver. Analizar los vaivenes de Unión requiere evaluar el fútbol argentino en general. Hay quienes sueñan con un fútbol organizado, con bases sólidas y competiciones mejor diseñadas. Con un debate que incluya a personajes que el poder del fútbol argentino segregó y a otros que despuntan con ideas y energía, sin que nadie se fije en sus propuestas. Difícilmente, casi como una fantasía, se puede suponer que es posible implementar una política de estado en el fútbol. Es más realista entregar el sueño a la capacidad de los entrenadores y al talento espontáneo de los futbolistas. Durante mucho tiempo, la AFA no ha reflexionado sobre la visión que deberíamos tener para el fútbol en los próximos 20 o 30 años. En lugar de eso, se ha enfocado en cuestiones políticas y beneficios económicos, desviándose de los intereses deportivos. Cuando estos últimos quedan eclipsados por motivaciones comerciales y de poder, a la larga, tanto los negocios como el poder mismo corren el riesgo de desmoronarse.
Es inadmisible ver la precaria organización de los torneos, donde falta sentido común y reina la improvisación. Con 28 equipos en la Liga Profesional y 37 en la Primera Nacional (la antigua B Nacional), la situación se volvió insostenible cuando los descensos fueron anulados para beneficiar a algunos y luego reducidos. La realidad económica también está golpeando duro. Hoy en día, nadie elige jugar en el fútbol argentino. Nos llenamos la boca diciendo que somos la liga de los campeones del mundo, pero la mediocridad se ha instaurado como la inflación, y la calidad se ha diluido como las reservas del Banco Nacional. En este contexto, Unión no está a salvo de la realidad que enfrentamos todos. Cuando los referentes escasean, los refuerzos no llegan y los juveniles no cuentan con el respaldo de un equipo sólido, los entrenadores deben armar un esquema que logre unir las piezas de la mejor manera posible, maximizando lo que tienen y ocultando las carencias. Es más pragmático que dogmático. El prestigio y el desafío de dirigir en Argentina dejaron de ser una tentación irresistible debido a una coyuntura caótica.
Los líderes deben entender que es hora de dar un paso al frente. Hay que tomar las riendas y asumir la responsabilidad de dirigir un club de la magnitud de Unión. Los equipos están formados por uno o más líderes que guían a sus tropas hacia la victoria, ya sea en política o en fútbol. El equipo debe tener un horizonte claro. No parece que Unión esté decidido a ganar. Es el momento de dar un paso adelante. Hay que dejar de lado las excusas sobre los vaivenes de la vida y permitir que quienes realmente entienden de administración se encarguen de la gestión. Los líderes deben asumir con firmeza la responsabilidad de administrar, gestionar de manera efectiva y alentar con pasión. Se necesita que quienes estén dispuestos a supervisar lo hagan con determinación, detectando problemas antes de que se agraven. Es fundamental llegar a un consenso para que Unión se recupere, porque de lo contrario, la situación seguirá siendo dolorosa. Es hora de tener compasión y dejar de pisotear su historia. Es momento de jugar al fútbol con seriedad, mirar hacia adelante y dar tres pases seguidos, como un bebé que aprende a caminar. Esta situación está afectando la moral del hincha de Unión, que ve sus ojos enrojecidos por la bronca y el cansancio. Estamos lejos de la elegancia y el estilo que caracterizó a los hinchas en los años 70 y 80. Unión merece respeto, y no se puede permitir que se menosprecie a esta institución.
Nada ocurre por casualidad en la vida de las instituciones. Los resultados son siempre consecuencia de las acciones de las personas, y esto no cambiará en el futuro. No hay lugar para el pensamiento mágico. Debe prevalecer el pensamiento crítico, la búsqueda y aceptación de diagnósticos, y una gestión proactiva y de alto nivel. El club de los socios ha sido tomado por una mediocridad que amenaza con quedarse por mucho tiempo, y es preocupante que no esté claro quién y cómo intentará cambiar esta situación. No habrá soluciones mágicas, no se puede insistir en las mismas fórmulas ni improvisar líderes. En el campo hay un equipo sin alma y la institución está dormida, esperando que alguien la despierte. El fútbol es un deporte de resultados, pero también es un deporte de decisiones. Las (no) decisiones que puedan tomar afectan al futuro inmediato. Si siguen sin hacer cambios necesarios, van a seguir enfrentando estos problemas una y otra vez. Una institución como el CAU no se puede dar el lujo de perder más tiempo. Quizás el análisis que este cronista está realizando resulta excesivo para un 0-0 en el que fue malo y mediocre. Sin embargo, hay algo más profundo que no puede evitar señalar, algo que no puede dejar de lado, y es que este resultado no es aislado ni fortuito.
Es la continuación de un patrón que viene repitiéndose durante semanas, meses, y que, lamentablemente, parece estar arraigado en la identidad de un equipo que no es capaz de evolucionar, en todo caso, involuciona partido tras partido. Tranquilamente, podría hacer un copy paste de lo que fueron los demás partidos para no tener que hacer el análisis extensivo hasta altas horas de la madrugada. Es como que si el guion fueron una condena ineludible para ciertos jugadores que no parecen encontrar la salida. El 0-0 en sí mismo puede parecer inofensivo, hasta cierto punto hasta puede ser visto como un resultado aceptable si se le examina de manera superficial, ya que jugó más de un tiempo con un jugador menos. Sin embargo, más allá del marcador, lo que se percibe en el campo es la ausencia de patrones, de una idea clara de juego que permita al equipo no solo sostenerse en la competencia, sino también evolucionar, adaptarse y, finalmente, ser competitivo. Si algo queda claro, es que este equipo no logra hilvanar más de dos pases consecutivos, lo que, en el fútbol moderno, es prácticamente una condena al fracaso. La falta de conexión, de fluidez en el juego, es la verdadera herida abierta que no se puede ignorar. Cada jugada parece una batalla por recuperar el control del balón, sin ningún tipo de organización aparente, sin un plan claro que guíe las acciones de los jugadores. Y, lo peor de todo, es que no se vislumbra ninguna mejora. La sensación es que este equipo, por mucho que se cambien los nombres, por mucho que se varíen los esquemas tácticos, sigue arrastrando la misma debilidad, la misma falta de estructura. Este 0-0 es solo un reflejo de eso: un empate que podría haber sido una derrota si el rival hubiera tenido más claridad a la hora de definir, pero que se convierte en un simple recordatorio de lo que ya sabemos: la incapacidad de concretar lo mínimo necesario para ser un equipo competitivo. Es difícil no sentirse frustrado como amante del buen juego, que parece no tener fin, donde las promesas de cambio son constantemente diluidas por los mismos errores de siempre. No importa cuántos partidos pasen, ni cuántos jugadores se prueben, el equipo sigue sin mostrar una identidad clara. Si acaso se puede señalar algo, es una especie de caos controlado, una guerra constante por recuperar el balón, sin ningún tipo de calma o tranquilidad para poder construir jugadas de manera coherente. Es un equipo que vive de la improvisación, de la esperanza de que algo pueda surgir de la nada, pero que en el fondo sabe que, sin una base sólida, nada podrá prosperar. Y así, este 0-0 es la confirmación de que no hay progreso, de que la búsqueda de una idea de juego clara sigue siendo un sueño lejano. Quizás mi análisis sea desmesurado para un marcador sin goles, pero la realidad es que, para un equipo que lleva tiempo sin saber a qué juega, este empate no es más que otra manifestación de lo mismo: la falta de rumbo, de identidad, y de la capacidad de dar dos pases consecutivos que hagan pensar que algo está cambiando.
PRIMER TIEMPO
Según el amigo Wikipedia, la anarquía es un concepto que describe la ausencia de un gobierno o una autoridad central en una sociedad. En la anarquía, no hay estructuras estatales, jerárquicas ni coercitivas, y las personas se organizan de manera autónoma y voluntaria. El término viene del griego anarkhia, que está compuesto por el prefijo «an», que hace referencia a la negación de un estado o cosa, y «archos», que significa autoridad, poder o gobierno. El anarquismo es una filosofía política que surgió en el siglo XIX y aboga por la eliminación de las autoridades políticas y económicas, del Estado y de cualquier organismo opresivo. Se trata de una ideología que promueve una organización social basada en la cooperación voluntaria, la libertad individual y la autogestión. En el uso cotidiano, la palabra anarquía muchas veces se asocia con desorden y falta de control. Esto viene de la idea de que, sin una autoridad que mantenga el orden, la sociedad caería en el caos. Sin embargo, para los anarquistas, la anarquía es vista como un ideal, en el que la organización social está basada en la cooperación libre y voluntaria entre individuos y comunidades, sin la necesidad de una autoridad central o leyes impuestas. Este tipo de anarquía no implica caos, sino una sociedad organizada horizontalmente, con igualdad y autogestión.
Eso fue Unión durante los primeros 45 minutos. El nivel futbolístico de Unión fue paupérrimo. Atraviesa una crisis profunda que parece no tener fin. La imagen que proyecta este equipo en cada partido es desoladora, pues, no logra imponerse ante ninguno de sus rivales, independientemente de su jerarquía o su estado de animo. En lugar de demostrar una propuesta de juego clara y sólida, el equipo se muestra errático, desconectado y sin rumbo. La falta de identidad futbolística es uno de los aspectos más preocupantes, ya que no parece haber una idea precisa sobre a qué quiere jugar, y lo peor es que nadie le pregunta al técnico en la conferencia, ¿a qué quiere jugar Unión? Es un caos táctico, sin un plan que lo guíe, sin automatismos que lo conecten y, lo que es peor, sin una dirección ni un norte claro. Cada partido parece una improvisación, un intento de sobrevivir ante la presión de los rivales, pero sin la certeza de lo que se busca. La ausencia de una estructura coherente y de una mentalidad competitiva es otro factor que agrava la situación. Unión no logra hacer valer ni siquiera su localía, y en los partidos fuera de casa la situación se complica aún más, lo que refleja la fragilidad mental de los jugadores y la falta de liderazgo dentro del campo. Los rivales, por más limitados que puedan ser, no necesitan más que un rendimiento medianamente adecuado para superar a un equipo que no tiene respuesta a los embates. La desorganización es palpable, y mientras el equipo se muestra incapaz de reaccionar a las adversidades durante el transcurso de los encuentros, se hace más evidente la carencia de trabajo táctico. Cada intervención del cuerpo técnico parece ser un remiendo más, un intento fallido de corregir lo que ya está roto, sin que se logre visibilizar un progreso tangible en el rendimiento del equipo.
La desconexión entre los jugadores es otro factor fundamental que ha contribuido al estancamiento de Unión. No hay sinergia en el juego, no se entienden entre sí, y las jugadas se diluyen rápidamente en un mar de errores. La falta de comunicación y la imposibilidad de generar jugadas colectivas efectivas son evidentes, lo que limita la capacidad del equipo para hacerle daño a sus oponentes. Cada pase parece erróneo, cada jugada colectiva una utopía, y los intentos aislados de algunos futbolistas no logran cubrir la falta de juego en equipo. La poca actitud y la falta de respuestas ante los momentos difíciles hacen que la hinchada se sienta cada vez más distante de un equipo que parece haber perdido el alma. Lo peor es que la sensación generalizada es que, a pesar de los esfuerzos, no hay señales claras de que la situación pueda mejorar a corto plazo, lo que incrementa aún más la frustración tanto de los jugadores como de los seguidores del club.
En este contexto, las críticas al cuerpo técnico se multiplican, pues se cuestiona su capacidad para revertir una situación tan compleja. Las decisiones tácticas y las alineaciones no parecen tener un sentido lógico, y las sustituciones o los cambios de esquema son vistos como una respuesta desesperada ante una crisis futbolística que se profundiza cada vez más. Se convierte en una sombra de lo que debería ser, y la incertidumbre sobre el futuro del club crece a medida que cada fecha transcurre sin mejoras visibles. La sensación es que Unión ha perdido su rumbo, y la hinchada, que alguna vez soñó con mejores momentos, ve cómo sus expectativas se desvanecen ante la desilusión constante. Sin una respuesta clara en el horizonte, el club se enfrenta a un panorama desolador que pone en duda su capacidad para salir de esta crisis.La diferencia entre los partidos recientes y los previos es más que notoria, y refleja un retroceso alarmante en el rendimiento del equipo. En comparación con encuentros anteriores, donde, aunque el juego no era brillante, al menos existía una idea de juego y una mínima conexión entre los jugadores, ahora se percibe una profunda desorganización en todos los aspectos. La falta de ideas es evidente en cada fase del juego: la defensa parece estar constantemente desbordada, el medio campo carece de cohesión y la delantera, si bien genera algunas situaciones esporádicas, nunca logra convertirlas en amenazas reales para el rival.
La ausencia de sociedades entre los futbolistas es otra de las falencias más claras que afectan al equipo. Aquellas asociaciones que antes se daban, por más limitadas que fueran, ahora brillan por su ausencia. Los jugadores no se encuentran en el campo, no hay conexión entre ellos ni movimientos coordinados que permitan avanzar con fluidez. El juego colectivo ha quedado en el olvido y lo que predomina es la desconexión. A lo largo de los partidos, solo se ven destellos aislados de buen fútbol, momentos fugaces que, al no ir acompañados de una estructura sólida, se pierden rápidamente entre errores y decisiones apresuradas. Aunque en ciertos pasajes del partido se logran generar algunas situaciones de peligro, estas parecen más producto de la improvisación que de una idea clara de juego. Las jugadas de ataque se reducen a intentos individuales que no logran trascender, y cuando el equipo se acerca al área rival, lo hace de forma desordenada, sin claridad ni precisión. Esto refleja la falta de trabajo en conjunto, y la incapacidad para elaborar jugadas que den lugar a oportunidades claras de gol. Es como si los jugadores, al no contar con una estructura que los guíe, se vieran obligados a buscar soluciones por sí mismos, pero sin una dirección definida. En este escenario, la frustración es palpable, no solo en los hinchas, sino también en los propios jugadores, que parecen no encontrar la fórmula para revertir una situación que empeora partido tras partido. Sin una identidad clara, sin sociedades que potencien el juego colectivo, y con situaciones aisladas que no logra capitalizar.
Y en esto, tiene que ver la responsabilidad -una vez más- de Cristian González. Su manera de ver el fútbol parece no tener nada que ver con la esencia del juego. Logró lo que parece un talento especial para construir equipos que, en lugar de entusiasmar con el buen fútbol, se caracterizan por lo contrario: la ausencia total de dinámica, volumen de juego y creatividad. En lugar de buscar una identidad ofensiva y vibrante, su estilo de juego es una constante negación de lo que no debería hacer cualquier entrenador a futuro. Es curioso, casi irónico, cómo el Kily González pidió a futbolistas de notable calidad como Julián Palacios, Franco Fragapane y Mauricio Martínez, jugadores que, por sus características podían aportar mucho en un esquema que valore el fútbol ofensivo y fluido. Pero, en vez de aprovechar sus virtudes, decide dejarlos en el banco, como si no tuvieran interés en el visión de juego. Parece que la lógica del fútbol y la necesidad de mantener un equipo equilibrado y con variantes no forman parte de sus planes. A lo largo de su corta carrera como entrenador, el Kily demostró que no tiene la menor idea de cómo generar un estilo de juego que llame la atención. Prefiere la mezquindad táctica, donde la idea de juego fluye lo menos posible, sacrificando la creatividad y el goce del fútbol en pro de una estructura sin rumbo. No parece importar la calidad individual ni la formación táctica que exige el fútbol moderno. Los jugadores se ven confundidos, desplazados, como piezas en un ajedrez donde el objetivo no es ganar, sino evitar que alguien juegue. En este año y medio que se cumplirá en junio, hay gente (me incluyo) quienes, al menos, esperamos ver algo más que una sucesión de movimientos sin ningún tipo de alegría o espectáculo futbolístico. El Kily González, lejos de ser un estratega, parece haber olvidado el alma del fútbol, esa que invita a soñar y a disfrutar cada vez que el balón rueda. Sin duda, su permanencia en los bancos de suplentes no es solo un síntoma de una mala dirección, sino una clara muestra de su incapacidad para hacer del fútbol lo que debe ser: un espectáculo que cautiva y que se disfruta.

Y es raro, porque como jugador tuvo una gran técnica. Se caracterizó por su velocidad, desborde y habilidad para la gambeta. Como extremo por la banda izquierda, el Kily tenía una gran capacidad para desbordar a los defensores rivales y generar peligro en el área, tanto con centros como con disparos. Su rapidez le permitía llegar con frecuencia a posiciones avanzadas, y su buena visión de juego le ayudaba a asociarse con sus compañeros, a pesar de no ser un jugador eminentemente asistente. En términos tácticos, el Kily González jugaba en equipos que generalmente apostaban por un fútbol más directo y veloz, buscando explotar las transiciones rápidas y las jugadas por las bandas. Su principal virtud era su capacidad para desequilibrar a los rivales con su habilidad para encarar en velocidad, lo que lo convertía en un arma letal en los contragolpes y en las jugadas de ataque. A lo largo de su carrera, Kily se desempeñó en diversos equipos de gran nivel, como Rosario Central, la Fiorentina en Italia y la selección argentina, donde fue parte de la generación dorada que ganó la medalla olímpica en 2004. En esos equipos, Kily era usado en posiciones donde su capacidad de desbordar por la banda era esencial para generar jugadas de ataque, a menudo asociándose con otros jugadores habilidosos. Como jugador, también se le reconoció por su carácter fuerte, su tenacidad y su capacidad para marcar la diferencia en los momentos más importantes. A pesar de no ser un jugador de mucha técnica de toque corto o de estar tan involucrado en la creación de jugadas en el centro del campo, su capacidad para tomar decisiones rápidas y desbordar lo hizo un jugador importante en el contexto ofensivo de sus equipos.
¿A qué vamos con esto? Que lo que era como jugador, no lo pudo aplicar como entrenador. 460 minutos van de este Unión de 2025 y el Tate sigue fallando en la generación de juego, desde lo simple a lo complejo. El equipo tatengue arranca por lo complejo: da la impresión que los futbolistas eligen la forma más incómoda de resolver, ya sea desde los pases, los controles, los envíos largos, los centros, las definiciones (muchas forzadas, con remates desde afuera apresurados). Entre que los adversarios se las arreglan para contrarrestarlos siempre con superioridad numérica en el mediocampo, cuando la pelota pasa por ahí Unión parece resolver con decisiones unilaterales que terminan más veces con la acción en una finalización individual que en algo ensayado en la semana. González es un entrenador muy trabajador, tacticista, preparado, pero algo falla entre el mensaje que da el entrenador y lo que termina haciendo el plantel luego en los partidos: no fue casualidad (ni lógico) que el sábado ya a los diez minutos esté pegándole gritos desesperados a los jugadores porque no estaban resolviendo de la manera que deberían. Y esto también sucedió en partidos anteriores. Este viernes arranca la fecha 6, con el partido entre Banfield y Boca. En un abrir y cerrar de ojos, transcurrió el 30% del campeonato, y Unión no mejora. Todo lo contrario: empeora. Aquella luz de ilusión que se prendió contra Tigre, en el segundo tiempo ya quedó en el olvido y se convirtió en un «apagón generalizado» que sufre un equipo que transita entre las penumbras de sus dudas y su decadencia futbolística. No hay quién juegue al fútbol en Unión. Y por más que los volantes se esfuercen en correr 50 metros con la pelota dominada para tirar un centro sin dirección, que los volantes y los delanteros se fundan corriendo por todos lados, pero recibiendo la pelota siempre de espaldas y presionado por los rivales, la realidad es que en Unión no existe la claridad, la tranquilidad ni tampoco la certeza de qué es lo que tiene que hacer en la cancha para ponerle una bisagra urgente a esta caída
Unión está enfermo de falta de gol. No le hace un gol a nadie. No hay manera de evitarlo. La carencia de poder ofensivo se acentuó. Su anemia de gol lo condiciona y es así que resigna puntos. Ante semejante hándicap para situarlo en la meta contraria, el protagonismo se reduce al plano de las intenciones. Los motivos de tal falta de eficacia no se limitan a la labor de los delanteros. Se trata de una deficiencia colectiva, desde fallos en la gestación, en la falta de profundidad y en la resolución. Aspectos todos a mejorar de cara a partidos muy exigentes dentro de pocos días. No hay dudas de que el plantel está con el técnico. Pero la respuesta sólo se observa a partir de la entrega y de la intensidad que debiera formar parte de algo natural e innegociable y no de la única virtud. El sacrificio y el despliegue es sólo una parte de este juego. El hincha pide que «pongan huevos», pero hay que jugar al fútbol, hay que saber qué se debe hacer con la pelota, tener un plan (estrategia) y elementos para llevarla a cabo. Unión, a eso, no lo muestra. La pelota parece quemarles, los domina la ansiedad y se ingresa muy rápido en la desesperación.
Pese a algunos pasajes, Unión no sufrió defensivamente. Instituto fue muy light. Por primera vez, pudo mantener el arco en cero. Pero así como se dice esto, también hay que admitir que al arco de enfrente lo tiene cerrado bajo siete llaves. Y ahora no es solamente porque no la mete, sino que peligrosamente se agregó la falta de generación de jugadas de gol. ¿Cómo se arregla esto?, lo primero que el hincha quiere es que sea con resultados. Ya Unión ha vivido un proceso parecido cuando el Gallego Méndez dio vuelta la historia después de la salida de Gustavo Munúa. El estado de ánimo fue clave. Se pasó de un equipo confundido y dubitativo, a otro que llegó a un punto alto de producción en ese último partido de Méndez antes de irse a Vélez y dejar plantado a Unión. Los resultados serían el paliativo, sobre todo para el cambio de ánimo; pero lo ideal es que el técnico opere con bisturí a fondo para erradicar por completo la enfermedad. Y no se observa claramente que lo esté haciendo.
A Unión le faltó lo más básico y esencial en cualquier equipo que aspire a ser competitivo: juego en el mediocampo, una salida clara desde allí y la capacidad de hacer llegar la pelota limpia a los delanteros. Sin esos elementos fundamentales, los atacantes terminan convirtiéndose en meros receptores de pelotazos, condenados a luchar contra defensores que anticipan constantemente cada intento de avance. Es frustrante ver cómo se desgastan, cómo intentan pelear cada balón aéreo sin tener una estructura que les permita jugar con calma, conectar y generar jugadas con sentido. Se hace imposible que los delanteros brillen cuando el balón no llega con precisión, cuando no tienen apoyo para crear espacios y, lo más importante, cuando viven chocando contra una defensa que está casi siempre mejor posicionada. El regreso del Kily González al esquema 5-3-2 podría haber sido un intento por darle más solidez defensiva al equipo, pero lo cierto es que este planteo, aunque reforzó la zaga, hizo que la pelota pasara de largo en el mediocampo. Al jugar con tres centrales y dos laterales más defensivos, la conexión con el medio se ve completamente desarticulada. El equipo se ve obligado a recurrir a los pelotazos largos, que rara vez llegan a destino o, cuando lo hacen, es sin ninguna precisión. Es como si, en lugar de construir, se estuviera buscando resolver a través de un recurso que no hace más que agrandar las carencias. El problema es claro: cuando el balón no pasa por el mediocampo, cuando no hay fluidez en la transición entre la defensa y el ataque, todo se vuelve un caos. Los jugadores no tienen tiempo ni espacio para pensar, no pueden tomar decisiones acertadas porque las opciones son limitadas. Y lo más grave de todo, es que el equipo se ve atrapado en un círculo vicioso: el juego directo no funciona, y la falta de opciones de pase hace que el rendimiento de los delanteros se vea mermado constantemente. Se les quita la posibilidad de hacer lo que mejor saben: jugar al fútbol.
A medida que pasan los minutos y los partidos, el planteo 5-3-2 del Kily es la de un ciclo totalmente terminado, que una respuesta a largo plazo. El equipo necesita encontrar una mejor distribución de la pelota, una salida clara que conecte con los jugadores de ataque. Sin esa transición fluida y sin que la pelota pase por el mediocampo de forma precisa, la propuesta ofensiva se vuelve casi inexistente, y los delanteros, más que nunca, quedan aislados, esperando que algo llegue sin poder hacer nada al respecto.
Dentro de la mediocridad y el partido chato en el cual no abundaban los espacios, Ezequiel Ham (4) fue el jugador más criterioso que tuvo Unión de mitad de cancha hacia adelante en un equipo que abusa mucho del pelotazo largo. Arrancó por el costado izquierdo, sin embargo, hubo pasajes del partido que se movió tanto por derecha como en el centro del campo, siendo rueda de auxilio para ayudar a Rafael Profini. Le metió un buen pelotazo a espaldas de los centrales, el pique en diagonal que no llegó a alcanzar el balón, la justeza para mandar al fondo del arco. En el segundo tiempo, ya con un jugador menos, no tuvo la misma intensidad, no gravitó en el juego y se fue reemplazado. Por derecha, Mauro Pittón (3) es un jugador que está pasando por un flojo presente. Lejos de ser el andamiaje futbolístico. Apenas un par de centros desde el costado derecha, como el que ejecutó en la oreja derecha, para que Colazo cabecee al primer palo, pero la pelota tomó un efecto raro, y no mucho más. Errático con la pelota en los pies, corrió pero sin orden, es otro de los futbolistas que está en deuda y que debería jugar mejor. La principal novedad que arrojó el ensayo final tenía que ver con la presencia del juvenil, de 21 años, oriundo de José de la Esquina, Rafael Profini (6) como volante central, ya que los dos partidos que jugó en Primera los disputó ingresando desde el banco de suplentes. Vale la pena destacar que Profini, de perfil zurdo, hizo toda su carrera como segundo marcador central, aunque en algunas ocasiones se ha desempeñado como volante central. Ante el bajo rendimiento de los jugadores que ocuparon ese puesto en las primeras cinco fechas del campeonato, y la ausencia de futbolistas en esa función tras la venta de Joaquín Mosqueira a Talleres, apostó por el chico, en otra maniobra arriesgada para intentar recomponer la imagen de su equipo. Lo cierto es que fue uno de los jugadores más destacados en este insípido 0-0. Hizo la simple, no se complicó. Puso el cuerpo para cuidar la pelota. Aseguró la tenencia de la pelota y el primer pase. Su único error fue cuando quiso controlar la pelota y generó un contraataque para Instituto. Luca Klimovicz remató y la pelota se fue apenas desviado.
Arriba, Agustín Colazo (3) es un jugador que tiene la pólvora mojada. Tiene el arco entre ceja y ceja, pero siempre le faltan cinco para el peso. Otra vez, como contra Argentinos Juniors, volvió a tener dos aproximaciones muy claras al inicio del partido. Primero, fue un centro de Mauro Pittón por el costado derecho, el testazo del exjugador de Aldosivi que se fue desviado. Luego, el tiro de esquina desde la oreja derecha, esta vez, volvió a cabecear al primer palo, la pelota tomó un efecto raro y no terminó en peligro. No terminó incidiendo en el ataque. Hasta el momento, está lejos de ser ese goleador que supo romperla en el equipo de Mar del Plata. Jugó de espaldas al arco y fue interceptado fácilmente.

Instituto, a bordo del 4-4-1-1, tomó la iniciativa desde el inicio del encuentro, buscando rápidamente adueñarse de la posesión del balón. Al igual que sucede con la mayoría de los equipos que visitan el estadio de Santa Fe, se mostró agresivo y decidido a marcar el ritmo del partido desde el primer minuto. En los primeros compases del juego, el equipo controlaba el balón con calma y buscaba generar peligro, mientras que Unión se mostró más reservado, adoptando una postura defensiva y preparado para salir al contragolpe. Damián Batallini, fiel a su estilo combativo, luchaba en cada pelota, pero en esta ocasión se le notó algo acelerado, lo que afectó su precisión en los pases y su capacidad para tomar decisiones acertadas. Su energía no fue suficiente para contrarrestar la falta de claridad en su juego. Por su parte, Franco Mac Allister nuevamente se vio condicionado por una amarilla tempranera que lo marcó de manera negativa. A pesar de ello, jugó un primer tiempo muy sólido y fue uno de los futbolistas más destacados de Instituto en esos primeros 45 minutos. Sin embargo, al final del primer tiempo fue reemplazado, lo que generó un cambio en la dinámica del equipo. En cuanto al juego colectivo de Instituto, queda claro que la dependencia de Lodico es notoria. El equipo necesita al «Gato» de las primeras tres fechas, el que se adueña del control del balón y marca la pauta en la creación de juego. Sin su presencia en su mejor versión, Instituto pierde la fluidez y la claridad necesaria para desarrollarse como un equipo competitivo. Esta carencia se sintió durante el transcurso del partido, ya que el equipo se vio falto de ideas en los momentos clave. Por último, a Jonas Acevedo se le brindó la oportunidad de ser titular, y durante el primer tiempo logró meterse en el partido, mostrando destellos de lo que puede ofrecer. Aunque su rendimiento fue positivo, le faltó continuidad y no pudo consolidarse completamente. Sin embargo, el hecho de que el entrenador le haya dado la oportunidad es un indicio de la confianza que se tiene en su potencial, y será importante que aproveche estos minutos para seguir demostrando su capacidad en futuras oportunidades.
A Unión le ocurría lo mismo de siempre: su falta de solidez defensiva era evidente y se convertía en un problema recurrente que terminaba afectando su desempeño. Cada vez que Instituto lograba superar la primera línea de presión del equipo de Santa Fe en el medio campo, se desataba un verdadero desconcierto defensivo. La fragilidad de su sistema defensivo quedaba expuesta, y la línea de retaguardia no lograba organizarse con eficacia para frenar los embates rivales. El equipo de La Gloria, en su afán por atacar, se lanzaba con cinco jugadores al frente, lo que evidenciaba su intención de hacer daño rápidamente. Sin embargo, la respuesta defensiva de Unión era insuficiente. Su retroceso defensivo era débil, ya que solo tres jugadores se encargaban de intentar cubrir los espacios y frenar los avances del rival. Además, la falta de apoyo desde los laterales fue notoria. Los defensores laterales de Unión no lograron cumplir con la cobertura necesaria al momento de perder la pelota, dejando huecos que fueron aprovechados por Instituto. Esta diferencia en el número de jugadores en ataque y defensa reflejaba la vulnerabilidad del Tate, que a pesar de sus esfuerzos en el medio campo, no podía lograr un equilibrio entre la ofensiva y la defensa. La falta de coordinación y solidez en la parte baja seguía siendo un lastre para el equipo, limitando su capacidad para mantenerse firme ante los ataques rivales.
Instituto supo contrarrestar con eficacia los intentos de salida y los desbordes de los laterales de Unión, ejerciendo una presión constante que limitó las opciones de juego del Tate. Francisco Gerometta (4) tuvo dificultades notorias tanto en defensa como en ataque. En su labor defensiva, lo que debería ser su punto fuerte, mostró carencias, especialmente cuando se vio involucrado en la dupla de Batallini y Rodríguez, quienes le generaron constantes problemas. A lo largo de la primera etapa, Tati salió a destiempo en varias ocasiones, cometiendo faltas innecesarias y quedando mal parado cuando el juego se trasladaba al centro del campo. Incluso, tuvo un pase corto erróneo que obligó a la rápida intervención de Thiago Cardozo, evitando que se generara un peligro mayor. En el segundo tiempo, intentó algunas escapadas por su sector, pero sin lograr la profundidad necesaria para inquietar al rival. Por el lado izquierdo, Bruno Pittón (3) también atravesaba un momento complicado, mostrando un rendimiento flojo y preocupante. Su lentitud y falta de claridad para sumarse al ataque fueron evidentes, lo que sumado a sus fallos en defensa, dio lugar a múltiples ventajas para Instituto. En general, el rendimiento de los laterales de Unión fue muy deficiente, algo que terminó por afectar la estructura defensiva del equipo. A los 18 minutos de juego, el partido era completamente ordinario. El nivel de juego de Unión era espantoso; el equipo no mostraba una idea clara, y su ataque se reducía a pelotazos largos sin ningún tipo de organización. Los dos centrales de Instituto, especialmente Fernando Alarcón, tuvieron el control absoluto, desactivando cualquier intento de los delanteros de Unión. Alarcón, capitán y emblema del equipo, estuvo firme en las intercepciones y en los duelos, ganando todos los enfrentamientos directos.

Por su parte, Instituto tampoco estuvo exento de críticas. A pesar de su control del balón, no sabía qué hacer con la posesión. Jubaba al ritmo de la desesperación de Unión, tomándose demasiado tiempo para mover la pelota y prefiriendo reiniciar el juego constantemente. A la hora de recuperar el balón, Instituto mostraba una desorganización similar a la del Tate, siendo un equipo largo y poco equilibrado, lo que ocasionaba que sus pelotazos largos quedaran muy desajustados, sin poder aprovechar la amplitud del campo. Unión avanzaba de manera desordenada, sin ideas y muy poco peligroso. El rendimiento de ambos equipos, tanto de Instituto como de Unión, era muy limitado y careció de creatividad. A pesar del dominio territorial de Instituto, no logró generar una sola situación clara de gol en toda la primera mitad. El partido se fue perfilando como una lucha insípida, con escaso vuelo futbolístico, en la que ambos se mostraron demasiado imprecisos y sin claridad para llevar el juego hacia adelante. Franco Pardo (1) venía haciendo un aceptable partido, imponiéndose en el duelo individual ante Luna. Sin embargo, todo lo bueno que hizo, lo tiró a la basura a los 47 minutos del primer tiempo. Es una locura lo que hizo el cordobés. No solo por el hecho de haber tirado la pelota hacia adelante, de ir a buscarla, ya que es un jugador rápido y potente, tiene una confianza envidiable, pero él sabía perfectamente que no iba a llegar a esa pelota. Le metió una plancha terrible a Fernando Alarcón. En primera instancia, Andrés Merlos le sacó la amarilla, pero luego de dialogar con el volante de La Gloria, desde el VAR lo llamaron para que revise su decisión, y efectivamente, el Tate se iba a quedar con uno menos durante todo el segundo tiempo. Lo de Pardo (innecesario) era el real reflejo de lo que es Unión hoy: impotencia al 100%
SEGUNDO TIEMPO
Para los segundos cuarenta y cinco minutos, el Kily mandó a la cancha a Mateo del Blanco (6) por Bruno Pittón y Lucas Gamba (4) por Agustín Colazo. De esta manera, Unión quedó 4-3-2 en la disposición táctica. Por otra parte, Mac Allister, quien hizo un buen primer tiempo, pero que estaba condicionado por la amarilla, salió y en su lugar lo ocupó el ex Colón, Stéfano Moreyra. El lateral volante jugó todo el segundo tiempo y mostró actitud y concentración para marcar en el lateral, pero además no se desentendió nunca de las jugadas y estuvo muy atento para resguardar su sector. En Unión no había nadie que se anime a disparar, y cuando lo hacían, eran todos disparados desviados. En el inicio del segundo tiempo, Unión con 10, era más que Instituto. Daba la sensación que no sentía el hombre menos. Nicolas Paz (6) recuperó la titularidad después de algunos partidos, y la verdad es que estuvo a la altura de las circunstancias. A pesar de que en la primera etapa abusó mucho del pelotazo largo, tuvo algunos cruces prometedores, relevando siempre a su compañero de lateral por derecha. Así como fue una locura lo de Pardo, también habrá que decir que el pisotón de Dellarosa a Paz, que lo obligó a salir prematuramente en el segundo tiempo para dar lugar al ingreso de Ludueña, merecía cuánto menos una amarilla. Y por eso se enojó el Kily y recibió la roja de parte de un Merlos que ya por ese entonces dejaba que desear en su arbitraje.
No terminaba de despegar el segundo tiempo. Era muy limitado lo de Instituto cuando disponía de la administración del balón, era todo lento, con dos o tres marchas menos. Parecía como que si se conformara con el punto. A los 12′, la mejor jugada de Instituto, y también del partido. Una buena sucesión de pases de La Gloria en la medialuna, el disparo de Luna que fue a colocar al palo izquierdo de Thiago Cardozo (6) y la bocha pegó en el travesaño y salió. Hablando del uruguayo, volvió a ocupar el arco tatengue tras la expulsión que había obtenido ante Tigre en Victoria y por primera vez en el campeonato, Unión pudo mantener el arco en cero. No tuvo demasiado trabajo ya que Instituto casi que no generó situaciones a lo largo de todo el partido. Una gran atajada del exarquero de Peñarol ante el remate de zurda de Jonas Acevedo. También se lució para evitar el gol de Batallini, quien tuvo un pasado con la entidad roja y negra.

Sin cambiar el ritmo, sin hacer un gran partido, Instituto se animaba. Se dio cuenta que era un rival aprovechable. Y Unión no podía ejercer superioridad numérica en ningún sector de la cancha. La pelota y el dominio territorial era de Instituto, pero no tenía claridad. Unión aguantaba y rechazaba todo lo que caía en el área del golero uruguayo. Ya el Kily –desde afuera por su expulsión- había ordenado el ingreso de Fragapane (-) por un Ham que fue de mayor a menor pero que había desaparecido en el complemento. Ya el partido se había roto y daba la impresión de que cualquiera de los dos podía quedarse con la victoria, porque Instituto aprovechaba los espacios y se animaba a mostrar una peligrosidad que no había sido su virtud en el primer tiempo. El exjugador de Boca ingresó en un contexto adverso, cuando Unión se defendía y el equipo jugaba de contra, no pudo incidir en los metros finales y debió jugar más retrasado. Además de Fragapane, el Kily ordenó el ingreso de Mauricio Martínez. Pocos minutos en cancha para Caramelo, pero aún así está muy lejos de colmar las expectativas que había generado su vuelta a Unión.
Unión es una máquina de errarle al arco. A los 23′, un pelotazo largo que aguantó bien de espaldas Marcelo Estigarribia (gran desgaste físico), Lucas Gamba (-) tuvo la más clara de Unión con una media vuelta en el área, pero la pelota se fue desviada; intentó pero casi siempre resolvió mal. Para destacar el trabajo de Marcelo Estigarribia (6,50): le faltó el gol nomas. Hizo un partido excepcional. Siempre obligó en ataque, jugando de espaldas al arco. Se movió por todo el frente de ataque, tanto por izquierda y por derecha. Por momentos llegaba a lanzar los centros, una clara muestra de que en Unión los roles están invertidos. Terminó extenuado. Estuvo atento a los piques largos, a aprovechar los espacios vacíos, pero la historia se vuelve a repetir. Los últimos centrodelanteros que han pasado por la institución no tienen acompañamiento de los volantes rojiblancos. Estuvo muy aislado. Una clara muestra fue en la primera mitad. Llegó a descender hasta la mitad de la cancha para entrar en contacto con el balón.

El partido se había puesto lindo. Estaba para cualquiera de los dos. Llegó en velocidad Damián Batallini y sin problemas y sin dar rebotes controló el arquero uruguayo. Antes, tras una serie de rebotes en el área de Instituto, el recién ingresado Del Blanco remató al arco de Roffo, pero un defensor de la Gloria sacó la pelota en la línea de gol. Los problemas de Instituto en la marca eran gravísimos. Franco Díaz en 5 minutos le dio dos chances de gol a Unión. Entró en otro partido. Y la última línea cometía errores inexplicables. Una continuidad de la derrota vs. Platense. En ese instante, el partido se rompió. Comenzaron a aparecer algunos espacios a la mitad de la cancha. A los 28′, el mismo Díaz se erró un gol increíble abajo del arco tras un centro de Axel Luna.
Por último, le tocó ingresar a Juan Pablo Ludeña y tuvo un muy buen cruce para tapar un remate que iba al arco. Alternó aciertos con algunas salidas apresuradas pero no desentonó. El equipo en el segundo tiempo corrió, metió y resistió sin jugar bien y siendo dominado por su rival, al menos mostró actitud y esa determinación para pelear cada pelota le dio al menos el premio de no irse con las manos vacias. El equipo sigue en deuda, la cosecha es realmente muy pobre y esa ilusión del comienzo del torneo quedó en el olvido.
Jugando así, Unión de ninguna manera puede pensar en ser protagonista, ni en clasificar entre los ochos mejores. El equipo no mejora, no tiene funcionamiento y tampoco puede imponer condiciones ante sus rivales. No gana como local y pierde como visitante, los refuerzos que llegaron no dan la talla, a excepción de Estigarribia y los que estaban no levantan su nivel. Unión atraviesa un momento complicado y el Kily no parece tener respuestas, encima se fue expulsado por protestar, todo un síntoma de la confusión que lo persigue. Lo único para rescatar es no haber perdido, demasiado poco para un equipo que se armó con intenciones de ser protagonista y que por ahora solo intenta sobrevivir.
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Colón
Unión

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