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SOY Deportes » Fútbol » Siempre se puede estar peor

Siempre se puede estar peor

3 diciembre, 2024
en Fútbol
Siempre se puede estar peor
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Por Darío Fiori

Era como comprar espejitos de colores, lo sabíamos todos, pero preferían no verlo; en el fondo sí sabían, pero se hacían los otarios, como si pudieran seguir engañándose por más tiempo. Vuelvo a repetir la misma introducción que redacté minutos después de la derrota ante Independiente en el Libertadores de América, porque la situación parece no cambiar y la historia se repite una vez más: es siempre la misma historia con este equipo, que parece sumido en una apatía constante, sin mostrar la actitud necesaria para competir a un nivel alto, completamente falto de rebeldía y de ese impulso que suele marcar la diferencia en los momentos más difíciles. Durante todo el partido, no logró ni siquiera un solo disparo al arco, poniendo de manifiesta con claridad la falta de agresividad y la ausencia de ideas en su juego, y lo peor de todo es que parece condenado a un ciclo interminable de extremos, pasando de un rendimiento constante y decepcionante a otro sin nunca encontrar el punto de equilibrio que les permita ofrecer un rendimiento continuo, competitivo y a la altura de las circunstancias. Lo que ocurrió anoche en Vicente López no fue más que otro duro cachetazo a una realidad que muchos se empeñan en no ver, y no se puede ocultar más: este equipo nunca estuvo ni para salir campeón, ni siquiera para ser un contendiente en esta liga, que terminará coronando a un campeón que será, simplemente, el menos malo, con la excepción de Vélez, que fue, por lejos, el mejor equipo del fútbol argentino, a pesar de su irregularidad, que es algo de lo que no se puede escapar.

Es antipático hablar de limpieza cuando quedan solo dos partidos para finalizar el 2024, lo sé, pero también es mucho más antipático tener que ver cómo juegan una buena cantidad de futbolistas de Primera División en un club tan importante del interior como Unión, sin que ofrezcan la mínima muestra de lo que se espera de ellos. Durante los primeros meses de este año, Unión anunció un superávit, pero el déficit futbolístico mata todo, y con este presente, ese superávit parece carecer de relevancia. El balance de Unión en 2024, a falta de 180 minutos para concluir una temporada tan exigente, solo puede calificarse entre regular y muy malo. Este mismo periodista decide no comprar esos espejitos de colores que algunos intentan vender, tratando de hacer creer que Unión hizo una gran campaña. ¿Qué tan buena es realmente esta campaña, si a los primeros 10 de la tabla anual solo le ganó a Atlético Tucumán, con un jugador menos durante 35 minutos y por la mínima. Luego, qué pasó? Perdió o empató con los demás equipos. Con los que se estarían yendo al descenso, en un torneo en serias condiciones, perdió ante Tigre ¡5-1, Sarmiento, Central Córdoba, Platense y empató con Riestra. ¿De verdad podemos hablar de una buena campaña? Si la comparamos con la del 2024, en la que estuvo a un gol de perder la categoría, tal vez, pero lo cierto es que le sigue faltando lo mismo: dar ese famoso salto de calidad, ese golpe de autoridad cuando más lo necesita, ese empujón que marca la diferencia. Ni hablar de la Copa Argentina, donde perdió ante Gimnasia de Mendoza un día de semana, en una fresca noche de Junín, y que tenía allanado el camino hacia las semifinales, si analizamos los resultados con el diario del lunes. La realidad es que será muy malo si el equipo no logra clasificarse a nada, pero será definitivamente regular si logra alcanzar el objetivo mínimo, que, a esta altura del año, se convirtió en una obsesión: clasificar a la Copa Sudamericana. En la Copa de la Liga ni siquiera clasificó a los playoffs, conformándose con empates que no aportaron nada, y evidenciando, una vez más, esa falta de ambición y competitividad que ha marcado el ciclo de este equipo en todo 2024.

Este equipo tuvo miedo de pelear por el campeonato, tuvo miedo de ir por la Libertadores y, lo que es aún más alarmante, tuvo miedo de clasificar a una Sudamericana, que debería ser un objetivo mínimo para un club tan grande del interior como Unión.. No hay manera de justificar esta falta de ambición, esta parálisis en los momentos clave. El Kily González, que hasta ahora se presentaba como una figura que podía darle un giro a la situación, empieza a ser parte del problema. Es necesario que haga un poco de autocrítica, porque la realidad es que su gestión hasta ahora deja mucho que desear. Los resultados no cierran por ningún lado. Es momento de que deje de tirar tiros por elevación a Spahn, que, si bien no es un santo de devoción, también está haciendo lo que puede en un contexto complicado. Pero lo que resulta incomprensible es que, a esta altura del año, con solo dos partidos por jugarse, ya haya declaraciones que apuntan al mercado de pases, como si el enfoque estuviera en lo que vendrá y no en lo que aún está por definirse. No conozco a ningún equipo de Primera División que ya esté pensando en reforzarse cuando todavía tiene la oportunidad de cerrar una temporada digna y cumplir con los objetivos de corto plazo. Es como si ya se estuvieran preparando para una reconstrucción sin haberse jugado lo que queda, lo que solo demuestra una falta de competitividad y, sobre todo, una desconexión con la urgencia de la situación actual.

El 1-0 en Platense, en medio de 90 minutos completamente soporíferos, dignos de los peores partidos de 2023, acabó con las ya frágiles opciones de Unión de pelear por una clasificación a una competencia internacional y terminó por sentenciar una realidad tan evidente que ya no admite discusión: este equipo nunca fue protagonista, y cada vez que tuvo la oportunidad de ganar los partidos clave, no logró hacerlo, lo que demuestra una vez más que el festejo por el superávit económico que se ha hecho público pierde por goleada ante el abismal déficit deportivo que arrastra el club, y que no hay lugar para sacar chapa ni en los despachos ni en la dirigencia si, sobre el césped, juega un equipo completamente desorganizado, sin contagio, que ha acumulado frustración tras frustración, sin poder salir del círculo vicioso de la mediocridad, donde los partidos claves siempre se escapan entre los dedos.

Algunos podrían argumentar que el vaso está medio lleno y decir que González, al menos, habrá llegado a la conclusión de que hay jugadores en el plantel cuyo ciclo ya se ha cumplido, o que, simplemente, no tienen la capacidad o la voluntad de ser la cabeza de un proyecto que aspire a grandes cosas, aunque no sea necesario mencionar nombres porque todos sabemos quiénes son esos futbolistas que, por su rendimiento o actitud, no deberían seguir el próximo año en el club. No solo se necesita mejorar a los pocos jugadores con jerarquía que quedan en el plantel, ni a los jóvenes talentos que aún pueden desarrollar su potencial, sino que Unión, para poder seguir creciendo, tiene que acertar y ser generoso en el mercado de pases, ya que no se puede seguir dependiendo de las promesas incumplidas ni de las expectativas vacías; la exigencia debe ser encontrar refuerzos que marquen la diferencia, que sumen al equipo y que realmente lo hagan competitivo en todos los frentes.

Lo más urgente aquí es que Unión necesita un cambio deportivo radical, un giro que lo oriente hacia donde le corresponde estar por presente, por historia y por coyuntura, ya que el club no está tan mal como algunos pintan; de hecho, goza de una situación privilegiada al ver a su clásico rival en la segunda categoría del fútbol argentino, pero la realidad es que, a pesar de esto, el equipo compite como si fuera un conjunto más de este fútbol argentino mediocre y triste, como si no tuviera la ambición de estar en la cima, ni la mentalidad necesaria para pelear por títulos y objetivos importantes.

Otra cuestión fundamental que debe resolverse lo antes posible es la relación entre Kily González y Luis Spahn, que parece más una lucha de egos que una alianza estratégica para el futuro del club, y lo peor es que se pelean por ver «quién la tiene más larga», en lugar de concentrarse en los problemas reales del equipo. Las declaraciones del entrenador, que no solo fueron desafortunadas sino completamente desmesuradas, cayeron muy mal en el seno de la Comisión Directiva, sobre todo cuando el técnico dijo que si no le cumplen con lo que le pide, se irá, lo que fue interpretado como una amenaza innecesaria y, lo que es peor, fuera de lugar en este momento. Estas palabras, completamente desatinadas, fueron consideradas como un intento de presionar a la dirigencia en medio de negociaciones que recién están comenzando, en un contexto en el que Luis Spahn ha mostrado disposición para cumplir con los requerimientos de González, pero siempre que no perjudiquen la economía del club, que es una prioridad fundamental.

Es más, el presidente, apenas terminó el partido ante Talleres, optó por retirarse rápidamente del club, ni siquiera esperando para cruzarse con el DT en la zona de vestuarios, lo que deja en evidencia la tensión existente entre ambos, lo que sin duda alimenta aún más el clima de incertidumbre. Las declaraciones de González fueron completamente desafortunadas, porque a tan solo tres fechas del final del torneo, exponer públicamente esta situación genera una presión innecesaria sobre Spahn, obligando al presidente a reaccionar cuando claramente no es el momento adecuado para tomar decisiones apresuradas que solo podrían empeorar la situación. En todo caso, si el entrenador sentía que había algo que aclarar o expresar, lo más sensato hubiera sido esperar hasta después del último partido de la temporada, de modo que la situación no se enrareciera aún más en el pleno final del campeonato, cuando todo debería centrarse en el rendimiento deportivo y no en disputas internas. Lo que está claro es que el Kily González ha dicho, en más de una ocasión, que ya no cree en promesas vacías y que quiere hechos concretos, lo cual es totalmente comprensible, pero lo que no puede permitirse es caer en el error de centrar la atención en promesas y acuerdos no cumplidos cuando lo único que debe importar es la mejora inmediata del equipo y su rendimiento en los partidos que quedan. No debe haber un solo club en el fútbol argentino que esté pensando en el próximo mercado de pases cuando aún quedan partidos tan determinantes por jugar, y mucho menos debe un técnico hacer público su malestar por cuestiones ajenas al fútbol, cuando la prioridad es conseguir los resultados que le den al equipo una salida digna al final del torneo. En el hipotético caso de que se confirme la continuidad de González para el próximo año, no puede ni errar en la elección de los refuerzos, porque de lo contrario, será preso de sus propias palabras y de sus propias promesas, y, lo que es peor, condenará al club a seguir dando tumbos sin rumbo claro, con la frustración acumulada de un ciclo que nunca terminó de despegar.

¿Cumplirá Spahn?

Si hay algo que quedó claro durante estos 16 años de Luis Spahn al frente de Unión, es que, con sus decisiones más que dudosas, demostró que para él sus propios intereses siempre van primero, antes que el bienestar del club. Lo más preocupante de todo esto es que no se tiene ni idea de qué pasó con la plata que entró por la venta de jugadores clave del plantel. En un club como Unión, que depende de esos ingresos para equilibrar las cuentas, lo lógico sería que esos fondos se reinviertan en reforzar el equipo. Pero hasta ahora, ni noticias de eso. No hay señales de que se haya hecho un esfuerzo real por mejorar la calidad del plantel ni por asegurar que el equipo siga siendo competitivo. Esto no hace más que generar desconfianza entre los socios y los hinchas. ¿Dónde está esa guita? Nadie sabe, y eso solo alimenta la sensación de que la gestión de Spahn está más orientada a su propio beneficio que a lo que realmente necesita Unión.

Es fácil salir a pegarle a quienes se postulan para asumir la presidencia o los cargos de dirección, acusándolos de todo tipo de malas prácticas. Pero, en estos 16 años de Spahn al mando, ¿Qué se hizo realmente por el club? ¿Qué avances hubo? En lugar de aferrarse al poder y seguir tomando decisiones que parecen beneficiar a unos pocos, sería hora de que Spahn se ponga a pensar en su legado y en lo que dejó atrás. Por suerte, Unión no está en la B, y gran parte de esa estabilidad se la deben a los pibes que, con esfuerzo y corazón, siguen manteniendo al equipo a flote, con limitaciones, claro está.

Por suerte, Unión no está en la B, y gran parte de esa estabilidad se la deben los pibes que, con esfuerzo y corazón, siguen manteniendo al equipo a flote. También hay que reconocerle el laburo al cuerpo técnico, que con lo que tiene, logra hacer maravillas. Sin refuerzos de jerarquía, sin grandes incorporaciones, estos jugadores y entrenadores lograron mantener al equipo en la pelea, e incluso se metieron en lo más alto del campeonato en varias ocasiones. Esto demuestra que, a pesar de todo, hay talento y compromiso. Pero también deja en claro que la planificación por parte de la dirigencia es un desastre.

Al final, los socios son los que tienen el poder de cambiar la situación. Son ellos quienes tienen que exigir más transparencia, una gestión seria, y un enfoque profesional para el futuro de Unión. No alcanza con solo quejarse; hay que actuar, ser parte del cambio, y exigir que el club sea dirigido por personas que pongan los intereses de Unión por encima de los suyos propios. La historia del club merece algo mejor, y solo con la participación activa de los socios se podrá garantizar que Unión siga siendo un club respetable, sólido y realmente comprometido con su gente. En los últimos años, el fútbol argentino vio clubes que, sin contar con grandes planteles llenos de figuras, lograron cosas increíbles. Platense, Rosario Central y Patronato son equipos de equipos que, con recursos limitados y sin nombres rutilantes, llegaron a instancias finales. Platense llegó a la final de la Copa de la Liga en diciembre de 2023, Rosario Central mostró su solidez, y Patronato se coronó campeón de la Copa Argentina en 2022. Y, de vuelta, la misma pregunta aparece: ¿Qué jugadores de jerarquía tenían estos equipos para llegar tan lejos? La respuesta no está solo en los nombres. Si bien tener figuras ayuda, no es lo único que determina el éxito. La clave está en una mezcla de factores: mentalidad ganadora, una dirigencia ambiciosa y la capacidad de sostener una idea de juego sólida y bien implementada.

Es cierto que invertir en jugadores de jerarquía reduce el margen de error, ya que esos futbolistas aportan experiencia, calidad y liderazgo dentro y fuera de la cancha. Pero, como demuestran Platense, Patronato y Rosario Central, no hace falta tener una plantilla llena de estrellas para hacer historia. Estos clubes se destacaron por formar equipos sólidos, bien organizados, donde la actitud y la ambición fueron claves. Hay que observar el caso de Patronato hace un tiempo atrás. El arquero Facundo Altamirano, atajador de penales, fue clave en la Copa Argentina, pero lo realmente importante fue el trabajo en equipo y la mentalidad de un grupo que no le temía a los grandes. El Calamar, por su parte, llegó a la final de la Copa de la Liga 2023 sin nombres rutilantes, pero con un plantel compacto y bien dirigido que supo explotar sus fortalezas. Rosario Central, aunque con más figuras reconocidas, también demostró que tiene un proyecto ambicioso y la capacidad de competir en los momentos más exigentes.

La gran pregunta es por qué clubes con más historia o potencial, como Unión, no logran dar ese salto de calidad. Uno de los puntos clave está en la dirigencia y la mentalidad que se transmite desde arriba. Para que un club crezca y se convierta en protagonista, hace falta un proyecto claro, ambicioso, y que se mantenga en el tiempo. No basta con solo invertir en jugadores, sino que hay que invertir también en infraestructura, en una gestión profesional y, sobre todo, en una mentalidad que impulse a todos a dar más. La dirigencia debe ser capaz de transmitir esa ambición a los jugadores, dándoles las herramientas necesarias para que se conviertan en verdaderos competidores. La mentalidad de equipo ganador tiene que estar presente desde el primer día, en un ambiente donde todos entiendan que el objetivo no es solo participar, sino ganar. Y no podemos olvidarnos de la relación con la AFA, que también juega un papel fundamental: hacerse respetar dentro del entorno institucional es clave para acceder a oportunidades y condiciones que favorezcan al club.

Entonces, la gran pregunta es: ¿Unión, en más de una década, realmente intentó dar ese paso hacia la grandeza o simplemente se quedó en la zona de confort, sin ganas de trascender? La respuesta parece clara: el club no ha logrado crear un proyecto a largo plazo que lo impulse. En lugar de conformarse con la mediocridad, hace falta una mentalidad transformadora que cambie la manera de pensar y de actuar, tanto dentro como fuera de la cancha. Si Platense, Patronato y Rosario Central lograron lo que lograron, no fue solo por la jerarquía de sus jugadores, sino por un contexto institucional sólido, una mentalidad ganadora y una ambición que llegó desde arriba hasta el último jugador del plantel. ¿Está Unión dispuesto a hacer lo mismo? Solo el tiempo dirá si la dirigencia se atreve a dar ese golpe de timón para sacar al club de la mediocridad y llevarlo a un nivel competitivo más alto.

Este mismo periodista trató evitar hablar de Luis Spahn, reconociendo que es un gran empresario, pero dejando en claro que de fútbol no tiene ni idea. Nunca entendió que los hinchas estaban ilusionados con el equipo. ¿Entendió cuando el técnico dijo que nuestros mejores refuerzos eran mantener el plantel? ¿Por qué, entonces, vendió a jugadores, y hasta a un club como Independiente, que no le paga a nadie hace años? ¿Por qué dijo ir el oro» y lo que hizo inmediatamente fue debilitar el equipo, no pagar lo que se debe y obturar el acceso de refuerzos? ¿ Qué cree que hace, demorando siempre, como siempre, la búsqueda de refuerzos, poniendo siempre la excusa de las «imposibilidades económicas del club»? ¿ Cuales son las imposibilidades del club? Los socios llenan la cancha, compran todas las plateas, compran las camisetas y hacemos todos los aportes que nos piden

Los socios, que apuraron la aprobación de los balances, lo hicieron solo porque esa omisión ya nos estaba perjudicando como club, no porque estuviésemos conformes con los números presentados, que, por cierto, ni siquiera tuvieron tiempo de ser debidamente analizados ni discutidos. La aprobación de esos dos balances se dio en una situación de apremio, con la presión de los plazos, sin margen para revisar con detenimiento los números, y lo que ocurrió fue que usted se benefició de ese apuro, dejando la sensación de que, al final, legitimamos un estado de cuentas confuso, lleno de interrogantes que siguen sin respuesta. Porque, además, usted tiene una manera de comunicar todo lo que pasa en el club que es completamente opaca, y a pesar de los reclamos constantes de las agrupaciones opositoras, de los socios y de los hinchas, la información sobre la situación económica sigue siendo cada vez más nebulosa y difícil de entender.

La pregunta que todos nos hacemos es: ¿Por qué Unión sigue viviendo en un estado de emergencia económica, después de haber vendido jugadores por cifras que nunca habíamos manejado en nuestra historia, como nunca antes se había visto en el club? Usted vendió, en menos de tres años, a Yeimar, González, Nardoni, Machuca, Esquivel, Zenón, Portillo, Luna Diale y Vera, y a todo eso hay que sumarle que dejó ir de manera inexplicable a Calderón. Es más, no compró a uno de los mejores arqueros de América, Santiago Mele, que tenía una opción de compra de apenas 160 mil dólares. Entre todos esos jugadores que se fueron, el club recibió más de 20 millones de dólares. Entonces, ¿por qué el club sigue inhibido, siempre o casi siempre, por deudas mucho menores que los ingresos que posee. ¿Cómo puede ser que, con todo ese dinero entrante, esté más comprometido que nunca? Pero al historia no es solo una cuestión administrativa, sino que tiene un impacto directo sobre el atractivo del club para los jugadores que querrán venir. No puede dejar de ver que esas decisiones, han golpeado y fuerte, la imagen de Unión, no solo a nivel futbolístico, sino también en cuanto a la capacidad de atraer talento.

Entonces, ¿Qué espera para usar la plata que entró por las ventas? ¿Se la va a quedar usted, en nombre de una deuda que el club mantiene con su persona, una deuda que nunca terminamos de saber cuánto es ni cuánto viene cobrando? ¿Por qué no se utiliza ese dinero para reforzar el equipo y salir de este estancamiento que estamos viviendo? ¿Qué está priorizando usted? Porque desde donde yo lo veo, no está priorizando lo que realmente importa, y eso a los hinchas los tiene hartos. La conquista de Colón y el posterior descenso de la entidad del Barrio Centenario puso sobre la mesa una exigencia clara: necesita, al menos pelear un campeonato, pero no solo eso, necesita aspirar a algo más. Sin embargo, desde ese momento, no solo no dio ese salto, sino que tuvo que pelear por no descender a la B. Perdió con equipos de menor jerarquía en la Copa Argentina y, por supuesto, abandonó cualquier esperanza de disputar competencias internacionales. Eso es lo que le duele al simpatizante tatengue, que encima hoy, le aumentaron la cuota a $20.000 pesos y los enfurece.

El salto de calidad es jugar la Libertadores

Recientemente, esta persona quien les habla se encontró con un video en Instagram que reflejaba una postura sorprendentemente conformista en torno a las competiciones internacionales, que me hizo reflexionar profundamente sobre cómo ciertos equipos, y sus seguidores, a menudo subestiman sus propias capacidades. En este video, un fanático de Unión, expresó que no le gustaría que su equipo jugar la Copa Libertadores, debido a la dificultad que representaría dicho torneo, y que, en caso de no clasificar a él, alcanzar un lugar en la Copa Sudamericana sería un «logro histórico». Este tipo de afirmaciones, aunque comprensibles desde una perspectiva pragmática, ponen de manifiesto un problema cultural que debe ser revisado con urgencia: la necesidad de cambiar la mentalidad dentro del fútbol argentino, y en particular en los clubes que, por su historia y su potencial, deberían aspirar a mucho más que a una clasificación de «segunda opción».

Para entender la magnitud del problema, primero es necesario reflexionar sobre lo que representa realmente la Copa Libertadores para cualquier club de América del Sur. Este torneo no solo es el máximo desafío de clubes del continente, sino también el escenario donde se juegan las glorias más grandes y las rivalidades más intensas. A nivel económico, deportivo y de visibilidad internacional, participar en la Libertadores significa estar en la elite del fútbol sudamericano. Sin embargo, el fanático de Unión que aparece en el video sugiere que este desafío no solo es difícil, sino que, en su opinión, no vale la pena el esfuerzo, ya que el equipo no tiene las armas suficientes para competir con los gigantes del continente. La propuesta de «historia» se reduce entonces a la posibilidad de clasificar a la Copa Sudamericana, un torneo que, en el caso de Unión, en un escenario hipotético, sería la cuarta participación y siempre entrando por la puerta trasera, es decir, a través de una clasificación indirecta o dependiendo de una serie de resultados externos. Y aquí radica el primer problema: el pensamiento de que «entrar por la ventana» o clasificar por algún resquicio del reglamento es motivo de celebración.

Este tipo de mentalidad refleja una falta de ambición. Aceptar el papel de «reserva» o de «segundo plato» en una competencia internacional debería ser, en el mejor de los casos, un punto de partida y no el objetivo final. Si un club de la talla de Unión se conforma con alcanzar la Sudamericana por cuarta vez sin haberlo logrado por méritos propios, ¿Qué mensaje le está enviando a sus jugadores, hinchas y sobre todo a sus jóvenes promesas? El conformismo es uno de los peores enemigos del progreso, y cuando una institución se conforma con una participación mediocre, corre el riesgo de perder su capacidad de soñar con lo grande.

Es cierto que los desafíos en la Copa Libertadores son enormes. Equipos como Boca, Palmeiras, River Flamengo, entre otros, han mostrado un nivel de competitividad excepcional. Sin embargo, esta dificultad no debería verse como un obstáculo insuperable, sino como una oportunidad para mejorar, crecer y elevar el nivel del club. El fútbol no es solo un deporte de habilidad técnica, sino de mentalidad. Un equipo que se siente inferior a su competencia probablemente tendrá dificultades para competir al más alto nivel, mientras que uno que se cree capaz de enfrentar y superar cualquier desafío, aunque en el papel no sea el favorito, tiene más posibilidades de lograr el éxito.

A lo largo de la historia, han existido numerosos casos de equipos que, a pesar de no ser considerados los favoritos, lograron grandes hazañas gracias a una mentalidad ganadora. Equipos como Leicester City en la Premier League o Atlético de Madrid en la Liga española han demostrado que, cuando un club tiene la mentalidad adecuada, puede desafiar a los gigantes y salir victorioso, aún cuando las expectativas eran bajas. Este tipo de historia es la que debería inspirar a clubes como Unión, que si bien no cuentan con los mismos recursos que los grandes equipos de América, tienen una rica tradición y una hinchada fiel que respalda cada paso que dan. No se trata de esperar que la suerte o las circunstancias favorezcan a un equipo, sino de construir una identidad que esté a la altura de los grandes y que aspire, con esfuerzo y trabajo constante, a alcanzar objetivos más ambiciosos.

El cambio de mentalidad no se logra de la noche a la mañana. Implica un proceso de transformación interna que debe comenzar desde las bases, desde la formación de los jóvenes futbolistas hasta los dirigentes que toman las decisiones más importantes para el futuro del club. Es necesario que los hinchas también se comprometan con una visión más ambiciosa para el equipo, que deje atrás las excusas y comience a exigir una participación más digna en las competiciones internacionales, que no sea solo un «logro histórico» alcanzar la Sudamericana, sino que la Libertadores sea vista como el verdadero objetivo, un lugar al que se debe aspirar con la misma pasión con la que se sueña con ganar un campeonato local.

¿Cuánto influye la sociedad santafesina?

Los jugadores que están de paso sienten, respiran y por lo bajo dicen que padecen ese aroma de ciudad siestera, en la que todo se detiene a determinada hora, que los límites son muy bajos y que alcanza con hacer algunos goles, jugar bien cinco o seis partidos y no meterse en grandes escándalos. La estadía puede ser muy placentera (pesca, boliches, fiestas, fotos y autógrafos) si todo eso marcha sobre rieles, pero siempre en la cabeza del jugador estará dar un salto de calidad, por eso Unión es un club de paso, con todo lo traumático que eso significa. Las dirigencias, que son paridas en esta sociedad, ¿por qué nunca se la jugaron por un proyecto absolutamente santafesino? ¿Por qué los futbolistas de inferiores que llegaron a Primera División siempre fueron complementos de una base de jugadores foráneos? Colón y Unión habitan una de las regiones más productivas de futbolistas. Estamos en una población que posee un biotipo ideal para la práctica del deporte, una cultura futbolera de tradición y con alta competencia local y una estadística que arroja un dato tajante: el 80% de los jugadores argentinos surgen de la zona centro del país, principalmente de la provincia de Santa Fe.

La sociedad santafesina, que mira con desprecio a la rosarina, y hasta con cierta envidia no declarada, debería preguntarse por qué Rosario Central y Newell´s tienen más de 10 títulos entre ambos. Poco más de 150 kilómetros separa a Santa Fe de Rosario, una distancia que no hace otra cosa más que punzar en una pregunta que duele: ¿por qué allá sí y acá no? Ese sentido de pertenencia sigue siendo jugadores un motivo para que el fútbol santafesino haga terapia durante largo tiempo Cuántos jugadores surgidos de inferiores pueden volver a Unión o a Colón para dejarle sus mejores experiencias adentro de una cancha, ya sea como jugador o como DT. Santa Fe carece de un Maximiliano Rodríguez o un Marco Ruben, dos que volvieron a ponerse las camisetas queridas para ser ovacionados en el club que los vio nacer, tampoco hay un Martino o un Bauza para dirigir al club que los parió.

En este aspecto Unión le saca una diferencia a Colón. Suele ser la institución rojiblanca la que más dedicación tiene hacia las inferiores, pero todavía no logró de dar ese gran salto de calidad para tener un equipo de titulares plagado de futbolistas de Santa Fe. Mientras los años pasen y lo más importante siga siendo ganarle al clásico rival, no descender o tratar de ingresar a una Copa de carácter internacional (si se da algunas series de resultados, la jugaría por cuarta vez en su historia), el nivel de logros del fútbol santafesino padecerá una sequía extrema. Pero si los deseos de grandeza son importantes, si el convencimiento de un proyecto a largo plazo es firme como el cemento de las tribunas y si la autoestima es lo suficientemente sólida,

Ahora si, el partido

Siempre se puede estar peor. Increíblemente. Es muy probable que nadie haya pensado, al momento que Unión se fue al receso sumando 13 de 15, iba a sufrir aún más? Por si hace falta aclararlo: la campaña de Unión después del mercado de pases, en el que perdió dos titulares y no incorporó nada es casi de descenso: 6 triunfos, 5 empates y 9 derrotas. Apenas 38%. No tengo idea de cuan motivador puede ser Cristian González Perret puertas adentro. Si hizo algo, no se nota. Porque Unión, hace por lo menos 10 partidos no sólo que involucionó futbolísticamente. También lo hizo desde la actitud. Unión es una vergüenza. Unión da vergüenza.

Una (1) situación de gol tuvo a lo largo de los 97 minutos. Y fue tras una recuperación en la mitad de la cancha, donde se jugaba mucho a la dividida, a imponerse en zona neurálgica, un pase de Simón Rivero para poner a correr a Jerónimo Dómina (3) por el costado derecho, sacó el remate y tapó Cozzani. Luego, fue poco y nada, porque le costó imponer o marcar las diferencias en los ultimos metros del campo ofensivo, ya que fue bien neutralizado por los zagueros centrales del Calamar, que no le dieron ni un resquicio de espacio, estamos hablando de Ignacio Vázquez y Gastón Suso. Desde el principio llamó la atención las cantidad de imprecisiones que tenía Unión a la hora de tener la pelota. Joaquín Mosqueira (3) perdió demasiado en la zona media, dejando varios espacios en el retroceso. No pudo hilvanar juego asociado, ni siquiera poner la pelota bajo el piso para resquebrajar el bloque defensivo de Platense. Cuando lo hizo son todos pases hacia atrás, lo que obligaba a Mauro Pittón (3) se retrase hasta la zona de los centrales para edificar una especie de tercer central adelantado, y formar una línea de cuatro para ser apoyo y salida. Con respecto al hermano menor de los Pittón, tuvo un flojo partido, es otro de los jugadores que viene sufriendo un bajón. No pudo imponerse en la marca y tampoco pudo romper líneas para pisar el área rival.

Platense, a bordo del 4-2-3-1, intentó jugar a los anticipos de los centrales de Unión, aprovechando la fragilidad defensiva del conjunto rojiblanco, especialmente por el costado izquierdo, donde Lautaro Vargas (3) no logró dar la talla. Este jugador, que en su momento mostró destellos de calidad, ha ido decayendo notablemente en su rendimiento, y especialmente desde que fue convocado de manera recurrente al seleccionado nacional Sub-20 de Javier Mascherano, algo que, aunque positivo a nivel personal y profesional, parece haberle afectado en su rendimiento con el equipo. En ataque, ya casi ni se proyecta, algo que le permitía ser una opción constante en las jugadas ofensivas, y en defensa, es claramente uno de los puntos débiles del Tate, pues, todos los rivales, con lógica, han detectado que por ese lado se pueden generar peligros, y lo peor de todo es que, en los últimos partidos, varios de los goles en contra de Unión han llegado precisamente a partir de situaciones originadas por su banda. A lo largo del encuentro, Vargas intentó enviar algunos centros, pero ninguno de ellos tuvo la dirección adecuada ni la precisión necesaria para generar peligro real en el área de Platense, lo que terminó de confirmar que su nivel actual está lejos de ser el esperado para un jugador que se supone clave en el esquema defensivo y ofensivo del equipo.

Daba la sensación que Platense estaba muy ágil, muy rápido en la mitad de la cancha. Tenía un ritmo mucho más rápido al de Unión. El Tate no se desesperó, jugó a su ritmo, lento y pasivo. Tanto Platense como Unión cada vez que recuperaban la pelota trataban de ser directos, verticales, sin mucha elaboración de pases. El calamar se estaba llenando de faltas en el comienzo del partido. Pasaban los minutos y el partido era tedioso. Nunca terminaba de arrancar. Ambos equipos se anulaban constantemente en cada intento de ataque, sin que ninguno logre imponerse ni generar jugadas de peligro. Unión intentaba adelantar sus líneas en un esfuerzo por imponer algo de presión en campo rival, pero, lamentablemente, no lograba concretar sus avances de manera efectiva, ya que sus jugadores siempre terminaban mal ejecutadas. Platense, por su parte, intentaba abrir la cancha utilizando las bandas para generar centros al área. Así, en los últimos 10 o 15 metros, las jugadas se deshacen de manera similar a lo que ocurre con su rival, sin poder transformar el dominio del balón en peligro real. Unión comienza a mostrar signos de desorden en la mitad de la cancha, dejando demasiados espacios y quedando mal escalonado, lo que permite que Platense aproveche esos huecos con mayor facilidad. No es la primera vez que Mainero se filtra entre los volantes centrales del Tate, y en esta ocasión, tras una jugada en la que recibió en un lugar privilegiado, su remate fue bloqueado por un defensor de Unión. Sin embargo, lo más llamativo de esa jugada fue la segunda oportunidad, cuando todo parecía indicar que Mainero iba a rematar al arco, pero optó por un centro desviado, sin claridad ni precisión, enviando el balón a cualquier lado. Aunque no fue una ocasión clara de gol, sí sirvió como un llamado de atención, dejando en evidencia los huecos en la defensa de Unión y la falta de concentración en momentos claves.

En estos 24 minutos, daba al sensación que Unión era un equipo que no tiene trabajo. En este año y medio, todavía no se observó una jugada preparada tanto en los balones aéreos a favor como en contra. Es un equipo que juega a lo que salga. Uno de ellos fue un claro ejemplo cuando sacó del medio Unión, y en un intento de posicionar gente en ataque, la mandó afuera. Y luego, un tiro libre de Mauro Pittón, quien estuvo negado con la pelota, terminó en las manos de Cozzani. Se iba culminando los primeros 45 minutos iniciales y no había ni una pizca de emoción o ritmo que haga que el espectador se mantenga enganchado; sin jugadas claras, sucesión interminables de pases imprecisos, movimientos lentos y situaciones que no terminaban de cuajar, dejando al hincha con la sensación nunca despegó. Se luchaba mucho más de lo que se jugaba, con una constante fricción, pero una claridad en el manejo del balón. Todo era lucha, garra y entrega, pero nada de juego fluido; no hay un solo jugador que se anime a poner la pelota contra el piso y darle un poco de ritmo a la circulación. Esto contrasta enormemente con lo que vi ayer en el partido entre Chelsea y Aston Villa, donde, a pesar de no ser un seguidor habitual de la Premier League, es imposible no notar la diferencia abismal en el estilo de juego, con un ritmo vertiginoso, juego lograba encontrar claridad en ataque. Los ingresos de Lotti y Schor fueron movimientos estratégicos para darle mayor dinamismo y frescura al frente, ya que ambos son jugadores con una notable capacidad para desequilibrar en el último tercio de la cancha. Lotti, con su velocidad y agilidad, aportó desborde y profundidad por el costado, mientras que Schor, con su visión de juego y capacidad para asociarse en los últimos metros, brindó la vitamina necesaria para intentar generar jugadas más peligrosas. Estos cambios fueron un claro mensaje de que Platense quería ir por todo, buscando soluciones ofensivas ante la falta de precisión en la creación de juego y el estancamiento que había marcado los primeros minutos del encuentro.

Segundo tiempo

Con muy poco, Platense lo metía en un arco a un Unión, que apenas lograba cruzar la mitad de la cancha. El juego del Tate se limitaba a pelotazos largos, sin ningún tipo de elaboración, buscando que Adrián Balboa (4) desde arriba, pueda peinar los balones y generar algo de peligro. Sin embargo, estos envíos siempre fueron anticipados por los centrales de Platense, que se mostraron firmes y seguros en todo momento. No obstante, en una de las pocas veces en las que el uruguayo logró imponerse, aprovechó un balón aéreo y, con gran audacia, intentó una chilena que pasó muy cerca del palo derecho de Cozzani, poniendo algo de tensión en la defensa del Calamar. A pesar de esta acción aislada, la falta de juego asociado y la dependencia del pelotazo continuaban siendo los principales problemas de Unión, que sigue sin encontrar su camino hacia el arco rival.

El tiempo se agotaba y la sensación era que el equipo estaba constantemente intentando generar errores no forzados en su rival, más que crear jugadas construidas con criterio. Recién a los 21 minutos de la segunda mitad, el Kily realizó cambios. Salió Lautaro Vargas por Patricio Tanda (2) —ya detallaremos más sobre el ex Racing— y Nicolás Orsini (5) por Mauro Pittón. Con estos cambios, el sistema táctico varió a un 4-3-3, con el desplazamiento de Nico Paz a lateral derecho. El ex Boca ingresó bien, pero luego se fue apagando. Desperdició un contraataque después de que el centrodelantero le hubiera cedido el balón a un jugador de Platense. Sin embargo, tuvo espacio para avanzar, pero no recibió el apoyo de los volantes. Luego, le puso un pase de gol a Balboa, quien disparó y fue controlado sin problemas por Cozzani.

¿Por qué mencionamos que íbamos a dejar a Patricio Tanda para el final? Porque, una vez más, y a pesar de contar con un tiempo limitado en Santa Fe, no logró estar a la altura de las circunstancias, dejando entrever su falta de adaptación al equipo y a la exigencia de la Primera División, más allá de algunos breves pasajes en el partido ante Racing que, en realidad, no fueron suficientes para justificar su presencia en el campo. Su error más evidente llegó en los últimos 10 minutos del encuentro, cuando cometió un penal infantil, totalmente evitable, al ampliar el volumen de su cuerpo y dar lugar a una mano dentro del área que fue revisada por el VAR. El árbitro Fernando Espinoza no dudó y concedió el penal, que Pellegrino ejecutó con éxito, dejando a Unión nuevamente sin capacidad de reacción. Ese momento marcó, una vez más, la desconexión total del equipo, que, al igual que Tanda, parecía estar perdido, sin encontrar el rumbo adecuado.

La sensación que dejó este partido fue de total desconcierto, como si los jugadores no supieran exactamente a qué estaban jugando ni cuál era el plan de juego que debían seguir. No se notaba una idea clara ni una identidad definida sobre el campo, lo que generaba aún más incertidumbre y preocupación. La pregunta que se planteaba con urgencia era si realmente estaban entrenando durante la semana con la intensidad y el enfoque necesario, porque en la cancha se veía claramente un equipo descoordinado, desorganizado y sin conexión entre sus líneas. Los pases eran imprecisos, las jugadas se disipaban rápidamente, y lo más alarmante era la falta de un plan de ataque coherente: la pelota se movía de un lado a otro, pero nunca se generaba una acción que hiciera tambalear al rival. Da la impresión de que los jugadores se reunían solo para los partidos, como si no hubiera una preparación detrás de cada encuentro, como si no hubiese una estrategia trazada que pudiera guiar sus acciones durante los 90 minutos.

La apatía era tan evidente que resultaba imposible ignorarla: no había intensidad, no había determinación, ni un atisbo de la garra que un equipo en dificultades debería demostrar cuando tiene algo por lo que pelear. En su lugar, se veía un equipo que, en muchos momentos, parecía desinteresado, como si esperara que el partido pasara sin involucrarse verdaderamente en el desarrollo del mismo, como si no se jugara nada. Cada vez que el equipo tuvo la oportunidad de revertir un resultado, nunca fue capaz de hacerlo. Tuvo la pelota, tocaba hacia atrás, pero siempre se quedaba sin ideas, sin una jugada clara, sin un solo destello de creatividad. Fue un constante retroceso, un equipo estancado en su propia mediocridad. Incluso cuando el partido se acercaba al final, a los 43 minutos, un desborde de Paz por derecha y un intento de rechazar de zurda de Suso casi terminan en un gol en contra, cuando la pelota pasó cerca del primer palo de Cozzani. Esa jugada, más que un susto, reflejó la falta de reacción y concentración, un equipo al borde del abismo, sin capacidad de generar peligro ni de tomar decisiones correctas bajo presión. Juega mal, pierde, juega más o menos, pierde, raramente juega bien, y también pierde. Más de lo mismo.

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