Darío Fiori
La pelota volvió a rodar en el 15 de Abril, en la casa natal de los campeones del mundo, pero lo cierto es que, por ahora, los partidos de Unión no logran generar mucho entusiasmo ni admiración. El bajo nivel general de juego de los equipos se hace evidente, y lo que predomina en el campo de juego es más la intensidad física, el poder en cada balón dividido y los experimentos en jugadas de pelota parada, que una verdadera propuesta de juego colectivo. Las victorias, en este contexto, parecen más fruto de aciertos aislados que de una estructura táctica bien armada y sólida a lo largo de los 90 minutos. Por supuesto, existen excepciones, equipos como Argentinos Juniors, Racing, que apuestan a un fútbol más trabajado y ordenado, donde el éxito es el resultado de un mecanismo colectivo bien aceitado. Pero esto es una rareza en un torneo con ¡30! participantes, donde el nivel de juego en general se resiente. Incluso grandes como River y Boca, a pesar de sus individualidades, no están exentos de defectos, y muchas veces es justamente el talento individual el que los salva.
En este contexto, ¿qué sucede con Unión? A pesar del gol de Franco Fragapane, el hincha puede sentirse algo satisfecho, pero no debe dejarse engañar. La realidad es que Unión juega cada vez peor. La línea de 5, que en su momento se pensó como una solución, no garantiza absolutamente nada, mucho menos una solidez defensiva. Es más, parece cada vez menos adecuada para este nuevo plantel. La línea de 5 debería ser un recurso para partidos puntuales, no un esquema fijo, especialmente cuando los jugadores tienen limitaciones para adaptarse a ese sistema. La falta de subida de los laterales, cuando la pelota está con los centrales, evidencia la falta de opciones de pase, lo que estanca aún más el juego. El retroceso defensivo también ha dejado de ser seguro, y con muy poco, Boca logró ser profundo y generar peligro. Unión, por su parte, apenas consiguió crear situaciones de peligro real, acumulando defensores no como una medida de fortaleza, sino como una forma de paliar sus carencias defensivas. Si bien mejoró en el segundo tiempo, le sigue faltando claridad. En resumen, el equipo sufre una anemia ofensiva preocupante y una alarmante falta de goles, que es uno de los mayores déficit que le impide pensar en una mejora considerable a corto plazo.
El Kily González, preso de sus propias palabras
«Yo quería salir campeón. Hace un año estábamos descendidos y hoy estamos acá. Después hay que ser realistas y no hablar por hablar. Es sentido común y ver la historia de cada club. Una cosa es Boca y River. Nosotros tenemos que ver lo de Unión. Es la cuarta vez la Sudamericana en 117 años de historia. Hay que soñar y ser realista. Soy el primero que quiero competir y salir campeón. Es el mensaje que bajo. A dónde está escrito que Unión no puede salir campeón. Hay que trabajar, tener cabeza, creer y tener hambre de gloria», fue lo que declaró en varias oportunidades el DT.
Desde la época de Leonardo Carol Madelon que no había un entrenador que el hincha se sienta identificado. Pero esas palabras iniciales de ilusión se contraponen con las decepciones que provoca el rendimiento de su equipo. Desde sus primeras declaraciones, el Kily logró encender la esperanza de los hinchas con una visión de fútbol prometedora, un proyecto que apuntaba a mejorar la imagen y el nivel del club. Sin embargo, al mirar el rendimiento en cancha y las decisiones que se toman desde la dirección técnica, surge una sensación de desconcierto y desilusión.
El plantel actual, si bien renovado en buena parte, no logra consolidarse sólido y competitivo, cuando tiene que dar el verdadero salto de calidad, algo que esté cronista debatió hasta el hartazgo. Más allá de las incorporaciones (el tiempo dirá si son refuerzos), la única verdad es la realidad. Y la realidad indica que este equipo presenta carencias que no se pueden justificar únicamente por el proceso de adaptación a una nueva temporada. El rendimiento físico, que es fundamental en un fútbol cada vez más vertiginoso, parece ser una de las principales falencias del equipo. La falta de intensidad en el juego, sumada a la imprecisión técnica de muchos jugadores, genera una desconexión con la ilusión inicial que el Kily había sembrado. No es un detalle menor que, en partidos claves como el enfrentamiento contra Estudiantes, el equipo no haya mostrado una respuesta acorde al nivel que se le exige, y menos aún si consideramos el contexto de un equipo que, por su participación en competiciones internacionales, debería estar mostrando una mayor madurez y solvencia táctica.
Lo más preocupante, sin embargo, es que el entrenador parece estar perdiendo la capacidad de dar respuestas claras frente a la adversidad. Tras su llegada a Santa Fe luego de lo que fue la renuncia de Sebastián Méndez en 2023, historia que todo futbolero conoce, siempre adoptó por una línea de cinco defensores que no logró funcionar. Hoy en día depende de lo que pueda hacer un joven de 19 años (caso Jerónimo Domina), para sostener el ataque de un equipo que dentro de un par de meses jugará Copa Sudamericana. Da la sensación que pasa. tiempo y Unión no mejora en absoluto. Refleja un fútbol previsible y falto de ideas. Más allá de las críticas que puedan surgir por la falta de refuerzos, lo cierto es que no parece haber una estructura de juego que permita a los jugadores rendir a su máximo nivel. ¿Qué están trabajando en los entrenamientos? ¿Por qué los jugadores no responden a las expectativas? Son preguntas que deben responderse si el Kily González quiere continuar al frente del equipo.

Van dos partidos. Tampoco hay que ser extremista, pero cabe destacar que es un torneo corto, de 14 fechas en el cual clasifican los mejores ocho a los octavos de final. El Kily tiene la responsabilidad de corregir los errores tácticos y de gestionar de manera efectiva a sus jugadores, no solo en el campo, sino también fuera de él. Hablar de frustración por no haber viajado en avión, mientras el equipo sigue sin encontrar su identidad en el campo, parece ser una respuesta evasiva ante la falta de resultados. Unión necesita trabajo físico, trabajo de campo y, probablemente, más variantes tácticas. También necesita que el Kily González tome decisiones más audaces, que busque alternativas, que piense en un sistema más flexible y que no dependa únicamente de una fórmula que ya se ha demostrado insuficiente. La situación de los jugadores jóvenes, que muestran destellos de calidad, pero carecen de la consistencia necesaria, y los experimentados, que no terminan de asumir el liderazgo que se les exige, refleja la falta de una propuesta colectiva que impulse al equipo hacia adelante.
La conclusión es que, aunque el proceso lleva casi dos años, las críticas hacia el Kily González se deben realizar con responsabilidad y objetividad. El hincha de Unión tiene derecho a exigir más que palabras, y el técnico debe asumir que la ilusión que generó no será eterna si el equipo no responde en la cancha. La promesa de un fútbol diferente, más dinámico y competitivo, está en sus manos. El Kily González tiene la oportunidad de demostrar que no sólo sabe hablar, sino que también sabe transformar su visión en resultados concretos. El tiempo dirá si realmente tiene lo necesario para hacerlo, o si, lamentablemente, perderá la confianza del hincha y del plantel, como ya le está ocurriendo. El desafío que enfrenta el Kily González no es menor. En un club como Unión, donde la exigencia siempre está a la orden del día, no basta con un buen discurso ni con promesas de cambio. El hincha, siempre apasionado y exigente, no perdona la falta de entrega ni la falta de resultados, sobre todo cuando el equipo es incapaz de mostrar una idea clara de juego y una identidad definida. La frustración es palpable, y cada partido sin respuesta es una oportunidad perdida para afianzar una confianza que hoy se tambalea.
El principal problema parece estar en que el Kily, a pesar de su buena predisposición y su capacidad para generar entusiasmo, aún no logra transmitirle al equipo una forma de juego efectiva, adaptable y coherente con el nivel que exige la competencia. Si bien el técnico ha apostado por un sistema conservador, con una línea de cinco defensores, la realidad es que este esquema no ha sido lo suficientemente sólido ni en defensa ni en ataque. Además, la decisión de depender de un delantero joven y con poca experiencia en primera división, más allá de sus cualidades, ha dejado al equipo demasiado expuesto. En este tipo de partidos, donde la competencia es feroz, las tácticas conservadoras o las formaciones rígidas suelen ser un arma de doble filo. Enfrentarse a rivales como Estudiantes, con su ritmo de juego y su organización táctica, requiere de un planteo mucho más audaz y dinámico, algo que no se ha visto en la propuesta del Kily.
Pero más allá de la táctica, la cuestión física es otro de los puntos débiles que ya es imposible pasar por alto. El fútbol moderno exige a los equipos estar al máximo nivel en cuanto a condiciones físicas se refiere. En este sentido, Unión parece estar a la deriva, especialmente cuando se enfrenta a equipos que cuentan con mayor preparación y fuerza en ese aspecto. La falta de una base sólida en el trabajo físico se traduce en un equipo que no logra mantener la intensidad durante los 90 minutos, y eso es un problema estructural que debe abordarse de manera urgente. El clima de incertidumbre crece, y lo que en un principio parecía ser un proyecto esperanzador, ahora se empieza a teñir de dudas. En este sentido, la figura del entrenador se ve cada vez más cuestionada, y no sólo por la afición, sino también por el propio plantel, que se ve afectado por los pocos resultados concretos que se han conseguido hasta el momento. Las promesas de un fútbol renovado, basado en una estructura táctica moderna y efectiva, deben ser acompañadas por hechos. Los jugadores, por su parte, también tienen una gran cuota de responsabilidad en este proceso, ya que, sin su compromiso y dedicación, la teoría no será suficiente. Sin embargo, son los técnicos quienes deben moldear las herramientas, generar la confianza y, sobre todo, ser los responsables de que ese engranaje funcione.
El tiempo está en contra del Kily González. Aunque todavía estamos al principio de la temporada y hay margen para mejorar, la paciencia tiene un límite. El hincha de Unión no está dispuesto a esperar eternamente por una promesa que no se concreta. El fútbol es un deporte de resultados, y si el Kily González no logra dar señales claras de mejoría en el corto plazo, la presión se incrementará. Los refuerzos, el trabajo físico y táctico, y la capacidad de adaptación serán los factores que definan si el proyecto del Kily es viable o si, por el contrario, la frustración y el desencanto se apoderan del club. En sus manos está cambiar la historia, pero para eso deberá hacer mucho más que hablar. Necesitará transformar las palabras en hechos, y los hechos, en victorias. Solo así podrá recuperar la confianza perdida y demostrar que, de verdad, está a la altura de la responsabilidad que asumió.
El mercado de pases, de mayor a menor
Si comparamos este mercado de pases con el prácticamente inexistente en la temporada anterior, la diferencia es abismal para Unión. En esta ocasión, llegaron ocho nuevos refuerzos (Ham, Angulo, Mauricio Martínez, Fragapane, Tagliamonte, Arturia, Colazo y Julián Palacios) y, además, se renovaron los contratos de jugadores clave como Corvalán, Thiago Cardozo y Bruno Pittón. Aunque es cierto que varios futbolistas dejaron el club, lo importante es que, a diferencia de lo ocurrido en el mercado anterior, el presidente comprendió la necesidad de reforzar el equipo y tomó las decisiones necesarias para cumplir con las expectativas del entrenador. Este último, durante la temporada pasada, expresó en diversas ocasiones su malestar, dejando en claro que podría abandonar el club si no se cumplían sus exigencias. Sin embargo, la relación de confianza y compromiso entre el cuerpo técnico y los jugadores logró superar esas tensiones, y el técnico decidió quedarse para seguir construyendo un proyecto con el plantel profesional.
Será en la cancha donde realmente se pueda evaluar si Unión es un equipo mejor o peor que el del año pasado. Los verdaderos indicadores serán los rendimientos y los resultados cuando comience a rodar el balón en los partidos oficiales. A primera vista, parece que aún hay un área a mejorar: la ofensiva. En el mercado anterior, se fueron jugadores como Orsini, Balboa y Morales, todos ellos centros delanteros que cumplían un rol fundamental en el esquema del equipo. Aunque llegaron refuerzos como Colazo y Angulo, parece que Unión aún podría estar necesitando un atacante con características similares a las de Orsini, es decir, un delantero de potencia y presencia en el área, por lo que no se descarta que el club siga buscando a ese tipo de jugador.
En paralelo, no se debe restar importancia a los jóvenes talentos surgidos desde las inferiores, quienes también están mostrando su capacidad para pelear por un lugar en el primer equipo. Jerónimo Domina, por ejemplo, demostró su valía y cuenta con la confianza del entrenador. En un amistoso contra Atlético Tucumán, jugado en Montevideo, fue el jugador más adelantado de su equipo, destacándose en un esquema que mostró variaciones tanto en la distribución de los jugadores como en la dinámica del juego. Su presencia en el once titular para el próximo encuentro contra Estudiantes podría ser una realidad, dependiendo de las decisiones tácticas del técnico.
En el tema de refuerzos, uno de los puntos más discutidos fue la permanencia de Franco Pardo. El Kily fue claro al respecto, afirmando que no veía ninguna posibilidad de que el defensor dejara el club. Sin embargo, desde la dirigencia no son tan rotundos en cuanto a su continuidad, ya que Pardo cuenta con una cláusula de salida. Si otro club paga la cifra estipulada, podría llevarse al jugador. La situación se mantiene abierta hasta el cierre del mercado de pases, aunque el técnico sigue considerando a Pardo como un pilar fundamental en la defensa.
Por último, un dato relevante en la actualidad de Unión es la gran cantidad de futbolistas surgidos de las inferiores que integran el plantel. De los 29 jugadores convocados por el Kily para la serie de amistosos contra equipos de Uruguay, 19 tienen pasado en las divisiones juveniles del club. Esto refleja la importancia que el técnico le da a la promoción de talentos locales, aunque también subraya que, en la competencia por un lugar en el primer equipo, los juveniles tendrán que pelear con jugadores experimentados. En este contexto, jugadores como Mateo del Blanco y Jerónimo Domina se perfilan como las grandes promesas, aunque aún deberán demostrar su capacidad para disputar la titularidad.
El tiempo dirá. Este fue un mercado de pases que al principio parecía que iba a sorprender, terminó siendo apenas decente y, en muchos aspectos, tirando a mediocre. Las expectativas eran altas, había algunas buenas señales, pero la realidad es que, al final, no logró reforzarse como se esperaba. Y esto es aún más notorio cuando se observa el calendario que se viene: un año con compromisos duros, con un calendario exigente que lo va a prueba en cada rincón. En ese contexto, la sensación es que se quedó cortos. No sólo en calidad, que también, sino en cantidad, algo fundamental si se busca afrontar un torneo largo y con tantas exigencias. A falta de algunos refuerzos clave, se quedó con la sensación de que las oportunidades pasaron y que no supo aprovecharlas. Esto, claro, se siente en el aire: el equipo tiene potencial, pero en cuanto a recambios y variantes, está en desventaja. Ahora, habrá que ver cómo se gestionan los tiempos y las fuerzas, porque si algo quedó claro con este mercado es que no hay mucho margen de error, ya que finaliza este viernes.
Por las dudas aclaro: no creo que Marcelo Estigarribia sea la solución. Es un jugador regular, de esos jugadores que terminan siendo más un parche que una respuesta. Lo veo en la misma línea que Adrián Balboa, un pase que más que aportar, parece un intento por salir del paso, sin pensar realmente en mejorar la calidad del equipo. Lo que molesta de todo esto es la constante negociación sobre el límite, siempre a las apuradas, sin tiempo para planificar bien. Eso, al final, te lleva a la desesperación y a traer cualquier cosa, lo que termina siendo un parche más que una verdadera solución. La ansiedad de cerrar contratos a última hora termina jugando en contra, porque no se logran encontrar los refuerzos que realmente puedan marcar la diferencia. Y así, con esas decisiones apresuradas, nos quedamos con una plantilla que sigue teniendo carencias. Lo ideal es pensar en un proyecto sólido, con fichajes pensados a largo plazo, no ir tapando huecos a último momento.
La diferencia entre plantel y otro
Hoy quedó demostrado varias cosas. Una de ellas es la diferencia de jerarquía entre planteles, a pesar de que el Xeneize no contó con algunos jugadores de renombre, como Ander Herrera. Las derrotas siempre pegan mal, y no solo para los jugadores y el cuerpo técnico, sino también para los hinchas, que tienen la esperanza de ver a su equipo tocar el cielo. Sin embargo, haber sumado uno de seis ante Estudiantes (1-3) y Boca (1-1), dejaron una lección clara: más allá de la pobre cosecha, hay algo que muchos preferían no ver, o, directamente, ignorar. La principal enseñanza es esta: Unión no tiene el plantel que algunos pensaban. Por más que se crearon ilusiones con lo que hizo el equipo en el torneo pasado, la realidad es que aún falta para consolidarse como un verdadero candidato. Y lo más preocupante es que esa falta de jerarquía, que ya se había señalado, salió a la luz contra rivales como Estudiantes y Boca. La dirigencia no sumó refuerzos de calidad, y esa carencia se traducirá en un rendimiento irregular que, en partidos importantes, no alcanza para competir contra los equipos de mayor nivel. Es importante entender que el fútbol no se construye solo con buenas intenciones o con jugadores que, por más que dejen todo, no tienen la capacidad técnica y táctica para dar un salto de calidad. El fútbol argentino está cada vez más parejo, y los clubes que se mantienen arriba son los que logran equilibrar el plantel con futbolistas de jerarquía que marcan la diferencia en los momentos clave. Unión, por su parte, sigue dependiendo en gran parte de los mismos jugadores que participaron el año pasado, con algún retoque, pero sin refuerzos que le den la posibilidad de soñar con un futuro inmediato lleno de gloria. Si bien se puede decir que el equipo ha mostrado una ligera mejora respecto a la temporada anterior, no nos engañemos: las expectativas en torno al plantel no son realistas. La falta de jerarquía es, sin dudas, la principal limitante, y eso quedó claro en los últimos partidos contra Estudiantes y Boca.

Lo que vimos en esos encuentros nos muestra que, si bien el equipo tiene jugadores con condiciones, no son suficientes para mantener una consistencia a lo largo del torneo. Hoy Unión estará para ganar un partido, perder dos y así sucesivamente. La diferencia de nivel con los equipos más grandes del campeonato es notoria, y las derrotas deben ser una advertencia para aquellos que creían que el equipo podía dar un salto sin grandes refuerzos. Las caídas ante estos rivales no solo evidencian la falta de profundidad del plantel, sino también las limitaciones para afrontar partidos exigentes donde la calidad de los jugadores marca la diferencia. El fútbol no perdona, y la competencia es cada vez más dura, mientras que las expectativas de los hinchas, en su mayoría, están desconectadas de lo que realmente el equipo puede ofrecer. La reflexión tiene que ser profunda y aceptar que, para competir con los grandes del fútbol argentino, Unión tiene que hacer un esfuerzo serio en el mercado de pases y sumar jugadores de jerarquía que aporten calidad y experiencia. Sin un plantel más robusto, el equipo seguirá a la sombra de los clubes más poderosos, por más que no falte entrega y esfuerzo.
Un primer tiempo de Unión para el olvido
¿Qué se puede decir del primer tiempo de Unión? Una vez más fue para el olvido. De nuevo, dejó una sensación de deuda. Fue otro partido en el que Tatengue salió desconectada desde el arranque, sin la intensidad y el compromiso que exige este tipo de encuentros. Algo pareció fallar a la hora de despertar en los primeros minutos, y nuevamente lo pagó caro. Este Unión necesita urgentemente cambiar de despertar, porque el que utilizó en su visita a La Plata, ante Boca y en el partido del año pasado ante Boca en La Bombonera no funcionó. En la conferencia de prensa ante Estudiantes, el Kily dijo que «al fútbol no se juega caminando». Cobró cada vez más sentido, porque pareció que el tampoco entendió el mensaje. El equipo repitió los mismos errores de siempre: salir dormido al campo de juego y, como resultado, quedó expuesto a los rápidos y letales ataques del rival.
Volvió a sufrir una falta alarmante de concentración en los primeros minutos, y cuando esto ocurre, el resultado es casi siempre el mismo: se ve obligado a rematar desde atrás, contra la corriente. Las mismas falencias se repiten y la situación no mejora en absoluta. Esta vez, el baldazo de agua fría llegó en los primeros minutos cuando un despeje corto de la defensa tatengue dejó servido el balón para Marcelo Saracchi, quien aprovechó la oportunidad y anotó un bombazo tras un centro desde el lateral de Lucas Blondel, que nada pudo hacer Thiago Cardozo (6). Desde hace tiempo que tácticamente es predecible y desordenado. Antes del 0-1, salteaba constantemente las líneas, sin poder generar juego asociado, ni triangulaciones por el medio ni por las bandas. No se veían ideas claras ni un patrón de juego que permitiera a los jugadores combinarse de manera efectiva. Parecía que los jugadores no encontraban cómo llegar con peligro al área rival, mientras que Boca, por su parte, mostraba una velocidad y transiciones rápidas de defensa a ataque. El equipo de Fernando Gago con sus volantes adelantados, aprovechaba estos espacios que dejaba Unión y lograba progresar con agilidad a través de la mitad de la cancha.
La diferencia entre ambos equipos era evidente no solo era en la claridad en sus jugadas, sino también en la dinámica con la que se movían en el terreno de juego. Boca, sin ser brillante, fue efectivo y supo cómo sacar provecho de las debilidades del Tate. En cambio, Unión no encontraba respuestas. No solo en el planteo táctico de Kily estaba en dudas, sino también la actitud y la capacidad de sus jugadores para reaccionar a tiempo en situaciones claves. Lo cierto es que este primer tiempo dejó la sensación de que Unión tenía mucho por corregir. No basta con mostrar voluntad en la segunda mitad, porque el fútbol no entiende de segundas partes que pretendan rescatar lo irrecuperable. Necesitan, de una vez por todas, arrancar desde el principio con la misma intensidad y concentración que requieren los partidos de esta magnitud. En apenas siete minutos, Boca había generado más llegadas de peligro y estaba más cerca del 2-0, que Unión de empatar. Tuvo dos posibilidades de aumentar Alan Velasco. Primero, definió de afuera del área en el ataque, la pelota rozó en un rival y se fue por encima del travesaño. Tras el córner, intentó otra vez de media distancia y el balón salió junto a un palo.
Uno suponía que Unión iba a reaccionar, pero no fue así. Se lo vio paralizado, sin ideas. Las falencias en las pelotas detenidas son una constante en este equipo. Esta debilidad no es algo nuevo; es algo que viene arrastrando desde la era de Gustavo Munúa como entrenador. Una y otra vez, Unión sufrió con los rebotes y con la falta de contundencia al momento de defender o aprovechar las pelotas detenidas. Lo que también quedó demostado es que este equipo carece de ritmo. En un futbol tan dinámico y vertiginoso, Unión juega como si estuviéramos en la década del 60. Todo era lento, cansino, sin opciones de pases claras, sin jugadores que se muestren y sin una idea clara de juego. Era un equipo que parecía estar atrapado en una pausa interminable, como si no supiera cómo acelerar, cómo darle ese toque de frescura y velocidad que tanto se necesita. En toda la primera mitad, Unión no pateó al arcó, algo que es alarmante. El único que se mostró y que pidió la pelota en toda la primera etapa fue Mauricio Martínez (6) en un momento donde Unión era un caos futbolísticamente. Era un equipo desorientado, inconexo, perdido. No había nadie que se haga cargo del juego. Si la pelota no pasaba por el ex Rosario Central, nadie se hacia responsable. Comenzó jugando de volante por derecha, por momentos ocupó la zona central del campo, y también había pasajes del partido que jugaba como interno por la izquierda. El poco tiempo que Unión estuvo en partido y disputando la tenencia de la pelota se vio a un equipo distinto en el manejo del balón: un poco más pausado, pero también más claro. Le faltaría ser un poco vertical y entender cuando tiene que cambiar el ritmo. Y este aspecto, sin abandonar la natural dinámica e intensidad que siempre caracterizó al equipo, puede favorecerlo. O al menos darle elementos para que haya más claridad en la administración del balón, y más variantes para llegar con posibilidades al arco rival.

Mauro Pittón (5) cumplió con su habitual despliegue físico, destacándose en las primeras etapas del encuentro con su capacidad para correr y presionar al rival. Desde el arranque, mostró esa intensidad característica que lo define como un jugador combativo. Sin embargo, en el transcurso del partido, se lo vio algo perdido en la zona media, donde no logró encontrar su lugar ni asociarse con claridad con sus compañeros, lo que generó cierta desorganización en el juego en esa parte del campo. A pesar de estos inconvenientes, con el paso del tiempo, el hermano menor de los Pittón logró acomodarse mejor y se plantó con mayor firmeza en la mitad de la cancha. Su adaptación al flujo del juego permitió que comenzara a aportar de manera más eficaz en la recuperación del balón. Por otra parte, por el costado izquierdo, Lionel Verde (4) tuvo dificultades para entrar en el ritmo del partido y no logró estar a la altura de las expectativas. El Kily González le dio una responsabilidad enorme al hacerle vestir la camiseta número 10 de Unión, un número que en su historia ha sido usado por grandes figuras como Luis Abdeneve y Darío Gabriel Cabrol, quien, dicho sea de paso, fue el último «10» con clase que tuvo el equipo tatengue. Este era un encuentro propicio para que el chico pudiera mostrar sus condiciones, pero lamentablemente no pudo asumir el rol esperado. A lo largo del partido, le costó ser desequilibrante, algo que se espera de un jugador que ocupa esa posición clave en la cancha. No fue preciso con el balón y, en lugar de encargarse de la creación del juego, se mostró más preocupado por la recuperación, lo que lo desvió de su función principal como generador de jugadas ofensivas.
A bordo del 3-4-3, Gago buscó el control de la pelota en la mitad de la cancha. Con Williams Alarcón y Tomás Belmonte en el medio, el Xeneize contó con dos futbolistas con capacidad de recuperación y distribución, lo que le permitió a Boca manejar el ritmo del partido. Estos dos mediocampistas, si bien no fueron los más creativos en cuanto a la elaboración de jugadas, sí tuvieron un perfil de equilibrio defensivo y de trabajo constante para recuperar balones y darle dinámica a la circulación del juego. La presencia de Alarcón y Belmonte permitió que los laterales-volantes, Blondel y Saracchi, se incorporaran al ataque sin que el equipo perdiera el control del mediocampo. Este tipo de sistema permitió que el equipo de Gago dominara el espacio central, y a su vez, le dio solidez en la fase defensiva, ya que cuando uno de los volantes subía, el otro quedaba cubriendo el centro. De este modo, el equipo mantuvo la estructura defensiva sin desbalancearse, lo cual fue crucial para no quedar expuesto a contragolpes.
Otro aspecto fue la flexibilidad y la amplitud en el juego ofensivo. Al tener tres defensores centrales, Boca permitió que sus laterales-volantes, como Blondel y Saracchi, subieran constantemente por las bandas sin comprometerse demasiado a nivel defensivo. Estos jugadores, por su velocidad y capacidad de desborde, se convirtieron en los protagonistas en los primeros metros de ataque, abriendo el campo y generando opciones de pase tanto por fuera como hacia adentro. En este sentido, la amplitud que ofrecieron estos laterales permitió que los extremos (Zeballos, Merentiel y Velasco) se ubicaran de forma más centrada, sin la obligación de ir siempre a la banda, lo que les dio la posibilidad de moverse hacia el área y asociarse más fácilmente entre ellos. El esquema permitió que el equipo tuviera siempre una salida amplia, pero sin perder el equilibrio en el ataque, ya que los defensores centrales cubrían esas subidas. Además, la capacidad de los laterales para retornar rápidamente les dio seguridad defensiva cuando se perdió el balón, asegurando que el equipo no quedara desprotegido.
A medida que transcurrían los minutos, se volvía evidente la inseguridad de Unión cada vez que se hacía con la pelota. Cada vez que el balón llegaba a sus pies, había una notoria falta de audacia para buscar una jugada vertical que pudiera romper con la monotonía del juego. En lugar de arriesgar, preferían recurrir a pases laterales o hacia atrás, dificultando la transición hacia el ataque. Los tres centrales del Tate estuvieron con la pelota. Si bien es cierto que van dos fechas del Torneo Apertura, y que no se puede ser tan tajante a la hora de analizar los partidos, pero resulta inentendible que Nicolas Paz (2) siga siendo titular. No tiene ningún argumento futbolístico. Le faltó decisión en todos sus avances, todos los pases fueron hacia atrás, y esto permitió que Boca pueda reorganizarse defensivamente. Hubo momentos en los cuáles el hincha perdió la paciencia con él.
En la previa a este partido, se conoció que Franco Pardo (4) permanecerá en la institución rojiblanca, por lo menos seis meses más. El Kily fue claro al respecto, afirmando que no veía ninguna posibilidad de que el defensor dejara el club. Sin embargo, desde la dirigencia no son tan rotundos en cuanto a su continuidad, ya que Pardo cuenta con una cláusula de salida. Si otro club paga la cifra estipulada, podría llevarse al jugador. La situación se mantiene abierta hasta el cierre del mercado de pases, aunque el técnico sigue considerando a Pardo como un pilar fundamental en la defensa. Pero su rendimiento estuvo lejos de ser el mejor. Se lo vio errático en la salida. Siempre se destacó por su primer pase. En ningún momento fue preciso. Abría las manos para pedir por favor que alguien se desmarque. Llegó a tomar la lanza, no obstante, le faltó socios que hubiese entendido lo que requería la jugada. Generó la primera aproximación clara del partido a los 42 minutos del primer tiempo con un cabezazo que se fue arriba del travesaño. Perdió una pelota increíble en la mitad de la cancha, que originó en un mano a mano que desperdició Kevin Zenón. Otro de los que no logra levantar su rendimiento fue Claudio Corvalán (3) .Le costó asociarse de manera efectiva con Bruno Pittón en el costado izquierdo. Además, el capitán cometió varios errores de pase, lo que complicó aún más el desarrollo del juego. Estas imprecisiones no solo interrumpieron el ritmo del equipo, sino que también brindaron oportunidades a la defensa rival para recuperar el balón con mayor facilidad.

Boca buscó atacar con pelotazos profundos a las espaldas de Francisco Gerometta (4). De hecho, el Xeneize le propuso el tándem, la sociedad con Velasco y Saracchi, el autor del gol. A bordo del 3-4-3 que planteó Fernando Gago, fue la flexibilidad y la amplitud en el juego ofensivo. Al tener tres defensores centrales, Boca puede permitir que sus laterales-volantes, como Blondel y Saracchi, suban constantemente por las bandas sin comprometerse demasiado a nivel defensivo. Estos jugadores, por su velocidad y capacidad de desborde, pueden convertirse en los protagonistas en los primeros metros de ataque, abriendo el campo y generando opciones de pase tanto por fuera como hacia adentro. En este sentido, la amplitud que ofrecen estos laterales permite que los extremos (Zeballos, Merentiel y Velasco) se puedan ubicar de forma más centrada, sin la obligación de ir siempre a la banda, lo que les da la posibilidad de moverse hacia el área y asociarse más fácilmente entre ellos. El esquema permite que el equipo tenga siempre una salida amplia, pero sin perder el equilibrio en el ataque, ya que los defensores centrales deben cubrir esas subidas. Además, la capacidad de los laterales para retornar rápidamente les da seguridad defensiva cuando se pierde el balón, asegurando que el equipo no quede desprotegido. En el segundo tiempo, no sufrió inconvenientes, ya que el Tate se adueñó territorialmente, aunque no lastimaba. Se animó a desbordar bastante por su sector, aunque sus centros no iban a la dirección exacta. Participó del gol de Fragapane.
La presión de Boca se volvía asfixiante en cuanto Unión cruzaba la mitad de la cancha. Los espacios se cerraban rápidamente y las opciones escaseaban. Era como si cada pase estuviera condicionado a retroceder, una y otra vez, sin poder encontrar un resquicio donde pudiera avanzar. Aunque Unión mostraba ímpetu, ganas y una determinación inquebrantable, la falta de claridad en su juego era evidente. No era suficiente para desordenar a un Boca que, a pesar de no ser tan deslumbrante en lo táctico, había logrado emparejar la situación a base de corazón y amor propio, pero no mucho más. El cambio de esquema le vino como anillo al dedo a Boca. La defensa, liderada por un Battaglia que estaba acostumbrado a moverse con ligereza y flexibilidad, se mostró sólida y segura. Arriba, la intensidad de Alan Velasco que funcionaba como el motor en la transición ofensiva, constantemente creando opciones y generando peligro. Pero, sin duda, lo más destacado era el recorrido de Saracchi y Blondel por las bandas. El Xeneize tenía control total del juego. Con mucha actitud. Se buscaban, se animaban a rematar al arco. Controlaba las acciones. Estaba bien parado y se sentía confiado. Era mucho más profundo Boca con los laterales lanzados. Otra dinámica y más movilidad.
Boca se quedó en el segundo tiempo, no lo pudo liquidar y lo amargó Fragapane
El Kily metió mano en el equipo. Adentro Lucas Gamba, afuera Jerónimo Dómina (4), quien continúa sin lograr levantar su nivel de juego, lo que genera una creciente preocupación tanto en el cuerpo técnico como en los hinchas. Es un jugador al que se le tiene mucha fe, y a menudo el público deposita grandes expectativas en él, pero hasta ahora no ha podido justificar esa confianza. A pesar de que el entrenador le ratifica su lugar en el once titular en cada partido, el chico del IPEI está lejos de poder cumplir con los requerimientos del DT y de responder a las necesidades del equipo. En este encuentro, su influencia fue casi nula, ya que no pesó en ataque en ningún momento y no tuvo situaciones claras para poder convertir. Además, su rendimiento fue tan bajo que fue reemplazado en el entretiempo, lo que refleja la insatisfacción con su desempeño. A lo largo de la primera mitad, se mostró perdido en los duelos individuales, perdiendo la mayoría de los enfrentamientos con los tres defensores centrales que planteó Fernando Gago: Di Lolo, Rodrigo Battaglia y Ayrton Costa.
Por otra parte, Gago lo sacó a Exequiel Zeballos, que no logró desequilibrar, y lo metió a Kevin Zenón, que fue muy aplaudido, por aquel tiro libre que le dio la salvación a Unión ante Tigre el 25 de noviembre de 2023. La tónica no cambiaba en el segundo tiempo. Unión hacía uso de la tenencia de la pelota para luego terminar con pelotazos profundos, que no terminaban en ningún lado. Siguió sin tener conexión en los últimos 25 metros de terreno de campo. Fallaba en los últimos metros. A diferencia de lo que fue el año pasado, Unión perdió explosión, movilidad, dinámica. Es otro equipo. Si bien tampoco lucía o brindaba un fútbol de alto vuelo, pero esta clase de partidos lo sacaba adelante a través de presión alta, con ganas, con carácter. Era un equipo pastoso. Por eso, a los 10 minutos, el Kily volvió a realizar dos variantes con la entrada de Franco Fragapane (7) y Julián Palacios (5). Este periodista quien realiza estas líneas estaba muy sorprendido. Era un equipo muy largo cuando tiene que recuperar la pelota, y encima cuando tiene que acelerar, va para atrás, y cuando tiene que ir para atrás, va para adelante. Se retiró Verde por Fraga, y Palacios por Paz, cambiando el sistema táctico a un 4-4-2. ¿Y Boca? Boca se juntaba para tocar la pelota en campo rival. Siempre había un jugador libre, pero aún no remataba el partido. Pareciera que jugaba con un jugador más por la facilidad de juntar pases. Unión hacía sombra y estaba totalmente desconectado, a quien no se le caía una idea cuando tenía la pelota. Con muy poco, Boca lo ganaba. Se defendía bien, pero no lograba liquidar el trámite. No sufría en lo absoluto, porque el Tate tenía el balón, pero no lo inquietaba.

Con el correr de los minutos, el partido era ordinario. Ni Boca ni Unión podían dar dos pases consecutivos. Unión se mostraba como dominador territorial, pero no tenía claridad. Estos partidos eran los típicos en los cuales el Tate puede tener hasta la pelota hasta mañana, que no le iba a marcar un gol. A los 20′, Ezequiel Ham (5) ingresó por Mauricio Martínez para intentar darle algo de fútbol, algo que adoleció en estas dos fechas; intentó con un remate de media distancia, tiene buena técnica y quizás le falta mayor movilidad. Al fin alguien que se animaba a patear al arco. Tantos toqueteos no servían. Cuando no se puede entrar con pelota dominada, había que probar desde afuera del área. Un par de minutos después, Merentiel y Alarcón salieron para los ingresos de Rey Domenech y Giménez en Boca. Por su parte, Unión le daba descanso a Bruno Pitton y toma su lugar Mateo Del Blanco. Antes, Ezequiel Ham reemplazó a Martínez. El punto de inflexión del 1-1 termina siendo el minuto 33. Boca le terminó perdiendo la vida a Unión. Sin hacer un gran partido, Thiago Cardozo (6) fue uno de los puntos altos que tuvo el empate ante Boca. Cuando el partido estaba 0-1, el uruguayo le tapó un mano a mano a Zenón. Un gran pase largo de Palacios dejó a Zenón con el camino libre para llegar al área mano a mano con el arquero, pero el mediocampista definió al cuerpo de Cardozo. Boca se perdió la más clara del segundo tiempo. Un par de minutos después, le ganó el duelo al exUnión. En un contragolpe, el oriundo de Goya recibió por la derecha, se acomodó y probó desde afuera del área, pero el exarquero de Peñarol estuvo atento y se quedó con la pelota arrojándose.
En las redes, se hicieron eco de la jugada que alguna vez erró José Luis Marzo en un Unión-Lanús. “Fue un mano a mano en un arco que para mí tiene mucha historia por los goles que hice, los que erré, de las puteadas que me comí, pero en ese momento ver toda la hinchada ahí de gente que antes del partido coreaban tu apellido, hasta el día de hoy me acuerdo y se me pone la piel de gallina. Quería pegarle con tres dedos y le pegué mal. Ese partido me hizo un cambio terrible”, recordó. Sobre el final, el Kily mandó a la cancha a Mateo del Blanco (-), un jugador que no logra poder rendir o estar a la altura de las circunstancias. No pudo ejecutar un centro preciso, perdió pelotas en defensa. No tuvo desborde, no llega hasta el fondo. Retrocedió muchísimo, porque no tiene con quien jugador. Todo mal hizo. Unión atacaba, Boca se defendía. Llovían los centros sobre el área de Boca, que no encontraba la pelota ni las marcas. Unión insistía y buscaba con ímpetu. Sufría el Xeneize con la mayoría de sus jugadores en su propio campo. Hasta que a los 46′, Fragapane tomó un rebote adentro del área y no perdonó a un Boca con muchas grietas. Empató Unión en el segundo minuto de descuento. Debe mejorar y mucho fundamentalmente en ataque, ya que en los dos partidos le costó y mucho generar y además los que llegaron deberán acoplarse al equipo. Un punto importante para calmar las aguas, enderezar el rumbo y tomar un poco de aire en este comienzo de año que tanta ilusión despertó en el hincha rojiblanco.
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