Por Darío Fiori
El fútbol transita su época menos disociada de la tecnología. Los entrenamientos cuentan con drones, futbolistas monitoreados por sistemas GPS, chips en las pelotas que triangulan información con antenas dispuestas en los vértices del campo para alertar al árbitro si la pelota cruzó la línea. Incluso los refuerzos ahora responden a las métricas generadas por los dispositivos que cada jugador lleva en un sujetador de lycra. La anécdota del entrenamiento con chapitas de gaseosa y corchos, revelada por Ubaldo Matildo Fillol en una entrevista con Clarín, parecía ser el último vestigio analógico en la preparación de un futbolista. Sin embargo, un relato aún más curioso apareció cuando se conoció la historia de Diego Armando Díaz. El delantero, que se preparaba para llegar a Unión, entrenaba en las postas públicas de una plaza o en una canchita de tierra, usando botellas de Fernet en lugar de conos.
Díaz debutó en Primera División a los 23 años, con la camiseta número 29 en la espalda, y a los cinco minutos de juego ya estrellaba un remate en el travesaño. Pero, ¿cómo llegó un futbolista sin recorrido en las inferiores de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) a la Primera? La respuesta tiene varios componentes, pero uno es obvio: los goles que anotó despertaron el interés de Unión de Santa Fe. Con 47 goles en 43 partidos de la Liga Ceresina, un torneo regional que agrupa equipos de Ceres y alrededores en Santa Fe, Díaz dio el salto a la Liga Profesional de Fútbol (LPF). Pero su historia comenzó más al norte, en Los Frentones, Chaco. Cuando su madre completó las preguntas del Censo en 2001, estaba a menos de dos meses de parir a su noveno hijo, al que llamó Diego, por Maradona, y Armando, por un tío. Nació el 10 de enero de 2002, un mediodía que el termómetro marcó 50 grados, y no fue contabilizado entre los 4.712 habitantes que arrojó la medición nacional para esa población, situada a casi 300 kilómetros de la capital provincial. La casa era de adobe, y la pelota, el entretenimiento predilecto. Pero, desde pequeño, también había obligaciones: trabajaba en la carbonería con sus hermanos para ayudar a la economía familiar. Díaz nunca pasó por las inferiores de ningún club, pero a los 18 años empezó a jugar en la Primera de diversos equipos regionales, y sin que lo supiera, su nombre ya circulaba en lugares remotos. Para él, salir de Los Frentones era impensado.
Las primeras camisetas de Díaz fueron las del club Vía y Obras y 9 de Julio. El horizonte lo marcaba la Liga Saenzpeñense. “Empecé jugando en el barrio, luego pasé a un club de liga, y cuando me dejaron de poner, pasé a otro equipo”, resumía Díaz a los 20 años, cuando su nombre comenzó a sonar en Santa Fe. Elvia Acosta, un entrenador de la ciudad de Rufó, recordó cómo lo buscó: “Era el técnico de Unión Deportiva Rufó, mi pueblo. En el mercado de pases de invierno podíamos incorporar dos jugadores que debían provenir de otras ligas, un pase interliga. Consulté a mis contactos en Chaco, y me dieron dos nombres. Uno aceptó de inmediato, el otro no estaba seguro. Así que me subí a un micro y fui a verlo. Vi la técnica de un gran jugador, la fuerza de otro; era una mezcla entre el Bichi Borghi y el Búfalo Funes en la misma persona. Le dije que lo llevaba si él quería venir, pero no estaba muy convencido. Su señora, su esposa, fue la que más lo impulsó a venir a Rufó”, rememora Acosta. Díaz cambió de provincia y siguió demostrando su talento a nivel regional. Después pegó el salto a Sportivo Las Parejas, que lo cedió a Central Argentino Olímpico. Allí recibió una propuesta de un club de Bolivia, pero Díaz, desconfiado, rechazó la oferta. “No sabía si me iba a adaptar”, explicó. De allí pasó a Susanense, donde anotó 47 goles en 43 partidos: 10 en la Copa Federación, 7 en la Copa Santa Fe, 12 en el Torneo Apertura y 18 en el Clausura, en el que fue la gran figura del campeonato que su equipo ganó para cortar una sequía de 26 años sin títulos. Fue en ese momento cuando Unión de Santa Fe se interesó por él. Consultaron a Sportivo Las Parejas por un posible préstamo, y en el club acordaron una cesión con cargo y opción de compra. Pero en el Tatengue querían verlo primero en acción, así que acordaron una prueba de tres días. Cuando Díaz se enteró de la prueba, comenzó una carrera contrarreloj para ponerse a punto, ya que en el regional el trabajo físico no era una prioridad. En lugar de rutinas específicas, los entrenamientos consistían en jugar y correr hasta quedarse cansado.
El 15 de Abril se vino abajo nuevamente cuando el Kily González llamó a Diego Armando Díaz cuando iban 24 minutos del segundo tiempo y el partido estaba 1-1. Un resultado que no le cerraba en ningún aspecto al Tatengue. Lo reemplazó a Jerónimo Dómina, quien fue la gran figura de Unión dentro de una pobreza franciscana. En la primera pelota que tocó, ganó un tiro de esquina. Se lo notaba rápido, potente, con hambre de gloria. A los 32′, tuvo el segundo gol a partir de un centro desde la derecha, el recién ingresado Diego Armando Díaz recibió abajo del arco de Sanguinetti, pero pifió el remate y se lo perdió. Pero, tendría revancha sobre el final del partido. El 17 de marzo del 2025 será inolvidable para el chaqueño. Otra vez el cambio de esquema para que el equipo cambie. Entró bien Gamba, fue más ofensivo y potente con Diego Díaz (aunque Domina fue uno de los jugadores para rescatar, junto con Del Blanco), aparecieron algunas triangulaciones por izquierda y así Unión hizo, con otro esquema distinto a la inicial, algo diferente y más convincente. Faltó la frutilla del postre: el pelotazo largo para la corrida de Diego Armando Díaz, que dejó en el camino a Sanguinetti y definió. Se levantó la bandera del asistente Fernández, pero Javier Uziga (el AVAR) lo convalidó desde Ezeiza y el partido terminó con un “olé, olé, olé… Diego, Diego” que despidió la gente a este muchacho que viene de Chaco y que rubricó el resultado, en una noche que jamás olvidará.
PRIMER TIEMPO
El concepto de «equipo de memoria» adquirió popularidad durante la exitosa etapa de Coco Basile en Boca Juniors, un rasgo distintivo en la extensa carrera del director técnico. A lo largo de su trayectoria, Basile siempre buscó apoyarse en una base sólida y moverla lo menos posible, al igual que el Racing Club que, en 1988, ganó la Supercopa y, al mismo tiempo, peleaba en el ámbito local con los mismos jugadores. Es cierto que, en el ámbito futbolístico, existe una cierta mitificación alrededor de los equipos, ya que se tiende a asociar un ciclo exitoso con una formación que, en realidad, no jugó tantas veces como se imagina. Un ejemplo de ello es el caso de la legendaria Máquina, cuyos cinco famosos delanteros no llegaron a disputar más de 20 partidos juntos. De manera más reciente, se ha hablado de los llamados «cuatro fantásticos», cuyo rendimiento no se produjo en más de la mitad de los partidos del torneo, ya que los cuatro no coincidieron en la cancha en diversas ocasiones. ¿Cuáles son los beneficios de un «equipo de memoria»? En primer lugar, este concepto implica una alta prestación colectiva que justifica la permanencia de los mismos jugadores en el once titular. Además, genera una notable autoconfianza en los futbolistas, quienes se sienten seguros de su puesto y, por ende, se muestran más sólidos en su rendimiento. Sin embargo, también existen aspectos negativos que no deben ser pasados por alto. El jugador que sabe que tiene asegurada su titularidad puede caer en la complacencia y relajarse, lo cual puede afectar el nivel del equipo.
En el contexto actual de Unión, resulta preocupante que, a pesar de haberse jugado ya diez fechas de un torneo tan corto como la Copa de la Liga, el entrenador Cristian González no haya logrado consolidar un once titular, ni siquiera en los amistosos de la Serie Río de la Plata. Es imperioso que el director técnico empiece a rodar a los titulares de manera consistente. Sin embargo, da la impresión de que González actúa de manera evasiva, eludiendo mostrar sus cartas en las transmisiones de los partidos, lo que genera una sensación de incertidumbre y confusión. Esta postura no implica, en ningún caso, que deba recurrir a jugadores que no sean opciones claras en el recambio, pero es alentador observar el rendimiento de algunas de las jóvenes promesas, cuya incursión en el campo podría darse en el segundo tiempo o en los partidos sucesivos. El entrenador parece jugar constantemente a las escondidas, como si su equipo contara con una cantidad de jugadores excedente o se viera afectado por bajas imprevistas. Fue el primero en pedir certidumbre con la llegada de refuerzos, lo que implicó una inversión de alrededor de 4 millones de dólares por parte del club. Sin embargo, hasta el momento, solo Marcelo Estigarribia ha tenido un papel protagónico, y ocasionalmente Ezequiel Ham ha visto minutos de juego. Unión necesita consolidar un once titular, definir uno o dos esquemas tácticos y empezar a sumar minutos de juego con los jugadores clave. Es fundamental otorgar confianza a aquellos que estarán en el campo y, en la medida justa, a los que ocuparán roles alternativos. Reitero que, tras diez fechas de torneo, ni el hincha más fanático de Unión sabe cuál es el equipo titular. Esta incertidumbre es absurda e irresponsable. Confío en que el técnico reflexionará sobre la situación y llegará al partido contra Banfield con una visión menos dubitativa, capaz de brindar la claridad necesaria para lograr el rendimiento esperado.

Diez partidos le costaron a Unión marcar goles en el primer tiempo. Habrá que recurrir a la estadística para un arranque de temporada con tan pocos goles (seis en diez presentaciones). Que a cualquier equipo de fútbol le cueste tanto hacer un gol es un problema grave, pero que a Unión le cueste tanto hacer un gol es un problema herético, un golpe mortal al paladar. Y los delanteros no son los únicos responsables. Principalmente lo es todo el conjunto, su falta de funcionamiento, y por consiguiente el propio entrenador. En este arranque de año al entrenador se lo vio algo perdido, sin encontrar variantes, con el agravante de que el armado de este plantel ya le corresponde exclusivamente a él después de varios mercados de pases en los cuales nadie estuvo a la altura de las circunstancias. Atrás, mantiene la línea de cinco defensores y son los mismos del año pasado. Pero hacia adelante no hay casi nada para rescatar: la sala de máquinas no funciona, los volantes tienen la marcha cansada, . Por lo demás, el cambio tendrá que venir también desde el mensaje, desde el contagio y desde la exigencia del propio cuerpo técnico hacia futbolistas que en muchos casos parecen jugar sobrados, como si fueran conscientes de que son mejores que los rivales, pero sin demostrarlo casi nunca, en un estado de confort exasperante: Unión les da todo, pero eso debiera suponer una exigencia acorde. En ese sentido, la impaciencia que notó el mismo Kily en este comienzo de año puede tener que ver con un estado general de época de intolerancia a la frustración, pero mucho más, en el caso del Tate por la respuesta de un plantel con jugadores que desde hace años no dan la talla a un colectivo de hinchas que los apoyó casi ciegamente y que lleva 30.000 personas cada partido.
Este Unión es un equipo que se caracteriza por su lentitud y falta de dinamismo, tanto en las transiciones como en la construcción del juego. La falta de agresividad en las fases ofensivas se combina con una presión poco intensa para recuperar el balón tras la pérdida, lo quedaba como resultado una posesión del balón completamente estéril. Era una posesión pesada, predecible, sin capacidad para sorprender al rival ni generar situaciones de peligro. Las jugadas no logran romper esquemas ni desequilibrar al oponente, ya sea través de asociaciones entre jugadores o mediante jugadas individuales. Además, el equipo apenas crea situaciones de remate, tanto de media como de larga distancia, lo que hace que el arco rival se vea casi como un objetivo lejano y ajeno a su juego. La falta de delanteros incisivos que puedan marcar la diferencia y generar espacios hace que, en definitiva, el equipo carezca de puntería y peligro en el área contraria. La sensación que deja ver a Unión es de frustración e impotencia, como si el tiempo invertido en observarlo fuera un desperdicio. No se trata solo de una opinión de los hinchas, que aún lo siguen por la pasión y los colores, sino de un hecho palpable: hoy, ver a Unión es simplemente una pérdida de tiempo. Un equipo que no da nada, que no genera emociones ni expectativas, que no ofrece respuesta ante las necesidades del juego ni logra conectar con sus seguidores. Es un equipo que no logra transmitir nada, que no entrega el mínimo de esperanza ni satisfacción.
Da la sensación de que Unión no tiene trabajo, y personalmente, no veo trabajo alguno. Es un equipo que, si bien genera entre 12 y 15 córneres por partido, no logra concretar absolutamente nada. Llega hasta el fondo, desborda, pero nunca les tira un centro a sus delanteros. Siempre el centro es rechazado, siempre hay un rebote que termina en córner, pero el córner no está preparado. Las jugadas a balón parado no existen en el equipo, y la pelota parada, que debería ser un aspecto clave, se trabaja de forma deficiente. Los retrocesos son malos, la defensa muchas veces queda mal parada, y en general, no se percibe el trabajo necesario para corregir esos errores. No veo ningún tipo de evolución ni de estrategia que se pueda identificar como un trabajo que esté dando frutos. ¿En qué ha mejorado Unión desde que comenzó el año? Esa es la gran pregunta. No hablo de rendimientos individuales, porque esos siempre dependen de factores personales, sino de cómo ha mejorado el equipo como conjunto. Yo no veo ningún aspecto mejorado. Un equipo que, hoy por hoy, comienza a pensar en un 2025 que se perfila por esta zona, por la zona baja de la tabla. En este sentido, Banfield en ciertos momentos lo superó. “Hay derrotas que enaltecen y victorias que avergüenzan”, decía el Licenciado Gabriel Rolón. Y hoy parece que el equipo está en una constante búsqueda de algo que no termina de encontrar.
El año ya comenzó, ya van 10 fechas, y la diferencia con el año pasado es que ahora la Liga tiene 32 partidos, no 28 más la Copa de la Liga, como era en la temporada anterior. Unión ya jugó 10 partidos, casi un tercio del torneo, y no ha sacado los puntos que debería haber sacado. Sólo ha ganado dos partidos: a Gimnasia y Banfield, dos equipos muy limitados, con los cuales el equipo está “programado” para ganar. Pero cuando se enfrenta a rivales de mayor jerarquía, el equipo pierde. Y hay cosas que no logro entender, especialmente desde la mirada del entrenador. ¿Por qué siempre regala 45 minutos con un esquema como el 5-3-2, que ya quedó obsoleto? ¿Cuál es la idea de juego de Unión? ¿Por qué apostar siempre a lo mismo, hacer entre 3 y 5 cambios cada 45 minutos y esperar que todo lo malo que hizo en el primer tiempo cambie mágicamente en el segundo? ¿Qué es lo nuevo, aparte de cambiar nombres, cada partido? Es imposible avanzar así. Esa falta de coherencia en la toma de decisiones, sumada a la mala cosecha de puntos, hace que sea muy difícil ver un rumbo claro. Cristian González puede ser un líder y tener la capacidad de acomodar un vestuario, pero desde lo futbolístico no transmite absolutamente nada. Recordemos que llegó en junio de 2023 con el equipo a cinco puntos de los que luchaban por el descenso, y terminó el campeonato con serias chances de descender, como vimos en el partido ante Tigre, el 25 de noviembre. Hoy, ni siquiera lo actitudinal puede salvar al equipo, porque el equipo no despierta nada. Lo único que lo podría salvar es el trabajo futbolístico, pero es un nivel tan pobre, tan bajo, que no genera ninguna esperanza. En pocas semanas comienza la Copa Sudamericana, y si bien los jugadores querrán jugar bien, los partidos no se eligen. Es cierto que no puedes exigir que todos los partidos se jueguen al 100%, aunque esa debería ser la mínima exigencia, porque al final, tu único trabajo es jugar esos partidos al máximo de tus capacidades. Después, si juegas bien o mal, es otro tema. Pero lo que no se puede negociar es la actitud, el esfuerzo, el compromiso con cada partido. Pero bajar tanto el nivel, tanto la marcha, es preocupante, gente. Y no sé hasta cuándo se puede seguir en esta dirección sin que se generen cambios sustanciales.
¿Cómo jugó Unión? Más de lo mismo. No sorprende. El técnico dijo que prioriza ganar como sea, antes que el funcionamiento. No sorprende. Muchísimas veces se dice que lo único que importa es ganar. Personalmente, no comparto ese mensaje. Con esa mentalidad, no fuimos a ningún lado. El periodismo deportivo, en su esencia, debería ser un vehículo para analizar el juego, no simplemente enfocarse en el resultado final. Esta es una distinción fundamental que se pierde a menudo en el aluvión de noticias y comentarios rápidos que invaden los medios, especialmente en una época donde la inmediatez y el sensacionalismo dominan las narrativas. El fútbol, como cualquier otro deporte, es mucho más que una suma de goles o victorias; se trata de una serie compleja de decisiones tácticas, estrategias, movimientos colectivos e individuales, que merecen una profunda reflexión más allá del marcador final. El verdadero análisis del deporte debería ir más allá de los números y buscar entender los factores que contribuyen al desarrollo de un juego: la dinámica de los jugadores, la ejecución de las estrategias, la capacidad de adaptación a las circunstancias, la inteligencia táctica y la interacción entre los distintos elementos del juego. Cuando el periodismo se limita a cubrir el resultado, se pierde la oportunidad de educar a los hinchas sobre las sutilezas que hacen que el fútbol sea un deporte tan rico y complejo. Los goles y victorias son, por supuesto, momentos de celebración y representan logros en el contexto de un partido, pero no son los únicos indicadores de lo que sucedió en el campo. Un equipo puede haber perdido un partido y, sin embargo, haber demostrado un juego excelente en cuanto a la posesión, la creación de oportunidades y la cohesión colectiva. Igualmente, un equipo puede haber ganado, pero haberse visto superado tácticamente o haber tenido una suerte extraordinaria. El análisis del juego debería abordar estas situaciones con el mismo nivel de detalle, para que el público pueda comprender las razones detrás de un resultado, en lugar de quedarse únicamente con la sensación superficial del marcador. El papel del periodista deportivo, entonces, es fundamentalmente el de educador y analista, no el de simple narrador de eventos. Un periodista debe tener la capacidad de ir más allá de los aspectos superficiales del juego y transmitir al público las dinámicas que ocurren en el campo de juego. Esto implica analizar las formaciones tácticas empleadas por los entrenadores, los ajustes que los jugadores hacen durante el transcurso del partido, las estrategias de presión, las transiciones entre ataque y defensa, y cómo todos estos factores se combinan para determinar el resultado. De este modo, el análisis del juego en sí mismo se convierte en una herramienta poderosa para que el público no solo aprecie el resultado, sino que comprenda las decisiones y habilidades que lo llevaron a ser.
A bordo del 5-3-2, Unión intentó inclinar siempre sus avances por el costado izquierdo con las subidas de Mateo del Blanco (5), que fue uno de los laterales que más proyecciones tuvo en ese primer tiempo. Buscó asociarse con Jerónimo Dómina (7), quien buscó generar superioridad numérica a espaldas de Irribarren. Banfield estuvo muy atento para ganar las divididas, la segunda pelota. El Tate estaba perdiendo muchos balones en la zona central. Banfield, con el 4-4-2, buscaba ser un equipo corto, compacto, que recuperaba y avanzaba con demasiada gente. Algunos intentos de Arturia de larga distancia ponían a prueba la resistencia defensiva del bloque de Unión. Un Unión que se ha vuelto predecible en sus herramientas ofensivas de ataque, era siempre lo mismo. Todos sus avances parecían seguir el mismo patrón, y la mayoría de las jugadas ofensivas se desarrollan por el costado izquierdo. Esta repetividad hacía que el Tatengue pierda sorpresa y sea fácil de anticipar por los rivales. Entre la ausencia de variabilidad en sus ataques lo convertían en un equipo monótono y sin capacidad para desequilibrar. No conseguía generar el peligro necesario, y sus ataques eran inofensivos. Por otro lado, Banfield tiene un poco más de control del balón, aunque también carece de efectividad. Si bien el equipo busca construir juego con algunos pases en campo adversario, nunca logra llevar la jugada hasta un final que ponga en riesgo el arco rival. La posesión del Taladro era más fluida, pero carece de profundidad y de esa chispa que transforme la posesión en una amenaza concreta. Ambos equipos parecen atrapados en una rutina que no les permite desarrollar un fútbol más dinámico o peligroso

Banfield intentaba presionar la salida de Unión, lo que provocaba que el equipo de González se vea obligado a correr detrás de la pelota, sin poder encontrar ritmo ni tranquilidad en la circulación. Unión parecía carecer de un juego interior más elaborado que le permita salir con más claridad y profundidad. Necesitaba, con urgencia, mayor fluidez y opciones por dentro, ya que el ataque por las bandas se volvía predecible y poco efectivo. En cuanto al conjunto de Ariel Broggi, su planteamiento defensivo está centrado en neutralizar las subidas de los laterales de Unión, especialmente en el costado derecho. La labor de Rittis y Ríos en la defensa de Banfield ha sido clave, ya que su buen entendimiento y organización defensiva logran anular en gran medida a Vargas y Ham, quienes no consiguen desequilibrar ni profundizar por esa vía. Increíblemente desde que fue convocado a la Selección Sub20 con Javier Mascherano, Lautaro Vargas (4) bajó considerablemente su rendimiento. Antes, era un lateral que tenía mucha proyección ofensiva y ejecutaba buenos centros. En la primera etapa, Banfield le trató de tapar la subida de los laterales, sobre todo por el costado derecho. Casi que no participó en el primer tiempo, ya que todos los ataques de Unión se originaron por el costado izquierdo. Y eso se debió al buen tándem y a la buena organización defensiva de Rittis y Ríos. Unión tenía errores conceptuales graves. Hay jugadores como el ex Defensa y Justicia que no lograba estar a la altura de las circunstancias. Un cambio de frente provocó agarrar mal parado, Banfield lo aprovechó y obligó a la salida a destiempo de Claudio Corvalán. En el segundo tiempo, volvió a tener una falla en salida, dio un pase hacia el medio y provocó un remate de un jugador de Banfield.
Solo habían transcurrido 26 minutos de un partido en el que no pasaba absolutamente nada, y lo de Unión resultaba de una previsibilidad e impotencia alarmantes. Desde todos los rincones del estadio comenzaron a escucharse los tradicionales cánticos, como el clásico «A ver si pueden oír los jugadores…», seguido de otro grito de guerra: «¡Movete, tatengue, movete, movete, dejá de joder!». Era preocupante que un equipo como Banfield, que había llegado a Santa Fe con una racha de siete partidos sin conocer la victoria, manejara la pelota con tanta facilidad. Unión parecía un conjunto de errores no forzados con el balón en los pies. Por el lado del Taladro, se destacó Adroryan, un jugador interesante que lograba transiciones rápidas de defensa a ataque. Era el único que trataba de generar peligro mediante sus gambetas, pero carecía de acompañamiento. Unión juega como un equipo destinado a pelear el descenso. Es un conjunto liviano, inocente, que aún no ha comprendido la situación por la que atraviesa. Le falta temperamento, carácter y rebeldía; no tiene líderes dentro de la cancha, nadie que se enoje y pegue tres gritos para ordenar a sus compañeros. No hay caciques, son todos indios. No hay generales, solo soldados rasos. Y así le va, entre los dos últimos en la tabla, con apenas dos victorias en el torneo. La realidad es que no existen argumentos para esperar una reacción; quizás el único sea el tiempo. Pero al calendario hay que ayudarlo, y eso es lo que Unión no está haciendo. Ni los dirigentes, ni los jugadores, ni en menor medida el cuerpo técnico, tienen un plan para sobreponerse a la crisis. Unión es un barco a la deriva que no tiene timonel ni capitán, y lo más grave es que nadie de la tripulación parece darse cuenta de que el iceberg está cada vez más cerca. Jugando de la manera en que lo hace actualmente, salvar la categoría se convierte en una utopía. En lo psicológico, Unión es un equipo destrozado, derrumbado anímicamente, que cae de rodillas ante la primera adversidad. Basta con que el rival convierta el primer gol para que el partido se termine. La excepción fue el encuentro contra Barracas Central, en el que arrancaron perdiendo, pero lograron empatarlo. No hay tiempo para lamentos ni reproches; todos deben tirar para el mismo lado. De lo contrario, el abismo estará muy cerca. Unión debe comprender que, jugando como lo viene haciendo, no le alcanzará para mantenerse en la categoría. Es necesario que estos jugadores saquen a relucir el amor propio que todo deportista tiene para luchar. No pueden resignarse antes de tiempo. Una vez finalizado este torneo, llegará el tiempo del balance, centrado en la pésima conducción encabezada por Luis Spahn. No es momento para seguir profundizando las divergencias; con más conflictos no se saldrá de esta crisis. Es necesario apelar a la mente fría y al corazón caliente para dar batalla. Unión no ha descendido, y eso es algo que los hinchas deben gritar bien fuerte, porque parece que los dirigentes, los jugadores y el cuerpo técnico todavía no se han enterado.

Muy flojo lo de Rafael Profini (3). La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer. El técnico lo coloca en una posición que no es la suya, y se siente incómodo. Los primeros 25 minutos fueron un desconcierto para Unión; era un espanto total. Tras un mal pase en la mitad de la cancha, Arturia se quedó con la pelota, avanzó y remató al arco de Unión desde afuera del área. Sin embargo, el disparo se fue alto, por encima del travesaño. Un par de minutos más tarde, Banfield generó la situación más clara del primer tiempo con un remate de Ríos que estrelló en el ángulo superior izquierdo. Unión fue anticipado con mucha facilidad y perdió todas las pelotas en el sector central. Otro flojo partido del juvenil tatengue, que, como suele suceder en todos los segundos tiempos, el Kily volvió a modificar el sistema táctico. Sacó a un defensor como Ludeña, metió a Gamba como extremo y cambió a Martínez por Profini para darle oxígeno y contención a la mitad de la cancha, una zona en la que Banfield había ejercido superioridad.
El tiro de Gonzalo Ríos fue el punto de inflexión. Desde los 36 hasta los 47 minutos, Unión mejoró y se lo llevó por delante. Y ahí emergió la figura de Jerónimo Dómina (7). Para el delantero juvenil de Unión, esa fue una semana difícil, ya que, en algunos medios radiales, el presidente Luis Spahn admitió que había dificultades para renovar su contrato, que finaliza en diciembre de este año. Por el momento, no hay acuerdo, y el presidente reconoció que en cualquier momento podría dar por finalizada la negociación. Dómina comenzó jugando en el centro hacia la izquierda. Se desplazó por el costado izquierdo para generar superioridad numérica a espaldas de Irribarren. Sin embargo, durante todo ese primer tiempo, Unión fue predecible, siempre hacía lo mismo. A los 36 minutos, Dómina tiró un buscapié desde la izquierda y la pelota atravesó de punta a punta el arco de Sanguinetti, sin que ningún jugador de Unión pudiera empujarla para abrir el marcador. Un par de minutos después, Corvalán dio un centro atrás en el área de Banfield, y Dómina remató al arco de primera, pero la pelota fue a las manos de Sanguinetti. La tercera fue la vencida: Sanguinetti le ahogó el mano a mano a Jerónimo, quien encontró el rebote y, con calma, buscó a Ham en el centro del área, que sin mayores problemas la puso al lado del palo derecho del arquero Sanguinetti.
A Ezequiel Ham (6) lo terminó de salvar el gol, y nada más. Fue rescatado tras unos 45 minutos olvidables. El «Turco» llegó a Unión con la premisa de aportar fútbol, volumen de juego, circuitos ofensivos y conectar las líneas, pero en ese primer tiempo no lo logró. La jugada del gol comenzó con un buen pase de Marcelo Estigarribia, quien habilitó a Jerónimo Dómina. Su disparo fue tapado por el arquero Facundo Sanguinetti, pero el balón dio rebote y Dómina siguió la jugada, asistiendo a Ham. El árbol no debía tapar el bosque. Así se fueron los primeros 45 minutos, con algo de tranquilidad. Unión le regaló la pelota a Banfield, que, con sus limitaciones, se metió solo en su propio terreno. A pesar de ello, el equipo de Peña y Arenales no aprovechó los errores de Unión, no generó peligro y perdió toda intensidad.
SEGUNDO TIEMPO
Al igual que en el comienzo del primer tiempo, Banfield volvió a manejar la pelota, pero sin profundidad. Unión se defendía con mucha gente en su propia zona, y, de tanto defenderse en su terreno, llegó el empate de Banfield a los 3 minutos del segundo tiempo. Un pelotazo largo a las espaldas de Juan Pablo Ludeña (3) que cayó dentro del área permitió que Tomás Adoryan eludiera a Cardozo y definiera con la derecha. Un baldazo de agua fría que, al principio del segundo tiempo, generó aún más confusión. Rápidamente, el Kily González metió dos variantes, volviendo a la línea de cuatro. Salieron Juan Pablo Ludeña y Rafael Profini, ingresando Franco Fragapane y Mauricio Martínez. A partir de ahí, el partido se convirtió en un ida y vuelta. Unión esperaba y Banfield proponía. El Taladro, cuando avanzaba, encontraba espacios y era peligroso. A los 16 minutos, Marcelo Estigarribia (7) erró un gol increíble. Una buena triangulación por el costado izquierdo, con un taco de Gamba a Del Blanco, que tuvo un buen partido. El centro llegó a Estigarribia, quien, en la puerta del área, le pegó de zurda cuando ya Sanguinetti estaba desguarnecido, pero la tiró afuera. Mientras tanto, Lionel Verde (3) no logró hacer pie en el partido. Fue otro de los jugadores que no tuvo un buen desempeño de mitad de cancha hacia adelante. Perdió algunos balones en zonas sensibles y cometió varias infracciones. No encontró los espacios para desequilibrar. Apenas un remate que tapó Sanguinetti antes del 1-0 y no mucho más. Fue reemplazado por Franco Fragapane (5), quien mostró una leve mejoría en los partidos en los que le tocó ingresar desde el banco. Tuvo una oportunidad para anotar, pero parece estar falto de confianza. Su ingreso fue para darle desequilibrio al equipo. También entró Mauro Pittón (5), quien mostró más empuje que juego. Buscó darle más dinámica al medio, pero está claro que debe recuperar su mejor versión. Con el ingreso de Mauricio Martínez (5), se hizo eje del equipo aunque con pases laterales pero al menos asumió la conducción en un momento complicado.
A los 24 minutos, el Kily agotó las variantes. Ingresó Diego Armando Díaz (7) por Jerónimo Dómina. Banfield seguía atacando sin cesar por el costado derecho a través de las subidas de Lollo. Unión se mostraba como un manojo de nervios, pasado de revoluciones. Había fricción y presión, pero no alcanzaba solo con las ganas. Unión insistía, pero no lograba concretar. Banfield, muy metido atrás, esperaba poder sacar ventaja con un contragolpe para llevarse los tres puntos a Peña y Arenales. A los 32 minutos, Diego Armando Díaz tuvo el 2-1. Recibió debajo del arco de Sanguinetti, pero pifió el remate y se lo perdió. Sin embargo, un minuto más tarde, Lucas Gamba (6) demostró por qué no puede faltar en este equipo. Cada vez que ingresa desde el banco, es determinante. Tras su ingreso, puso dos o tres pelotas claras de gol, asistió a Franco Fragapane, quien aún con falta de confianza no se animó a rematar. Luego, Marcelo Estigarribia recibió en el punto de penal, gambeteó a Facundo Sanguinetti y definió de zurda para el 2-1. Pero faltaba la frutilla del postre, que llegó al final con la corrida de Diego Armando Díaz y la definición ante la salida de Sanguinetti. El juez de línea levantó la bandera, pero, a instancias del VAR, Darío Herrera convalidó el gol, desatando el delirio en el 15 de Abril. Una victoria que trae algo de calma, pero está claro que Unión debe mejorar muchísimo. Jugando así, ante rivales más calificados, va a perder más de lo que ganará. Al equipo le faltan ideas y no tiene funcionamiento; solo tiene voluntad y ganas, y con eso casi nunca alcanza. Hoy se logró la victoria, pero fue más por las limitaciones del rival que por méritos propios. Es un triunfo que, si bien es positivo, pone en evidencia más defectos que virtudes.
El sorteo de Unión en la Copa Sudamericana
Mientras se jugaba el segundo tiempo del partido entre Unión y Banfield, también se llevó a cabo el sorteo de la Copa Sudamericana, donde el Rojiblanco integrará el grupo E junto a Cruzeiro (Brasil), Palestino (Chile) y Mushuc Runa (Ecuador). Esta será la cuarta participación internacional de Unión, lo que genera una gran ilusión entre sus hinchas. Se espera por la confirmación del fixture, pero se sabe que el debut del Tate será en la primera semana de abril, en Santa Fe, ante Cruzeiro, uno de los clubes más históricos del continente y cabeza de serie en este grupo. Cruzeiro, de Belo Horizonte, es un gigante del fútbol sudamericano. Ha ganado la Copa Libertadores en dos ocasiones, en 1976 y 1997, además de la Intercontinental en esos mismos años. También ha logrado la Recopa Sudamericana en 1998 y la Copa de Brasil en seis ocasiones (1993, 1996, 2000, 2003, 2017, 2018). En el Brasileirao, ha sido campeón en varias temporadas (1966, 2003, 2013, 2014). Su estadio, el Mineirao, con capacidad para más de 62.000 espectadores, es uno de los más grandes y emblemáticos de Brasil. Entre sus jugadores más destacados se encuentran Gabigol (Gabriel Barbosa) y el argentino Lucas Villalba. Sin dudas, será el rival más complicado del grupo, y su encuentro inicial con Unión será una gran prueba para el equipo.
El segundo desafío de Unión será contra Palestino, en la segunda semana de abril. Palestino es un club que ha ido en ascenso en el fútbol chileno en los últimos años. El equipo tiene entre sus filas al delantero paraguayo Junior Marabel, cuyo pase pertenece a Unión y está a préstamo en el club chileno hasta 2025. Palestino fue fundado el 8 de agosto de 1920 por la colonia palestina residente en Chile, y su camiseta es una representación de la bandera del Estado de Palestina. Juegan en el estadio Municipal de La Cisterna, con capacidad para 12.000 espectadores. Aunque históricamente no ha sido un club de los más grandes en Chile, ha sido campeón de la Primera División en dos ocasiones (1955, 1978) y ha ganado la Copa Chile en tres ediciones (1975, 1977, 2018). Actualmente es uno de los equipos más destacados de su país y, probablemente, el gran rival de Unión en este grupo de la Copa Sudamericana.
El tercer obstáculo para Unión será Mushuc Runa, en la cuarta semana de abril, en la altura de Ambato, Ecuador. El estadio Olímpico de Riobamba, donde el equipo juega generalmente, tiene capacidad para 14.400 personas, pero el Estadio Echaleche, también utilizado, es más pequeño, con espacio para solo 8.800 espectadores. Lo más desafiante de este encuentro es la altitud, ya que el estadio se encuentra a 3.250 metros sobre el nivel del mar, lo que puede dificultar el rendimiento de los jugadores de Unión, quienes sentirán el impacto de la altura. Mushuc Runa es un club relativamente nuevo, fundado el 2 de enero de 2003. Su nombre, que proviene del quichua, significa «Hombre Nuevo», reflejando su identidad de crecimiento y renovación. Aunque no tiene la historia o la relevancia de Unión, el equipo de Ambato ha tenido un rápido ascenso en el fútbol ecuatoriano. Llegó a la Copa Sudamericana tras terminar en la cuarta posición de la liga ecuatoriana la temporada pasada y actualmente se encuentra en la octava posición. Su capitán es Dennis Quintero y, aunque no cuenta con jugadores argentinos en su plantel, es un equipo que, de local, puede generar problemas. Sin duda, el grupo E de la Copa Sudamericana representa un desafío interesante para Unión, con una mezcla de equipos históricos, rivales emergentes y una exigente visita a la altura de Ambato. Pero también una oportunidad de hacer historia y seguir sumando experiencias internacionales en su camino.
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