No es un viernes común y corriente para el fútbol mundial. Es que un día como hoy, pero hace tres años, una noticia irrumpía entre tantas cuestiones deportivas de agenda y paralizaba al planeta: la desaparición de Emiliano Sala, el jugador que sobrevolaba el Canal de la Mancha para fichar con su nuevo club, el Cardiff inglés. 17 días después encontrarían los restos de la avioneta y de su cuerpo, confirmando el terrible final del accidente.
El trágico viaje de Emiliano Sala hacia el Cardiff City
El 21 de enero de 2019, Emiliano Sala viajaba desde Francia hacia Gales para incorporarse al Cardiff City, equipo de la Premier League que había 17 millones de euros al Nantes por su pase, cuando el pequeño avión que lo trasladaba cayó en aguas del Canal de la Mancha, en una tragedia que es pudo haber evitado.
Más de dos semanas después del accidente localizaron el cuerpo del argentino en la carcasa del avión, a 67 metros de profundidad. En el informe final, publicado en marzo de 2020, la oficina británica de investigaciones de accidentes aéreos (AAIB) determinó que el conductor de la aeronave perdió el control por una maniobra efectuada a una velocidad muy elevada, “probablemente” para evitar el mal tiempo.
El avión, un Piper PA-46 Malibu, según afirman, se dañó en esa maniobra, y los investigadores creen que el piloto “probablemente” se intoxicó con monóxido de carbono del sistema de escape del motor. El avión no contaba con las licencias necesarias para operar comercialmente, como tampoco las tenía el piloto que estaba a cargo de la aeronave, según reveló el informe definitivo la Subdivisión de Investigación de Accidentes Aéreos del Reino Unido (AAIB).
El vuelo de Emiliano Sala no respetó los estándares de seguridad
La investigación de la AAIB reveló que el piloto David Ibbotson, de 59 años, perdió el control de la aeronave en la que viajaba junto a Sala. De acuerdo con el reporte, la pérdida de control se produjo “durante un giro de vuelo manual, que probablemente se inició para recuperar visibilidad debido a las condiciones meteorológicas”, lo que era “más probable” que pasara debido a que el vuelo “no se realizó de acuerdo con los estándares de seguridad aplicables a una operación comercial”.
“Posteriormente, el aparato se partió en vuelo mientras maniobraba a una velocidad significativamente superior a la de maniobra para la que está diseñado”, agregó el informe. Además, “el piloto probablemente se vio afectado por la intoxicación por monóxido de carbono”.
A todo esto se suman otros factores, como que el vuelo no se realizó de acuerdo a las normas de seguridad. El piloto operaba en “vuelo visual por la noche en malas condiciones meteorológicas, a pesar de que no tenía formación en vuelo nocturno y le faltaba experiencia reciente en vuelo con instrumental”.
Según la AAIB, Ibbotson no tenía entrenamiento previo para volar de noche y su licencia SEP, que le permite volar un avión de un solo motor, había expirado tres meses antes del accidente. Además, el piloto recibió un pago por ese viaje, algo a lo que no estaba autorizado por su licencia.
La investigación concluyó que tanto Sala como Ibbotson “probablemente” sufrieron envenenamiento por inhalación de monóxido de carbono mientras el avión, un monomotor Piper PA-46-310P Malibú, se precipitaba contra el mar
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