Tras la sufrida y agónica victoria conseguida frente a River hace apenas unos días en el estadio Malvinas Argentinas, Independiente Rivadavia ha logrado continuar con su excelente rendimiento en la Liga Profesional de Fútbol, destacándose nuevamente con una nueva victoria, esta vez en Córdoba, donde se impuso por 2-0 ante Belgrano gracias a los goles anotados por Iván Villalba y Sebastián Villa, quienes fueron los encargados de darle a la Lepra mendocina tres puntos vitales en su lucha por mantener una buena posición en la tabla. Este importante triunfo, que llega en un momento crucial, permite que el equipo dirigido por Alfredo Berti, quien había logrado previamente una histórica victoria por 2-1 ante River en el Malvinas, acumule un total de 31 unidades, posicionándose en el puesto 16 de la clasificación general del campeonato. En lo que respecta a la tabla de promedios, el conjunto leproso sigue ocupando el último lugar con un coeficiente de 1.026, aunque se encuentra a tan solo una pequeña distancia de Sarmiento, que posee un promedio de 1.084, lo que le permite seguir sumando puntos con la vista puesta en la próxima temporada, dado que este año no habrá descensos, lo que les otorga un margen de esperanza para mejorar su rendimiento en el futuro cercano.

En el desarrollo del partido, lo de Belgrano fue, sin lugar a dudas, un auténtico drama: un equipo carente de juego, incapaz de generar situaciones de peligro en el área rival, y con una nula capacidad para responder ante la adversidad, lo que terminó por desbordar la paciencia de su hinchada, que, tanto en la platea como en la popular, no dudó en expresar su malestar de manera clara y contundente. Desde los primeros minutos, el Belgrano endeble y sin ideas comenzó a desmoronarse. El primer gol del partido llegó a los 17 minutos de la primera etapa. Un tiro de esquina desde el sector izquierdo, la pelota fue rechazada por Espíndola, el centro y la definición de Iván Villaba. Tras el 0-1, el Pirata Cordobés se desplomó por completo, dejando entrever la falta de respuesta ante la situación. En la platea, los gritos en contra del entrenador Juan Cruz Real no se hicieron esperar, mientras que en la popular, aunque no se produjeron insultos directos, se notó un esfuerzo por parte de los hinchas por apoyar a un grupo de jugadores claramente superados por la urgencia de tener que jugar al fútbol y no limitarse únicamente a “poner” en la cancha, lo que resultaba insuficiente para hacerle frente a la realidad que se vivía en ese momento, una realidad que, lamentablemente, decepcionaba a las 35.000 personas que se habían hecho presentes para alentar a su equipo. Así, mientras Belgrano pasaba un mal momento, el técnico Juan Cruz Real se retiró al vestuario entre silbidos, recordando el recibimiento negativo que había tenido cuando su nombre fue anunciado antes del inicio del partido, un contexto que resultó particularmente hiriente para el técnico, aunque quizás el único momento en que la hinchada se olvidó de su figura fue durante el emotivo homenaje a Diego Armando Maradona, en el cuarto aniversario de su fallecimiento.
El inicio de la segunda mitad no representaba solo una oportunidad para remontar el resultado, sino que constituía un desafío aún mayor, no solo para el equipo y el entrenador, sino también para la hinchada y para Luis Fabián Artime, el presidente del club, quien observaba la escena desde uno de los palcos, vestido con un saco y con una evidente mueca de preocupación, mientras su gente vivía la previa intensamente, involucrada en la controversia surgida entre el técnico y el peruano Bryan Reyna, lo que sumaba más incertidumbre al ya complicado panorama. En este contexto, la dirigencia de Belgrano se encontraba transitando los últimos días del año con la pesada carga de una campaña que terminaba de manera decepcionante, a años luz de los flashes que se vivieron en las mejores jornadas de abril y mayo, cuando el equipo hizo historia al clasificar a los octavos de final de la Copa Sudamericana, un logro que ahora parecía un espejismo distante. Por ello, el segundo tiempo resultaba crucial: no solo para el futuro inmediato del entrenador, sino también para la moral de los jugadores y la confianza de la afición. En un intento por revertir la situación, Real realizó cambios significativos, con la inclusión de Matías Suárez y Gabriel Compagnucci, en un intento por “quemar naves” y buscar una remontada que, sin embargo, parecía cada vez más lejana. La hinchada, por su parte, no tardó en manifestar su descontento de forma más palpable, con el cántico-reclamo de «nosotros alentamos, ustedes pongan huevos» resonando con fuerza desde la popular, lo que evidenciaba que, para ese entonces, el foco de la frustración ya no recaía únicamente sobre el entrenador, sino que el fastidio se había apoderado de toda la tribuna.

En medio de esta creciente tensión, el único jugador que recibió aplausos fue Franco Jara, el capitán del equipo, quien, a pesar de su esfuerzo, no podía evitar la sensación de impotencia ante un contexto que parecía escaparse de las manos de todos. El 2-0 de Sebastián Villa, un potente derechazo que llegó a los 22 minutos de la segunda mitad, selló de manera definitiva la oscuridad de la noche, y con ello, las esperanzas de una posible remontada se desvanecieron por completo, dejando en su lugar una sensación de derrota total. Los minutos restantes fueron solo un trámite, en el que las gargantas de los hinchas se enfurecieron aún más, conscientes de que ya no había margen para milagros, y que el equipo había caído sin resistir, sumido en el drama de una relación dañada entre jugadores y hinchas, en un vínculo entre la gente y el entrenador que parecía haber llegado a un punto de no retorno. Belgrano, así, vio cómo su año se desvanecía prematuramente, dejando a todos con la sensación de que lo peor ya había pasado, pero con la certeza de que aún quedaban tres partidos por jugar, que no serían igual para todos los miembros del plantel, independientemente de lo que sucediera con el futuro del entrenador. Los silbidos al final del partido fueron la muestra clara de que se estaba cerrando un ciclo, un ciclo que, por lo visto, no dejaría mucho espacio para la reflexión o el perdón. Belgrano había caído, y lo había hecho de la peor manera posible: sin gloria, sin respuestas y envuelto en un drama del que no parecía haber salida.
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