Es una verdad dolorosa, pero al mismo tiempo innegable: Unión tocó su techo, y ya no le pidamos más. Siempre queda esa sensación extraña, ese gusto amargo de lo que pudo haber sido y nunca fue, debido a esa falta de ambición que tantas veces se hace evidente en la toma de decisiones clave; el club tiene historia, tiene hinchas que lo llevan en el corazón y lo siguen a todas partes, pero parece que eso no alcanza para dar el salto definitivo que tanto se necesita, y eso, para los que realmente sentimos la camiseta, no deja de ser un dolor constante, un vacío que persiste cada vez que el equipo llega cerca pero no puede superar ese umbral que lo haría ingresar a la elite del fútbol argentino. ¿Por qué no podemos más? El fútbol es impredecible, es cierto, pero hay algo que siempre queda claro: si no existe un plan a largo plazo, si no se invierte en los detalles que realmente marcan la diferencia, el techo de cualquier equipo siempre parecerá estar más cerca de lo que realmente es, y en el caso de Unión, ese techo ya está a la vista, claro y palpable, como una barrera invisible que se cruza una y otra vez sin poder ser superada; no es que el club no haya tenido logros importantes, claro que sí, ha habido campañas memorables, jugadores que marcaron épocas, pero siempre parece que se queda a las puertas de algo más grande, de consolidarse entre los grandes, y eso, más que una frustración, genera un sinsabor difícil de digerir, una sensación de «lo que pudo haber sido» que se repite una y otra vez, sin que nunca llegue el momento en que se logre concretar.
Lo que pasa con Unión es lo mismo que les ocurre a muchos clubes de la misma talla; llegan hasta un punto, alcanzan una estabilidad, hacen algunos esfuerzos para ir por más, pero después se sienten cómodos en esa zona intermedia, como si no tuvieran la energía o las ganas suficientes para dar ese paso final que los ponga entre los más grandes, y eso es precisamente lo que marca la diferencia entre los clubes que logran dar el salto y los que se quedan atrapados en esa zona de confort; es un techo que no se puede romper, pero no por falta de talento o buenos jugadores, sino por una mezcla de falta de ambición y de no arriesgar cuando se debe, como si el club hubiera encontrado su lugar en el fútbol argentino pero sin la intención de ir más allá, de realmente instalarse entre los equipos más poderosos; si comparamos con otros equipos que, en su momento, no tenían más historia que la de Unión y que, sin embargo, lograron consolidarse, vemos que la diferencia radica en una cuestión de mentalidad, en una mentalidad ganadora que se construye con el tiempo, pero también con decisiones inteligentes y audaces que muchas veces se toman cuando el futuro es incierto y el riesgo está presente, pero que a largo plazo resultan ser las que marcan la diferencia. En cambio, parece que Unión prefiere no arriesgar tanto, se conforma con lo que tiene, con estar fuera de la zona de descenso, pero sin luchar realmente por pelear arriba, y es esa falta de ambición, esa tendencia a conformarse con la mediocridad, lo que realmente nos duele a los hinchas, esa sensación de que el club tiene todo para dar el siguiente paso, pero no se anima a hacerlo, mientras que otros equipos, con menos historia, lograron ese salto y se instalaron entre los grandes.
No me caben dudas que los jugadores dan todo en cada partido, el cuerpo técnico se esfuerza al máximo, y la gente deja de apoyar, pero en el fútbol no basta con las ganas; la verdadera diferencia la marca la ambición, esa motivación de siempre querer más, de nunca conformarse, y en Unión, muchas veces da la sensación de que no se apuesta a ese gran proyecto que haga al club no solo competitivo, sino protagonista; la ambición no se mide solo por querer ganar un campeonato, sino por tener una estructura sólida, por apostar a largo plazo, por buscar siempre el siguiente escalón, por no conformarse con estar en una zona intermedia, o simplemente permanecer en la máxima división, y es aquí donde entra esa falta de ambición que tanto duele en el seno tatengue, esa sensación de que, a pesar de tener todos los recursos, no se hace el esfuerzo de ir por más, de dar ese paso final que nos permitiría instalar al club entre los grandes del fútbol argentino, y mientras tanto, nos quedamos viendo desde el costado cómo otros equipos logran lo que Unión sigue buscando, y esa es la bronca que reina en el aire.
Lo más doloroso, y lo que siempre persiste en la mente, es esa sensación de lo que pudo haber sido, de la oportunidad perdida, de un futuro frustrado que nunca llega a concretarse; porque no es que Unión no haya tenido sus momentos de gloria, claro que sí, hubo campañas memorables, como la del Nacional 79′, jugadores que marcaron épocas como el Turco Alí, y momentos de felicidad que se disfrutaron al máximo, pero esos logros, por más importantes que sean, nunca parecen alcanzar para consolidar al club entre los grandes, y así, Unión se queda en esa zona, donde los logros son suficientes para estar tranquilo, como por ejemplo las tres clasificaciones en los últimos cinco años de la Copa Sudamericana, pero no tanto como para ilusionarse de verdad, convivir con esa sensación de que «lo mejor» siempre está a la vuelta de la esquina, pero nunca llega, y esa frustración, esa falta de concreción, es lo que duele profundamente, porque sabemos que Unión tiene todo para ser más, para estar entre los mejores, pero no se anima a dar ese paso definitivo, y por eso, aunque su gente no deje de alentar, siempre queda esa espina clavada, esa sensación de que el club podría haber sido más, pero no lo fue. El futuro, sin embargo, siempre da un poco de esperanza, y quizás algún día el club logre entender que ya no basta con «hacer lo que se puede», que es necesario dejar de lado las excusas y apostar por un proyecto a largo plazo, porque Unión tiene la historia, tiene la hinchada, tiene el potencial, solo le falta ese empujón final, esa dosis de ambición que parece faltar para que realmente logre todo lo que puede, y mientras tanto, los hinchas siguen soñando con el día en que finalmente rompa su techo, deje atrás la mediocridad y se convierta en un verdadero protagonista del fútbol argentino. Pero hasta que eso pase, la frustración seguirá siendo parte de la realidad, el sabor amargo de saber que, sí, podría haber sido más, pero no fue, porque en el fútbol, como en la vida, hay momentos que se escapan, oportunidades que se pierden, y te quedas con el «qué hubiera pasado si…». Ojalá, algún día, ese «si» deje de ser solo un suspiro.
El torneo le dio muchas chances, pero no supo subirse al tren
Si hacemos un análisis retrospectivo de los últimos 24 años, se puede observar que Unión estuvo cerca de alcanzar la gloria en tres momentos clave que, sin duda, marcaron la historia reciente del club; el primero de esos momentos ocurrió en el Torneo Clausura de 2000, cuando, a falta de cinco fechas para el final del campeonato, el equipo se encontraba en la cima de la tabla, liderando el torneo con esperanzas de consagrarse campeón, pero lamentablemente perdió los cinco partidos restantes, y tiempo después, varios jugadores del plantel reconocieron que la falta de incentivos económicos y premios fue un factor determinante en ese colapso, lo que dejó una sensación de frustración que aún persiste; el segundo intento de gloria tuvo lugar en la Copa Sudamericana 2020, cuando el equipo, tras una destacada actuación en la fase de grupos, se encontraba en una serie crucial ante Bahía de Brasil, y si lograba avanzar, tenía la posibilidad de llegar hasta las semifinales, donde se iba a enfrentar con un rival de mayor jerarquía como Junior de Barranquilla, lo que hubiera sido una oportunidad histórica para alcanzar una instancia aún más prestigiosa, pero esa chance se desvaneció y dejó una gran frustración; finalmente, el tercer momento en el que Unión estuvo cerca de alcanzar el campeonato fue en este torneo, en el que, si bien estuvo cerca de pelear por el título, es necesario reconocer que nunca se preparó lo suficiente para dar ese salto definitivo hacia la gloria, y es imposible no recordar las palabras de Eduardo Domínguez tras el empate 0-0 contra Estudiantes, que fue el primer partido luego de la consagración de Argentina en la Copa América, cuando afirmó con total sinceridad que «Unión no se preparó para salir campeón», una declaración que no solo refleja una verdad evidente, sino que también señala la falta de ambición y planificación del club para competir en la cima; y es que, ¿cómo puede un equipo que no incorporó refuerzos en el mercado de pases más largo de todos los tiempos pensar en grande y aspirar a la consagración?, algo que resulta casi impensable en un contexto en el que los equipos rivales se reforzaron y tomaron decisiones audaces; sin embargo, el torneo le dio un guiño a Unión, con situaciones que favorecieron sus posibilidades, como el hecho de que River jugara la Copa Libertadores, Boca quedara en la Copa Sudamericana, Racing se consagrara campeón de la Sudamericana, San Lorenzo estuviera luchando por los puestos de abajo e Independiente estuviera sumido en una grave crisis institucional, lo que brindó una oportunidad única, pero cada vez que el equipo tuvo que ganar en los enfrentamientos directos contra los rivales que competían por el mismo objetivo, jamás estuvo a la altura de las circunstancias, lo que demostró que, a pesar de las oportunidades que se le presentaron, Unión no fue capaz de capitalizarlas para dar el salto que tanto se necesitaba.
¿A qué juega Unión?
Fue, simplemente, una intuición. Nada más que un olfato que, por momentos, pareció ser suficiente, pero que, al final, resultó ser una falacia. Sin creatividad, sin imaginación, despersonalizado y falto de identidad, Unión ha venido involucionando en su estilo de juego desde hace varias fechas. Surge entonces la pregunta: ¿A qué pretende jugar realmente Unión? Cada partido parece convertirse en un cúmulo de individualidades que, en lugar de evolucionar, terminan estancándose, como si cada jugador estuviera más preocupado por su desempeño personal que por la construcción de un juego colectivo. Estos últimos encuentros le han mostrado tanto al cuerpo técnico como a los jugadores la ausencia de movimientos coordinados dentro del campo, una carencia preocupante que se ha hecho cada vez más evidente. No hay volantes que se animen a pisar el área rival, ni se observan triangulaciones o asociaciones que permitan armar jugadas colectivas, lo que deja al equipo sin armas claras para generar peligro en el área contraria.
Lo más alarmante, sin embargo, es que incluso en los duelos individuales, esos que antes definían el rendimiento de los futbolistas, ya no logran imponerse con la misma intensidad ni con la misma eficacia de antes, lo que plantea una pregunta aún más importante: ¿Siguen los jugadores creyendo en el proceso que propone el cuerpo técnico? La exigencia física, sumada a una falta de recambio adecuado, terminó pasándole factura a un plantel que, siendo corto en cuanto a profundidad de jugadores, no logró sostener el ritmo de una temporada exigente. La falta de variantes en posiciones clave se hizo cada vez más evidente a medida que avanzaban las jornadas, y aunque algunos jugadores intentaron mantener el nivel, el cansancio acumulado se notó en varios partidos, afectando la frescura y la capacidad de reacción del equipo. A todo esto se le sumó una de las falencias más críticas: la falta de eficacia en la definición. Las oportunidades generadas, que pudieron haber sido puntos de quiebre en los encuentros, no se tradujeron en goles, y esa carencia en la capacidad de concretar se convirtió en un lastre para el equipo, que no pudo capitalizar las jugadas y terminó perdiendo puntos cruciales en su camino. Sin dudas, el plantel no supo gestionar estas falencias en los momentos más decisivos, lo que afectó de manera directa el rendimiento global del equipo y su capacidad para competir de manera efectiva en lo que restaba de la temporada.
Un primer tiempo que tuvo de todo
Tanto Talleres como Unión brindaron un espectáculo, que, para el neutral fue vibrante hasta la última jugada. La T llegó a Santa Fe con la firme intención de jugársela, en términos deportivos, ya que, en caso de ganar, quedaría a solo dos puntos de Vélez Sarsfield cuando aún quedan nueve puntos en juego, lo que deja abierta una amplia gama de posibilidades. A bordo del 4-2-3-1, como base, el equipo de Alexander Medina rápidamente adoptó su identidad, construyendo un conjunto protagonista con características propias del espíritu ofensivo del delantero que supo ser el entrenador. Se caracteriza por un fútbol de propuesta más que de respuesta. En todo momento buscó tener el dominio del balón, de jugar más tiempo en el campo rival que en el propio. Buscó crear circuitos de juego, asociaciones por las bandas y finalizaciones por dentro. Es indiscutible la huella del uruguayo en una formación que, aunque pierda nombres propios a lo largo de la temporada, mantiene una clara vocación ofensiva y propone partidos de una intensidad altísima. Talleres defendió en campo contrario, adelantando las líneas para disputar la posesión, y, cuando tuvo la pelota, atacó prácticamente con todos sus hombres, aunque no dejaba de ser un equipo versátil en ataque, con un arsenal de opciones que le permite evitar caer en la previsibilidad.
Uno puede planificar un partido, tanto para Cristian González como para Alexander Medina, a lo largo de toda la semana, anticipando cada detalle táctico, cada movimiento estratégico, pero si a los 50 segundos del inicio del encuentro se cobra un penal, es evidente que todo lo que se había preparado se desvanece en un abrir y cerrar de ojos, y lo único que queda es hacer un bollo con los papeles y tirarlos a la basura. El saque de arco de Thiago Cardozo, un pelotazo largo de Franco Pardo que saltea líneas, encuentra a un Jerónimo Dómina (4) que, tras dominar el balón, trazó una diagonal a espaldas de los centrales, quedó mano a mano con Guido Herrera, pero, en un instante de duda, decide no salir y termina llevándose por delante al joven del IPEI. Andrés Gariano sancionó al falta. El encargado de hacerse cargo del balón fue Adrián Balboa (5) quien, con determinación, no titubeó y le reventó el arco, convirtiendo el primer gol en la primera acción profunda del partido. Sin embargo, el uruguayo luchó más de lo que jugó. No tuvo peso en los metros finales y siempre fue anticipado por los centrales de la T.

De menor a mayor fue Jerónimo Dómina. Detectó los espacios, se movió por todo el frente de ataque. Se desplazó tanto por izquierda, como por derecha. Generó ciertas vacilaciones en el bloque defensivo del elenco cordobés, pero con el correr de los minutos, Talleres ajustó sus marcas y perdió protagonismo. Por su parte, Matías Galarza es el generador de juego que tiene Talleres desde la mitad de cancha hacia adelante, un jugador clave que, a pesar del gol tan prematuro, el 0-1, que parecía haber puesto en riesgo las intenciones del equipo, parece no haberse visto afectado en lo más mínimo, ya que, lejos de entrar en una fase de incertidumbre o desesperación, continúa con su estilo característico, jugando de primera, realizando toques cortos que facilitan las asociaciones con sus compañeros, combinando con fluidez para generar opciones de ataque tanto por el medio, donde se siente cómodo manejando los hilos del juego, como por los laterales, abriendo el campo y buscando siempre alternativas para progresar con el balón, demostrando una madurez y capacidad para mantener el control del ritmo del partido, sin dejar que el marcador inicial altere su visión de juego.
Si bien aún no había generado situaciones, Talleres comenzaba a dominar territorialmente, imponiéndose en todas las segundas pelotas y ganando la batalla en el centro del campo, donde su control empieza a marcar la diferencia. Unión, por su parte, mantuvo su habitual esquema de 3-5-2 cuando ataca y 5-3-2 cuando no tiene la pelota, un sistema que depende en gran medida de los retrocesos tanto de los laterales-volantes como de los volantes, quienes deben cubrir constantemente las bandas, lo que deja al equipo expuesto a ciertos desequilibrios defensivos. Otro de los que bajó considerablemente su nivel fue Lautaro Vargas (3). Sin velocidad para poder proyectarse en ataque, sufrió siempre por izquierda los movimientos interesantes del tándem Galarza-Navarro. En la jugada del penal no estuvo en su perfil y no estuvo sólido en las coberturas.
Mientras tanto, Unión intentó bajarle el ritmo al partido, buscando evitar que se impusiera el vertiginoso estilo de juego de Talleres, que apostaba al ir y venir constante, al «palo por palo», un plan que el equipo santafesino no quería seguir. Para conseguir esto, el Tate trató de sostener la posesión de la pelota, haciendo pases hacia atrás para ganar tiempo y reorganizarse, sabiendo que dependía mucho de los volantes para poder generar juego, y que si los de buen pie no estaban en su mejor día, lo sentirían y mucho. Patricio Tanda (3) tuvo la misión de reemplazar a Joaquín Mosqueira, pero en ningún momento del partido logró hacer pie en la mitad de la cancha, llegó tarde a los anticipos, no tuvo quite ni contención y sufrió demasiado a Galarza y a Rubén Botta, quienes le hicieron pasar un mal momento. Simón Rivero (4), por su parte, desperdició una oportunidad muy clara en el primer tiempo, ya que cabeceó desviado dentro del área y no pudo imponerse en el mano a mano, lo que resultó ser una jugada perdida que pudo haber cambiado el curso del partido. Mauro Pittón (4), aunque nunca se le podrá reprochar el sacrificio que mostró durante todo el encuentro, en esta ocasión no logró que ese esfuerzo fuera suficiente, ya que con la pelota en los pies no estuvo preciso y falló en varios pases importantes.
Si algo le faltaba a Talleres era ir perdiendo 0-1 y tener que agotar un cambio a los 16 minutos de la primera etapa. Sebastián Palacios sufrió una molestia en el posterior izquierdo, lo que obligó al cuerpo técnico de Alexander Medina a hacer un ajuste en la formación. Aunque mantuvo el esquema 4-2-3-1, en su lugar ingresó Alejandro Martínez, quien se ubicó en el costado derecho, mientras que Galarza se desplazó hacia la banda izquierda, y Rubén Botta pasó a ocupar la posición de enganche, con la intención de reorganizar el ataque. En la delantera, Tarragona, simpatizante de Unión y originario de la ciudad de Santa Fe, continuó en su puesto. Sin embargo, la postura adoptada por Unión después de haber logrado el 1-0 a los 50 segundos era realmente incomprensible, ya que, en lugar de intentar aprovechar la ventaja obtenida, decidió ceder por completo la iniciativa a Talleres, replegándose excesivamente y ocupando los espacios de manera eficiente, pero sin ofrecer ninguna amenaza ofensiva, lo que resultó ser un peligro, ya que, cuando Talleres decide atacar, lo hace de manera fluida y eficaz, con jugadas bien combinadas y toques de primera que, aunque efectivos, aún carecen de la precisión necesaria para concretar las ocasiones que se les presentan.
La idea de Unión, hasta ese momento, parecía clara: desligarse completamente de la tenencia de la pelota y atacar mediante pases profundos, especialmente con la salida de Franco Pardo (3), quien estuvo lejos de ser ese jugador confiable en la marca, para buscar a Balboa y Dómina. Sin embargo, el 1-0, logrado por el uruguayo a los cuatro minutos, comenzaba a parecer totalmente engañoso para el CAU. La única diferencia en el marcador era ese gol temprano, porque a partir de ese momento, Talleres tomó el control en todos los sectores de la cancha. Tarragona estuvo cerca de ampliar la ventaja con un potente remate de zurda tras un error en la salida de Unión; el disparo pegó en el palo izquierdo del arco defendido por Thiago Cardozo. Pocos segundos después, Rubén Botta, quien es el mejor jugador que tiene Talleres y probablemente uno de los mejores del fútbol argentino, metió un pase espectacular a Matías Galarza, quien partió habilitado, se enfrentó al arquero uruguayo Thiago Cardozo (3) que salió a destiempo y lo derribó. Carlos Gariano cobró inmediatamente la falta, pero hubo un chequeo desde el VAR y el encargado de impartir justicia invalidó la jugada. Botta, con mucha categoría, definió con clase.

En ese momento, se produjo un gesto extraño de Botta, quien, al parecer, realizó unos movimientos con las manos tipo “Spiderman”, lo que dejó en duda si se trataba de una provocación hacia la tribuna de Unión o simplemente un intento de mostrar algo en la cancha. Este gesto generó una reacción inmediata en los jugadores de Unión, quienes, visiblemente molestos, parecían dispuestos a “comerse” a Botta en ese instante. En medio de la tensión, Talleres logró empatar el partido, lo que dejó a la hinchada de Unión aún más enfurecida y aumentó la carga emocional en los jugadores de ambos equipos, involucrándolos en una jugada cargada de tensiones y emociones.
Luego del 1-1, Unión intentó avanzar, buscando recuperar terreno y generando algunos tiros de esquina. Pero la única verdad es la realidad: por más que lo intente, casi nunca logra transformar a los arqueros rivales en figuras. Refleja una de las grandes limitaciones que enfrenta, ya que, a pesar de su entrega, carece de capacidad de concretar las situaciones en gol. No se amiga con la pelota, no tiene la posesión. Juega con la misma intensidad con la que vive, con una entrega constante, pero hay veces en la que, por más ganas que pongan, no basta para superar las carencias en el juego y alcanzar el nivel necesario para marcar la diferencia en el resultado. Talleres generaba siempre superioridad numérica por el costado izquierdo. El centro de Navarro, la pelota que rebotó en Pardo y casi se le mete en el primer palo a Thiago Cardozo, quien con esfuerzo, logró mandarla al tiro de esquina. Y de esa jugada, nuevamente vuelve a pecar de inocente Unión en el juego aéreo. Desde hace años que Unión no logra tener solidez por esa vía. Recientemente, ante Gimnasia, había sido Castillo quien se impuso en el juego aéreo y anotó el gol del 2-1, y antes, en el partido contra Boca, Milton Giménez había dado el triunfo parcial con un cabezazo en el área chica, lo que dejaba en evidencia que, en situaciones de balón detenido, Unión rara vez logra imponerse. Así, una vez más, se cumplió la vieja premisa: dos cabezazos en el área y el gol estaba casi asegurado. Primero fue Benavides quien cabeceó, y luego, con un frentazo certero, el paraguayo logró mandar el balón al fondo de la red, marcando su cuarto gol del año y el tercero en el torneo, lo que dejó a Unión nuevamente expuesto y sin respuesta ante una jugada en la que claramente había fallado en la cobertura aérea.

De la única manera en que Unión podría equilibrar el trámite del partido era manteniendo su estilo de ataque, siempre buscando desbordar por las bandas y asegurándose de que hubiese un jugador en el área para concretar las jugadas, como lo demostró el centro de Corvalán, en el que Simón Rivero, despegándose de la línea de los volantes, se elevó para cabecear, pero su remate se fue desviado, afuera del arco. Por su parte, Talleres comenzó perdiendo desde los 30 segundos, un golpe temprano que, lejos de afectarlos, no los desbordó, sino que, por el contrario, mantuvo la calma, manejó la pelota con inteligencia y asumió el rol de protagonista del encuentro, controlando el ritmo del juego con una determinación que se fue acrecentando con el paso de los minutos. Los jugadores de la mitad de cancha, en especial Galarza, quien se mostró cada vez más fino y crucial en cada acción, y el paraguayo, quien vivió una de sus mejores actuaciones, lideraron el juego, equilibrando la balanza a favor de su equipo y demostrando un nivel de rendimiento excepcional, lo que permitió a Talleres retomar el control y dominar nuevamente las acciones. Además, Talleres, que había recuperado en las últimas fechas la intensidad y la presión que lo caracterizaban en su mejor versión, volvió a exhibir esa capacidad de ahogar al rival, presionando constantemente y recuperando el balón rápidamente, lo que les permitió mantenerse dentro del partido y mantener una competitividad feroz hasta el último minuto del primer tiempo.
Segundo tiempo
Algo tenía que cambiar Kily González en el inicio del segundo tiempo, ya que el equipo no estaba funcionando de la manera esperada, y así, decidió realizar una modificación significativa, sacando a Miguel Torren (3), un jugador con el que los hinchas no lograban simpatizar, debido a que siempre se lo veía a destiempo, lento y con dificultades para imponerse en el mano a mano, una constante que le restaba confianza. En su lugar, decidió colocar a Lionel Verde (5), un jugador que, a pesar de su corta edad, siempre pide la pelota, tiene personalidad y, aunque comete errores, tiene aciertos que lo convierten en un jugador a tener en cuenta. Con este cambio, rompió el esquema de 5-3-2 y optó por un 4-4-2, con Dómina y Balboa como delanteros, Tanda y Pittón en el doble 5, Rivero por la derecha y Verde por la izquierda.
Sin embargo, en el inicio del segundo tiempo, el partido no logró encontrar forma, ya que se tornó desordenado, sucio y entreverado, con constantes interrupciones y un juego cortado, en el que las divididas se sucedían sin cesar, impidiendo que el encuentro tomara fluidez. Además, en el lado de Unión no apareció ningún jugador capaz de hacerse cargo del balón y darle ritmo al juego, alguien que asumiera el rol de conductor, de titiritero, que pudiera pausar el juego, distribuir con claridad y conectar a sus compañeros con precisión, lo que hacía que el equipo se viera falto de ideas y sin capacidad para generar jugadas claras.
Mateo del Blanco (3) no tuvo un buen desempeño. A pesar de que el entrenador lo colocó en una posición en la que no se siente cómodo, le costó la marca, y en el complemento, tuvo una mala salida, regalando la pelota a Rubén Botta, quien interceptó, gambeteó y disparó con pierna izquierda, pero la pelota se fue por línea de fondo. Ante esto, el Kily se dio cuenta de que no le gustaba lo que su equipo estaba llevando a cabo y, por ello, mandó a la cancha a Gonzalo Morales (4) por Jerónimo Dómina y a Enzo Roldán (5) por Patricio Tanda. Sin embargo, la actuación del ex Boca pasó desapercibida, ya que no tuvo ninguna situación clara para convertir, mientras que el oriundo de Villa Mercedes, Roldán, ingresó bien. Hizo un enganche en la puerta del área y cuando remató de derecha, un cabezazo de Navarro evitó lo que pudo haber sido el empate. A pesar de los cambios, no lograron surtir el efecto esperado, y Talleres, aprovechando los espacios, nuevamente por el costado izquierdo donde Del Blanco había tenido un pésimo desempeño, encontró la oportunidad para golpear. El centro de Galarza, seguido de la definición con el pie izquierdo de Tarragona, quien es reconocido hincha santafesino, permitió que Talleres anotara el 3-1, un gol que cerró las opciones de Unión y sentenció el destino del partido.
A los 21′, el Kily volvía a meter mano con los cambios, con la salida de Balboa y el ingreso de Lucas Gamba (6), quien fue el mejor jugador dentro de un panorama desolador. Unión lograba adelantarse unos metros en el campo, pero carecía de claridad, ya que, aunque tenía la pelota, generalmente lo manejaba en zonas completamente improductivas. A medida que avanzaba el partido, comenzaban a escucharse murmullos desde la popular, reflejó el desconcierto en la popular; por su parte, Talleres se cerraba de manera ordenada, con sus dos líneas de cuatro, achicando eficazmente los espacios y dificultando la circulación del juego, mientras que Unión, aunque siga buscando generar algo de peligro, no parecía tener demasiadas ideas claras para penetrar la defensa rival, repitiendo una y otra vez la misma jugada, abriendo la cancha y lanzando centros tras centros, esperando que algún delantero pueda peinarla o que surja alguna acción aislada, pero sin lograr cambiar el curso de un partido que se les va escapando entre las manos.

Los últimos quince minutos, quizás, fue lo mejor de Unión durante todo el partido, pero es quedarse con muy poco, es permitir que el árbol tape el bosque. Lo que tiene este equipo es que termina yendo a buscar los partidos con un enorme orgullo propio, un sentimiento que no se discute en lo más mínimo, ya que los jugadores siempre muestran entrega y determinación, pero a pesar de esa entrega, lo hacen sin ideas claras ni un plan estructurado que les permita desordenar a los rivales o generar situaciones de peligro de manera constante. Y es precisamente en este aspecto dónde se debe notar la mano del director técnico, quien tiene la responsabilidad de darle esa claridad y cohesión que tanto necesita, aunque también es cierto que, a pesar de los esfuerzos, sigue siendo un plantel corto, con pocas variantes y recursos para enfrentar las exigencias de la competencia, por lo que resulta necesario reflexionar profundamente sobre los jugadores que podrían renovar sus contratos a fin de año, ya que esa será una decisión crucial para la construcción del equipo en el futuro cercano.
¿Qué tuvo Unión en este partido? Principalmente, un destello de fútbol de Roldán, quien, con un enganche, logró sacar un remate de derecha que se dirigía al gol, pero en la línea apareció la cabeza de un jugador de Talleres para evitar lo que hubiera sido el 2-3, un momento que pudo haber cambiado el curso del encuentro; luego, Gamba, desde la derecha, ejecutó un disparo cruzado que fue rechazado por el arquero Guido Herrera con los puños, en una acción que también dejó en evidencia las pocas llegadas claras de Unión en el partido. Sin embargo, si algo faltaba para demostrar que el DT de Unión estaba aún más perdido en su planteamiento, fue el ingreso de Tiago Banega (-) por Rivero, un cambio que resultó inexplicable, dado que Banega, un jugador que seguramente dejará de vestir la camiseta tatengue dentro de tres partidos, probablemente el 31 de diciembre, en pleno brindis por Año Nuevo, no ha aportado nada interesante durante su estadía en Santa Fe, y menos aún en los cinco minutos que restaban para el final del encuentro. A los 44 minutos, Unión logró llegar al descuento gracias a Gamba, quien, junto a Roldán, entró bien al área; Pardo, quien había roto líneas y aguantado bien de espaldas, giró y sacó un remate al palo derecho de Herrera, lo que hizo que el final del partido se volviera apasionante, aunque ya fuera tarde para una remontada definitiva. Es uno de esos partidos en los que, a pesar de la oportunidad de dar un salto de calidad y acercarse a los objetivos más altos, se requería una victoria, pero lamentablemente no se pudo lograr, y ante esta situación, es fundamental señalar que para poder ser verdaderamente protagonistas en el campeonato, hizo falta refuerzos de jerarquía que pudieran marcar la diferencia en momentos clave, variantes tácticas que le dieran al equipo mayor capacidad de adaptación y sorpresa ante el rival, además de una ambición dirigencial que no se tradujo en acciones concretas para fortalecer el plantel de manera significativa, lo que hizo que, aunque el objetivo de clasificar a la Copa Sudamericana no fuera necesariamente malo, sí quedó claro que se pudo haber apuntado a algo más ambicioso si se hubieran tomado las decisiones correctas en los refuerzos y en la planificación a lo largo del año.
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