Por Darío Fiori
De haber tenido la posibilidad de elegir, es probable que Lionel Messi hubiera optado por un cierre de año como el que se le presenta: en su país, vistiendo la camiseta de la selección y frente a más de 50.000 fanáticos que lo harán sentir como en casa. Después de un 2024 marcado por altibajos, no hay mejor manera de culminar que con el calor del hogar. Tras una temporada atípica, afectada por las lesiones y una cantidad reducida de partidos disputados (la más baja desde sus inicios en Barcelona), el rosarino intentará cerrar su calendario futbolístico con una victoria en la Bombonera ante Perú, que le permita dejar atrás el tropiezo en Paraguay y que signifique, a nivel personal, un pequeño impulso de cara a lo que se avecina.
A pesar de haber conquistado dos títulos (la Copa América y la Supporter’s Shield), el 2024 estuvo lejos de ser el año deseado para Messi. Una inflamación en el aductor de su pierna izquierda le impidió realizar la pretemporada con el Inter de Miami y prácticamente no sumó minutos durante la gira de su equipo por Asia. Regresó a las canchas el 21 de febrero, participó en 12 partidos hasta el inicio de la Copa América y sufrió una nueva lesión en la final ante Colombia. Debido a un inconveniente en el ligamento del tobillo derecho, estuvo dos meses apartado de los terrenos de juego, contando los días para regresar, pero tomándose su tiempo para evitar complicar aún más la lesión. Aunque su retorno fue exitoso, no logró plasmar en el campo esa diferencia de categoría que lo distingue del resto.
Messi vivió momentos contrastantes durante el año. Padeció el partido en Maturín, brilló con tres goles y dos asistencias frente a Bolivia, y prácticamente no dejó huella en Asunción, ante una Paraguay que propuso un juego físico y friccionado que le dificultó escapar. La revancha, sin embargo, llegará este martes ante Perú, en la Bombonera, un escenario donde Messi vivió dos de los momentos más emotivos de su carrera: en diciembre de 2005, cuando compartió cancha con Diego Maradona en un partido de la fundación PUPI, y en 2021, cuando recibió una ovación de los hinchas en el triunfo 3-0 ante Venezuela, antes de viajar al Mundial.
A excepción de sus primeros tres años en Barcelona, en los cuales disputó menos de 40 partidos entre el club español y la selección argentina (9 en 2004, 37 en 2005 y 34 en 2006), Messi ha llegado a disputar hasta 76 partidos en una temporada (en 2014), con un promedio de 57,3 encuentros. Sin embargo, este promedio ha disminuido considerablemente desde su consagración en Qatar, pasando de 51 partidos en 2022, a 44 en 2023 y 35 en 2024. Incluso en 2020, año marcado por las restricciones de la pandemia, disputó 11 partidos más que en el 2024, un registro que constituye el más bajo de su carrera en los últimos 18 años. A pesar de esta baja en las presencias, su influencia en el juego no se vio afectada, anotando 23 goles en 25 partidos con las Garzas de Miami.
La eliminación de Inter Miami en los octavos de final de la MLS —tras liderar cómodamente la Zona A y caer por 3-2 frente al Atlanta United— aceleró el final de una temporada que no se asemejó a las anteriores, en las que Messi acostumbraba a pelear en todos los frentes. Si su equipo hubiese avanzado a la final, su participación en la Major League Soccer habría culminado el 7 de diciembre, 28 días después de la derrota ante Atlanta.
“Habíamos hablado de algunas semanas de parate, aunque no es algo que marque una diferencia significativa. A la selección no la afecta, porque jugamos ahora (por los partidos ante Paraguay y Perú) y no volvemos a jugar hasta marzo. La sensación es que Inter podría haber llegado a las finales, pero en cuanto al descanso, no cambia absolutamente nada”, relativizó la situación Lionel Scaloni. Argentina disputará este martes su último partido del año por eliminatorias y retomará la actividad en marzo de 2025, con dos enfrentamientos cruciales: primero contra Uruguay en Montevideo, y luego ante Brasil en el estadio Monumental.
Durante 2024, Messi disputó diez partidos con la selección, entre amistosos, Copa América y eliminatorias, anotando seis goles, tres de ellos en partidos clave: dos ante Guatemala, uno ante Canadá y tres frente a Bolivia. Se ausentó de los encuentros contra El Salvador y Costa Rica por lesión, así como de la doble fecha de septiembre contra Chile y Colombia. A un año y medio del Mundial, Messi disputará uno de sus últimos partidos en suelo argentino antes de poner fin a su etapa en la selección. Por lo pronto, el 10 tendrá casi 100 días de inactividad que utilizará para realizar una pretemporada completa, disputar algunos amistosos en Estados Unidos y enfocarse en un 2025 cargado de competencias, que incluirá una nueva temporada en la MLS, la Concachampions, el Mundial de Clubes y los seis partidos restantes de las eliminatorias. Todo esto, en la antesala de la Copa del Mundo, que aún está distante en el horizonte de la estrella. Pero antes de todo eso, será tiempo de hacer una pausa, disfrutar de las fiestas en familia y recuperar tanto el descanso físico como el mental que tanto necesita.
A sus 37 años, Messi se ha propuesto disfrutar cada partido hasta el momento de colgar los botines. El domingo, después de 24 horas libres, encabezó el regreso de la selección a los entrenamientos, a solo 48 horas del crucial enfrentamiento contra Perú, un equipo al que, curiosamente, le ha marcado solo tres goles en 190 partidos con la celeste y blanca: uno en la Copa América de 2007 y un doblete en Lima al inicio de las eliminatorias. Con las entradas agotadas desde el martes, la Bombonera se convirtió en el escenario de la despedida de Messi en 2024, un año singular y lleno de incertidumbre.
El análisis constante y, en muchas ocasiones, apresurado sobre el fútbol argentino y la selección genera una presión inmediata sobre los jugadores y el cuerpo técnico, especialmente después de una derrota, como la sufrida ante Paraguay. Tras ese partido, comenzaron a surgir preocupaciones sobre el rendimiento de varios futbolistas, así como la falta de un recambio claro que pueda reemplazar a los jugadores consagrados que atraviesan una baja de rendimiento. Este debate está presente en todos los rincones, pero hay una persona que parece mantenerse ajena a la ansiedad colectiva: Lionel Scaloni. El técnico de la selección, aunque siempre enérgico y comprometido, no se deja llevar por el nerviosismo y, pese a la derrota, se siente tranquilo con la situación de su equipo.
Scaloni lidera el ciclo más exitoso en la historia de la selección argentina: campeón del mundo en Qatar 2022, bicampeón de América con las Copas de 2021 y 2024, y ganador de la Finalissima ante Italia. Aunque la selección atraviesa altibajos, el plantel conserva muchas de las cualidades que lo llevaron al éxito, aunque siempre hay aspectos que corregir. Sin embargo, el contexto actual es muy diferente al de hace algunos años, cuando Scaloni enfrentó momentos de incertidumbre, especialmente después del Mundial de Rusia 2018. En ese entonces, tras la derrota ante Brasil en la Copa América 2019, Scaloni reconoció haber pensado en dejar su puesto: “Hubo un momento después del Mundial, después del Maracaná, que no estaba bien conmigo. No estaba cómodo. Se me venían miedos que antes no tenía. Estuve cerca de irme”, confesó recientemente. Sin embargo, superada esa fase, se reenfocó en su objetivo de seguir ganando.
Hoy, con la cabeza tranquila y respaldado por los logros recientes, Scaloni no ve razón para perder la calma. A pesar de la derrota ante Paraguay, el DT sabe que su equipo ha bajado un poco en cuanto a tensión competitiva, pero sigue teniendo todo bajo control. A un año y medio del Mundial, Scaloni entiende que este es un proceso que permite correcciones sin necesidad de entrar en pánico. El entrenador recuerda la derrota inicial ante Arabia Saudita en el Mundial de Qatar, donde, tras ese tropiezo, tomó decisiones drásticas para enderezar el rumbo. Cuatro días después, en el partido contra México, hizo cinco cambios clave que ayudaron a la selección a avanzar hacia la gloria. En ese momento, la urgencia era mayor. Hoy, la situación es diferente.
No obstante, Scaloni es consciente de que hay aspectos que mejorar. La reacción tardía de Julián Álvarez en el partido contra Paraguay, por ejemplo, evidenció una falta de concentración y de “tensión competitiva” en algunos momentos del juego. También, la elección táctica del sistema 4-2-3-1 no fue la más adecuada para enfrentar a un rival como Paraguay, que propuso un juego físico y de roce en el mediocampo. Sin embargo, Scaloni sigue confiando en su grupo, y sabe que no hay alternativas en el banco que puedan generar el mismo impacto que los titulares cuando no están en su mejor nivel. La solución no pasa por cambios drásticos de esquemas o nombres, sino por ajustar el colectivo, fortalecer la estructura del equipo y garantizar que todos estén alineados con el objetivo común.
Además, Scaloni entiende que no debe apresurarse a tomar decisiones definitivas, como descartar jugadores como Balerdi o Garnacho por actuaciones puntuales. A veces, las cosas requieren tiempo para dar resultados, y en los próximos meses, con la continuidad de los jugadores en sus clubes y más rodaje en la selección, se podría encontrar una mayor regularidad y forma. No es necesario tomar decisiones precipitadas. Scaloni confía en que el equipo, aunque esté en un proceso de ajuste, sigue siendo sólido y tiene margen para mejorar. Es un grupo campeón del mundo, y antes de hacer cambios significativos en el esquema o en los nombres, Scaloni necesita convencerse, y lograr que los jugadores también lo hagan, de que las cosas no están funcionando como deberían. Solo cuando esa situación sea evidente, podrá considerar ajustes más profundos. Por ahora, el entrenador se encuentra en un “Modo Zen”, sabiendo que para el Mundial aún hay tiempo suficiente no solo para evaluar modificaciones, sino también para darle rodaje al eventual recambio que llegará.
Mucha tenencia de pelota pero sin generar absolutamente nada
Lionel Scaloni está atravesando uno de los momentos más complejos de su ciclo como entrenador de la Selección Argentina. En los siete años al mando, nunca había enfrentado una doble fecha FIFA con tantas dificultades, más allá de la derrota contra Paraguay. Las bajas por lesiones se han sumado a su desafío, con jugadores clave como Cuti Romero y Nahuel Molina fuera debido a problemas físicos, y a esto se le suman las ausencias previas de Lisandro Martínez y Germán Pezzella. Todo esto ha obligado a Scaloni a realizar ajustes tácticos y de personal en busca de soluciones.
Durante un entrenamiento en el predio de Ezeiza, a pesar de la lluvia, Scaloni experimentó con distintas variantes de cara al partido contra Perú en la Bombonera. Una de las principales decisiones fue la inclusión de Gonzalo Montiel como reemplazo de Molina, mientras que Leo Balerdi ocuparía el puesto de Romero en la defensa. Para Balerdi, esta es una oportunidad clave, ya que debutaría como titular en la selección, buscando redimirse después de un ingreso irregular en Asunción, donde cometió un error que resultó en el segundo gol de Paraguay.
Lejos de criticar a sus jugadores, Scaloni mostró empatía con los errores, especialmente con los más jóvenes que han tenido menos minutos en la selección. El entrenador se dedicó a brindarles su apoyo, sabiendo que los partidos difíciles son una oportunidad para los jugadores menos experimentados para ganarse un lugar y ganar confianza. En este sentido, Scaloni reconoció que, aunque la jugada del gol ante Paraguay fue determinante, su labor como técnico es respaldar y dar confianza a los jugadores. Una buena noticia para Scaloni fue la recuperación de Nicolás Tagliafico, quien había sufrido molestias en su hombro derecho. El lateral izquierdo, que ha sido clave para la selección en los últimos años, pudo completar el entrenamiento sin inconvenientes y parece estar listo para volver al once titular frente a Perú. Esto representa un alivio para el técnico, considerando que otras opciones como Lisandro Martínez y Marcos Acuña están lesionadas, y Barco no fue convocado por decisión técnica.
A una hora del inicio del partido, Scaloni confirmó que solo realizaría dos cambios respecto al encuentro contra Paraguay, con el objetivo de defender la punta de las Eliminatorias y mantener el primer puesto en el ránking FIFA. En principio, los otros ocho jugadores que comenzaron ante Paraguay (De Paul, Enzo Fernández, Mac Allister, Messi, Julián Álvarez y Lautaro Martínez) continuarían en el once titular. El enfrentamiento contra Perú se presenta complicado, ya que, aunque se encuentra en la penúltima posición, el equipo rival probablemente planteará un esquema defensivo sólido, con varios bloques bajos que dificultarán el juego ofensivo de Argentina. Además, Scaloni tiene la opción de Giuliano Simeone, quien ha entrenado con el equipo y podría ingresar como carrilero derecho, lo que ofrecería más alternativas tácticas. En este último partido del año, Scaloni deberá combinar su capacidad táctica con un enfoque más clínico para sanar las heridas físicas de su equipo y mantener a la selección en el camino del éxito.
A bordo del 4-3-3, se hizo dueño de la tenencia de la pelota y del partido, pero le costó volver a generar peligro. Lo mejor que tuvo la Selección en esos primeros cuarenta y cinco minutos fue la participación de Enzo Fernández (6). Su primer tiempo fue de lo mejor desde la operación en la hernia inguinal que arrastraba desde fines del año pasado y no le permitía jugar ni entrenar con normalidad durante los últimos meses en Chelsea. Cuando Argentina gobernaba la administración del balón, se introducía entre los centrales, formando así una línea de tres. ¿Qué buscaba con esto? Liberar a los laterales, tanto Gonzalo Montiel por la derecha como Nicolás Tagliafico por la izquierda, para que se proyecten más adelante. De esta manera, Julián Álvarez se cerraba para darle espacio al ex Independiente, y lo mismo hacía Lionel Messi: aunque comienza su recorrido por la derecha, tiene libertad para moverse hacia el centro y flotar por detrás de los volantes centrales rivales, generando opciones de pase y buscando desequilibrar la defensa contraria. Argentina intenta asociar pases y mantener su estilo de juego característico, buscando siempre la fluidez en la circulación del balón.

No fue casualidad el primer tiempo que disputó Argentina. Se vio en la atmosfera el cansancio físico y mental que arrastraban varios jugadores. Y acá es donde aparece la disyuntiva del entrenador Lionel Scaloni, que enfrenta al desafío más complejo y exigente de su ciclo al frente del equipo, uno que no solo pondrá a prueba su autoridad como líder, sino también su capacidad para gestionar el vestuario, particularmente en lo que respecta a la delicada tarea de comunicar a ciertos jugadores de peso, las llamadas vacas sagradas, que su tiempo en la Selección ha llegado a su fin.
Tras una era dorada marcada por las conquistas del bicampeonato de las dos Copa América y el Mundial de Qatar 2022, n ciclo que comenzó entre incertidumbres y dudas ha culminado en una serie de éxitos que no solo han renovado la esperanza de toda la nación, sino que también han elevado el legado de varios de sus jugadores más emblemáticos. No obstante, el fútbol, por su naturaleza dinámica y en constante evolución, exige a Scaloni, como líder de este proceso, una adaptación continua a los cambios que el deporte impone.
En este sentido, no pocos parecen apresurarse a dar por cerrado el ciclo más exitoso en la historia del fútbol argentino, lo que no debe generar más que un llamado a la calma y a la confianza en el proceso. Este equipo ha demostrado, en diversas ocasiones, su capacidad para reinventarse y afrontar los desafíos con carácter y determinación. Los logros obtenidos, como la Copa América 2021 y, sobre todo, la conquista del Mundial de 2022, no son frutos de la casualidad ni se alcanzan de un día para el otro; representan el resultado de un trabajo arduo llevado a cabo por un grupo de jugadores de gran calidad, dirigido por un cuerpo técnico que ha sabido encontrar las claves del éxito. Así, resulta evidente que la selección argentina aún tiene mucho por ofrecer, y su camino no ha llegado a su fin.
El fútbol, por su propia esencia impredecible, puede ofrecer altibajos de un torneo a otro; sin embargo, esto no implica que deba acelerarse la transición ni que debamos dar por concluido lo logrado hasta el momento. Las generaciones de futbolistas inevitablemente se suceden, pero los ciclos exitosos no se cierran de forma abrupta ni deben ser abandonados por la presión de resultados inmediatos. Es imperativo confiar en que, manteniendo una base sólida y continuando con el trabajo serio y visionario que ha caracterizado al proyecto, este ciclo puede prolongarse, evolucionar y seguir ofreciendo frutos.
No debemos dejarnos llevar por la ansiedad del momento ni por aquellos que pretenden imponer un discurso de cambio acelerado. Lo logrado por la selección argentina en los últimos años constituye un patrimonio invaluable que, aunque sin duda experimentará cambios, debe ser preservado y acompañado de un enfoque que valore la continuidad y el proceso. El fútbol, en su esencia, es un proceso, no una carrera de velocidad, y es fundamental mantener la perspectiva necesaria para comprender que cualquier etapa de transición debe ser gestionada con paciencia y con el convencimiento de que el éxito es siempre un resultado del trabajo constante y la adaptación. Lo primero que debe entenderse es que, en los últimos años, nos hemos malacostumbrado a un ciclo de victorias continuas, en el que cada partido de la selección parecía llevar implícita la certeza de una victoria. Desde la Copa América 2021 hasta la Finalissima contra Italia, y culminando con el Mundial de 2022, la selección no hizo más que brindarnos alegrías. La coronación de Messi como campeón del mundo, un sueño largamente ansiado, se hizo realidad, y desde entonces, las expectativas sobre el equipo se elevaron de manera considerable. Ganar pasó a ser lo esperado, y la posibilidad de perder, casi impensable.
Sin embargo, el fútbol no es una línea recta; la selección argentina, aún con la gloria del Mundial reciente, enfrenta ahora una nueva realidad, que necesariamente incluye momentos de frustración, derrotas inesperadas y, posiblemente, una cierta desconexión temporal entre algunos jugadores. Por ello, aunque perder tres de los últimos cinco partidos no debe ser considerado como el fin del mundo, sí genera preguntas válidas sobre el estado actual del equipo. Lo más relevante en este momento es comprender que, más allá de los resultados inmediatos, la selección argentina atraviesa un proceso de transición. Aunque el término «nueva generación» pueda sonar extraño en un equipo que sigue contando con figuras como Messi, la realidad es que el ciclo de la estrella rosarina está llegando a su fin, lo que implica que el equipo debe comenzar a pensar en el futuro y en la integración de nuevos jugadores que continúen con el legado alcanzado. En este contexto, es completamente normal que los futbolistas jóvenes necesiten tiempo para adaptarse al exigente ritmo de la selección. Algunos, como Enzo Fernández o Julián Álvarez, han logrado integrarse rápidamente, mientras que otros aún no logran explotar todo su potencial. En un equipo con tan altas expectativas, la presión es un factor constante.
El desgaste físico y emocional, además, juega un papel importante. Después de una Copa América desgastante, y los varios partidos que le siguieron, no fue extraño que algunos jugadores lleguen al final del 2024 con la mente y el cuerpo agotados. La energía generada por la consagración se va disipando, y con ella, la frescura que el equipo había mostrado en la cancha.
Es posible que el verdadero desafío radique en el mal acostumbramiento de la gente, que, tras tantos años de éxito, no sabe cómo manejar las derrotas. En lugar de ver estas derrotas como una oportunidad para reflexionar y mejorar, a menudo se recurre a un tono dramático que poco tiene que ver con la realidad del fútbol. Es sabido que, en cualquier momento, una nueva generación puede florecer, y aunque reemplazar a Messi no será tarea fácil, lo cierto es que para ello se necesita tiempo, paciencia y trabajo en equipo. Jugadores de jerarquía como Messi, Lautaro Martínez o Rodrigo De Paul siguen siendo parte de la selección, y aunque no siempre brinden su mejor versión, su calidad sigue siendo indiscutible. Ahora es el momento de reorganizarse, encontrar el equilibrio y pensar en el futuro, pues la clasificación al próximo Mundial no está en peligro. Esta es una oportunidad ideal para probar nuevas variantes, para que los jóvenes sigan creciendo y adaptándose al equipo.
No se debe caer en el dramatismo, pero tampoco debemos ignorar lo que está sucediendo. El fútbol tiene sus altibajos, y aunque la selección argentina atraviese una racha de derrotas, esto no significa que se haya roto su conexión con el éxito. Lo que está ocurriendo es parte de un proceso, de ese incómodo período de transición en el que se prueban nuevas fórmulas, se aprenden lecciones y el equipo tiene la oportunidad de renovarse. No es la primera vez que un equipo de la talla de Argentina pasa por una etapa de transición, y con la calidad de sus jugadores, lo más probable es que, en poco tiempo, volvamos a ver al equipo luchando por nuevos títulos. Lo esencial es no olvidar lo vivido en los últimos años. La selección, más que nunca, requiere del apoyo de todos, y ello implica no sucumbir al desánimo por una racha negativa. Si algo sabemos los argentinos es que el fútbol siempre ofrece revancha, y no hay razón para ser pesimistas. El futuro, como siempre, tiene un sabor a esperanza.
Perú se comprimió en un bloque defensivo de unos 10 o 15 metros, buscando reducir los espacios para evitar que Argentina pueda penetrar. El campeón del mundo lateralizaba el balón de izquierda a derecha, con la intención de encontrar un pase profundo que rompa la defensa. Argentina intentaba edificar jugadas a través de pases precisos, buscando construir un juego asociado con el objetivo de penetrar hasta la última línea defensiva de Perú, a pesar de que los peruanos se defendían con un bloque numeroso dentro de su propia área. Rodrigo de Paul (5) estuvo lejos de ser el Motorcito de la Selección en el cual genera juego, y hace jugar a los demás. La pelota pasó mucho por sus pies durante la primera etapa. Envió algunas pelotas largas para poder romper el bloque defensivo de Perú. Estuvo muy impreciso en la tenencia de la pelota. Alrededor de la media hora de juego, Perú, con muy pocas ocasiones, logró equilibrar las acciones del partido. El dominio de la selección argentina ya no era tan evidente, y la posesión del balón se distribuía de manera más equilibrada. Una equivocación de De Paul permitió que los visitantes se lanzaran al ataque con numerosos jugadores, pero la defensa argentina se mantuvo sólida y bien organizada, rechazando siempre el balón hacia fuera, impidiendo cualquier amenaza significativa en su área. A pesar del empuje de Perú, la resistencia defensiva de Argentina se mostró firme, evitando que los peruanos lograran concretar alguna ocasión de peligro.
Perú intentaba ejercer una presión alta sobre la salida de balón de Argentina, buscando dificultar la construcción del juego desde el fondo. Sin embargo, cuando la selección peruana lograba recuperar la pelota, Enzo Fernández se erige como el eje cerebral del equipo, cortando las jugadas rivales y distribuyendo rápidamente el balón hacia el costado izquierdo. Por su parte, Argentina se mostraba paciente, evitando la desesperación, y se concentra en la búsqueda de espacios, moviendo el balón con calma. Lionel Messi (7) comenzó el partido mostrando su calidad y habilidades con asistencias espectaculares entre varios rivales, lo que provocó el asombro del público. El capitán de la selección mostró destellos de su nivel, aprovechando la fragilidad defensiva de los peruanos, quienes le dejaban espacios para que se acomodara con comodidad, algo que terminarían lamentando. Fue fundamental en la jugada del gol, asistiendo a Lautaro Martínez con un pase preciso que dejó al delantero del Inter italiano frente al arco, permitiéndole marcar.

La idea de Fossatti fue clara: un 5-3-2. Un equipo con carácter, roce y una fuerte presión tras pérdida. Sus zagueros centrales (Alexander Callens, Carlos Zambrano y Miguel Araujo o Anderson Santamaría) cuentan con un buen juego aéreo y determinación en el uno contra uno. Sin embargo, presentan limitaciones notables en la capacidad para salir jugando con el balón desde el arco, lo que les obliga, ante una presión alta, a recurrir constantemente a los balones largos hacia los delanteros. Fossati empleóa a los carrileros (Andy Polo por la derecha y Luis Advíncula por la izquierda) en amplitud, con diversos objetivos. El primero y más relevante es liberar de jugadores el mediocampo, lo que permite un mejor control del balón a través de Oliver Sonne, Jesús Castillo y Sergio Peña. El segundo propósito es el desequilibrio individual ante los laterales rivales, lo que genera momentos en los que el equipo se reconfigura en un 3-3-4. Finalmente, en términos defensivos, su labor no se limita a cubrir la salida de los laterales, sino a proteger las líneas de pase hacia el costado del mediocampista central.
En cuanto a los interiores, mientras que Peña es el encargado de la salida y la gestación del juego, Castillo se enfoca en encontrar espacios y conectar con Paolo Guerrero y Alex Valera en el ataque, incluyendo la posibilidad de generar situaciones de remate. Defensivamente, Perú mantiene un bloque medio en su 3-5-2, con las líneas mucho más compactas. Los delanteros se encargan de presionar al mediocentro rival, mientras que los volantes dificultan la circulación de balón por parte de los adversarios. La Albirroja inicia la presión cuando el balón se dirige hacia los laterales, con los tres mediocampistas siempre atentos a los movimientos de sus espaldas. No obstante, el poder ofensivo de la selección argentina podría llevar a Perú a adoptar precauciones adicionales, lo que podría resultar en que los carrileros se ubiquen a la altura de los tres defensores, configurándose en un 5-3-2. Dentro de las debilidades, que presentó Perú, se podían destacar cuatro aspectos principales. La débil salida de Gallese, la necesidad imperiosa de ganar los duelos áereos, ya que, en ocasiones, esta era la única forma de avanzar y generar peligro. La escasa coordinación entre Cartagena y los defensores centrales, lo que genera amplios espacios intermedios, y las situaciones de mano a mano en contra cuando los laterales se encuentran desplegados en ataque.

No era la primera vez que Argentina intentaba atacar a través de centros al corazón del área. Aunque es cierto que este equipos se caracteriza por dominar posicionalmente la tenencia del balón y el control del partido, le seguía faltando lo más complejo: romper el muro defensivo que planteaba Perú. No obstante, Argentina comienza a marcar la diferencia a través de sus transiciones rápidas de defensa a ataque. En una de estas acciones, Julián Álvarez (5) volvió a moverse por la izquierda del ataque, una posición en la que no se siente cómodo. No logró habilitar correctamente con pases cercanos, lo que limitó su influencia en el juego. Tuvo una buena oportunidad para marcar en el primer tiempo, pero su remate pegó en la base del palo, una chance que desperdició. Fue lo más claro que generó Argentina en esos primeros 45′ iniciales.
Argentina cometió varios errores en su proceso ofensivo, equivocando los caminos a la hora de atacar. La selección carece de la movilidad necesaria en el mediocampo, lo que ralentiza considerablemente su juego. El partido, de este modo, se desarrolla según el planteamiento de Fossati, con una Argentina que mantiene la posesión del balón, pero sin generar verdadero peligro. El mediocampo argentino se muestra muy estático, con posesiones excesivamente lentas que no logran desordenar la defensa peruana. Esto limita la capacidad del equipo de Scaloni para penetrar la defensa rival y crear situaciones de gol claras.
A la selección argentina le faltó un jugador capaz de generar desequilibrio, especialmente por los costados. Por derecha, Gonzalo Montiel (5) no tuvo tanto desborde ni proyección por el costado derecho, aunque se mostró atento para marcar las diagonales, como ocurrió en la primera aproximación del partido. Por izquierda, Nicolas Tagliafico (5) estuvo mucho más pendiente de la marca que de la proyección ofensiva. A pesar de ello, tuvo en sus pies la primera aproximación del encuentro, con un disparo que se fue por encima del travesaño. Ya en el segundo tiempo, demostró su capacidad para llegar al área rival, enviando un centro fantástico a la cabeza de Lautaro Martínez, quien no logró definir de forma precisa y la pelota se desvió tras un bote al suelo. En ese pasaje del partido, Tagliafico se mostró como una opción de pase interesante, aportando al juego ofensivo del equipo cuando se lo necesitó.
Ese solo disparo de Julián al palo evidenció una carencia de ideas ofensivas. El partido se jugó como quiso Jorge Fossati, una estrategia que, si bien no fue brillante, logró emparejar el partido aprovechando las dudas y los errores del equipo de Scaloni. Fue como que si Perú tomó nota de lo que realizó Paraguay, bajo la dirección de Gustavo Alfaro, hubiese encontrado la fórmula para complicar a Argentina, que no supo resolver el desafío planteado.
Desde que se consagró campeón de América, Argentina no ha caído en una relajación. De hecho, el equipo no entiende el término «amistoso», ya que juega con la misma intensidad en cualquier contexto, sea cual sea el partido. Incluso en medio de este ciclo, logró conquistar una Copa América. Ese título se cimentó en la fortaleza de su núcleo, en el alma de la Scaloneta, con jugadores que siguen siendo la base del equipo, salvo la ausencia de Ángel Di María. Sin embargo, cuando esa base no consigue hacer explotar su fútbol y no basta con el renombre, cuando los rivales sudamericanos, que son los más comunes en esta fase, logran encontrar la vuelta a su planteamiento, Argentina se encuentra en una meseta que, seguramente, estará marcada por altibajos. La Scaloneta aún no ha logrado incorporar nuevos actores que puedan asumir roles clave cuando los titulares como Otamendi o De Paul necesiten descansar. La búsqueda de los «europibes» es acertada, pero por el momento parecen ser más invitados a un encuentro social, a estar cerca de Messi, que jugadores con un rol verdaderamente futbolístico en el equipo. Quizás sea el momento de profundizar más en esas pruebas y darle mayor protagonismo a quienes puedan ser parte de esta renovación.

A raíz de esto, hay un aspecto que no puede pasarse por alto. A la Selección Argentina sí le afecta, y no para bien, la cantidad de equipos que componen su liga local. La competencia en nuestro campeonato es baja, y la gran cantidad de equipos, con una distribución tan dispersa de jugadores, desdibuja y empobrece el nivel del fútbol argentino. Le afecta que las motivaciones deportivas en la liga sean escasas, o que muchas veces estén limitadas a los intereses dirigenciales y no al verdadero desarrollo del fútbol en el país.
La Selección Argentina no constituye un conjunto de jugadores ajenos que se reúnen esporádicamente para representar a la nación; no es un colectivo de profesionales desvinculados de nuestra realidad que simplemente se ponen una camiseta y la ostentan sin más. No. La Selección es el reflejo de un estilo de juego distintivo, un fútbol con profundas raíces en nuestra historia, interpretado por jugadores nacidos y formados en nuestras canchas, aunque muchos de ellos desarrollen su carrera en el exterior. Por ello, sí importa la cantidad de equipos que tenemos; sí necesitamos una liga fuerte, coherente y bien organizada, que favorezca el desarrollo de los talentos venideros. Porque, aunque los jóvenes talentos formados en Europa representen un aporte valioso, la base de nuestro fútbol siempre estará en esos goles y gambetas criollas que nacen en los barrios y en las canchas de Argentina. Scaloni, a pesar de haber residido largo tiempo fuera del país, estoy seguro de que no ha perdido de vista esta realidad.
A diferencia de su rendimiento ante Paraguay, Alexis Mac Allister (5,5) mostró una mayor dinámica y despliegue, destacándose por su capacidad para generar peligro, especialmente en el juego aéreo, donde estuvo cerca de marcar en tres ocasiones. Sin embargo, fuera de esos momentos puntuales, no gravitó demasiado sin la pelota y tuvo pocos contactos con el balón que pudieran haber generado peligro real para la defensa peruana. Aunque su aporte fue importante en algunas acciones ofensivas, su presencia en el juego fue intermitente, lo que le impidió tener una influencia constante en el desarrollo del partido. Enzo Fernández continuaba preciso y confiado con sus pases.
Argentina comenzaba a acelerar en los metros finales, desplegando una mayor intensidad en su ataque. Con ese impulso, la selección argentina se lo llevaba por delante a Perú, buscando con determinación desbordar la defensa rival y generar situaciones de peligro claras en el último tramo del campo. Otro de los que empezaba a crecer en el partido era Leo Messi, involucrándose más en la generación de juego. Con su habitual inteligencia, fabricando faltas y utilizando su características habilidad para atraer marcas con ese sutil rodeo, buscando desequilibrar. A pesar de no estar en su mejor noche, el número 10 demostraba una vez más, que es un jugador diferente. A los 42 minutos del primer tiempo, tuvo una oportunidad de tiro libre, aunque su disparo no generó peligro y terminó en las manos de Gallese. Sin embargo, su presencia en el campo seguía siendo clave para Argentina, incluso en momentos en los que no brilla con su máximo nivel.
La Scaloneta ganó y cierra el año líder de todo
El segundo tiempo comenzó de manera similar a la primera etapa, con Argentina dominando la posesión del balón, pero sin lograr encontrar los espacios necesarios para avanzar con claridad, mientras que Perú, como ya había sucedido en el primer tiempo, se replegó en un bloque bajo, defendiendo con mucha solidez y, en ocasiones, formando un cuadrado cerca de la medialuna para cerrar todos los caminos hacia Messi, quien se vio constantemente marcado de cerca y sin libertad para maniobrar. A pesar de los esfuerzos por lateralizar el juego para abrir la cancha, Argentina no conseguía penetrar la defensa peruana, ya que, aunque movían el balón de un lado a otro, seguían sin efectividad, sin poder dar el pase preciso que les permitiera avanzar hacia el área rival, lo que resultó en una falta de profundidad y en la incapacidad de generar situaciones claras de gol.
A medida que se acercaban los últimos 10 minutos del encuentro, Argentina comenzó a mostrar signos de nerviosismo, ya que falló en la sucesión de pases, lo que permitió que el partido se volviera más impreciso. No obstante, cuando logró generar algo de juego en la medialuna, por el sector izquierdo, comenzó a mostrar un poco más de desequilibrio, algo que no había logrado previamente en esa zona. En una comparación con Paraguay, Gustavo Alfaro había señalado, al intentar explicar qué es lo que pretendía sumar al equipo paraguayo, que la Albiceleste era un adversario particularmente complicado. Usó una frase que dejó una clara referencia a las características de la selección argentina:
“A eso hay que agregarle cosas que todavía no tenía, que son las sociedades. El equipo tiene que empezar a tener sociedades. Si no tenés sociedades, Argentina te encuentra. Argentina es la humedad. La humedad por algún lugar se filtra. Si vos tenés una pared rajada, la humedad te aflora. Y Argentina es la humedad. Entonces, si Argentina te descubre las rajaduras, y si esas rajaduras no las tenés bien cubiertas, por ahí Argentina se te filtra”. Fue precisamente cuando le dieron ese espacio a Argentina que la selección logró infiltrarse y desatar un partido muy complicado. Lautaro Martínez (7) se posicionó como el hombre más adelantado del equipo y, a pesar de la buena marca de Zambrano, supo moverse con inteligencia, alejándose unos metros para ser más profundo y desequilibrar la defensa peruana. Su movilidad le dio resultado, ya que convirtió un excelente gol con la pierna izquierda, despegándose de su marcador y colocando la pelota cerca del ángulo. Tras el gol, estuvo cerca de marcar otro luego de una jugada preparada, pero su remate se fue alto.

Poco después, Fossatti realizó la primera modificación del partido: ingresó Gianluca Lapadula para aportar mayor presencia ofensiva, reemplazando a Paolo Guerrero, quien había sido intrascendente a lo largo del encuentro. Nicolás Otamendi (7) fue uno de los puntos más altos de la discreta victoria de Argentina ante Perú, mostrando una actuación impecable en la que anuló por completa al delantero peruano. De hecho, Paolo Guerrero no logró tocar el balón en todo el partido, lo que reflejó la firmeza y seguridad de la defensa argentina a lo largo del encuentro. En la primera etapa, el central y el ex delantero de Racing fueron a disputar una pelota contra la línea de fondo y le pisó el brazo al delantero. Todo Perú protestó y pidió que vea la jugada, sin embargo, Roldán dejó seguir la acción con el córner para los visitantes. Lo mismo para Leonardo Balerdi (6). En esta ocasión, optó por hacer lo simple y no se complicó, mostrando una actitud más segura y confiable en comparación con su último partido ante Paraguay, donde cometió una falta que derivó en el gol del 2-1 y, además, perdió la marca de Alderete en esa misma jugada, lo que generó una situación de peligro para su equipo. No tuvo que intervenir demasiado ya que Perú no atacó nunca. Por momentos alternó marcas entre tomar a Guerrero o Flores. Buen debut como titular.
Después del 1-0, Argentina comenzó a defenderse con la pelota, tocando en corto y buscando atraer a Perú hacia su propio campo. Jugó a media máquina. El partido entró en un frezeer. Perú no se desvió en ningún momento de su libreto, manteniendo su planteamiento y tratando de aprovechar cualquier oportunidad para igualar el marcador, aunque sin éxito en sus intentos. Fossati se dio cuenta de que Perú necesitaba algo más para poder hacerle frente a Argentina, por lo que decidió enviar al campo a Reyna, el actual jugador de Belgrano de Córdoba, con la intención de darle más desequilibrio al ataque. Sin embargo, el equipo visitante no logró cambiar el rumbo del partido. Si bien complicó a la selección argentina en algunos momentos, no pudo desplegar un buen primer tiempo, ya que su juego fue más de neutralización que de generación de peligro. De hecho, no realizó ni un solo tiro al arco de Emiliano Martínez (5). Tranquilamente se puede ir a su casa sin pegarse una ducha, ya que Perú en ningún momento tuvo situaciones de riesgo. En la previa, Boca lo homenajeó con una plaqueta. En el último partido del año, volvió a mantener la valla invicta. Por último, Dibu llegó a la cifra de 49 partidos disputados con la casaca albiceleste. De esta manera, se convirtió en el tercer arquero con más presencias en la historia de la selección argentina. La lista está liderada por Sergio “Chiquito” Romero con 96 encuentros en su espalda, seguido por Ubaldo Matildo Fillol con 58 y el marplatense, que alcanzó la línea del Pato Abbondanzieri. De esta manera, Emiliano Martínez sigue agigantando su figura en la historia de la selección argentina. Dentro de los 49 encuentros mencionados, el arquero se consagró campeón de la Copa del Mundo de Qatar 2022, la Copa América 2021 en Brasil, la Finalissima contra Italia en 2023 y la segunda Copa América 2024, disputada en los Estados Unidos.
A los 30 minutos, Montiel tuvo que pedir el cambio debido a una molestia física. Este tipo de situaciones refleja una necesidad de recambio en la selección argentina, ya que Cachete no tiene demasiada actividad en Sevilla y Molina alterna entre buenas y malas actuaciones. En el caso de Montiel, terminó tomándose el posterior izquierdo, y fue reemplazado por Nehuén Pérez (-).No fue una tarea fácil para él, ya que no es su posición habitual, pero cumplió con lo que se le pidió. Sobre los 35′, Scaloni realizó mas variantes. Giovanni Lo Celso (-) reemplazó a De Paul y se movió desde el centro hacia la derecha. Aportó su creatividad y visión de juego, intentando generar juego ofensivo por ese sector. Luego fue el turno de Giovanni Simeone (-) por Lautaro Martínez, pero se ubicó más retrasado y tendido hacia el costado derecho, aportando su sacrificio y trabajo en la presión, pero sin tener la misma presencia ofensiva que Martínez. Leandro Paredes jugó los últimos minutos por Mac Allister, aportando estabilidad al mediocampo, con su recuperación y distribución de balón, sin generar demasiado protagonismo en ataque. Mientras que Facundo Medina ingresó en los últimos minutos por Balerdi, reforzando la defensa en los instantes finales del partido, sin mayor incidencia en el juego ofensivo.
Al final, no fue necesario ahondar demasiado en esos aspectos, en parte porque la debilidad del rival, la selección más floja de las eliminatorias, permitió que los minutos finales transcurrieran con la misma comodidad con la que un hombre canoso bajaba las escaleras, antes de que el complaciente Wilmar Roldán, remolón para las tarjetas y poco comprometido con las sanciones, pitara el final. Fue entonces cuando el público, con buen reflejo, decidió entonar el clásico “dale campeón, dale campeón”, mientras los jugadores se adentraban en el túnel. Estaban satisfechos, pero no exultantes. La misión había sido cumplida, ni más ni menos.
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